Tropiezos de la vida y cómo encararlos
Índice
Aa

Letra

Columnas

Tamaño

100 %

Interlineado

Márgenes

Modo de lectura

Tropiezos de la vida y cómo encararlos

8. El espíritu del lunes

«Cuando por la mañana temprano te cueste levantarte, piensa así: “Me levanto para hacer el trabajo de un hombre. ¿Y voy a estar de mal humor por ir a hacer aquello para lo que me enviaron al mundo? ¿Acaso me hicieron solo para estar calentito bajo las sábanas?”». Marco Aurelio

Al levantarnos por la mañana, lo primero que pensamos es: ¿qué tengo hoy? ¡La misma rutina de siempre!

«La ronda de siempre, la tarea vulgar». ¡Qué trabajo tan deprimente! Y uno piensa: «¡Ay, voy a dormir un ratito más!».

O, por el contrario, puede que al despertar recordemos que hoy es el día de aquel trabajo que llevábamos tiempo esperando. Entonces, con una energía digna de Apio Claudio, saltamos de la cama y nos vestimos a toda prisa para lanzarnos a la aventura.

El lunes por la mañana, después de un día de descanso y de recreo lejos del ambiente de trabajo, nos devuelve a la tarea diaria, a dar vueltas a la noria hasta que el sábado siguiente viene a rescatarnos. Y así seguimos, contando los pasos.

Para algunos de nosotros, en cambio, el lunes significa empezar con entusiasmo, con fuerzas renovadas y buen ánimo, a enfrentarnos a las olas de nuestro trabajo.

«El amanecer debería significar para nosotros, como para los griegos, la renovación diaria del gozo apasionado y de la vida perfecta: el encanto de una energía nueva en cada nervio y, en la fuerza de la madrugada, una paz mayor aún que la paz de la noche». (Ruskin)

Una vez, mi hija pequeña se cayó del caballo. El animal había pasado dos días en la cuadra, sin hacer ejercicio y bien cebado de avena. Le expliqué que aquello se debía a lo que llamamos «el mal del lunes por la mañana», que le da a un caballo cuando ha descansado dos días y sale al campo rebosante de energía para volver al trabajo.

El caballo nos enseña cuál debe ser el espíritu del lunes por la mañana.

Un caballo encabritado da coces sin jinete
El espíritu del lunes por la mañana

El trabajo se nos hace ligero cuando lo vemos como un juego en el que jugamos en equipo, cada uno en su puesto y todos luchando por el bien del conjunto. Y cuando le cogemos el espíritu, pronto descubrimos que no es solo un juego, sino un gran juego.

¿Y qué es lo que convierte nuestro trabajo en un juego en vez de en una carga?

Precisamente esto. Si miramos el trabajo por lo que podemos sacar de él, estaremos pendientes del reloj y contaremos los pasos de nuestra noria, siempre agobiados por la sensación de ser esclavos. En cuanto adoptamos el punto de vista contrario y nos fijamos en lo que podemos dar a nuestro trabajo, este nos resulta agradable: en vez de tener que hacerlo, queremos hacerlo.

Nos ponemos a ello con alegría y con una sonrisa, y cuando emprendes un trabajo sonriendo se acabaron las dificultades. Entonces el trabajo deja de ser solo un juego y se convierte en un placer.

Al joven se le dice que, para triunfar en una carrera o en los negocios, tiene que hacerse indispensable.

Esa es la palabra, y ese es el objetivo si es listo: estar preparado para encargarse de otro puesto con poco tiempo de aviso si el que lo ocupa enferma o falla. El que se toma su carrera en serio trata de conseguir para sí todo lo que puede. Pero eso no convierte su trabajo en un placer ni en un juego. No alcanza el verdadero éxito. Sigue siendo un esclavo, aunque sea de su propia ambición.

La libertad para expresarse uno mismo es el mejor camino hacia el éxito. Mira más allá del trabajo de tu escritorio o de tu mesa y verás qué resultado tendrá para otras personas. Hazlo bien por ellas. El servicio, con su campo más amplio, trae la mayor recompensa. La satisfacción es el éxito. Como dijo el deán Inge: «No es el trabajo, ni la clase de trabajo, sino el espíritu con que se hace, lo que lo vuelve servil o libre, honroso o degradante».

El artesano se enorgullece del resultado de su trabajo, sea su oficio manual o intelectual. Hasta el empleado o la mecanógrafa más humildes pueden, poniendo su habilidad o su originalidad en lo que parece pura rutina, destacar entre sus compañeros y dar prestigio a su empresa.

Recuerdo a un joven ingeniero que, cuando llegó la orden de su sindicato de hacer huelga de brazos caídos, dijo: «¿Cómo voy a irme y dejar a medias un trabajo como este?». Había llegado a ese punto, envidiable y al alcance de cualquiera, de estar enamorado de su trabajo.

En mi oficio, el Ejército, he conocido lo penoso que es intentar, hora tras hora y día tras día, instruir en el patio del cuartel a un escuadrón de reclutas jóvenes y torpes para convertirlos en autómatas, todos lo más parecidos posible a un mismo patrón.

Era mortalmente aburrido, una rutina ingrata, hasta el bendito día en que descubrí que aquellos zoquetes eran hombres en potencia; que si los cogía uno a uno y los estudiaba por separado, encontraba en cada uno al menos un cinco por ciento de bueno en alguna parte; que ese cinco por ciento, si se aprovechaba, servía para echar fuera lo malo; y que, en vez de convertir a cada recluta en una máquina, estaba en mi mano convertirlo en un individuo, en un hombre, en un soldado y, lo que es más, en un ciudadano para su país.

Lo aburrido de la rutina desapareció, y en su lugar quedaron la aventura y el deporte de descubrir ese cinco por ciento de bueno, de ganarse una mente humana y de llevar el carácter de cada uno a un nivel nuevo, con toda la satisfacción de un trabajo bien hecho con las propias manos, útil para el propio hombre y para su país.

Un gran juego, y que valía la pena.

Del mismo modo, tú puedes buscar y atrapar el cinco por ciento de deporte que hay en tu trabajo. Saca la rutina de tu oficina, de tu taller, de tu granja o de tu escuela, y convierte tu lugar de trabajo en tu diversión: ama tu trabajo y pon en tu oficio todo lo que puedas para los demás, en vez de intentar sacarlo todo para ti.

¿Qué es lo que le da al caballo su energía del lunes?

No es solo el descanso del domingo, sino también el pienso. Piensa que no es solo el descanso del cuerpo y de la mente que tienes el domingo lo que te devuelve el vigor para el lunes, sino el estímulo moral que has recibido con el alimento espiritual de ese día. Será tuyo si lo buscas, y te durará toda la semana: te pondrá en un plano más alto, te dará una visión más amplia y convertirá tu trabajo en un juego alegre en el que te expresas a ti mismo, en lugar de la tarea fastidiosa impuesta a un esclavo que se compadece de sí mismo.

¡Así que juega, y juega limpio! Haz tu papel, no por ti, sino por tu equipo, por tu país, por la humanidad. Entonces esperarás el lunes por la mañana no con desgana, sino con ilusión, por la nueva aventura que te trae.