Escultismo alrededor del mundo
18. El Jamboree en Melbourne y después
Imagínate un gran mar interior con una entrada estrecha desde el océano, rodeado de costas bajas, con millas y millas de playas. Así es Port Phillip, es decir, el puerto de Melbourne.
En su rincón superior desemboca el estrecho río Yarra, que da un amplio rodeo por la ciudad de Melbourne.
Al remontarlo despacio se ven a ambos lados chimeneas de fábricas en todas direcciones y, lo que es importante, la mayoría echa humo: señal de que vuelve a haber trabajo donde se había parado por la crisis del comercio de hace tres años. Poco a poco van apareciendo y brillando ante nosotros las torres, los campanarios y los grandes edificios de Melbourne.
Al otro lado de la ciudad y más allá, a lo largo de veinte millas siguiendo la costa, hay casas y jardines agradables, hasta que, cerca de Frankston, llegamos a una zona de montes boscosos salpicados de miles de tiendas blancas: es el campamento del Jamboree de Australia.
Aquí se han reunido 11 000 scouts de Australia y Nueva Zelanda. También hay contingentes o delegaciones de Estados Unidos, la India, Ceilán, Java, Malasia, China, Japón, Canadá, Fiyi, Francia, Bélgica e Inglaterra: una gran mezcla de razas distintas, pero todos hermanos que siguen la misma Ley Scout.
Hay una gran explanada que parece hecha por la naturaleza a propósito: un llano circular rodeado de suaves colinas. Aquí se levantó una tribuna para miles de espectadores y se instalaron altavoces para que todo el mundo pudiera seguir lo que pasaba y oír a los oradores, personalidades que venían cada día a pasar revista a los chicos y a dirigirles unas palabras de saludo.
En el bosque hay cinco campamentos de unos 2000 chicos cada uno. Cada distrito o contingente tiene su propio terreno, con sus tiendas, sus cocinas y todo lo necesario, y una portada decorada con mucho esmero. En algunos campamentos las tiendas están pintadas con bonitos dibujos, y en otros hay unos tótems maravillosos tallados en madera y pintados de colores preciosos.
¡Y los chicos! Palabra de honor que forman una multitud de lo más animada. En mi vida había visto tantos como hoy, al recorrer a caballo uno de los campamentos. ¡Qué sonrisas, qué alegría en cada cara! Todos se veían contentos y felices, y yo estaba feliz de verlos.
¡Y las concentraciones en la explanada!
Un día, una masa compacta de 10 000 scouts formó en la explanada, después de tardar cerca de una hora en entrar desfilando. Me quedé maravillado: si hubieran sido soldados, ¿cómo los habría sacado de allí el general en jefe? Me imaginé a su estado mayor galopando de un lado a otro para dar órdenes a los distintos comandantes, y a estos transmitiendo instrucciones a sus unidades antes de poner en marcha la maniobra. Aquí, en cambio, una sola voz dio la orden: «¡Flanco izquierdo!», «¡Paso ligero!», y todo el conjunto se movió como un solo chico. Fue un espectáculo magnífico verlos desfilar sobre la hierba como una gran ola de color caqui.
Otro día, además de un pequeño contingente de scouts, tuvimos una concentración de miles de lobatos y haditas que pasaron ante la tribuna bailando o corriendo. ¡Qué alegría daba aquella multitud!
Y luego, el día más importante, una columna interminable de 6000 guías con uniforme azul marino fue seguida por otra de 12 000 scouts de caqui, con las banderas desplegadas y las bandas tocando, todo bajo un sol espléndido, ante una multitud de entre 30 000 y 40 000 espectadores en las tribunas.
Parecía que estuvieran aquí todos los scouts y guías del mundo. Ojalá hubiera sido así, ¡qué espectáculo tan maravilloso habría sido!
Y para terminar, el último día del Jamboree tuvimos otro espectáculo maravilloso. Imagínate una enorme rueda de carro formada por miles de scouts, que hacían de radios y de llanta, mientras yo estaba de pie en el centro, sobre un tablado que hacía de eje. Había veintitrés países representados, así que entregué treinta y tres bumeranes, que fueron pasando de mano en mano a lo largo de cada radio, de modo que todos los chicos tuvieron un bumerán en sus manos hasta que llegó a las del jefe de cada contingente.
Supongo que sabes lo que es un bumerán: una pieza de madera plana y curvada, de unos dos pies (60 centímetros) de largo, que los abos de Australia usan para cazar pájaros. Lanzan el arma al aire, y esta gira cada vez más deprisa mientras vuela; si no da al pájaro, vuelve describiendo círculos hasta los pies del que la lanzó. Eso, si se trata de un buen tirador, que no es mi caso.

Así que el bumerán es una especie de tótem de Australia, y por eso regalé uno a cada contingente como recuerdo del Jamboree. Pero también les recordé a todos los scouts que la hermandad es como un bumerán: das tu amistad a un amigo, y luego a más y más, y ellos te devuelven la suya; de modo que tu amistad y tu buena voluntad originales, al ir hacia los demás, ganan fuerza y vuelven a ti, igual que vuelve un bumerán.
Estoy sentado en pijama en el balcón de madera del pabellón del Warden en Gilwell; no me refiero a la meca del Escultismo, junto a Chingford, sino a su equivalente aquí, en Gembrook, en Australia. El sol de la mañana asoma sobre el bosque que nos rodea, en un cielo con nubes, y entre los eucaliptos flota como una niebla el suave humo azul de muchas fogatas. Se oyen las voces de los chicos cantando a coro y los gritos de llamada resuenan cerca y lejos, mientras se preparan para marcharse.
«Pegia Baba Iassi daka thora»: esta es la sorprendente canción que sale del bosque mientras escribo. Sorprendente por dos razones: primero, porque es una canción india que cantan chicos australianos, suizos y sudafricanos; y segundo, porque su letra es una broma, una burla en tono de guasa contra el guía de un grupo de exploradores. Pero es una buena canción para caminar, y los chicos se están marchando del último campamento del Jamboree para volver a casa.
Ayer, estos chicos llegaron a este rincón boscoso de la montaña de excursión desde el campamento central de Frankston: setecientos seis en total, que caminaron en pequeños grupos, por rutas diferentes, a través de bosques y montañas.
Es la mayor excursión que se ha hecho jamás fuera del ejército. ¿Les gustó a los chicos? Ya lo creo que sí. A lo largo de los tres días de marcha, muchos grupos, treinta y seis exactamente, me enviaron con corredores o motoristas cartas alegres contando sus progresos, firmadas por todos sus miembros. Esas firmas demuestran que en cada grupo los chicos estaban mezclados en lo posible, sin que hubiera dos del mismo país.
Los jefes de los distintos grupos me iban informando de su marcha. Un grupo me contó que les dolía todo el cuerpo de tanto caminar. Además, le preguntaron a un pájaro a qué distancia estaban del campamento y el pájaro les dijo: «A un cuarto de milla». Resultó que eran dos millas. El pájaro era un ave lira, y el nombre le va que ni pintado. (N. del T.: en inglés, lyre bird, «ave lira», suena igual que liar bird, «pájaro mentiroso».)
Otro escribió: «Con galletas en la mano y ampollas en los talones: puede que en el Edén hubiera serpientes, pero en Adán hay sanguijuelas, seguro». (N. del T.: juego de palabras inglés de la época.) Y un grupo de dieciocho nos mandó saludos escritos cada uno en una lengua distinta.
Imagínate verlos avanzar en fila entre los matorrales, todos con el mismo uniforme scout, la mochila a la espalda y el bordón en la mano, pero de países y razas diferentes, cantando mientras caminan. Al final de la jornada, al caer la tarde, se quitaban la carga, montaban las tiendas y no perdían ni un momento en desvestirse y tirarse a una gran piscina natural. Y después de cocinar la cena en sus pequeñas fogatas en el bosque, bajo los grandes eucaliptos, ¿se metían en las mantas a dormir? ¡Ni hablar! Se reunían alrededor de un gran fuego de campamento para volver a cantar.
Pero ven con nosotros al fuego de campamento. Cuando entramos en las gradas circulares de troncos que rodeaban los leños encendidos, no se oía ni un ruido. De pronto, las tropas fueron entrando en el círculo de luz: un grupo detrás de otro, treinta y seis en total. Cada uno anunciaba su llegada, lanzaba su grito de guerra y se dirigía a los bancos de madera.
Hubo canciones a coro entre todos y luego magníficas representaciones cómicas, canciones y coros a cargo de los distintos grupos de excursionistas.
Al final felicité a los scouts por haber completado con éxito y buen ánimo la mayor caminata realizada nunca por chicos.
Pero, por encima de todo, el mayor éxito es el buen compañerismo que ha nacido entre los chicos, sin fijarse en diferencias de raza ni de religión. Es un buen augurio para el futuro, porque si este espíritu se extiende y se mantiene, puede ser una fuerza poderosa en favor de la paz.
Después se cantó con gran emoción «Abide with Me» («Quédate conmigo»), bajo la Cruz del Sur, que brillaba en lo alto de un maravilloso cielo estrellado. Luego, el «God Save the King» y fuertes vivas a Su Majestad, que pusieron fin a un día perfecto.
Adiós, Australia, y adiós a los muchos buenos amigos que dejamos aquí.
