Escultismo alrededor del mundo
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Escultismo alrededor del mundo

31. En Terranova

En este viaje he estado en dos Sydney. La primera, claro está, es la capital de Nueva Gales del Sur, y la otra está en Nueva Escocia, en Canadá.

En esta Sydney hay una gran fábrica de hierro y acero, y es además el puerto de embarque para Terranova. Está en la isla de Cabo Bretón, en el extremo más oriental de Canadá.

La travesía por la desembocadura del San Lorenzo, que tiene noventa y seis millas de ancho, dura unas ocho horas en verano; en invierno lleva más tiempo, porque el mar se cubre de hielo y el barco tiene que abrirse paso a través de él. Nuestro barco, el Caribou, está construido con planchas de acero y puede montarse sobre el hielo y romperlo con su peso.

Por suerte para nosotros, el hielo ya había desaparecido cuando cruzamos, y así llegamos a Port-aux-Basques, en Terranova.

Port-aux-Basques es un lugar tranquilo, un puerto de casas dispersas rodeado por una barrera de montañas rocosas, en una estrecha entrada de mar que forma un puerto natural. Nuestro barco dio la vuelta y entró de popa. Un viento frío barría el lugar y había algo de nieve en las montañas… ¡en julio!

Mi primera aspiración fue ser scout marino, mucho antes de que se inventaran los scouts, cuando de niño leí El viaje del «Adventure» y del «Beagle» (The Voyage of the "Adventure" and "Beagle"). Allí conocí a aquella gente tan recia, los patagones de Sudamérica, que se pasan la vida en canoas, pescando en mares tormentosos, entre ventiscas y nevadas, y sin ropa. Me parecían grandes héroes.

Pero, durante todo ese tiempo, existían otros hombres de nuestra raza igual de duros, a los que conocí más tarde: hombres que andan por el hielo, que afrontan el peligro y la falta de comodidades con buen ánimo y una determinación que les dio gran fama en la Gran Guerra. Eran los hombres de Terranova.

Un cazador con un fusil al hombro junto a un alce abatido
Un viejo cazador de alces

Más de una vez había pasado de largo junto a su tierra, y ahora, por fin, había desembarcado en ella.

El tren nos llevó hacia el interior y, en dos horas, estábamos en un paisaje de bosques verdes y aire templado.

Aquí nos quedamos unos días para descansar y pescar. Vivimos en un vagón de tren, en una vía muerta de una estación, y fue muy agradable.

Terranova no es como Inglaterra. Es una isla enorme, la quinta más grande del mundo, según nos dijeron, pero gran parte de ella está deshabitada, salvo por las moscas: hay lagos, pantanos, rocas y bosques.

El tren va de Port-aux-Basques, en el oeste, a St. John's, la capital, en el este.

Donde estamos nosotros, en el oeste, apenas hay caminos aparte de la vía del tren, y el tren pasa dos veces por semana. Los troncos se cortan en bruto y se transportan como lo que aquí llaman «maderamen» y en Canadá llaman «madera aserrada».

Aquí y allá, a lo largo de la línea, llegábamos a vías muertas con nombre, pero sin estación, y con montones de madera listos para embarcarlos y llevarlos a las fábricas de pasta de papel del interior.

Y ahora hemos llegado a Grand Falls, más o menos en el centro de Terranova. Durante muchas millas hemos viajado entre pantanos, y en los que tenemos ahora alrededor quedan restos de nieve en junio. Al cruzar el tren un río caudaloso, vimos que arrastraba en su superficie millones de troncos cortados. Todos vienen de los bosques y van a parar a una cadena tendida de orilla a orilla para detenerlos. Allí se acumulan en una enorme masa de madera, apretados por la corriente, y forman un montón de media milla a lo largo del río y un cuarto de milla de ancho.

Cuando leas el periódico, te interesará saber que una vez fue uno de esos troncos que bajaron por el río Exploits hasta Grand Falls.

El papel del Daily Mail se fabrica aquí, en Grand Falls, en Terranova. Aquel tronco salió de uno de los millones de esbeltos pinos que crecen en las siete mil millas cuadradas de bosque que posee el Daily Mail. El río lo trae hasta una escalera mecánica que lo saca del agua y lo sube por una rampa, para dejarlo por fin sobre un montón de otros troncos, a la espera de que se necesiten. Y cuando digo «montón de troncos», estarás de acuerdo en que es grande si te digo que es tan alto como la abadía de Westminster.

Por debajo de ese enorme montón corre un fuerte caudal de agua cubierto por un techo desmontable. Lo llaman «la tienda de campaña». Cuando hacen falta troncos, se quita el techo, los troncos caen al canal y la corriente arrastra nuestro tronco hasta que otra escalera mecánica lo saca de nuevo y lo lleva a lo que mi guía llamaba «Eton y Harrow». Allí el tronco cae por una rampa a un gran cilindro que silba al girar. Es como un enorme colador de cocina, con los costados llenos de agujeros y abierto por los extremos. Los troncos dan vueltas y se frotan unos contra otros hasta que pierden toda la corteza; luego, empujados por los que vienen detrás, llegan al extremo abierto y salen ya bien limpios y raspados. Por eso lo llaman «Eton y Harrow»: los troncos son como la multitud de muchachos que van a esos colegios, donde, a fuerza de rozarse unos con otros, pronto pierden sus asperezas, y al final sale un muchacho amable y pulido, listo para su trabajo en el mundo.

Así, nuestro tronco sale de «la escuela» y se desliza por otro canal de agua que lo lleva a la siguiente fase.

Aquí lo meten en un gran embudo y una prensa hidráulica lo aprieta contra una muela. La muela gira a 250 revoluciones por minuto y, en pocos segundos, lo reduce a astillas, que se muelen hasta convertirse en pulpa, igual que un potaje.

¡Pobre tronco!

Pero un amigo suyo, otro tronco, fue a parar a otro embudo y cayó de cabeza. Al fondo de ese embudo hay una potente máquina de cuchillas rapidísimas que en dos segundos lo corta en trocitos. Esos trozos se cuecen en un gran caldero, mediante un proceso químico, hasta que también se convierten en una especie de potaje, aunque más parecido a lana mojada, porque tiene la consistencia de las fibras de lana, que salen del propio tronco.

Al final, el potaje y la lana de fibras se mezclan en una gran máquina mezcladora y salen como una película, como una pasta fina, sobre una ancha tela metálica sin fin. Esa película avanza a lo largo de la tela, se va secando poco a poco y, al dejar el soporte de alambre, pasa por una plancha mecánica que le quita la humedad que le quedaba. Y, por fin, nuestro tronco se ha convertido en una hoja de papel.

Nunca había visto un país como Terranova, con nombres de lugares tan curiosos. ¿Qué te parecen estos?: «Delicia del Corazón», «Mosquito», «La Gavia», «La Gavia de Proa», «La Gavia Perdida», «Ven por Cambio», «El Lugar donde Caen los Hombres».

Además, a lo que nosotros llamamos lake (lago), en Terranova lo llaman pon; a lo que llamamos pathway (sendero), ellos lo llaman trail; a un bosque espeso lo llaman barrens, y blasty bouge es el nombre que dan a una rama seca que arde con buena llama.

Hablando de incendios, los habitantes de Terranova les tienen mucho miedo, porque cuando empieza uno se extiende por una gran superficie, arrasa millas de campo y destruye millas de árboles valiosos. Por eso por todas partes se ven carteles de aviso, todos distintos, para llamar más la atención. Uno de ellos, que vale también para los scouts, dice:

Un fuego de campamento apagado es un deber bien cumplido.

Y otro:

No mezcles arena con picadillo, ni colillas con hierba seca, ni truchas con arenques pasados, ni el bosque con restos encendidos de la pipa; no fumes cuando vayas por el bosque en la temporada de incendios.

Un novato, un pie tierno, después de encender la pipa sopla la cerilla y la tira al suelo. Un hombre de los bosques parte la cerilla por la mitad antes de tirarla. ¿Por qué? Porque, si la cerilla no está bien apagada y todavía arde, se lo hará saber quemándole la mano.

Un novato cargado con mochila, caña de pescar y farol
Un pie tierno

Los incendios son una molestia y un peligro en Terranova, pero, gracias al cuidado que se pone, son pocos. Las moscas, en cambio, molestan en todo momento.

Los mosquitos llegan zumbando a tu alrededor y te pican en los sitios más inesperados. Parece que les gusta especialmente el sabor de las orejas humanas. Pero no son tan malos como las moscas negras. Son unos bichos muy pequeños, que parecen no tener brazos, no te pican ni avisan de que llegan. Simplemente se acercan en silencio, te arrancan un pedacito, se van volando a un árbol cercano y se lo comen. O eso me dijeron.

Las ventanas y las puertas exteriores de nuestro vagón están cubiertas con una fina tela metálica para que no entren las moscas.

Los que viven en granjas o en aldeas tienen que arreglárselas como pueden para cubrir sus necesidades, porque no hay carreteras y apenas hay tiendas, salvo en los pueblos. Así que, cuando quieren algo, no pueden ir a comprarlo a la vuelta de la esquina, como hacéis vosotros: tienen que fabricarlo. Tengo delante un carro hecho en casa. Un palo largo se abre en dos, en forma de horquilla; los dos varales están unidos por una serie de travesaños, como los peldaños de una escalera ancha. Esta escalera descansa sobre un eje de madera con un par de ruedas, y ahí tienes tu carro.

Los arneses de los caballos están hechos casi todos de cuerda. Para el trabajo de invierno, o cuando un hombre no puede comprarse un par de ruedas, pone unos patines de madera bajo los varales, y el carro se convierte en realidad en un trineo. Cuando quiere una carretilla, se fabrica del mismo modo un trineo pequeño. ¡Qué buena idea de carro para una Patrulla!

La gente tiene que guardar en establos a los caballos, las vacas y las ovejas durante el invierno, porque los pastos quedan cubiertos por una espesa capa de nieve y no hay nada que comer.

En verano dejan sueltos a los animales para que vayan adonde quieran a buscarse la comida. Los bueyes y las ovejas se adentran mucho en los bosques en busca de pasto, pero sus dueños no se preocupan. Cuando llega el otoño, las noches se vuelven frías y empiezan las heladas, los animales saben que se acerca el invierno y tienen el sentido de volver a casa por sí solos.

A las ovejas se las esquila en primavera, y las mujeres cardan la lana, la hilan y hacen madejas con las que tejen la ropa de la familia.

Necesitan ropa de mucho abrigo, porque los inviernos son muy fríos. A lo largo de la vía del tren, durante millas y millas, hay vallas para evitar que la nieve bloquee las vías.

En un río en el que pescamos había un tramo entero de un puente de hierro del ferrocarril en el lecho del río y, en la orilla de enfrente, a muchos cientos de yardas, había otro gran tramo, mientras que en el río, a cosa de un cuarto de milla, estaban las ruedas de un tren. Todo eran restos de un puente que se había derrumbado un cuarto de milla río arriba. Hacía unos cuatro inviernos, el hielo del río se rompió y bajó una avalancha que se fue amontonando contra los pilares de piedra que sostenían los tramos de hierro del puente. El hielo que seguía bajando se fue acumulando poco a poco hasta formar un gran banco de más de veinte pies de altura (unos seis metros), que empujaba cada vez con más fuerza contra el puente. Al final, el puente no pudo resistir más y, con un estallido terrible, cedió ante la fuerza del hielo, que lo arrastró río abajo y lo dejó en pedazos repartidos por el cauce.

Un hombre me contó que estaba cortando leña en el bosque, a unas dos millas, cuando oyó el estrépito del hielo al romperse y caer. No sabía lo que pasaba y pensó: «Esto es el fin del mundo».