Tropiezos de la vida y cómo encararlos
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Tropiezos de la vida y cómo encararlos

14. Siguiendo pistas

«Las pajitas muestran hacia dónde sopla el viento»

Lo que sigue no es una fábula: ocurrió no hace mucho. Una expedición científica fue a explorar una región desconocida del centro de Australia y, tras muchas aventuras, sus miembros se encontraron en una zona desértica, a punto de morir de sed.

En el momento crítico apareció una niña nativa que, al ver el apuro en que estaban, llevó al grupo hasta un gran árbol y, muy contenta, les señaló una fila de hormigas que subía desde el suelo por el tronco hasta un pequeño agujero. Arrancó un tallo hueco, lo metió por el agujerito, y a través de él pudieron beber el agua de lluvia acumulada en el interior del tronco.

La moraleja de esta historia es que un país muy civilizado, con una educación tan buena como la mejor, puede aprender algo de los pueblos menos civilizados.

La educación de un niño aborigen australiano empieza en manos de su madre, con lecciones que lo preparan para la vida y no solo para los exámenes.

La golosina favorita de un niño aborigen es una lagartija. Igual que una madre civilizada le da una chocolatina a María porque ha hecho bien sus ejercicios de piano, la madre australiana enseña a su hijo a ganarse el premio siguiendo a la lagartija hasta su escondite detrás de una piedra. Así, desde la infancia, el nativo desarrolla una observación tan fina que es capaz de seguir hasta el rastro de una araña en la arena, y de las «señales» sabe leer un mensaje, como la niña de las hormigas sedientas.

Un soldado, en lo alto de una trinchera bajo el fuego enemigo, se niega a bajar mientras su sargento lo llama desde dentro
Las cosas pequeñas tienen importancia. —¡Baja ahora mismo a la trinchera! —¡No, mi sargento, que ahí abajo hay una avispa!

Sin duda aquellos exploradores científicos sabían leer y escribir, eran buenos matemáticos y hombres de letras clásicas, y habían estudiado a fondo la botánica, la geología, la fisiología y otras ciencias; pero no tenían una capacidad de observación, ni sabían aplicarla, como aquella pequeña salvaje.

Como esos sabios, también yo aprendí de un nativo una lección de observación y deducción cuando exploraba el país de los matabeles, hace muchos años.

Una mañana temprano, cabalgando por una llanura despejada, encontramos las huellas de varias mujeres que iban hacia unas colinas situadas a unas cinco millas (unos ocho kilómetros). A unas 10 yardas (unos nueve metros) del camino había una hoja. No había árboles por los alrededores, pero sabíamos que en una aldea a quince millas, en la dirección de la que venían las huellas, había árboles de esa clase.

Las «señales» indicaban que aquellas mujeres venían de esa aldea, que habían traído la hoja con ellas y que se dirigían a las colinas. La hoja estaba húmeda y olía a cerveza nativa, así que dedujimos que llevaban cántaros llenos de cerveza con la boca tapada con hojas, como es costumbre. Esta hoja se había caído y el viento la había llevado a 10 yardas del camino; pero no soplaba viento desde las cinco de la mañana, y entonces eran las siete.

Leímos así la «noticia»: durante la noche, un grupo de mujeres había llevado cerveza al enemigo desde la aldea y había llegado a las colinas hacia las seis. Lo más probable era que los hombres se hubieran puesto a beber enseguida, porque la cerveza se agria si se deja mucho tiempo, y que cuando llegáramos estuvieran adormilados por sus efectos; tendríamos así una buena oportunidad de reconocer su posición. Actuamos según esta información y tuvimos un éxito completo.

Esto no es más que un episodio de la vida diaria en campaña, y lo cuento solo para mostrar la importancia de la observación y la deducción.

He enumerado una por una las distintas cosas que nos llevaron a esas conclusiones, pero cualquier scout les daría al instante su significado exacto mientras lee estas páginas.

Con la práctica, los nativos desarrollan la capacidad de fijarse en marcas que para el principiante sin experiencia apenas tienen interés. Y aunque el nativo sabe percibir las señales que entran en el terreno de su experiencia ordinaria, el hombre blanco le supera en este aspecto, sobre todo cuando se trata de un campo nuevo, ajeno al suyo. Quizá sea natural, puesto que tiene más conocimientos generales y más capacidad de razonamiento.

Una mañana temprano, un grupo salió a cazar tigres en la jungla, guiado por un rastreador y seguido de algunos ojeadores. De pronto vieron huellas de tigre, pero el rastreador no pareció hacerles caso. Los ojeadores vieron entonces la ocasión de gastarle una broma, y el más atrevido le dijo al shikari (guía) que abriera bien los ojos, que todavía estaba dormido: ¡allí había huellas frescas de tigre!

El shikari se limitó a contestar:

—¡Tonto! ¿A qué hora salen los ratones?

Miraron con atención y vieron que las huellas del tigre estaban debajo de las de los ratones. Los ratones solo salen al caer la tarde y se esconden al llegar la noche, así que las huellas eran de la víspera y no tan frescas como parecían.

No parece bien que esta ciencia de la observación y la deducción, que es una cualidad valiosa del carácter de un hombre, no forme parte del programa escolar, salvo en las escuelas que han adoptado la formación scout.

Para empezar, diré que tiene un gran valor para el muchacho o la muchacha.

La OBSERVACIÓN desarrolla notablemente la agudeza y la eficacia de los sentidos: con la práctica continua se agudiza y se fortalece la vista, y también el oído, el olfato y el tacto.

La DEDUCCIÓN agudiza la mente de forma aún más asombrosa, porque desarrolla el razonamiento, la imaginación, la búsqueda paciente, el sentido común y la memoria.

Es una ciencia que, además, resulta muy atractiva e interesante para los jóvenes, de modo que, una vez iniciados, se aficionan a ella y la practican por su cuenta.

El valor práctico de una educación así, que añade una nueva cualidad al carácter, es incalculable, sea cual sea el camino que se siga: el derecho o la medicina, la exploración o la investigación, los negocios, el Ejército o lo que quieras.

Es fundamental también para conocer los hechos materiales o para comprender el carácter y los sentimientos de los demás; con ella se disfruta de los muchos pequeños placeres que ofrece la naturaleza y, sin duda, se aprovechan los talentos que Dios nos ha dado.