Tropiezos de la vida y cómo encararlos
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Tropiezos de la vida y cómo encararlos

1. Tus verdaderos motivos en la vida

«Aquel que, con cuerpo fuerte y mente dócil, entrega sus poderes mortales al trabajo digno, sin buscar ganancia, ¡oh, Arjuna!, ese es honorable… Quien se abstiene de ayudar a que giren las ruedas de este gran mundo, cultivando la ociosidad de los sentidos, vive una vida inútil, vergonzosa y vana».

Bhagavad-gita (N. del T.: libro sagrado de la India)

Cuando viví entre los zulúes, hace algunos años, era costumbre que todo muchacho que se acercaba a la edad adulta fuera enviado a la selva para vivir solo y valerse por sí mismo durante un mes.

La prueba se parecía a las de los espartanos o al rito medieval por el que un escudero era armado caballero. En esa ceremonia, el joven candidato superaba pruebas físicas de su destreza con las armas, seguidas de lo más importante: un examen de conciencia y la consagración religiosa de sí mismo al servicio de Dios y del prójimo. El baño significaba su decisión de librarse de los pecados y debilidades del pasado; el ayuno, con buena comida delante, significaba la renuncia a las tentaciones de la carne. Y antes de hacer la promesa final de dar la vida, si fuera necesario, al servicio de Dios, pasaba la noche entera en vela, examinando su conciencia y rezando, pensando en lo que iba a ser su relación con la vida y con la religión.

Era un momento trascendental e impresionante, un punto de inflexión en su vida que, por lo general, marcaba su carácter y su conducta posterior.

Viejo remedio para los que no hacen nada

Es una gran pena que hoy nuestra educación no incluya algún ejercicio de reflexión para el muchacho antes de darle por preparado para salir al mundo: una especie de vela en la que, a partir de unas cuantas ideas principales, pudiera pensar por sí mismo qué va a hacer con su vida, en lugar de dejarse arrastrar sin ninguna opinión propia. No es algo imposible ni una idea vana.

Un hombre holgazanea junto a una roca mientras otro salta hacia él blandiendo un palo
Viejo remedio para los que no hacen nada

El hombre que no hace planes no progresa en la vida. La vida dura relativamente poco y se acaba pronto. Siendo así, ¿qué vas a hacer para sacarle el máximo partido? ¿Cuál es el verdadero motivo que impulsará tus actos?

Cuando el joven corriente empieza a hacer planes, suele pensar en cómo divertirse y ganar dinero. Si es un poco más serio, mira hacia delante y piensa qué clase de empleo aceptar: no quizá el mejor pagado al principio, pero sí el que tenga mejores perspectivas; o qué carrera estudiar para llegar con el tiempo a una posición de poder y autoridad. En algunos casos raros, llegará a pensar qué carrera es la adecuada para él, en lugar de cuál le conviene. Así, en nueve de cada diez casos, tiende a pensar en lo que quiere sacar de la vida para sí mismo, en lugar de en lo que él va a aportar a ella. Cuando hace eso, demuestra que todavía no ha adquirido una visión justa de las cosas.

Ganar dinero es, dentro de ciertos límites, un objetivo legítimo: tenemos el deber, hacia los demás, de ser independientes y no convertirnos en una carga.

Para ganar perspectiva, conviene que al principio de la vida cambies de punto de vista e imagines lo que serás y qué cosas te parecerán valiosas cuando vuelvas la vista atrás y repases los años que has vivido y lo que has hecho con ellos: si los malgastaste en tonterías o si les sacaste el mejor partido. En nuestra propia experiencia y en la historia abundan los casos de quienes, en su último suspiro, han murmurado con gran satisfacción: «Pase lo que pase, he hecho lo que he podido; he tratado de cumplir con mi deber».

Como dijo el viejo capitán John Smith, de Virginia: «No venimos al mundo para nosotros mismos, sino para hacer el bien a los demás». Y en eso hay mucha verdad. Hemos venido para dar, no para recibir.

Así es. Ante todo hombre se abren dos caminos: el yo y el servicio. Tienes que elegir por ti mismo cuál será tu verdadero motivo. El yo es más cómodo; el servicio exige sacrificios. Pero, si lo analizas, vivir para ti significa ser esclavo de un patrón o de tu ambición, de donde nacen la envidia y el descontento; en cambio, en el servicio eres libre de expresar, es decir, de dar, tu amor. Y lo curioso es que, cuanto más das, más recibes.

Pero el servicio exige sacrificios. Por eso el joven debe estar preparado: dispuesto a sacrificar sus sueños de riqueza, a valorar los placeres en su justa medida y a tirarlos por la borda si son frívolos o le apartan de su camino. Si un muchacho no es capaz de sacrificarse, no debería llamarse hombre; si no sabe hacerlo de buena gana, no merece contarse como digno hijo de quienes lucharon y cayeron en la guerra. Pero si lo hace para expresar su amor, puede estar seguro de que la vida será para él un bien muy feliz y verdadero.

Estas son algunas de las ideas, entre otras, que conviene sugerir al joven para que piense por sí mismo cuáles son sus verdaderos motivos.

Y hay otra consideración: el egoísmo nunca construyó una nación. En cambio, el sentido del servicio en sus ciudadanos ha construido muchas. Desde luego, hizo de nuestro país lo que es.

El sentido de servirnos unos a otros, en nuestro país y en nuestra situación, ha quedado grabado en nuestro carácter nacional. La guerra lo demostró. Asegurémonos de que la próxima generación lo herede, y recordemos que la mejor manera de enseñar es con el ejemplo.

Un primo mío cuenta que en Siam oyó a un rajá que había viajado mucho discutir con su sacerdote budista sobre las cualidades de los británicos. El rajá dijo: «Lo que ha hecho de esa nación lo que es, es su doctrina del servicio. ¿Cómo era? Ah, sí, era esta: obra bien, ayuda a tus semejantes. Sé útil. Haz algo, como sea… Y me gusta la doctrina que dice que lo único que cuenta en la vida de un hombre es: “¿Qué ha hecho? ¿Ha sido útil?”. Si no lo ha sido, mejor estaría con la cabeza cortada por el dah del verdugo» (N. del T.: el dah era la espada usada en Siam para las ejecuciones).

Yo digo amén a eso.