Tropiezos de la vida y cómo encararlos
2. De los que se aprovechan de los jóvenes
«“¿Quieres entrar en mi salón?”, dijo la araña a la mosca».
Es asombroso lo educada y amable que suele ser la gente cuando quiere algo de ti. Hoy he recibido una de las cartas más corteses que me han escrito nunca. Venía de un barrio elegante de Londres y el sobre estaba escrito con una letra nada comercial. El autor expresaba su cordial deseo, aunque todavía no nos conocíamos, de ayudarme en caso de que necesitara dinero. Al parecer, tenía mucho dinero y no sabía en qué emplearlo, y consideraría un verdadero privilegio prestarme cualquier suma entre diez y mil libras.
Pues bien, ese individuo lleva años escribiéndome con cartas parecidas. Por suerte, hasta ahora no he necesitado su ayuda, aunque Dios sabe cuántas veces lo he deseado. Me río un poco y la carta acaba en la papelera.
Pero, pensándolo bien, no habría podido seguir en el negocio todos estos años si nadie hubiera caído en su trampa. Tiene que haber muchos incautos atrapados en sus redes. Sería cómico, si no fuera también trágico, ver lo deprisa que cambiaba el tono de sus cartas cuando vencía el plazo del préstamo, y verlo al final de la operación, con la mosca bien metida en la telaraña, exigiendo que le devolvieran su dinero con intereses y usándolo sin piedad, como si fuera una pistola apuntando a la cabeza de la víctima. Con mucha frecuencia, esto lleva al pobre incauto a ponerse de verdad una pistola en la cabeza.
¿No quieres entrar en mi salón?
Sí, los jóvenes que empiezan a vivir están, como dije en Roverismo hacia el éxito, «llenos de energía, pero faltos de experiencia». En todos los ámbitos de la vida son una presa legítima a ojos de quienes se aprovechan de ellos, y caen con demasiada facilidad en las trampas que les tienden por todas partes. En mis tiempos, solo se trataba de esquivar los peligros normales del camino. Pero hoy los muchachos lo tienen más difícil, porque las trampas están disfrazadas y colocadas a propósito en su camino para atraparlos.

En los últimos años, sobre todo desde la guerra, ha crecido el número de buitres que se aprovechan de los jóvenes. La educación apenas los prepara para esto ni para ninguna otra dificultad que encuentren en la vida. Esa clase de advertencia no entra en las «tres erres» de la enseñanza (N. del T.: en inglés, Reading, Writing and Arithmetic, es decir, lectura, escritura y aritmética; al pronunciarlas, las tres palabras empiezan por el sonido «r»).
Muchos padres y hermanos mayores que podrían aconsejarlos murieron en la guerra; otros nunca han tenido que enfrentarse a esto y no saben educar a sus chicos.
Sin nadie que los avise, los aprovechados han encontrado el campo libre y una gran oportunidad.
Se inflan los premios de los combates de boxeo, de los partidos de fútbol y de las carreras, y se anuncian a bombo y platillo en la prensa para atraer multitudes, mientras los apostadores, a su vez, explotan la inexperiencia de los jóvenes aficionados. También los atrapan los clubes nocturnos y los aventureros de la política, y los prestamistas los persiguen ofreciéndoles el dinero que necesitan para seguir adelante. Contra todo esto no hay ninguna formación específica en hombría ni en carácter. Se deja que los jóvenes aprendan por su cuenta y que naden o se hundan según les vaya: una enseñanza dura en la que muchos se pierden. Lo asombroso es que una parte tan grande de ellos llegue al nivel que alcanza. Que lo logren dice mucho del carácter nacional, y es una gran promesa de lo que podría hacerse cuando un verdadero sistema educativo los ayude.
Pero la nación necesita a estos jóvenes. El tiempo vuela. Hemos perdido la flor de nuestra juventud en la guerra y la nación está casi al borde del abismo en exportaciones y comercio; por eso hacen mucha falta jóvenes británicos verdaderamente equilibrados como ciudadanos, tanto para el país como para nuestra Commonwealth de ultramar. Como nación, no podemos permitirnos desperdiciar a una sola persona dejándola vagar sin rumbo. Y aunque no intentáramos salvar a estos muchachos por nuestro país, por lo menos está en nuestra mano hacer algo por estos prójimos jóvenes. La naturaleza da buen material, pero el trato humano lo convierte en desecho por culpa de una mala organización y de una educación equivocada.
Estos fallos tienen remedio, y se remediarán cuando la educación se proponga formar el carácter y le dé al menos tanta importancia como a los logros escolares; cuando desarrolle la responsabilidad personal por la salud y el vigor, y el respeto por el cuerpo que el Creador nos ha prestado para un gran fin en el orden de la naturaleza; cuando fomente los trabajos manuales, la habilidad técnica y el ingenio del joven; y cuando encauce las cualidades de cada uno hacia la expresión práctica de la buena voluntad y del servicio a los demás miembros de la comunidad.
Pero el joven tiene que afrontar todavía otras dificultades cuyo remedio no depende de la formación escolar. Están las artimañas de los extremistas, ya sean políticos, religiosos o artísticos; las malas compañías, las mujeres… Sin duda, muchos escollos ante él. Pero hay un antídoto prácticamente infalible que siempre le ayudará: EL CARÁCTER, que es la cualidad esencial que acaba por vencerlos a todos. Este carácter es difícil de desarrollar en un muchacho entre las paredes de la escuela. Por bueno que sea el sistema, no puede enseñarse en clase: tiene que desarrollarlo cada cual expresándose por sí mismo. Ahí entra el campo de juego. Los campos de juego de Eton, a los que Wellington atribuyó la victoria de Waterloo, son un ejemplo típico de tantos campos de juego que fueron escuela de grandes carreras.
Lo que cuenta es el ambiente y la enseñanza fuera de las aulas.
En mi caso, encontré algo todavía mejor que los campos de juego.
Querido lector, no sé cuál habrá sido tu experiencia, pero, en lo que a mí respecta, en la escuela me enseñaron pocas cosas prácticas para la vida en comparación con lo que aprendí en los campos de juego. Allí nos limaban las aristas, encontrábamos nuestro sitio y ganábamos un poco de carácter. Y aunque los juegos no duraron mucho, tuvieron valor en aquella etapa de preparación y sus lecciones fueron válidas.
Pero donde más aprendí fue en el bosque que rodeaba la escuela. Lo que aprendí en la espesura fue a la vez una preparación y un anhelo que ha seguido conmigo hasta hoy.
La naturaleza me atraía, y lo que aprendí de ella por mí mismo no se me ha olvidado. Más aún: fue más allá del desarrollo de la salud del cuerpo y de la mente, y me ayudó, siendo joven, a encontrar mi alma. Fue de un modo elemental, pero acechar a los pájaros, a los animales y a las mariposas, y quedarme inmóvil para observarlos, me convirtió en compañero de la naturaleza en lugar de intruso. Me hizo comprender las maravillas que nos rodean y, al abrirme los ojos, me reveló también la belleza de los bosques y de las puestas de sol. Más tarde, las excursiones a campo abierto me descubrieron la riqueza de la naturaleza, y las reliquias históricas y la huella del hombre en los caminos me hicieron ver cómo se relaciona con ella la condición humana.
Hice viajes por mar y escalé montañas, lo que confirmó las lecciones del bosque y me llevó después a apreciar, en el océano y en las nieves perpetuas, las cosas buenas que el Creador ha puesto para nuestro disfrute en toda una gama de lugares salvajes.
Pero, aunque muchas cosas como estas pueden darte en conjunto una sensación de eficacia y de capacidad para disfrutar más de la vida, la conciencia te dirá que todavía les falta algo para estar completas. Ese algo lo encontrarás al poner esa eficacia al servicio del prójimo y al repartir algo de tu alegría para alegrar a los demás.
Así pues, la educación no debe conformarse con enseñar al joven a no caer en las trampas o a ganarse el sustento, sino, lo que es más importante, a vivir: a apreciar las maravillas del mundo en que vivimos; a contribuir, practicando la buena voluntad y la cooperación, a la prosperidad y la felicidad del país y a la paz y el entendimiento en el mundo; y a participar de una felicidad que vale más que toda la riqueza, el poder o la posición que puedan dar el éxito.