Tropiezos de la vida y cómo encararlos
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Tropiezos de la vida y cómo encararlos

10. Los grandes de corazón y los quisquillosos

«La buena voluntad es la voluntad de Dios»

Mirando hacia abajo desde un avión, sobre la inmensidad gris del océano, un piloto vio una manchita que sabía que era un barco rumbo a El Cabo con su carga de almas a bordo. Allí estaban todas, encerradas en aquel pequeño casco, expuestas a los peligros del mar.

Y aun así sabía que en ese pequeño mundo se mantenían a rajatabla las diferencias de clase y de casta. Desde el fogonero de la sala de calderas hasta el millonario del camarote de lujo, había toda una escala de grados y diferencias, con sus envidias, sus críticas y sus susceptibilidades.

Ridículo, ¿verdad? Pero ¿y si miramos hacia casa? ¿Qué pasa en nuestro barrio? En nuestro club, en nuestro colegio o en nuestra oficina parece que tenemos los mismos roces y disputas, los mismos chismes y las mismas susceptibilidades dentro de nuestro propio círculo. Podemos decir que es la naturaleza humana, pero eso no lo hace menos dañino; aunque, por otro lado, sí lo hace más fácil de remediar. Si hacemos un diagnóstico moral de los culpables, vemos que sufren de estómago orgulloso, miopía, cabeza hinchada, lengua ácida o falta de consideración, y todo eso contribuye a una afección del corazón.

Pero no nos conformemos con analizar a los demás: empecemos más cerca, analicémonos a nosotros mismos y veamos si no necesitamos también una operación que nos libre de alguno de esos males morales. Tengamos presente que, si los extirpamos, el corazón se nos ensanchará por sí solo, y que podemos estar seguros de que dentro de nosotros hay, en alguna parte, al menos un 5 por ciento de bueno, y otro 5 por ciento en nuestro prójimo.

Una señora corpulenta fumando con boquilla
Aquí hay un 5 por ciento de bondad, en alguna parte

«Nunca le oí decir una palabra desagradable de nadie». Eso oímos a veces de un hombre, y nos llenamos de admiración: sabemos que es grande de corazón. ¿No podemos seguir su ejemplo y frenarnos cuando nos entran ganas de criticar? Y, una vez conseguido eso, ¿no podemos ir más allá? Contenerse es algo meramente negativo; ¿no podemos hacer algo positivo y, como los Boy Scouts, hacer buenas acciones aquí y allá, día tras día?

No por cumplir, sino como fruto del espíritu de amor. Sería solo un pequeño gesto, fácil para cualquiera. Pero cambiaría mucho la vida. Ser grande de corazón es como la virtud de la misericordia: bendice tanto «al que da» como «al que recibe». Sin duda, de todas las bendiciones que hay en el mundo, ninguna da más felicidad que la vida en armonía que trae consigo la buena voluntad.

Tenemos la suerte de que en nuestro carácter británico hay más bondad que en muchos otros pueblos. Una señora norteamericana que escribía sobre sus experiencias en Europa contaba que le había sorprendido el buen carácter y la bondad que había encontrado en este país. Decía que los hombres no eran tan corteses como los norteamericanos, pero que bajo la superficie eran mucho más amables y estaban dispuestos a hacer un favor de la mejor manera posible.

Por ejemplo, ella conducía por el lado contrario, porque olvidó que aquí se circula por el otro, y estuvo a punto de chocar. El conductor del otro coche, en vez de gritarle y soltarle maldiciones, se limitó a mover el índice y decirle: «¡Traviesa, traviesa!».

Uno de nuestros estadistas dijo hace poco que el comunismo nunca podrá florecer en Gran Bretaña porque se basa en el odio, y los británicos, como raza, tienen demasiado buen humor y demasiada bondad para odiar de verdad. Además de la felicidad que aporta a nuestra vida en casa, nuestro buen carácter tiene un valor para la nación.

Por eso debemos esforzarnos conscientemente para que se mantenga en la próxima generación. Podemos lograrlo educando a nuestros jóvenes con nuestro propio ejemplo, viviendo en armonía con quienes nos rodean. Todo hombre que desea la consideración de sus semejantes tiene la responsabilidad, y a la vez la oportunidad, de poner su parte para hacer del mundo un lugar mejor donde vivir. Lo logramos con una vida en armonía, «con una palabra o una obra buena, y nunca una ofensa». Podemos empezar hoy mismo: cuando esa «horrible señora Smith» venga por la calle, podemos saludarla con alegría y, pasando por alto lo malo, fijarnos en el 5 por ciento bueno que tiene. Hagamos nuestra «buena acción» de cortesía, de caridad o de alegría hoy, mañana y luego todos los días, y veremos cómo nos acompaña la buena suerte.

(Nota: si al principio fallamos, ponernos una multa por cada falta es un buen correctivo, y pronto tendremos reunida una suma para destinarla a obras de caridad).