Roverismo hacia el éxito · 2. Vino
Tabaco
He insistido bastante en la bebida porque ha demostrado ser causa de muchos delitos, enfermedades y miserias. Por eso es un gran peligro tanto para el individuo como para el Estado y, ya que vamos en busca de la felicidad y del éxito, es un escollo que hay que evitar a toda costa.
Hay otras formas de complacencia con uno mismo de las que los jóvenes deben guardarse, porque también son un obstáculo para la felicidad.
Fumar es un peligro para el muchacho. Me asombra la cantidad de cartas que he recibido de muchachos y de sus padres agradeciéndome las advertencias que he hecho de vez en cuando sobre el veneno y los demás males que el tabaco reserva a los muchachos.
Más abajo os copio una de las últimas cartas que he recibido sobre el tema.
Alguien me preguntó por qué se les prohíbe fumar a los scouts. Le respondí que «no existe tal prohibición, pero todo scout sabe que un muchacho que fuma es un tonto, y en nuestro Movimiento sabemos que “ningún scout es un tonto”».
¿Y por qué tiene que ser un tonto el muchacho que fuma? Ya di las razones en un capítulo de Escultismo para muchachos. Una de ellas es esta:
«Cuando un muchacho fuma antes de haber terminado de crecer, es casi seguro que se debilitará el corazón, y el corazón es el órgano más importante del cuerpo. El corazón bombea la sangre por las arterias a todo el cuerpo y así forma la carne, los huesos y los músculos. Si el corazón no cumple su función, el muchacho no puede estar sano y fuerte».

«Ningún muchacho empieza a fumar porque le guste; de hecho, al principio le da asco. Lo hace por parecer un hombre, y lo único que consigue es que lo tomen por un burro».
He recibido una carta de una persona que ha estudiado la cuestión desde el punto de vista de los trabajadores, y en ella dice lo siguiente: «Más de la mitad del descontento actual, de la pereza y de la falta de hombría de nuestros trabajadores jóvenes se debe al exceso de tabaco, sobre todo de cigarrillos.
»Si pudiéramos convencerlos de que no fumaran ni bebieran hasta ser mayores de edad, conseguiríamos una buena mejora de la raza. Puedo demostrar que casi todos los jóvenes que fuman andan a disgusto, son perezosos y no pueden concentrarse en el trabajo; les faltan interés y ambición, son nerviosos y no tienen ánimo.
»Este es uno de los males que padece hoy el país y una de las causas del paro entre los trabajadores jóvenes.
»Lo digo para que los jóvenes vean que, por su propio bien, no deben fumar».

Pero hay otra razón más para no fumar, que vale también para los mayores y que muchos olvidan: fumar afecta a los demás.
Cuando vayáis a encender la pipa (no hablo de los cigarrillos, que son cosa de mujeres y de niños) en un tren, en una habitación o en un sitio parecido, aseguraos antes de que no vais a molestar a los que tenéis al lado.
Muchos hombres, y la mayoría de las señoras, no soportan el humo del tabaco, y menos aún el olor que se les queda en la ropa después de haber estado entre fumadores. Naturalmente, les da reparo protestar y tienen que aguantar en silencio la molestia. Un hombre con algo de caballerosidad guardará la pipa para un momento más oportuno.

Me parece que los cigarrillos los fuma el vulgo, los impacientes y los inconstantes; la pipa, en cambio, es más personal: la fuma el hombre tranquilo, que medita con toda calma mientras fuma.
Si fumáis cigarrillos porque son baratos, recordad que, para ser baratos, tienen que estar hechos con material corriente.
Esto es lo que ha dicho un estanquero sobre el asunto: «De cada seis centavos que se pagan por diez cigarrillos, dos y medio se los lleva el gobierno en impuestos, uno y medio el vendedor, y los centavos restantes van al fabricante, que con eso tiene que pagar el tabaco, el picado, la elaboración, el empaquetado, el transporte, la publicidad, los gastos de venta, etc., y todavía sacar beneficio».
Yo fumaba bastante en pipa, pero dio la casualidad de que conocí a unos guardas de la frontera americanos que habían servido como exploradores en la guerra contra los indios pieles rojas.
Ninguno de ellos fumaba, y se reían de mí con lástima, como si fuera un pie tierno, mientras que yo me consideraba un hombre hecho y derecho. Entonces me explicaron que el tabaco acabaría jugándome una mala pasada con la vista y el olfato, y el olfato es valiosísimo para un explorador que trabaja de noche. Así que decidí allí mismo dejar de fumar, y no he vuelto a hacerlo nunca más, con lo que sin duda he ganado en salud y en dinero.
Comer demasiado
Cuando estuve sitiado en Mafeking, todos teníamos que vivir con raciones muy escasas, y era interesante ver cómo afectaba eso a los distintos miembros de la guarnición. Y les afectaba de maneras muy diferentes. Algunos se quedaron casi igual, otros adelgazaron a ojos vista, y creo que uno o dos engordaron. Pero el resultado se vio al cabo de los siete meses, cuando pedí voluntarios para hacer una salida contra el enemigo. Pregunté quiénes se sentían capaces de marchar ocho kilómetros y, aunque todos querían participar, pronto nos dimos cuenta de que solo una pequeña parte podía aguantar una prueba tan sencilla. Y estaba claro que los más capaces de hacer aquel trabajo eran los que toda su vida habían sido moderados en la comida, la bebida y el tabaco.
Los mismos resultados se vieron durante una expedición en la que participé en la costa occidental de África, a través de los pantanos y los bosques de Ashanti, una región que se conoce popularmente como «la tumba del hombre blanco». Los hombres que en su vida normal se habían dado la buena vida caían como moscas, mientras que los moderados en la comida y activos fueron los que sobrevivieron. De paso, en aquella expedición se descubrió que la carne no es un alimento imprescindible en la dieta del hombre. Durante mucho tiempo viví exclusivamente de plátanos y, aunque estábamos enterrados en lo más espeso de la selva, donde casi nunca veíamos el sol y el aire olía como un huerto de coliflores por la vegetación que se pudría en el pantano, nunca en mi vida he estado en mejor forma, y podía caminar 30 kilómetros al día con el corazón contento y el estómago ligero.
Dormir demasiado
Dormir demasiado es otra complacencia en la que la gente rara vez repara. Pero los japoneses sostienen que cada hora de sueño que pasa de lo necesario para descansar y reponer la energía del cerebro y de los músculos es perjudicial y hace engordar. Así que, si un hombre nota que está echando barriga, debe quitarle una hora diaria al sueño; y, al contrario, si está demasiado delgado, debe dormir una o dos horas más durante unas semanas, hasta alcanzar un peso adecuado. Si queréis descansar el cuerpo, leed un buen libro. Si queréis descansar el cerebro, jugad al fútbol o id de pesca.
Lenguaje grosero
Otra forma corriente de complacencia, porque eso es lo que es, consiste en usar un lenguaje grosero. Demuestra falta de dominio de uno mismo y, aunque en el momento alivia (lo he comprobado yo mismo), no deja de ser una debilidad que crece con facilidad cuanto más se le da rienda suelta. A uno no le hace ningún bien y, usado contra otros, hace daño: hiere a quien recibe la ofensa y a menudo rebaja la dignidad de quien lo usa. Pett Ridge sugiere que soltar palabrotas es un alivio demasiado valioso para desperdiciarlo y que hay que guardarlo para los momentos de crisis. Napoleón dijo una vez, refiriéndose al general Lannes, uno de sus jefes más prometedores: «El condenado de Lannes tiene todas las cualidades que hacen falta para ser un gran soldado, pero nunca lo será, porque se deja llevar por su mal genio al reprender a sus oficiales, y eso me parece uno de los mayores defectos que puede tener un general».

El general Marbot, gran amigo de Lannes y ayudante de campo de Napoleón, le contó en privado lo que este había dicho de él. Lannes, que deseaba de verdad ser un buen general, se propuso desde aquel día dominar su genio y su lengua, y llegó a ser mariscal de Francia.
¿Cuántos Lannes de los negocios se habrán quedado sin ascender por culpa de este defecto? Un malhablado nunca podrá aspirar a guiar a otros hombres, por mucho que lo intente.
Trabajar demasiado
Trabajar demasiado es otra complacencia en la que caen algunas personas.
He dicho algunas, no todas.
El editor de la versión inglesa de este libro, el difunto Herbert Jenkins, era una de ellas. Mientras escribo esto, tengo delante una nota suya en la que me dice que está trabajando trece horas diarias y que no puede salir de Londres ni una noche. Lo conocía desde hacía años y sabía que siempre hacía lo mismo: trabajó siempre trece horas al día. Murió joven, sobre todo por haberse excedido en el trabajo.
Hace poco me hizo bastante gracia enterarme de que un periódico había abierto una encuesta sobre quiénes eran los tres hombres más ocupados del país, y de que habían mencionado mi nombre junto con los del señor Lloyd George y el príncipe de Gales.
No merezco ese elogio más que mi sombrero (de hecho, lo merezco menos que él, porque, con los precios de la posguerra, mi sombrero sí que ha trabajado de más).
Es verdad que estoy escribiendo esto a las cinco y cuarto de una mañana de invierno muy fría, pero es que toda mi vida me he levantado temprano, y no la habría disfrutado ni la mitad si no lo hubiera hecho.
Pensad que, si añadís solo una hora más a cada día, habréis ganado 365 horas al año, es decir, tres semanas más de vida que la mayoría de vuestros vecinos.
Personalmente, calculo que vivo trece meses en vez de doce cada año. Algunas personas colocan el tiempo extra al final del día, cuando el cuerpo y el cerebro están cansados. No hay nada como las primeras horas de la mañana para que el trabajo cunda.
El hombre que se enorgullece de su trabajo disfruta más de la vida.
Una vez hablé con un joven ingeniero al que encontré trabajando durante una huelga. Le pregunté por qué estaba allí y me contestó con un orgullo perdonable: «Mire ese trabajo. ¿No es algo grande? No podía dejarlo a medias».
Siguió en él por el cariño que le tenía. Hay mucha diferencia entre trabajar por amor al trabajo y hacerlo por otro motivo.
El único peligro está en convertirse en esclavo del trabajo y no concederse el descanso o el recreo necesarios.
Por descanso no quiero decir ociosidad, sino cambio de ocupación. Los cambios de ocupación que yo practico son de lo más variados. Una vez, por ejemplo, consistió en meterme en un arroyo cenagoso para arrancar las hierbas. A mí el trabajo me interesaba, pero más le interesaba a un desocupado que, sentado en el pretil del puente, fumaba su pipa y disfrutaba viéndome trabajar.
¿Os habéis fijado en el interés con que la gente se agolpa en cualquier calle concurrida de Londres para ver a los obreros que bachean el pavimento con algo parecido a chocolate caliente? Pues así estaba aquel hombre.

Al final la curiosidad pudo más que el gusto de mirar, y murmuró:
—Parece un trabajo sucio.
Le di la razón. No podía ser de otra manera, porque estaba cubierto de barro de pies a cabeza.
—¿Cuánto le pagan por eso, compañero?
—Ni un céntimo —le contesté.
—¡Dios me libre! ¡Que me aspen si yo lo hiciera!
Y no lo dudé ni un momento.
La salud ayuda al dominio de sí mismo
Una vez tuve a mis órdenes a unos soldados que, por determinadas circunstancias, tuvieron que prescindir de una parte de su equipo habitual: las cantimploras.
Suena cruel, y los soldados así lo vieron al principio. No cambiaron de opinión hasta comprobar que se habían librado del peso de la cantimplora y de su continuo golpeteo contra la cadera, y que podían marchar el triple que cualquier otra tropa.
Y, lo que es mejor, ninguno enfermó de disentería o de fiebre tifoidea, como les ocurría a otros. La razón es que, cuando los soldados llevan cantimplora, normalmente se la beben entera en la primera hora de marcha. Después de atiborrarse así, tienen todavía más sed y la rellenan en el primer arroyo o charco que encuentran, donde cogen enfermedades.
Cualquier líquido, y sobre todo el alcohol, tomado entre comidas perjudica la buena forma de un soldado. Nadie que se esté entrenando como corredor o boxeador puede estar en forma si bebe alcohol, salvo en pequeñas cantidades con las comidas, y aun así tampoco le hará mucho bien.
Una de las señales de estar «en forma» es no tener sed. Uno se pone en forma para jugar al fútbol o para cualquier otro deporte, porque si no, no podría practicarlo; pero parece olvidar esa regla cuando se trata del trabajo, del que dependen su sueldo y su ascenso. Si se mantuviera siempre en buena forma física, haría mejor su trabajo y disfrutaría el doble de su descanso.
Si se cuida de no beber entre comidas, vivirá cien años.
El tío Juan Shell
«El año pasado, el tío Juan Shell volvió a su casa y se encontró con que su mujer había muerto. Los parientes de ella la habían enterrado y habían decidido que su hijo, de siete años, se fuera a vivir con ellos. El tío Juan protestó enérgicamente, pero se lo llevaron. Al ver esto, el tío Juan fue a su casa, cogió su rifle de chispa, que él mismo había fabricado hacía más de cien años, montó en su mula y salió en persecución de los raptores. Alcanzó a su suegro en el camino y, a punta de rifle, le obligó a devolverle al niño.
»¡El tío Juan tenía ciento treinta y dos años y todavía le sobraban fuerzas para pelear!».
Sí, no es un error. Según la reseña auténtica publicada en el Landmark en 1920, el viejo Juan Shell nació en Knoxville el 3 de septiembre de 1788 y todavía vivía y estaba fuerte. El hijo que aparecía en la reseña tenía siete años, pero el mayor tenía más de noventa, y entre uno y otro había tenido veintisiete hijos. El mayor de ellos era agricultor y daba esta receta para vivir mucho:
«Trabajar duro, pero no demasiado. Trabajar demasiado es tan malo como trabajar muy poco. Tomar cada día la comida y el sueño que necesite el cuerpo, y además un poco de diversión».
Pero él nunca había bebido nada más fuerte que agua.