Escultismo alrededor del mundo
30. En una granja de zorros
Cuando estuve en la provincia canadiense de Nuevo Brunswick, pasé unos días pescando en un lugar con el curioso nombre de Penobsquis. El pueblo, de unas pocas casas y granjas, está en un precioso valle boscoso. Los bosques están llenos de ciervos y ratones, y los ríos, de truchas. La mayoría de las granjas son granjas de zorros, es decir, crían zorros plateados para peletería. Visité una de ellas, y fue interesante verlos y oír hablar de ellos.
El dueño tiene veintiocho hembras y nueve machos, y las hembras han tenido en total noventa y nueve cachorros.
Cada madre vive con sus crías en una jaula aparte, de tela metálica, montada sobre postes para que las ratas no vengan a comerse su comida. Los zorros son negros, con una mancha en la punta de la cola. Son muy hermosos, pero muy tímidos.
Cuando ven que se acerca un extraño, se ponen rígidos y se tumban. Por eso el granjero nos advirtió que fuéramos detrás de él al acercarnos y mientras le hablábamos.
La madre salió de su madriguera con mucha cautela y se arrastró hasta su dueño, hasta acercarle el hocico para que la acariciara. Después dio una vuelta por la jaula haciendo un sonido curioso. Era, nos explicó él, la llamada a sus cachorros para que salieran de la madriguera. Entonces asomó por la entrada una cabecita de zorro con un par de orejas puntiagudas y, centímetro a centímetro, la siguió el cuerpecito peludo. Luego salió arrastrándose un segundo cachorro, deseoso de ver la diversión. Pero otros tres miembros de la familia se quedaron en la madriguera, aunque los gruñidos de la madre los invitaban a salir a saludarnos.
Lo que ocurría era que, en un corral cercano, otra madre estaba avisando a su familia de que no saliera, y los pobres cachorritos de la primera familia no sabían a cuál de las dos llamadas tenían que obedecer, así que prefirieron quedarse dentro. Los cachorros eran preciosos y, cuando estaban solos, jugaban y se divertían alegremente unos con otros. Pero eran delicados y necesitaban muchos cuidados, con una dieta de huevos y otras cosas. Su vida, aunque alegre, es corta, porque cuando alcanzan su tamaño adulto y tienen ya su pelaje completo, los matan y sus pieles van al mercado. Aunque son pequeños, valen mucho: cada piel se cotiza entre 8 y 10 libras esterlinas.