Rema tu propia canoa
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Rema tu propia canoa

17. No te escondas

O tendrás que vivir en un agujero

Ya te he contado cómo los avestruces se pasean muy orgullosos, sintiéndose superiores a las demás aves. Pero, como dijo la señora Oryx, lo único que consiguen es hacer el ridículo, y eso es exactamente lo que las otras aves piensan de ellas.

Unos avestruces se pasean ante dos órices en la sabana

Por eso, cuando el jefe de los avestruces anunció que iba a ser el rey de los pájaros, estos le respondieron que nadie podía proclamarse su rey. El rey tenía que ser elegido, y acordaron que lo sería el ave que volase más alto. Así que empezaron a celebrar concursos de vuelo. El avestruz, que quería ser rey, no podía volar más alto de lo que saltaba, y eso no es mucho. Nuestro feo amigo, el señor Buitre, se elevó hacia el cielo, seguro de que nadie podría subir tanto como él, y fue ascendiendo por encima de las alondras y de los demás pájaros que vuelan alto.

Cuando ya no vio a ningún otro pájaro, gritó:

—¡Hurra! ¡He volado más alto que nadie!

—¡No es verdad! —chilló la vocecita de un pajarito africano llamado Ting-Ticky.

El buitre no conocía a Ting-Ticky. Este se había agarrado a una pluma bajo su ala cuando emprendió el vuelo, y así había subido con él. Ahora que el buitre había alcanzado las alturas, Ting-Ticky salió y voló por encima de él diciendo:

—¡Soy el rey de los pájaros!

—¡Eso no te lo crees ni tú! —gritó el buitre, y se elevó todavía más, sin darse cuenta de que Ting-Ticky se le había posado en la espalda. Cuando llegó más arriba y dejó de subir, Ting-Ticky volvió a salir, voló uno o dos pies por encima de él y gritó:

—¡Soy el rey de los pájaros!

Esto ocurrió dos o tres veces, hasta que el buitre se cansó tanto que no pudo subir más y se rindió. Entonces Ting-Ticky proclamó que había batido el récord de altura y que debía ser «el Rey de los Pájaros».

Pero el buitre estaba tan furioso con él que decidió matarlo. Ting-Ticky se enteró y se instaló en su palacio: una madriguera de conejo.

Desde una madriguera no se puede gobernar gran cosa, y Ting-Ticky aprendió pronto que su pretensión de haber batido el récord de altura no impresionaba mucho a los demás pájaros. Ellos sabían que no había volado por su propio esfuerzo, sino que había subido como ese avión, el Mercurio, que va montado sobre otro avión para que lo eleve por los aires. Así que se reían de sus bravatas y, cuando intentaba dar órdenes desde su agujero, se burlaban de él.

Como rey fue un fracaso.

He conocido a varios Ting-Tickies entre los muchachos —entre los scouts no, ¡POR SUPUESTO!—: chicos que fanfarroneaban y hablaban sin parar de lo buenos que eran jugando al críquet, corriendo o nadando. Según ellos, eran lo máximo. Y todo iba bien hasta que alguien los ponía a prueba y quedaban al descubierto como unos fanfarrones. Entonces les habría encantado tener una madriguera de conejo donde refugiarse de las risas y las bromas de los compañeros a los que habían intentado engañar.

Nunca presumas de tus maravillosas cualidades. Si las tienes, no hace falta que lo digas: los demás se darán cuenta por sí mismos.