Escultismo alrededor del mundo
19. Nueva Zelanda
Una mañana preciosa me desperté y vi que nuestro barco navegaba por un mar en calma entre numerosas islas pequeñas. A primera hora parecían muy abruptas, negras y desoladas, pero cuando salió el sol entramos en una bahía muy amplia, salpicada de casas de tejados rojos y paredes blancas, que termina a la izquierda en una montaña alta.
Toda la escena recuerda a la bahía de Nápoles, pero al revés, con el Vesubio a la izquierda en lugar de a la derecha. Luego rodeamos la isla del «Vesubio», que aquí llaman Rangitoto, y entramos en el precioso y gran puerto de Auckland. A nuestra derecha quedaba la ciudad de Devonport, con varios buques de guerra grises de la Armada de Nueva Zelanda, y a la izquierda, yates blancos y lanchas fondeados cerca de la orilla, como una gran bandada de gaviotas descansando en el agua. Había vapores y transatlánticos en los muelles y, al fondo, la gran ciudad de Auckland, respaldada por altas colinas.
La colina que se alza justo detrás del puerto es el Domain, un parque público con un arbolado precioso, coronado por un gran edificio de columnas que alberga el Museo Nacional y el Monumento a los Caídos.
La noche de nuestra llegada vimos una concentración maravillosa de scouts y lobatos de Auckland. Se celebró en el estadio, brillantemente iluminado con potentes focos. Había dos mil chicos y, entre ellos, un grupo de maoríes.
Iban vestidos con trajes tradicionales, con faldellines largos y cortos, y nos ofrecieron una espléndida haka, que es un canto de guerra con movimientos. Uno de ellos, un chiquillo, lo hacía especialmente bien y bailó un solo retorciendo el cuerpo y poniendo todo el rato unas caras horribles. Es lo que hacen en la mayoría de sus danzas: gesticulan con furia y ponen las muecas más espantosas, como si intentaran lamerse las orejas con la lengua.

Los scouts y los lobatos hicieron varias exhibiciones, pero una de los scouts resultó muy impresionante. Las tropas formaron un amplio círculo alrededor del recinto. Cada tropa montó una tienda, todo ello a oscuras. Al toque de diana se encendió una luz en cada tienda; al toque siguiente se prendió una hoguera humeante delante de cada una, y la tropa bailó a su alrededor. Al siguiente, cada Jefe de Tropa encendió una antorcha y todos avanzaron despacio hacia el centro, donde yo estaba de pie sobre una tarima, hasta formar a mi alrededor un alegre círculo. Entonces los scouts que estaban de guardia encendieron sus luces. Fue un espectáculo precioso.
De Auckland fuimos en coche a un lugar llamado Waitomo, unas noventa millas (unos 145 kilómetros) al sur. Muchos lugares, pueblos y parajes del campo conservan su nombre maorí, aunque algunos tienen nombre inglés. Entre los pueblos por los que pasamos había uno que antes se llamaba Newcastle y ahora es Ngaruawahia (pronúncialo, si puedes).
Pasamos por otros con nombres como Papatoetoe, Horahora, Okoiore y Pukekohe, como para romperse la mandíbula; pero estos nombres le recuerdan a uno que hace solo sesenta años la mayor parte del país estaba cubierta de bosques y habitada por las salvajes tribus maoríes.

Casi todas las granjas son lecheras y producen mantequilla y queso para exportar a Inglaterra y a otros sitios. Da gusto ver a buenos granjeros ingleses trabajando en el campo y a sus hijos yendo a la escuela igual que en casa. Cuesta creer que estemos a miles de millas, en el otro extremo del mundo, y sin embargo dentro del Imperio británico.
No todos los pueblos tienen nombres maoríes. Pasamos por Huntly, que no se parece mucho a su homónimo de Escocia. Tomamos el té en Hamilton, un pueblo precioso con unos jardines muy agradables que bajan hasta el río Waitaki. Es la sexta ciudad con ese nombre que visito; las otras están en Escocia, las Bermudas, Victoria (Australia), Ontario (Canadá) y Tasmania. (Aquí tenéis una oportunidad, scouts de Escocia, de escribir a vuestros hermanos scouts de esas otras ciudades y haceros amigos suyos).
Pasamos por varios lugares que fueron escenario de los combates entre los maoríes y las tropas británicas durante las guerras maoríes de 1863. En uno de ellos, cerca de Mercer, los maoríes ocupaban una posición fuerte en una colina, con el torrente Mangatawhiri delante. Cuando el comandante británico se disponía a atacar, un viejo jefe maorí llamado Eru Patune le pidió amistosamente que no lo hiciera, y le dijo: «Si tú cruzas el torrente, Dios se burlará de los dos; pero si los waikatos (el enemigo) lo cruzan, la razón estará de nuestra parte». Sin embargo, el general no hizo caso de la advertencia: cruzó el torrente, atacó la posición y la tomó.
En el camino de vuelta a Auckland atravesamos campo abierto, sobre todo pastos quemados por una larga sequía. El terreno estaba lleno de pequeñas granjas a lo largo de millas y millas. Costaba creer que hace solo sesenta años todo aquello fueran bosques y selva, y que las tropas británicas lucharan para proteger los asentamientos.
Hoy los maoríes son buenos amigos de los británicos y leales súbditos del rey Jorge. Al alejarnos de Auckland subiendo las colinas, los pastos se volvían más verdes y la vista de las colinas y los valles lejanos era preciosa. Los setos y los árboles hacían que se pareciera mucho a algunas partes de Inglaterra, sobre todo a Cumberland y a Gales. ¡Precioso!
Waitomo es un lugar curioso: una tiendecita, una oficina de correos y un hotel bonito en un pequeño valle, entre un revoltijo de colinas cubiertas de una vegetación como nunca había atravesado. Hay matorrales y helechos más altos que un hombre, grupos de helechos arborescentes y árboles aún más altos, y a nuestro lado, tan apretadas como pueden estar y entrelazadas sobre el suelo, plantas trepadoras. En cualquier otra parte no te haría ninguna gracia meterte en una maleza así, una jungla profunda y húmeda: estaría llena de bichos y, sobre todo, de víboras. Pero aquí uno siente la alegre libertad de poder lanzarse a ella, porque en Nueva Zelanda no hay serpientes.
Hasta hace pocos años había jabalíes, y los maoríes los cazaban con entusiasmo, con perros y lanzas. Un día, un maorí iba siguiendo a un jabalí por esta espesura cuando el animal se metió por una pequeña grieta en la pared de un risco. Al buscarlo, el cazador descubrió que era la entrada de una cueva enorme y profunda.

Fui a verla y es de verdad un lugar bellísimo. Es estrecha, de unos quince pies de ancho, pero tiene cincuenta de alto y casi un cuarto de milla de fondo. Las paredes y el techo son una masa de estalactitas, es decir, largas velas como de cera que cuelgan, miles y miles, de todas las formas y tamaños, casi siempre de un blanco transparente cuando les da la luz por detrás.
Como probablemente sabes, una estalactita se forma por el agua que gotea del techo de una caverna y que va dejando diminutos granos de piedra caliza al caer al suelo. Cada gota deja más granitos. Con el paso del tiempo, esos granos forman una especie de piedra en forma de vela colgante, que se llama estalactita, y también un pináculo que crece desde el suelo hacia ella, que se llama estalagmita. Estas parejas tardan muchísimo en formarse: se dice que una estalactita puede necesitar cientos de años para crecer una pulgada. Una que vi hoy medía 15 pies y 6 pulgadas (unos 4,7 metros). Si quieres, haz la cuenta de cuántos años puede tener.
Después de salir de las famosas estalactitas de Waitomo, nos llevamos la sorpresa de nuestra vida. Fuimos a pie a otra cueva de cuarenta y seis pies de altura, llena por completo de estalactitas. (Le preguntamos al guía cómo sabía que tenía exactamente esa altura, y nos explicó cómo la había medido: ató el extremo de una cuerda larga a una bola de arcilla y la lanzó contra el techo, para que se quedara pegada allí y la cuerda colgara hasta el suelo. Luego tiró de la cuerda y la midió. ¡Facilísimo!).
Tras caminar un buen trecho llegamos a un río subterráneo. Allí subimos a una barca, pero teníamos que ir en completo silencio, porque si no, no habríamos visto nada: los gusanos luminosos no soportan que la gente hable y se apagan en cuanto hay ruido. Apagamos las lámparas y empezamos a deslizarnos en la oscuridad.
Pero no había oscuridad. Podíamos vernos unos a otros, porque en lo alto brillaba una gran masa de millones de estrellas por todo el techo de la cueva, tan juntas como podían estar.
La barca avanzaba tirando de una cuerda tendida para ese fin, y nos quedamos maravillados recorriendo aquella gruta fantástica, con su iluminación en lo alto reflejada en el agua oscura y silenciosa, de modo que parecía que miríadas de diamantes brillaran por encima y por debajo de nosotros. No veremos otra igual, porque, salvo una caverna más pequeña también en Nueva Zelanda, no hay nada semejante en el mundo.
Estos gusanos luminosos son muy distintos de las luciérnagas y de los cocuyos. Son unos gusanitos blanquecinos de una pulgada de largo, de cuerpo transparente, y cada uno tiene en la cola una luz que puede encender o apagar a voluntad. Se alimentan de jejenes y mosquitos.
Cada gusano luminoso vive en una especie de hamaca que fabrica él mismo con un jugo pegajoso que segrega por la boca y que sujeta al techo de la cueva. Desde su hamaca deja colgar un manojo de hilos pegajosos de la misma sustancia, de seis a ocho pulgadas de largo y a veces de hasta dos pies. Tiende entre quince y veinte hilos, colgados unos junto a otros como un fleco delicado bajo la hamaca.
Los jejenes y otros mosquitos van hacia la luz en cuanto la ven, así que vuelan hacia esos farolillos, chocan con uno de los hilos y se quedan pegados. Por mucho que forcejeen, no pueden escapar. Entonces el señor gusano luminoso recoge con la boca ese hilo, con el jején atrapado. Comen unos dos jejenes por semana. Debe de ser divertido para ellos, porque es como pescar.
Los gusanos luminosos viven solo unos tres meses, pero debe de ser muy agradable pasarlos en una hamaca, sin hacer otra cosa que pescar. Al cabo de ese tiempo se convierten en crisálidas: recogen todos sus hilos, se envuelven en la hamaca, dejan un extremo sujeto al techo y se quedan dormidos unos días. En esos pocos días se produce un milagro, y de la envoltura de la crisálida sale una mosquita luminosa, con sus alas y sus patas completas. Entonces la mosca sale en busca de otras moscas como ella. La hembra pone los huevos en el barro del arroyo, y de esos huevos van saliendo gusanos luminosos que se alimentan de los jugos del barro, hasta que tienen edad suficiente para trepar por las paredes de la cueva y empezar a pescar como su padre.