Tropiezos de la vida y cómo encararlos
7. Desarreglo
«Honrarás a tu padre y a tu madre»
Hace poco fui con otro caballero a un club de baile para ver cómo se divertía la gente. Decir que me llevé una desilusión es quedarse corto. Nunca había visto un grupo de muchachos con un aspecto tan endeble: no había entre ellos ni un solo hombre de verdad.
Y las chicas iban medio vestidas: todo era piel, huesos y polvos de la cara.
Supongo que ellos creían que se lo estaban pasando de maravilla. ¿De maravilla? ¡No lo creo! Por la vida y la alegría que había en el local, cualquiera habría dicho que estaban jugando al ajedrez.
No soy mal juez en estas cosas, porque no creo que nadie haya disfrutado más que yo de un buen rato o de un baile alegre en mis tiempos. Pero ni en mis épocas más tranquilas habría podido asistir a una fiesta más desangelada que aquella.
Al cabo de unos minutos, mi amigo exclamó:
—¡Pobres diablos! Y a esto lo llaman ver la vida. No soporto que una chica tan agradable como aquella tenga que bailar con un mequetrefe saltarín como el que la acompaña.
Se acercó a ella y le dijo sin rodeos:
—Creo que esta pieza es nuestra.
La dama se hizo cargo de la situación al instante, y los dos salieron deslizándose a la pista, mientras el joven se quedaba echando chispas, pero sin poder hacer nada.
Dios sabe que no soy un aguafiestas, pero estos espectáculos nocturnos tan podridos, los clubes de baile, los cabarés y los locales de noche, importados de fuera, se han puesto muy de moda desde la guerra y pueden hacer mucho daño a nuestros chicos y chicas. La causa puede atribuirse a la Guerra, que enseñó a nuestros jóvenes la doctrina de la vida corta y alegre, y que además mató a los padres y a los hermanos mayores cuya sana influencia habría corregido los errores de hoy.
Los muchachos más favorecidos, que deberían ser modelo de hombría para sus hermanos menos afortunados, en muchos casos solo les ofrecen un ejemplo sórdido.

Los que están en los peldaños más bajos de la escala social, con una presunción que serían los primeros en negar, siguen al pie de la letra lo que dicta la gente «de la alta sociedad». Gastan en ello su dinero, su tiempo y sus energías, y así no pueden atender sus negocios o sus oficios ni formar un hogar feliz.
Muchos fracasan porque no se dan cuenta de lo que han comprobado los mejores expertos: que la mejor época para ganar dinero es la veintena; de hecho, las estadísticas muestran que es antes de los veinticinco años. Y a esa edad los jóvenes suelen estar muy ocupados apostando a las carreras o al fútbol, de modo que los que se benefician son los corredores de apuestas y no sus ahorros.
La gente prefiere echar la culpa a los maestros por no dar a los muchachos más formación del carácter y un conocimiento mejor de la vida mientras están en la escuela. Pero el maestro que lo intenta se enfrenta a un problema: grupos numerosos, programas extensos y un tiempo limitado. En el mejor de los casos, puede darle al muchacho las ganas de aprender y la capacidad de adquirir conocimientos, y advertirle de que, cuando sale de la escuela, empieza su verdadera educación: la que se da a sí mismo.
Hace poco, en Nueva York, me preguntaron si en Gran Bretaña nuestros jóvenes bebían demasiado y si había aumentado la delincuencia como consecuencia de la guerra. Solo pude contestar que no lo había notado, aunque tampoco había tenido muchas ocasiones de comprobarlo. Quizá hubiera un poco menos de disciplina y de respeto a la autoridad de los padres que antes de la Guerra, pero eso, a mi juicio, podía atribuirse a la ausencia de los padres, los hermanos mayores y los maestros durante aquellos años; era, por tanto, algo pasajero y no gravísimo. Lo que sí urge es que la educación reúna las cualidades que resume Kipling:
Ninguna fe fácil ni mentira nos llevará a la meta, sino el sacrificio duro de la mente, la voluntad y el cuerpo.
La única disciplina que vale algo en un joven es la autodisciplina, la que nace de su propio buen juicio. El muchacho de la enseñanza secundaria saca más provecho de esta formación que su hermano de la escuela elemental, y puede enseñar con el ejemplo. Por eso tiene una gran responsabilidad, y es importante que se dé cuenta de ello.
Por esta razón, la Asociación de Boy Scouts invitó a los principales responsables de las universidades y de las escuelas de formación de maestros a reunirse en una conferencia para estudiar el asunto. Respondieron con una buena voluntad y una simpatía inesperadas.
Se les pidió que tomaran conciencia de las posibilidades que, según una autoridad como el presidente del Consejo de Educación, tiene el Movimiento Scout para hacerse cargo de la gran masa de muchachos del país y ayudarles a completar su educación cuando dejan la escuela.
El Movimiento no deja de crecer en número. Pero podría casi duplicar sus miembros si tuviéramos los hombres adecuados para dirigir a los muchachos.