Tropiezos de la vida y cómo encararlos
6. Vigila tus hábitos
«Los hábitos empiezan como telarañas y terminan como cables»
Matilde, nuestra criada, se marchó. Había cogido un hábito. Me encanta oír cantar a la gente mientras trabaja, pero tuve que decir basta cuando, día tras día y hora tras hora, sonaba el himno «Quédate conmigo» (Abide with Me), siempre con las mismas palabras: «Cambio y ruina veo a mi alrededor», «cambio y ruina en todo lo que uso». Ella no pudo cambiar, y su hábito no «se quedó» con nosotros.

Un hábito en apariencia inofensivo puede resultar fatal para quien lo tiene. Conocí a una persona de buen corazón que, por gracia, resoplaba y bufaba al hablar; aquello se le convirtió en hábito, y ahora resulta tan molesta para quien tiene al lado como el que sorbe la sopa.
Tengo un dibujo que hice en un tranvía de Belfast: una muchacha pulcra, de ojos azules, sentada, sin que pegara nada, justo debajo de un cartel que prohibía escupir. El contraste te hace pensar que los seres humanos pueden ser angelicales o bestiales según sus hábitos. De ahí la importancia de vigilarlos.
Muchas veces los hábitos son cuestión de moda: se adoptan sin motivo y luego se quedan como costumbre. Dios nos dio dos manos, y supongo que nueve de cada diez personas no saben escribir ni lavarse los dientes con la izquierda. Usamos solo una por puro hábito. Somos esclavos de la costumbre y no aprovechamos ni la mitad de nuestras capacidades.
Los hábitos crecen dentro de nosotros, y lo que cuenta son sus efectos: los que tienen sobre su dueño y los que tienen sobre los demás. Así, el hábito de comer más de lo necesario, que está muy extendido, solo afecta al que come: lo vuelve obeso, le llena de grasa el corazón y acaba matándolo.
En cambio, el hábito de fumar resulta cómodo para el fumador pero molesto para los demás; a menudo es una grosería, y el fumador es el último en enterarse. Aun así, todos los días ves a hombres que llenan de humo un vagón de no fumadores, y ese humo se queda allí y marea a las señoras y a los viajeros que vienen detrás.
Hablando de fumar y de las ofensas involuntarias, recuerdo que una señora preguntó a un hombre si era de esos que ponían reparos a que una mujer fumara.
—¡Oh, no, en absoluto! —contestó él—. Pero detesto el olor a tabaco rancio que luego se le queda en el pelo, en la ropa y en el aliento.
La siguiente vez que la vi, había dejado de fumar.
Al fin y al cabo, como tantos otros, había cogido el hábito solo por llevar la contraria y por «darse tono».
Cuando un hombre muy joven descubre que puede ser cínico, se cree la mar de ingenioso. Si nadie le da un bofetón a tiempo, aquello se le vuelve un hábito y se convierte en algo despreciable, un cínico, y en algo peligroso, un pesimista.
Hay un brindis antiguo, y no lo llamo antiguo porque se brindara con él en otros tiempos, sino porque su sentido se está quedando anticuado: «Caballos, vino y mujeres».
Bajo el epígrafe de «caballos» entra, como es natural, el hábito de apostar por ellos y por cualquier otra competición; se calcula que en Gran Bretaña se mueven así dos millones al año.
Un señor al que conocí nunca llegó a coger ese hábito, porque nunca superó la primera barrera: la de quedarse con el dinero de otros sin trabajar, aprovechándose de la suerte o de la astucia. Había otras barreras que saltar, como la conciencia de estar siendo codicioso y de malgastar tiempo y talento. Pero esa conciencia, como cualquier otra, se embota con el hábito.
VINO. Buena cosa. Me gusta tanto como a ti, pero, en cuanto empiezas, vigila que no te lleve a la segunda y a la tercera copa, y luego al hábito, que trae sin falta miseria y ruina.
MUJERES. La mayor bendición del hombre en este mundo. Y sin embargo, ¡Dios mío!, cuántas desgracias y cuántas vidas destrozadas por no saber llevar como es debido las relaciones con ellas. El hábito de ir de flor en flor, de jugar con el cariño o tomárselo a la ligera, ha hundido a muchos hombres cada vez más en la bajeza y en la tragedia.
DINERO. En cuanto tienes un poco de dinero, quieres gastarlo, y lo gastas. Gastar se convierte en hábito. Cuando llegas a la edad de la sensatez y quieres poner casa y asentarte para toda la vida, descubres que lo que podías haber ganado se ha esfumado. Te gustaría haber ahorrado más cuando podías. Pero ya es demasiado tarde.
Un mal hábito es como una muela picada. Si te la sacan, tienes que rellenar el hueco, no solo por el aspecto, sino para poder masticar. Los seres humanos somos egoístas; nos han educado así. En la escuela nos animan a ser los primeros de la clase y a ganar premios y becas compitiendo y rivalizando con los demás. Así cogemos el hábito de fijarnos en lo que podemos conseguir para nosotros mismos.
Ya es hora de sacarnos esa muela picada y poner en su lugar el hábito de fijarnos en lo que podemos dar a los demás.