Escultismo alrededor del mundo
8. Adén, la puerta de Oriente
Adén me recuerda en cierto modo a Gibraltar. Desde el barco se ve una montaña rocosa que surge del mar, unida a tierra firme por una franja llana de arena, a modo de cuña.
Pero cuando desembarcas descubres que la «montaña» es en realidad un círculo de precipicios escarpados que encierra una pequeña llanura donde está la ciudad. Esos precipicios son el cráter de un volcán apagado que, si volviera a despertar, se llevaría por delante toda la población.
En Adén no llueve nunca, salvo alguna vez cada siete años, y no hay arroyos ni manantiales. Sin embargo, desde hace más de mil años es un puerto muy próspero y activo, gracias al comercio entre África, Arabia y la India.
¿Cómo crees que consiguen agua sus habitantes?
En la Antigüedad (hay quien dice que en tiempos de la reina de Saba), los nativos se pusieron manos a la obra y excavaron en la montaña numerosas cisternas en la roca, con canales que bajaban desde toda la ladera para que, cuando lloviera, el agua corriera por ellos y las llenara lo suficiente para que la ciudad aguantara unos cuantos años. Hay siete cisternas escalonadas, una encima de otra.
Más tarde, el agua para uso doméstico se obtuvo condensando agua de mar: se hervía hasta evaporarla, y el vapor pasaba por unas tuberías que lo enfriaban hasta convertirlo otra vez en agua, agua dulce, esta vez sin sal.
Hoy el agua llega por una tubería desde tierra firme. Es una gran bendición, y lo que antes era una roca pelada y seca es ahora un jardín de flores y hortalizas.
Recuerdo que, en mis primeros tiempos en Adén, había un jardín público… ¡pero solo existía por la tarde y por la noche! Los árboles y las plantas que lo formaban crecían en tinas metidas en pozos. Pasaban todo el día a la sombra, protegidos del sol abrasador, y cuando refrescaba por la tarde los sacaban y formaban un jardín hasta la mañana siguiente.
Las autoridades intentaron cultivar flores en la ladera, alrededor de las cisternas de piedra, pero no lo consiguieron: el sol podía con ellas. Aun así, pusieron un letrero que estuvo allí durante años: «Prohibido coger las flores». ¡Y no había una flor en millas a la redonda!
Ahora, en cambio, todo va bien, y Adén es un lugar alegre en vez de un enorme montón de arena. Allí encuentras toda clase de razas interesantes: árabes, indios y somalíes (también llamados fuzzy-wuzzies por su pelo enmarañado), además de británicos de la Real Fuerza Aérea, comerciantes, marineros y otros.
En la reunión al aire libre había un grupo de scouts indios, más contentos que ningún otro que viera en ninguna parte.

En Adén hay muchas cosas que ver. Por ejemplo, carruajes y carros tirados por camellos, que parecen muy fastidiados y molestos de que los traten como si fueran caballos.
En una ocasión se exhibió una sirena en Adén. A juzgar por su aspecto arrugado, yo diría que llevaba muchos años muerta. Y también por su aspecto diría que nunca estuvo del todo viva, al menos con esa forma. Probablemente era la mitad superior de un mono unida a la cola de un pez grande.
A quien visita Adén siempre le llama la atención ver a los camellos tirando de los carros, y es facilísimo imaginar lo que el camello se dice a sí mismo: «¿Por qué me ponen a hacer este trabajo? ¿Te crees que soy un caballo? ¡Qué mala suerte la mía! Pues no pienso ir más deprisa que una serpiente». Y no lo hace.

Pero los camellos no son los únicos animales de Adén. También hay boy scouts, y son muy interesantes, porque proceden de razas distintas. Además de británicos, hay árabes, somalíes, judíos, chinos e indios, y a todos les sienta bien el uniforme scout. Entre ellos no hablan inglés, pero todos entienden el árabe.
El residente británico en Adén, sir Bernard Reilly, introdujo el Escultismo hace unos siete años, y así fue como ocurrió. Iba en coche por un pueblo de la India llamado Palampur cuando vio cómo un coche atropellaba a un muchacho nativo. Se formó un corro de gente, pero nadie ayudaba al chico, que se retorcía en el suelo llorando.
Sir Bernard detuvo el coche y fue a consolarlo, pero la presencia de un hombre blanco parecía aumentar su terror, y lloraba todavía más fuerte. Entonces otro muchacho nativo salió de entre la gente, tranquilizó al herido y le examinó los brazos y las piernas. Cuando el herido pareció más calmado, sir Bernard lo cogió para llevarlo al hospital junto con el otro chico. El médico lo examinó, no encontró ninguna lesión y dijo que podían llevarlo a casa.
Sir Bernard preguntó entonces al muchacho que lo había ayudado en el rescate adónde debía llevar al herido.
—No sé dónde vive —respondió.
—Pero ¿no eres su hermano?
—No, no lo había visto nunca.
—¿Y por qué has venido a ayudarlo? —le preguntó sir Bernard.
—Soy boy scout, y mi deber es ayudar a los demás cuando están en apuros prestándoles primeros auxilios.
Sir Bernard comprendió que el Escultismo lo practicaban tanto los muchachos indios como los europeos, y cuando llegó a gobernador de Adén convenció a uno o dos buenos hombres del lugar para que pusieran en marcha el Escultismo entre los muchachos nativos de Adén.
Ahora hay seis tropas de scouts y lobatos y dos compañías de girl guides.
En la reunión del otro día, los scouts y los lobatos hicieron una exhibición muy buena. Fueron especialmente interesantes los juegos árabes de los lobatos árabes.
Una tropa no tenía bandera scout y, en lugar de comprarla en Inglaterra, decidieron hacerla ellos mismos. Les quedó tan bien que no pude distinguirla de las que vendemos en nuestra tienda.
¡Qué hábiles son estos árabes!