Tropiezos de la vida y cómo encararlos
4. Pórtate como un hombre
«Si puedes estar firme cuando a tu alrededor todo el mundo se ofusca y pierde la entereza; si, cuando dudan todos, te fías de tu valor y al mismo tiempo sabes excusar su flaqueza… tuya es la tierra y todos sus codiciados frutos, y, lo que más importa, ¡serás un HOMBRE, hijo mío!».
Kipling
Antes de la Gran Guerra, Lord Kitchener pasó revista a una Tropa de Boy Scouts y llevó consigo a dos héroes japoneses: el general Nogi y el almirante Togo.
Nogi, al dirigirse a los scouts, les contó que de niño había sido enfermizo y retraído, y que le daban miedo muchas cosas que sus compañeros se atrevían a hacer, hasta que un día comprendió que, por el bien de su patria, debía obligarse a hacerlas. Desde entonces, cada vez que se encontraba ante una aventura que le daba miedo o le desagradaba, se obligaba a afrontarla, hasta que se convirtió en un hábito. Así dio la lección práctica e inspiradora de que la hombría es cuestión de educarse a uno mismo.
Cuando le pidieron al almirante Togo que hablara, dijo: «Lo que ha dicho el general Nogi lo digo yo también». Y bastó.
Hoy necesitamos más lecciones como estas. Se hace mucha propaganda del lema «La seguridad, ante todo». Nos están enseñando a temer el peligro y a ponernos a salvo.
Recuerdo una crítica a nuestro ejército que me hizo el káiser durante unas maniobras. Señalando a sus tropas, que avanzaban al combate en formación cerrada y sin ponerse a cubierto, me dijo: «Yo enseño a mis hombres a seguir adelante sin hacer caso de las balas, con espíritu de victoria, mientras que en Inglaterra a su ejército le enseñan a cubrirse para evitar bajas. En una palabra, ustedes les enseñan a tener miedo a los proyectiles antes de llegar a la línea de fuego. Si se inculca el miedo físico, puede acabar desarrollándose el miedo moral».
La seguridad, ante todo
Y es verdad que se puede exagerar al enseñar a los jóvenes a cuidar de su propio interés y de su seguridad. Si se exagera, el espíritu de aventura, la iniciativa y la solidaridad con los demás se apagan. Los hombres rehuirán los caminos que no prometan de inmediato un buen sueldo y ascensos seguros. Dudarán antes de hacerse a la mar por miedo a las dificultades. Evitarán correr riesgos de cualquier clase.

No sería una buena enseñanza para los jóvenes, ni una buena perspectiva para el país.
El primer ministro ha pedido hace poco que haya un mayor espíritu de servicio entre nuestros jóvenes, mientras que el señor Ramsay MacDonald ha reclamado que nuestra educación desarrolle mejor la hombría. Ambas cosas son necesarias.
El verdadero modelo de hombría lo definieron hace mucho los caballeros de antaño en su código de caballería. En él establecieron que el verdadero hombre era fuerte de cuerpo y valiente de espíritu, de honor intachable, siempre dispuesto a ayudar al débil, a las mujeres y a los niños, y tan devoto de su religión que estaba dispuesto a luchar y a dar la vida por ella.
La dificultad hoy es mantener esos ideales ante nuestros chicos cuando su ambiente es a menudo sórdido y la educación no pasa de un barniz de conocimientos escolares en los pocos años que exige la ley. El carácter, que es esencial para formar un ciudadano responsable, queda con demasiada frecuencia a merced de lo que cada cual quiera tomar o dejar.
Hay poca instrucción práctica para aprender a comportarse como un hombre. Cualquiera puede encabezar una carga en la batalla si tiene valor suficiente y gusto por la aventura, pero hace falta un hombre de carácter para mantenerse firme y contener el pánico cuando los demás se retiran a toda prisa. Tener la calma necesaria para no perder la cabeza, encontrar la decisión que conviene a todos y actuar en las emergencias sin pensar en uno mismo: esa es la prueba de que alguien se porta como un hombre. Y es una cualidad más necesaria que nunca en nuestra nación, ahora que el exceso de civilización tiende a ablandarnos y a hacernos depender de los demás.
El señor MacDonald ha dicho también que, para hacer un hombre, deben combinarse tres elementos: cuerpo, mente y alma. Lo que hagan los dos primeros debe estar guiado por el tercero, desde un plano espiritual más alto. Aquí nos encontramos con el hecho terrible de que los hombres van cada vez menos a la iglesia. Pero ¿son por eso menos cristianos? Esa es la cuestión. Evidentemente, hay muchos que tienen el espíritu, pero a quienes, como ellos mismos dicen, ya no les atraen «las formas y los dogmas pensados para las necesidades de hace trescientos años».
En resumen, quien rige su vida diaria según el espíritu de su religión y cultiva una mente sana en un cuerpo sano es quien está mejor preparado para ser un buen ciudadano y para comportarse como un hombre.