18. Cómo «seguir ahí»
En un tubo de desagüe
Acabo de conocer una nueva versión del juego «¿Estás ahí?» (N. del T.: es el juego conocido como «el escondite»).
Le ocurrió aquí, en África, a un ciclista que bajaba una cuesta en bicicleta a toda velocidad. Al pie de la cuesta, el camino daba una curva cerrada y, de repente, se encontró con un enorme elefante plantado de través en medio del camino. Iba demasiado deprisa para frenar, así que dirigió la bicicleta para esquivarlo por detrás. Apenas había sitio, y tuvo que apoyar la mano en las patas traseras del animal para poder pasar.
Se llevó un buen susto, pero respiró aliviado al conseguirlo. El alivio le duró poco: fue como si alguien le hubiera dado un pellizco por detrás a un guardia de tráfico. En un instante el elefante se dio la vuelta, como diciendo: «¡Eh, tú! ¿A qué juegas? Ven aquí. ¿Me oyes?».
Pero el ciclista no se detuvo, sino que pedaleó con todas sus fuerzas.
Entonces vio con horror que, al otro lado del valle que estaba recorriendo, le esperaba una cuesta empinada. Miró hacia atrás y vio al elefante, que lo perseguía a la carrera. No había ninguna posibilidad de subir la cuesta antes de que el animal lo arrancara del sillín y lo aplastara.
Tenía que pensar y actuar deprisa, y así lo hizo. Era cuestión de segundos: o se salvaba o moría aplastado.
Llevó la bicicleta hasta la cuneta y, al hacerlo, se tiró de ella y se escondió en un tubo de desagüe que pasaba por debajo del camino. Habría sido perfecto si el elefante no lo hubiera visto, pero lo vio, y así empezó el juego del «¿Estás ahí?».
El elefante se arrodilló junto a una boca del tubo y metió la trompa para investigar, esperando encontrar la respuesta. Pero el ciclista se arrastró hasta el fondo todo lo que pudo y se quedó tumbado sin hacer ruido.

De pronto la trompa salió del tubo y el ciclista suspiró aliviado. Pero el suspiro se le cortó en seco al ver que la trompa entraba por el otro extremo, y apenas le dio tiempo a escabullirse hacia el lado contrario. Y así siguió el juego, de un lado a otro, con el «¿Estás ahí?» repitiéndose de una punta a la otra.
El juego tuvo tanto éxito (entre los elefantes) que habría seguido hasta hoy si no hubiera sido un trabajo tan pesado; el elefante se fue a beber agua. Cuando volvió, reanudó el juego, y pasó un buen rato hasta que se dio cuenta de que la bicicleta ya no estaba junto al camino y de que el ciclista tampoco seguía jugando dentro del tubo.