4. Sentido común
Y cómo construir un puente
Estaba dibujando la ceiba alta que se cayó atravesando nuestro arroyo de truchas. Es un lugar precioso en plena selva tropical, y a menudo vamos allí de excursión a pasar el día. Cuando nos acercamos, tocamos la bocina del coche, y si vamos andando por la espesura hablamos alto y hasta gritamos. No porque estemos sordos, sino para avisar a los otros habitantes de la espesura de que estamos allí.
Esos otros habitantes son los rinocerontes (¡vaya palabra para escribirla!), que, si se les avisa, prefieren alejarse. Si avanzáramos en silencio, podríamos toparnos con alguno, quizá en mitad de la siesta; se sorprendería y se asustaría y, enfadado, cargaría contra nosotros con su desagradable cuerno. Cuando se altera, es como un camión de carga conducido por un conductor ciego. Pero no es de los rinocerontes de lo que quiero hablaros, aparte de deciros que uséis el sentido común cuando tratéis con ellos. Espero que algunos de los que leéis esto vayáis algún día a las colonias y os enfrentéis a uno o dos rinocerontes. Pero no, de lo que quiero hablar es del árbol caído. Me recuerda el reto de construir un puente en África Occidental hace mucho tiempo. Aquello también fue un caso de sentido común. El sentido común es la parte más útil y valiosa de tu carácter. ¡Lo malo es que tan pocos saben usarlo! Prefieren guiarse por lo que dicen los libros en vez de usar su ingenio.
Bueno, volvamos al árbol caído de África Occidental. Habíamos llegado a un río muy estrecho, pero muy profundo y de corriente rápida, que nuestra columna tenía que cruzar. (Nosotros éramos una avanzadilla de exploradores y zapadores que iba preparando el camino a las tropas, que marchaban unos días por detrás).
El ingeniero que me acompañaba hizo los planos a escala de un puente de madera para cruzar el río, siguiendo las instrucciones de un manual de construcción de puentes. Entre talar los árboles, ensamblarlos, preparar los tirantes, dar explicaciones a la cuadrilla, etc., iba a llevar dos o tres días, o quizá más.
Yo quería que mis exploradores pasaran sin demora, así que hice lo que espero que haría un scout: no usé un manual, sino el sentido común. Calculé que el río tenía 100 pies de ancho (unos 30 metros) y busqué un árbol de esa altura que se alzara cerca de la orilla. Casi enseguida encontré una ceiba sin ramas de unos 150 pies de alto (unos 45 metros). La talamos a hachazos, cortándola de forma que cayera justo de través sobre el río. A los pocos minutos mis exploradores ya estaban cruzando, y hora y media después los hacheros habían allanado la superficie del tronco para dejar un camino plano y habían puesto un pasamanos de bambú. Teníamos así un puente perfectamente seguro para pasar en un solo sentido.

Dos días después llegó el grueso del ejército. El puente del ingeniero no estaba terminado del todo, así que la columna tuvo que conformarse con pasar en fila por nuestro camino más humilde. [Triunfo n.º 1 para el S. C. (sentido común)].
Unos meses después, la columna volvió de su expedición. Uno o dos días antes de que llegara al río, en su marcha de regreso, cayó una tormenta tremenda. El río se desbordó, y un torrente impetuoso arrastró el puente del ingeniero y lo hizo mil pedazos. El agua también pasó por encima del puente S. C., pero cuando bajó, al día siguiente, allí seguía nuestro viejo tronco, tan firme como siempre. Hubo que ponerle un pasamanos nuevo, pero eso se hizo en unos minutos.
Así que, cuando el ejército llegó al día siguiente, todos agradecieron contar con nuestra forma de cruzar, humilde pero segura.