Tropiezos de la vida y cómo encararlos
12. Propinas
«No degrades a tus semejantes ofreciéndoles propina: la propina es una forma de soborno». Cartel en un restaurante de Moscú
Una vez leí con mucho interés en un periódico una serie de cartas de lectores que daban su opinión sobre «el mayor mal de nuestros días», y no pude evitar estar completamente de acuerdo con cada una. Pero, cuando las terminé de leer todas, pensé que no se había mencionado uno de los mayores males de hoy, si no el mayor.
Dar propina, se mire como se mire, es malo. Siempre elogio la virtud de la misericordia. Pues bien, la propina es justo lo contrario: es mala para el que la da y para el que la recibe. (N. del A.: No hablo de los «soplos» en las carreras de caballos, sino del dinero que se da por pequeños servicios por los que el que lo recibe ya cobra de su patrón).
Por lo general, hay un aire de secreto en esta transacción, un trato bajo cuerda del que las dos partes se avergüenzan un poco, porque ambas actúan a escondidas, a espaldas del patrón.
Pero lo peor es que dar propina mina deliberadamente la moral y el amor propio del otro. El que acepta la propina no se convierte en igual, sino en inferior al que se la da: se vuelve servil a cambio de una recompensa y pasa de hombre a pedigüeño y parásito. Ahí es donde la propina hace daño.
Una vez fui de cacería con un árabe que se llevó a algunos de sus criados como ojeadores. Después de un día largo y duro, se reunieron y vinieron hacia mí. Yo estaba inquieto por saber cuánto sería la propina adecuada y si estaría a mi alcance.
¿Propina? ¡Nada de eso! ¡Solo querían estrecharme la mano y darme las gracias por la buena jornada de caza que habíamos pasado! Nos despedimos como camaradas y como iguales.

En nuestro país las cosas son distintas. He conocido a algunos guardas de caza de esos a los que, después de una jornada de caza, puedo estrechar la mano como a un amigo. Pero en los últimos años la propina se ha vuelto casi general entre esta gente. El montañés de las Tierras Altas (N. del T.: se refiere a Escocia), al que admirábamos por orgulloso y por tener respeto de sí mismo, y por eso mismo respetado, descendiente de los clanes libres, se está convirtiendo en general en un criado servil. Eso es lo que me duele.
¿No podría alguien imprimirnos una especie de tarjeta de propina para dársela a aquellos a quienes de otro modo daríamos dinero? Podría ser una tarjeta postal con nuestra dirección por un lado y, por el otro, una declaración como esta:
«Le estoy muy agradecido por lo que ha hecho por mí. No me gusta ofrecerle dinero, porque muchos hombres no aceptan propinas: sienten que aceptar favores rebaja su hombría. Así que, de hombre a hombre, le ofrezco mi gratitud. Pero si de verdad necesita dinero, escriba abajo su nombre y su dirección y envíeme esta tarjeta; haré lo que pueda por ayudarle».
Hebert Fane, que ha escrito sobre esto hace poco, ha mostrado que dar propina es una forma de presunción, a la que los hombres son más aficionados que las mujeres:
«Un hombre es capaz de gastarse hasta el último chelín (N. del T.: moneda inglesa) por guardar su dignidad; una mujer prefiere guardarse el chelín y perder la dignidad».
¿Son los hombres más derrochadores, o es que no tienen el mismo valor moral y temen que los tomen por tacaños?
Donde se acepta la falta de honradez en las cosas pequeñas, el sentido de la honradez se nubla y se abre la puerta a la corrupción en las grandes. Este peligro se ha denunciado más de una vez en los ayuntamientos, y es un peligro real. De las «gratificaciones» al soborno y la corrupción, es decir, a la «mordida» en la vida política y en el gobierno de nuestro país, no hay más que un paso. Si eso ganara terreno, sería la ruina de nuestra nación.
No sé si las mujeres son más honradas que los hombres, pero veo que han elegido a una mujer alcaldesa de una ciudad (no en Gran Bretaña) donde, la última vez que la visité, el periódico local publicaba este titular: «Siempre es bueno saber dónde están y qué hacen nuestros cargos públicos». Y a continuación anunciaba que los dos últimos concejales del pueblo estaban ahora en la cárcel, donde «esperaban» en compañía del alcalde, del jefe de policía y del resto del Ayuntamiento, que habían «ingresado» por soborno y corrupción.
Tú y yo somos personas corrientes. Pero los ciudadanos corrientes somos los que podemos hacer mucho por nuestra patria, si queremos. Si tenemos firmeza moral, los que estamos a punto de recibir propinas o «gratificaciones» haríamos bien en pararnos a pensar si no nos rebajamos al aceptarlas. Aunque suponga un sacrificio de dinero, demostremos nuestra hombría de bien y, agradeciendo el ofrecimiento, rechacemos el regalo.
Antiguamente, lo más importante en la investidura de un caballero (algo que hoy se incluye también en la investidura Rover) era el espaldarazo: el golpe que el rey daba con la espada para recordar al joven caballero que tenía un punto sensible, cuyo ataque despertaría su airado resentimiento, y ese punto era su honor.
De vez en cuando hemos sabido con satisfacción de la airada respuesta de personas como los funcionarios del Servicio Civil de la India cuando alguien se les ha acercado ofreciéndoles una gratificación. No porque la cantidad fuera pequeña, sino porque aquel gesto era un insulto directo a su honor. Pooh-Bah, en cambio, tenía muy buenas tragaderas, ¡y cuanto mayor era el «insulto», más fácil le resultaba tragárselo! (N. del T.: Pooh-Bah es un personaje de la opereta El Mikado, de Gilbert y Sullivan, que acapara cargos y acepta sobornos).
Los que no estamos de acuerdo con dar propinas podemos resistirnos a este chantaje, no por el bien de nuestros bolsillos, sino para mantener la hombría y la honradez entre nuestros semejantes y frenar así el avance de las «gratificaciones» y de la picaresca. Si no, mereceremos que nos pongan en el mismo saco que a esas mujeres bienintencionadas que fomentan la mendicidad dando limosna a cuanto pordiosero ven.
Más aún, podemos convencer a la nueva generación de que aceptar propinas significa renunciar a la independencia y rebajar sus principios de hombría y de honor.
Cuando somos patronos, debemos asegurarnos de que nuestros trabajadores tienen un salario suficiente para vivir y de que no los obligamos a buscar propinas en cuanto pueden. Nuestra meta debe ser que, al abolir las propinas, fomentemos un espíritu invencible de honor e integridad en todos los sectores de la sociedad y pongamos a todos los hombres en un plano de confianza, respeto e independencia mutuos, en vez de servilismo por una parte y arrogancia y condescendencia por la otra.