Roverismo hacia el éxito
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Roverismo hacia el éxito

2. Vino

El lado sombrío de este escollo es la tentación de acabar con la propia felicidad por darse el gusto.

El lado luminoso es que, al vencer el propio deseo, se fortalece el carácter y la vida gana una alegría más elevada.

Complacencia

  • La copa entre comidas es un lujo peligroso.
  • La tentación de seguirle la corriente a un amigo es el primer paso hacia la bebida.
  • El bebedor solitario acaba siendo un despilfarrador.
  • Los borrachos son un peligro para el Estado.
  • La prohibición no es necesaria en un país cuyos hombres tienen carácter.
  • La fuerza del ejemplo.
  • Fumar demasiado es un peligro para la salud, como lo son otras formas de complacencia, por ejemplo:
  • comer demasiado;
  • dormir demasiado;
  • trabajar demasiado.
  • La salud física trae consigo el dominio de sí mismo y una vida larga.
  • Decir palabrotas es señal de carácter débil.

Dominio de sí mismo

  • La fuerza de carácter es el antídoto de la complacencia.
  • El ejemplo del general Nogi.
  • El dominio de sí mismo es el mayor rasgo de carácter.
  • Los hábitos y los pensamientos se pueden dominar.
  • La lealtad hacia uno mismo es tan importante en la formación del carácter como la lealtad hacia los demás.
  • El respeto de sí mismo trae consigo el respeto hacia los demás.
  • La vergüenza convierte al hombre en un paria.
  • La autosugestión puede curar la tentación de la complacencia.
  • Cómo Tommy Tomkins desafió a la muerte.
  • Lo que otros han dicho sobre el asunto.
  • Sacudíos la tentación.

El coronel Yervers jamás intentó dejar el vino ni ninguna otra clase de alcohol. Una vez que no pudo conseguir licor se bebió un líquido para limpiar muebles. El médico le preguntó:

—¿Quiere usted decir que no pudo conseguir agua?

A lo que el coronel replicó:

—Mi querido señor, usted nunca ha tenido sed de verdad; si no, sabría que no es momento de pensar en lavarse.

El tercer vaso

¿Vino? Me gusta un vaso de buen vino por su sabor, por su color y porque refresca. Igual que me gusta un vaso de cerveza o de sidra. Pero, por una razón u otra, el segundo vaso no me atrae tanto como el primero: ya no sabe igual, porque le falta la novedad y el primer apetito ya está calmado.

En cuanto al tercer vaso, el hombre sensato sabe que en él hay «veneno»: los azúcares y otras sustancias químicas que contienen los licores no le sientan bien a nadie. Me imagino, por ejemplo, que muy poca gente sabe que beber demasiada cerveza produce callos y que el oporto favorece la gota.

Es el tercer vaso, si no el segundo, el que le deja a uno en baja forma para correr o para cualquier otro ejercicio, así que un joven debe tenerlo en cuenta.

En mi regimiento partíamos de la base de que los oficiales y suboficiales debían guiar a sus hombres más con el ejemplo que con las órdenes. Y, desde ese punto de vista, me di cuenta de que uno o dos de mis sargentos estaban demasiado anchos de cintura para montar y desmontar del caballo con la rapidez necesaria para enseñar a sus hombres.

Por eso avisé de que, en tres meses, cualquier oficial o suboficial cuyo perímetro le impidiera moverse con la agilidad que exigía su puesto sería relevado, de modo que en ese plazo tendría que perder parte de su grasa sobrante.

Un hombre corpulento monta un caballo

Pero mi crítica era también constructiva, porque sugerí que podían conseguirlo con más ejercicio diario y menos cerveza negra.

Los resultados fueron sorprendentes y del todo satisfactorios. Era el tercer vaso el que hacía el daño. Pero el tercer vaso hace algo peor: lleva al cuarto, al quinto y al «ssssexto», y entonces empiezan los problemas, la borrachera, el tener que agarrarse a las farolas y el preguntar: «¿Es esto el día de Navidad o es la calle Piccadilly?».

La copa entre comidas

Conocí a un ingeniero estupendo, muy capaz, un verdadero genio en su profesión. Hoy sería famoso si no hubiera sido, como él mismo decía, el hombre de los «veinte minutos»: nunca dejaba pasar ni más ni menos de veinte minutos entre copa y copa.

Esto me recuerda a un viejo almirante americano, muy querido para mí y compañero de mi juventud, que cuando le ofrecía algo de beber me contestaba: «No, señor; yo nunca bebo entre comidas».

Y esto me lleva a la cuestión de que precisamente la copa entre comidas es la que hace el daño. Si solo se bebiera en las comidas, creo que no habría borracheras y habría más salud.

Volviendo a mi regimiento (os advierto que antes de acabar este libro estaréis hartos de «mí y de mi regimiento», pero solo quiero ofreceros hechos vividos que os sirvan de guía para navegar entre estos «escollos», así que tendréis que perdonarme), permití a mis hombres, en contra del reglamento, tomar cerveza con el almuerzo y con la cena caliente, que era una institución en el regimiento.

Como consecuencia, lo que se bebía en la cantina disminuyó tanto que en una ocasión tuve que regalarle un par de guantes blancos al cantinero, porque en todo el día no había entrado ni un solo hombre.

La camaradería es el primer paso de la tentación

Un hombre bienintencionado trataba de hacer ver su error a un borracho para convertirlo en un hombre mejor, pero el bebedor lo interrumpió de pronto:

—Habláis como si nunca os hubierais emborrachado. Entonces, ¿qué sabéis vosotros de esto? No me sermoneéis: id a emborracharos y aprended algo de esta tentación y de la alegría que da. Y luego predicad.

Pues bien, algo de tentación sí que hay, sobre todo si uno se deja llevar por lo que hacen los demás. Calculo que la mitad de los hombres aficionados a la bebida llegaron a ella, en primer lugar, por la camaradería, por eso que se supone que es buena amistad con los demás. Un joven, al salir al mundo, siente que tiene que hacer lo que hacen los otros para demostrar que es uno de ellos, «uno más de la pandilla».

Nueve de cada diez muchachos empiezan a fumar solo por esa razón: porque creen que así son muy hombres. Si un muchacho se criara, por ejemplo, en un rancho donde los hombres fueran abstemios, pero donde pudiera conseguir tabaco y whisky si quisiera, no creo que se le ocurriera por iniciativa propia probarlos. Las dos cosas son muy desagradables para el principiante, y uno se aficiona a ellas en gran parte «porque los demás lo hacen».

Cuando uno está con unos amigos en un bar, es muy difícil no aceptar un trago y luego no invitar a otro para corresponder; y eso lleva al sexto vaso, a las risotadas y a la pelea.

Bien sabe Dios que no tengo nada en contra del buen humor, de la alegría ni de armar un buen alboroto de vez en cuando. Es natural en los jóvenes, incluso sin ayuda del alcohol. Más de una vez lo he disfrutado yo mismo, haciendo el tonto hasta el punto de que ahora me daría vergüenza si no reconociera que eso forma parte de la naturaleza de la juventud.

Pensad que yo llegué a jugar a «los saltimbanquis musulmanes». ¿Lo conocéis? Consiste en amontonar todos los muebles de una habitación formando una pirámide, con las patas de las sillas hacia arriba, y poner una mesa sólida delante. Cada jugador, por turno, corre hacia la mesa, da sobre ella un salto mortal y cae sobre la pirámide gritando: «¡Soy un saltimbanqui musulmán!». Por mi vida que ahora no veo dónde está la gracia de semejante juego, pero entonces sí que se la encontrábamos. Eso demuestra qué clase de tonto es un joven. Sin embargo, la diversión de hacer de saltimbanqui musulmán es algo completamente distinto de la falsa euforia que produce la bebida, así que esta no es necesaria para que un joven se divierta. De hecho, puede divertirse igual de ruidosamente, o más, y de verdad, sin ella.

Un joven da una voltereta sobre una mesa hacia una pila de muebles con las patas hacia arriba
Un saltimbanqui musulmán.

El bebedor solitario es un despilfarrador

Además de la camaradería, hay otra tentación de la bebida, individual y más fuerte: tratar de olvidar las penas morales o materiales «ahogándolas en una copa».

La mala suerte en los negocios, el abatimiento que causan la enfermedad o el desengaño, un hogar desgraciado, un ambiente triste: todo esto empuja al hombre a buscar refugio calentándose la garganta y adormeciéndose el cerebro. Pero no es buen negocio. El borracho dirá: «Predicar está muy bien, pero ¿qué va a hacer uno? Al fin y al cabo, es una manera fácil de conseguir un momento de olvido, o por lo menos de aturdirse. ¿Por qué no hacerlo?».

Pues porque eso lleva al desgraciado que lo intenta a la ruina moral y espiritual. Con la bebida se pierden el control de la voluntad y la energía, que son los dos pilares del carácter.

Un hombre borracho, recostado contra un árbol, levanta una botella

Cuando un hombre coge el hábito de la bebida o, peor aún, el de las drogas, ha perdido su oportunidad de ser feliz en este mundo. Con la salud arruinada y menos capacidad para trabajar, cede a otras tentaciones que acechan a quienes tienen el carácter debilitado; y entonces cae en la miseria y en el delito, porque en esas condiciones es imposible dominarse. Se hunde cada vez más, su vida es cada vez más ruinosa y se convierte en un inútil y en un desecho de la sociedad, hasta que la muerte viene por fin a sacarlo del mundo de los vivos.

El peligro para el Estado

El hombre con la cabeza bien puesta y con carácter no se deja llevar por lo que hacen los demás y sabe dónde parar. Son los tontos los que forman la masa y se dejan arrastrar por los demás o por sus pasiones; no tienen valor para «hacer frente a sus penas».

Donde hay un grupo de individuos así —y no hay taberna de los barrios bajos donde no lo haya—, su ejemplo se extiende y se convierte en una enfermedad del rebaño. Arruina la salud, reduce la capacidad de trabajo, agria el carácter de una parte de la población y así disminuye la felicidad general y la prosperidad de todos. Hace desgraciados los hogares de los que esos hombres son responsables; destruye en cada uno el respeto de sí mismo, su hombría, su capacidad de pensar; en una palabra, su carácter.

Y todo esto supone un peligro para el Estado.

Una comunidad con cierto número de estos individuos débiles, tontos e irreflexivos es presa fácil de los proyectos descabellados de los agitadores, que pueden llevar a semejante rebaño de la oreja.

Para formar una nación fuerte y respetada hace falta que sus hombres sean hombres de carácter.

La prohibición es innecesaria para los hombres de carácter

En algunos países el Estado reconoce este peligro y decreta la prohibición del alcohol.

Teniendo en cuenta la enorme cantidad de dinero, de tiempo y de salud que se desperdicia, y los bienes que se pierden por la bebida, son pocas las personas que se oponen a que se quite de en medio la tentación, aunque no siempre todos estén de acuerdo en cómo hacerlo.

En los países musulmanes es la religión, que tiene autoridad sobre la masa del pueblo, la que prohíbe la bebida. En otros países la prohíbe la ley. Pero lo malo es que eso empuja a mucha gente a burlar la ley.

La prohibición acabaría con este vicio, porque las nuevas generaciones no tendrían la tentación; pero, en cambio, haría un daño, ya que burlar la ley en un aspecto casi seguro anima a burlarla también en otros.

Sin embargo, lo peor de la prohibición es que ofende el sentido de libertad y de hombría de todo el pueblo, que prefiere reformarse desde dentro y no ser obligado por los reformadores, por muy bienintencionados que sean.

Cuando sir Robert Stout dijo hace poco que el licor era un lujo del que podíamos prescindir perfectamente, la señorita Gaunt le contestó: «Sí, supongo que podríamos, igual que los bolcheviques consideran el camisón un lujo innecesario».

La reforma llegará, y creo que de hecho ya ha llegado a muchos lugares, con resultados mucho mejores gracias al respeto de sí mismo y a la fuerza de carácter de la gente.

A nadie le gusta que lo traten como a un niño. Pero cuando la gente se da cuenta de lo feo que es beber y de lo mucho que perjudica a su trabajo o a su deporte favorito, y piensa que en la vida hay formas de diversión mucho mejores, no es tan tonta como para emborracharse.

Si uno echa la vista atrás en su propia vida, ve la diferencia entre el presente y el pasado.

Cuando me alisté en el ejército, era de lo más normal que los soldados, e incluso los oficiales, se emborracharan los días de fiesta, y nadie pensaba mal de ellos. Hoy, si un oficial de un regimiento como es debido se pasa con la bebida, se le advertirá que no lo haga, y si reincide, pronto lo darán de baja.

Ahora se puede ver a un regimiento embarcar para el extranjero con todos sus hombres presentes, todos en su sano juicio y tan bien arreglados como para un desfile; mientras que años atrás muchos no se presentaban, y de los que lo hacían, a la mitad había que ayudarlos a embarcar, si no llevarlos a cuestas.

Los sábados por la noche, en las ciudades industriales, era normal ver las calles llenas de borrachos, mientras que ahora la gente pasea feliz y apenas se ve alguno. La gente ha fortalecido su carácter, los barrios han mejorado y todo ello está dando buen resultado, aunque todavía queda muchísimo por hacer.

Espero que la generación actual de jóvenes sea mejor. Las guerras han contribuido a abrir los ojos a los jóvenes y les han hecho ver la vida con más seriedad. Los hombres de hoy quieren ser más hombres, más capaces en sus deportes, en su trabajo o en el servicio a la comunidad, y se dan cuenta de que para triunfar tienen que alejarse de la bebida, que les hace perder tiempo, dinero y salud.

Aceptar el reto ya es dar un paso, pero solo es una ayuda para los caracteres débiles. Los fuertes mirarán el problema de frente y resistirán la tentación que se les presente, afirmando su libertad contra la tiranía del vicio.

La prohibición es innecesaria en un pueblo de hombres de carácter. Las generaciones futuras se encargarán de su propia regeneración.

La fuerza del ejemplo

Respeto mucho la opinión de un crítico sencillo y honrado, y he comprobado que los salvajes de África y de las islas del Pacífico son críticos sencillos y honrados, y muy buenos para juzgar el carácter.

Entre esa gente he oído siempre el mismo veredicto: «Si un hombre blanco inglés dice que pagará lo que nos compra, seguro que paga; pero no pasa lo mismo con todos los hombres blancos».

Esa es nuestra reputación, y por eso mismo estamos obligados a conservarla.

Pero me temo que ni siquiera «el hombre blanco inglés» ha sido siempre un ejemplo, y eso es lo que dificulta el trabajo de nuestros misioneros.

Recuerdo que la anciana reina madre de los suazis nos contó hace algunos años cómo habían llegado los misioneros y les habían explicado a ella y a su pueblo las bendiciones del cristianismo, y cómo, bajo su benéfica influencia, los hombres eran honrados y rectos en sus tratos, sobrios, veraces y caritativos con sus semejantes.

Por eso su pueblo recibió con los brazos abiertos a los comerciantes y colonos blancos: les regalaron tierras y les ayudaron a construir sus casas.

Pero más tarde descubrieron que, en vez de mostrarse agradecidos y ayudar a todos, solo se ayudaban entre ellos. Se llevaban el ganado de los nativos prometiendo pagarlo, y luego solo les daban golpes y unos cuantos peniques. Importaban whisky en grandes cantidades para bebérselo ellos, y ginebra para que se la bebieran los nativos.

La anciana reina nos contó que sus guerreros le habían pedido permiso para matar a aquellos destructores traicioneros de su nación, y que ella se sentía inclinada a concedérselo. Había perdido la fe en una religión que predicaba una cosa y practicaba la contraria.

Era imposible no darle la razón. Pero se pasó de la raya cuando, al despedirnos, nos pidió que le confirmáramos otra vez si estábamos de acuerdo con ella; y cuando le aseguramos con firmeza que sí, nos pidió que, como prueba, le regaláramos una caja de botellas de ginebra. Así de fuerte es el ejemplo.

Caricatura de la anciana reina de los suazis, sentada en el suelo
La fuerza del ejemplo. La reina de los suazis: «Los misioneros predican la sobriedad, pero los hombres blancos practican la borrachera. Nosotros apoyamos a los misioneros, pero ¿no podríais regalarme al menos una caja de ginebra?».