Tropiezos de la vida y cómo encararlos
11. Enseña la belleza
Amé la belleza del alba, mares azules y cielos; odié las ciudades, pensando que eran feas, lugar donde las almas nunca alzarían el vuelo, donde la mente del poeta se ahogaría y los versos morirían en la niebla. Ahora he visto cómo el despuntar del día glorifica la plaza de Trafalgar, y las sombras de la noche sombría cruzando el cielo de Cheyne Walk. Eso me prueba que la belleza existe en las ciudades o en las aldeas que viste.
«E. R. L. B.», en el Morning Post
Escribo esto tumbado en un montón de hojas secas, un día de abril. El río se desliza a mis pies con su murmullo acompasado. En la orilla de enfrente, la hierba blanqueada por el invierno muestra manchas oscuras allí donde asoman las hojas de los tréboles y de las campanillas azules. La ribera está llena de grupos de dientes de león que se mecen con la brisa.
Al fondo, la colina se alza de golpe con sus árboles, robles, sauces y fresnos, que se recortan sueltos contra el fondo oscuro del matorral, y por encima de todo flota el manto gris de las nubes y la niebla.
Una mente prosaica diría: «O sea, que estás sentado a la orilla del río en un día gris». ¿Y por qué no decirlo así? ¡Pues porque no! Porque, si uno tiene ojos para ver, siente mucho más que eso. Precisamente esa capacidad de apreciar el encanto de la naturaleza es lo que hace del pescador alguien tan admirable y, a la vez, tan simple, todo un ejemplo de paciencia: además de su deporte, descubre la belleza que lo rodea.
Es más, este relato tiene moraleja. Echemos otra mirada al paisaje, a las sombras y al fuerte contraste. La escena empieza a cambiar: donde todo era uniforme, aparecen sombras marcadas y luces que contrastan. Un gorrión canta en el matorral con un trino suave y confiado. De pronto, un martín pescador cruza el río como un relámpago azul. Es el arlequín. Un momento después, la escena se transforma. Las nubes se han ido, y la luz del sol, al caer, da nuevas formas a las sombras de colores. Derrama belleza sobre todo el paisaje. Donde había un pino, ahora hay una columna de alas emplumadas, del más fino encaje verde, que brilla contra la sombra pardo-púrpura del bosque. Y los álamos se yerguen con su blancura plateada, bañados en esta cascada de oro.
El calor del sol trae consigo el olor de las rosas y las madreselvas, que sube hasta lo alto del cielo.

«Donde hubo invierno, ahora es primavera».
Así es la vida. La vida sin el aprecio de la belleza es un día gris sin sol. El sentido de la belleza cambia la visión gris que el hombre tiene de la vida: le da una perspectiva más luminosa y una alegría de vivir nueva. Si la educación pretende preparar a los niños para aprovechar y disfrutar mejor la vida, no debemos limitarnos a hacer de ellos eruditos u oficinistas: debemos incluir como materia el sentido de la belleza.
Se ha dicho que las mujeres carecen del sentido de la belleza, aunque ellas sean las más hermosas de las criaturas de la naturaleza, y les costaría un poco rebatirlo si se presentaran como prueba en su contra el miriñaque, el polisón, el moño, el pelo cortado a lo garçon, la cintura caída y el carmín.
Ruskin dijo una gran verdad cuando afirmó que solo la naturaleza es bella, ¡y que las formas y los pensamientos más hermosos están tomados directamente de las cosas naturales! Al mismo tiempo, la belleza también puede crearse, cuando el hombre expresa su sentido interior de la belleza y lleva a otros a apreciarlo por medio de la pintura, la escultura, la poesía, la música, la literatura y el teatro, siempre que no caiga en interpretaciones egocéntricas del arte, que son feas en vez de hermosas.
Por eso, en la educación del futuro ciudadano, el aprecio de la belleza puede introducirse y arraigar por estos medios. Pero en la formación de la mente del adolescente la práctica enseña más que la teoría, y por tanto hay que fomentar por todos los medios que exprese su sentido de la belleza y del ritmo, que van de la mano, en el dibujo, el canto, la poesía, la danza, el teatro, etcétera.
Más aún: se le pueden abrir los ojos a la belleza de su propio trabajo, para que crezcan su alegría y su orgullo al modelar una vasija o tejer una tela, al ajustar con precisión una máquina o en cualquier oficio manual, de modo que vea en su trabajo algo de arte en vez de una simple tarea.
Además, está la belleza que se desarrolla en el propio carácter. La he conocido en una mujer a la que todos admiraban, no por la belleza de su rostro ni de su figura, que no tenía, sino por la maravillosa belleza de su carácter, que derramaba amor y felicidad sobre todos los que la rodeaban, dondequiera que estuviera. Era sencillamente un ángel en la tierra, y ningún adjetivo describía mejor su carácter que la palabra «hermosa».
Al decir que la belleza debe ser una parte esencial de la educación de los niños, no quiero dar a entender que haya alguien, por pobre que sea, incapaz de apreciarla. Recuerda uno a aquel soldado raso de la Guardia de Coldstream que, al ver por primera vez el amplio panorama que se extiende a los pies del Devil's Kantoor, en el Transvaal, exclamó: «¡Cielos, y luego hay tontos que dicen que no hay Dios!».
Pero, por regla general, los ojos humanos solo están medio abiertos y no reconocen la belleza que los rodea. La gloria de una puesta de sol en el puente de Westminster, el tono rosado de una vieja pared de ladrillo, los colores y las volutas del humo, el vapor y las nubes de un gran centro industrial no dan ninguna alegría a los ojos que no ven.
Una carretera recién asfaltada no sugiere belleza a primera vista, pero incluso allí podemos ver los tonos más pálidos de los bordes, como esa maravilla de la naturaleza que admiramos en el lomo brillante de una víbora negra.
Donde más se nota la falta general de aprecio por la belleza es en los alrededores sucios en los que muchos de nuestros semejantes se conforman con vivir. En cualquier barrio pobre se encuentra aquí y allá una casa limpia, con las ventanas relucientes, flores, etcétera, que demuestra que ese aprecio y su expresión existen y son posibles aun en las peores condiciones. Hay gusto, pero hay que desarrollarlo y extenderlo a gran escala.
Un día festivo (N. del T.: un «Bank Holiday», fiesta oficial en Inglaterra), miles de personas fueron a disfrutar de los jardines del zoológico en plena primavera. Hicieron bien. Pero ¿cómo lo agradecieron? Dejando papeles, bolsas, paquetes de cigarrillos, cajas de cerillas, periódicos y restos de comida: ¡TRECE TONELADAS DE DESPERDICIOS que hubo que retirar después!
Del mismo modo vemos patios y jardines de casitas que podrían estar arreglados y llenos de flores convertidos en vertederos feos y sucios de latas viejas, maderas y basura de todo tipo. Se cultiva la porquería en vez de la belleza y la limpieza. Tomemos nota y evitémoslo. Un ambiente feo forma un carácter feo, mientras que una mayor percepción de la belleza, y su expresión, significan una vida más luminosa y feliz para todos. Y, más que eso, eleva los pensamientos por encima de las preocupaciones diarias hacia ideales más altos, y acerca al hombre a Dios.
Como señala Ruskin, lo que impresiona de las proporciones y de los detalles artísticos de las catedrales más nobles viene de que imitan la naturaleza.
Es en el propio templo de Dios, el que no está hecho por manos humanas, donde el hombre puede ponerse más en contacto con el Todopoderoso y ver mejor la verdadera vida: en las naves de los bosques, con sus vidrieras de ramas entrelazadas a través de las cuales se ve el cielo, o en sus campanarios, que son los picos de las montañas, con su inmenso panorama.