Tropiezos de la vida y cómo encararlos
5. Arriesgarse
«Quien no arriesga, no logra nada».
Chaucer
En el ayuntamiento de Copenhague hay un ascensor automático que nunca se detiene. Pasa despacio por cada piso y los pasajeros suben y bajan mientras se mueve. Para subirte con éxito y llegar al piso que quieres, tienes que «mirar dónde pisas» y hacerlo en el momento justo. Si fallas, puedes caerte o darte con la cabeza contra el marco de la puerta.
Vi a una anciana acercarse, detenerse y observar cómo funcionaba. Dejó pasar una cabina; cuando llegó la siguiente, dio un paso adelante, pero dudó en el último momento. Con la siguiente se adelantó demasiado pronto, y con la otra se quedó demasiado lejos. Lo estuvo intentando durante veinte minutos sin atreverse, hasta que al final se rindió y se marchó. Prefirió la seguridad a correr riesgos, aunque esos riesgos la hubieran llevado al piso de arriba.

Pues bien, esa anécdota encierra una moraleja para nosotros.
Cuando esta historia se publicó por primera vez, un crítico me preguntó por qué, siendo scout, no había ayudado a la señora. Me escudé en que, cuando un scout hace una buena acción, no la va pregonando, aunque su esfuerzo haya sido en vano.
Hace falta prudencia para dar cualquier paso en la vida, porque un paso pequeño puede tener grandes consecuencias en la carrera de un hombre, para bien o para mal.
«De pequeñas bellotas nacen grandes robles». El joven da a menudo grandes pasos por ignorancia o por falta de calma, allí donde un hombre mayor dudaría. Se lanza adonde los ángeles temen pisar.
La que duda, pierde
Sin embargo, hay algunos tropiezos morales que pueden salirle al paso al joven que emprende el camino de la vida, y los mayores que ya han pasado por ahí deben prevenirle.
Si prefiere no hacer caso de esos avisos, puede hacerse daño, si no es que se cae y le va todavía peor. De esos tropiezos ya he hablado en otro libro, cuyos capítulos tratan de las apuestas, el vino, las mujeres, los charlatanes, los engreídos y la irreligión. Además de estos, en la vida hay tropiezos materiales que le llegarán a cada uno, pero que cambian según las circunstancias. No se pueden dar consejos sobre cómo afrontarlos, aparte del consejo general de mirar bien antes de dar cualquier paso. ¿Y qué decir de los AVISOS?
«La seguridad, primero» es un lema importado de América, y parece muy útil inculcarlo en la mente de jóvenes y mayores si queremos que no los atropelle un autobús.
Pero ¿es aplicable, o siquiera deseable, entre los británicos, cuyo carácter los hace capaces de arriesgarse y de cuidarse solos?
Es verdad que tenemos la costumbre de bajarnos de la acera sin mirar, pero no tanto por estupidez como por la convicción de que las calles pertenecen a los peatones tanto como a los conductores; y si en consecuencia nos atropellan, moriremos defendiendo nuestro derecho. ¡Así de inglés es esto!
¿Tenían nuestros antepasados la costumbre de mirar dónde pisaban y ponerse a salvo de un salto? No creo que nuestros Drake, nuestros Hawkins y nuestro capitán John Smith estuvieran hechos para buscar la seguridad ante todo, ni tampoco tantos de nuestros pescadores de Terranova o los colonos de nuestra raza que exploraron vastos territorios y se enfrentaron a enemigos salvajes para levantar sus hogares y construir nuestro Imperio en los cuatro rincones del mundo.
Inglaterra sería un lugar muy pobre si hubiéramos heredado la timidez. Sería un desastre indudable para nuestra nación que los jóvenes de hoy perdieran el espíritu tenaz y aventurero y se dejaran alimentar con cuchara y mimar, buscando solo los trabajos fáciles y sin riesgos. Sin duda perderían la sal de la vida y llevarían al país al caos.
Los tímidos y los holgazanes adoptan enseguida «La seguridad, primero» como fetiche o como pantalla. Volvamos la vista a Chaucer, que inspiró a nuestros padres con su lema más poderoso: «Quien nada intenta, nada logra».
Pero los planes para la vida no deben fijarse con demasiada rigidez. Cuando tienes la vista clavada en un camino y te preparas para seguirlo, puede que una mano amiga te dé una palmada en la espalda y te diga: «No, por ahí no; tu camino es el otro».
Al menos esa ha sido mi experiencia. Si escribiera la historia de los principales acontecimientos de mi vida, me inclinaría a titularla Los bombazos de mi vida. Casi cada paso ha sido inesperado, sin buscarlo y en una dirección insospechada.
La Policía Sudafricana (South African Constabulary) (N. del T.: cuerpo de policía fronteriza de Sudáfrica fundado por B.-P.) adoptó como lema, al seleccionar a su personal, «Siempre listos».
—Siempre listos, ¿para qué?
—Para cualquier cosa —fue la respuesta.
Y desde luego que se les podía aplicar, porque a un agente de aquella policía podían llamarlo para domar un caballo, vacunar a un bebé, construir su propio barracón, explicar la ley a un granjero bóer y a su arrendatario, exterminar langostas, resolver disputas entre nativos, tramitar concesiones mineras, hacer de bombero, soldado o administrador, prestar primeros auxilios, etc.
Y lo que haga, lo hace bien, sencillamente porque cumple con estar siempre listo.
Así es la vida. Estar preparado para cualquier eventualidad significa tener carácter, salud y competencia. Eso solo se consigue desarrollándose uno mismo, y de cada hombre depende prepararse.
Prevé lo peor, pero aspira a lo mejor.
Quien solo quiere la seguridad ante todo correrá la suerte que resume esta frase: «Si no arriesgas, no ganas».