Tropiezos de la vida y cómo encararlos
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Tropiezos de la vida y cómo encararlos

15. La escalada como educación

«Escalar da, además de exaltación al cuerpo, exaltación al espíritu» (General Smuts)

Escalar es algo natural en el ser humano. Por su herencia simiesca, el bebé ya puede agarrarse con las manos y con los pies. Para los niños de más de tres años, trepar tiene un valor educativo incalculable.

Entiendo por educación preparar al niño, en salud y en carácter, para que sea un buen ciudadano. Trepar desarrolla sin duda la salud y la fuerza mejor que cualquier otro ejercicio físico, porque es algo natural y no un ejercicio artificial. Pero, además, desarrolla al mismo tiempo cualidades como la confianza en uno mismo, el valor, la prudencia, la resistencia, la ambición, la paciencia y otros rasgos de carácter que no se consiguen con el ejercicio físico.

Más aún: trepar ofrece aventuras emocionantes que llevan al joven a practicarlo por iniciativa propia, solo o acompañado. Da lugar a una afición sana que lo acompaña, poco a poco, hasta la edad adulta.

A los tres años se le puede preparar una pista de obstáculos con muebles, sillas, mesas, libros (que hacen de piedras para pisar) y cómodas con los cajones entreabiertos, colocados en la habitación; o, mejor aún, al aire libre, con barriles, piedras, puentes de tablas, sillas de jardín, troncos caídos, zanjas, puertas, etc. La alegría con que los niños se entregan a ello, hora tras hora, y la habilidad con que atacan esos obstáculos me han abierto los ojos. Ves sus músculos tiernos doblarse y estirarse mientras trabajan, con un cálculo que se vuelve frío y certero después de unos cuantos fallos, que también enseñan.

Un jinete sale despedido de un caballo que corcovea
No dejes que tu afán de escalar te lleve a montar un «caballo bronco», porque te tirará

Luego viene la aventura que más gusta a todos los niños: trepar a los árboles. Las escaleras, los mástiles y las cuerdas resultan valiosos para esto, y se usan en las ciudades y los parques, donde el espacio y las oportunidades son limitados. Con el uso inteligente de una cuerda, trepar a los árboles puede convertirse en un deporte, y así casi cualquier árbol se presta a que un chico lo trepe. Tiene un atractivo enorme. Llegar arriba da una sensación de logro y de conquista ganada con esfuerzo, y eso aporta confianza para acometer cualquier empresa difícil.

Para los scouts, trepar a los árboles es útil porque exige ciertos conocimientos de botánica para distinguir las distintas especies según sus características para la escalada. Así, un roble ofrece un apoyo seguro para la persona o para la cuerda, mientras que el olmo tiene a veces ramas que parecen sanas y están podridas por dentro, y te dejarían caer. El haya, con su corteza lisa, no parece prometedora para quien la trepa, si no sabe que puede fiarse incluso de las ramas más finas que cuelgan hacia abajo; pero si sigues la misma táctica con el pino o el abeto, las ramas se rompen al primer intento.

Trepar en equipo, cuando tres o cuatro comparten una cuerda, le da un nuevo interés a este deporte. Y además es educativo por las cualidades morales que pone en juego: liderazgo, disciplina, buen criterio, cooperación y afán de superación.

Trepar a los árboles con cuerda lleva a escalar rocas, un deporte más difícil y peligroso; pero cuando los escaladores se han entrenado progresivamente desde la infancia, el peligro disminuye. Escalar acantilados, en cualquier punto de la costa, permite practicar un arte especial.

A algunos espíritus atrevidos les atrae trepar por los edificios. La famosa «mosca humana» que subió por la fachada de un rascacielos de Chicago empezó como el muchacho de Oundle que trepó al campanario de una iglesia, o como el chico de Eton que subió a la torre del reloj, o como mi propio secretario, que presumía de haber entrado en la mayoría de los colegios de Cambridge sin pasar por la puerta.

Pero lo mejor de todo es escalar montañas. Forja hombres de verdad, con músculo, energía y arrojo, amantes de la naturaleza, de la belleza y de la religión. Solo en unos pocos países no se puede practicar. Las montañas no tienen por qué ser escarpadas. Te diviertes tanto subiendo una montaña pequeña como una grande; hace falta la misma decisión y la misma resistencia, se siente la misma libertad y la misma camaradería con la cordada.

Puedes hacerte el mismo daño si te caes desde 200 pies (unos 60 metros) que desde 20 000. El general Bruce, jefe de una expedición al Everest, me dijo:

—No es tanto la altura de la montaña lo que cuenta como las dificultades que hay que vencer.

Su majestad el rey de los belgas empezó a escalar a los once años y todavía es un montañero entusiasta. Me contó que lo prefería a cualquier otra forma de ejercicio físico para los muchachos, porque no solo daba fuerza y salud, sino también cualidades morales de un modo singular: audacia, resistencia y confianza en uno mismo. Su santidad el papa (N. del T.: se refiere a Pío XI) ha sido montañero, y hace poco publicó un libro en el que describe sus experiencias y recomienda este noble deporte.

Por último, está tu alma. Parece algo extraño para encontrarlo en una montaña, ¡pero está ahí! El general Smuts, primer ministro de Sudáfrica, al inaugurar un monumento a los caídos de la guerra en la montaña de la Mesa, dijo: «La montaña no es solo algo externo y sublime: se alza ante nosotros como una escala de la vida, como una escala del alma, y, de un modo curioso, es fuente de religión. De ella vino la Ley (N. del T.: las Tablas de la Ley entregadas a Moisés), de ella salió el Sermón de la Montaña. Podemos decir con sinceridad que la religión más alta es la religión de la montaña. ¿Y cuál es esa religión? Cuando llegamos a la cima, dejamos atrás la sensación de debilidad y de desprecio. Sentimos una libertad nueva, una gran alegría, la exaltación del cuerpo tanto como del espíritu. Sentimos un gran gozo. La religión de la montaña es, en realidad, la religión de la alegría y de la liberación del alma de todo lo que la hiere con una sensación de cansancio, de dolor o de derrota».

Cuando subas, sube tu montaña en compañía de otros; pero cuando llegues a la gloriosa cima, con su inmenso panorama, siéntate y piensa. Y mientras lo haces, déjate empapar por la inspiración de todo lo que ves. Cuando bajes al llano, te encontrarás convertido en un hombre nuevo en cuerpo y alma y, lo que es más, en espíritu: el espíritu de un horizonte inmenso.