Tropiezos de la vida y cómo encararlos
18. Vivir hasta los 120 años
«Ningún hombre tiene una ocupación más digna de los dioses que aquel que se dedica a la educación de sus hijos y de los hijos de los demás» (Sócrates)
Esta semana, un scout me pedía en una carta que viviera hasta los 115 años. No me decía por qué se cansaría de mí precisamente a esa edad, pero le contesté que haría todo lo posible por complacerlo, aunque no quería hacer una promesa formal.
Sin embargo, es evidente que la gente puede vivir más de cien años si se lo propone.
Por ejemplo, hace unos años conocí en Shendi, en Sudán, a un anciano de ciento veinte años. Vino a verme montado en un burro que trotaba alegremente. Era un hombrecillo arrugado, algo inseguro de piernas pero muy vivo de lengua, y se notaba que disfrutaba con picardía paseándose en su burro.
Intenté que me diera alguna prueba de su edad, porque en ese país los registros de nacimiento no se llevan con precisión, si es que se llevan. Su primer intento no me convenció: me dijo que tenía veinte años cuando se divorció de su primera esposa, que lo recordaba bien y que de eso hacía exactamente cien años.
Así que le dije que no quería entrometerme en la intimidad de sus asuntos domésticos: ¿podría decirme algún acontecimiento histórico conocido en el que hubiera participado? Nada más fácil. Antiguamente, cuando Egipto enviaba un gobernador para regir Sudán, este fue recibido en Shendi con todos los honores y se le preparó un banquete; pero los habitantes consideraron que ninguno de ellos tenía rango suficiente para sentarse a la mesa con tan augusto personaje, así que comió solo en la cabaña que le habían asignado.
Mientras comía, los soldados sudaneses, a las órdenes de mi amigo, que entonces era sargento, apilaron balas de algodón alrededor de la casa; y como él estaba al mando, les prendió fuego con su propia mano. El invitado murió quemado, como señal de que en Sudán no querían gobernadores egipcios. Busqué el episodio en un libro de historia y comprobé que había ocurrido de verdad hacía casi cien años, y que, si el protagonista era, como aseguraba, sargento por entonces, bien podía decir que tenía ciento veinte años.
En 1912, en el centenario de la retirada de Napoleón de Moscú en 1812, desfilaron nada menos que ocho veteranos que habían participado como soldados en aquella campaña. Cada uno de ellos debía de tener cerca de ciento veinte años.
Hace uno o dos años murió en Estados Unidos un hombre que tenía fama de haber cumplido ciento treinta años. ¡Sus hijos mayores tenían noventa y seis años, y el menor, siete! El caso se hizo público cuando los abuelos maternos del pequeño intentaron llevárselo; entonces el joven abuelo cogió su carabina, se subió a su mula y salió tras ellos para recuperar a su hijo. ¡Eso es tener ciento y pico años!
Te pongo estos ejemplos para mostrarte que es posible vivir hasta esa edad. El primer paso, para el hombre que quiere estar despierto a los ochenta, es decidirse a seguir trabajando tres o cuatro años más. TRABAJO… ese es el secreto para mantenerse joven. El que no trabaja y no tiene ganas de trabajar corre el riesgo de convertirse en un vegetal y marcharse pronto. El trabajo, lejos de matar al hombre, es el elixir de la vida.
Pero para hacer centenarios hacen falta muchos más ingredientes. El hombre que se toma la vida demasiado en serio pronto verá su fin. Por supuesto, nadie reconoce que le falte sentido del humor, pero la muerte prematura de muchos tiende a demostrar que les faltaba.
Un estómago sano es, naturalmente, una gran ayuda, pero también lo es sonreír y silbar cuando todo va mal. No pases la vida deseando lo que no tienes. El hombre más rico es el que menos necesita.
No frecuentes los clubes y aléjate de los de tu edad que solo hablan de sus glorias pasadas y de sus achaques presentes. Fingir que eres joven cuando las articulaciones no te sostienen no tiene sentido y solo te expone al ridículo. Lo que debes tener joven es el corazón y el espíritu. Los médicos te aconsejarán madrugar, comer sencillo, hacer ejercicio moderado y todo lo demás; pero a mí dame risa, y mucha.
Pero lo mejor de todo, y ahí es donde se te contagia la risa, es trabajar con muchachos. Así no hay forma de hacerse viejo. En el movimiento de los Boy Scouts tenemos una regla: un hombre puede ser jefe a cualquier edad entre los 18 y los 81 años, siempre que siga siendo un muchacho. Hemos tenido que ampliar el límite, porque hay algunos jóvenes que siguen despiertos y pasan de esa edad. Sí, y son de verdad activos y capaces: lord Meath, a los 80 años, hizo nuestro curso de formación viviendo en una tienda de campaña, cocinando su propia comida y trabajando al aire libre de día y de noche, con los pantalones cortos y la camisa scout.

Así que el secreto de la juventud parece ser este: entra en los Boy Scouts o, si ya estás dentro, sigue en ellos (como profesor de manualidades, monitor de juegos, consejero, secretario, Jefe de Tropa o lo que sea). No solo te harás bien a ti mismo, sino que participarás en un trabajo tan satisfactorio y tan vital como el mejor que pueda hacer un ser humano: formar una nueva y mejor ciudadanía para tu país.