Escultismo alrededor del mundo
9. Visitas en Ceilán
Esta mañana me he despertado en un mundo nuevo. A través de las celosías de madera he visto palmeras y bosquecillos de granados, y he oído, al salir el sol, los cantos de los pájaros tropicales en los jardines, que tenía ya tan olvidados.
Es maravilloso encontrarse en Ceilán.
Como solo teníamos unas pocas horas, nosotros —es decir, la Jefa Guía, yo y nuestras dos hijas— decidimos hacer una escapada rápida a Kandy, la antigua capital de Ceilán. Estaba a setenta millas de Colombo, y nuestro barco zarpaba a las seis de la tarde.
Así que, después de un desayuno tempranero, salimos en un buen coche y recorrimos una amplia avenida que atraviesa las afueras de Colombo, con casas agradables rodeadas de jardines igual de agradables a ambos lados.
Pasamos por el elegante ayuntamiento, situado en un parque, y por el gran edificio del Consejo Legislativo. Después cruzamos el barrio nativo, donde las tiendas son locales abiertos en los que se vende toda clase de artículos, europeos y del país.
A esa hora tan temprana, con el fresco de la mañana, la gente parece especialmente atareada. Los coches, los camiones y los autobuses corrían por las calles, en contraste con los pesados carros de carga tirados por bueyes, los rickshaws de hombres que corren entre las varas y las ligeras carretas de dos ruedas, entoldadas o de hojalata, que arrastran pequeños bueyes al trote.
La propia gente era un placer para la vista, con sus ropas pintorescas y llenas de color. Los cingaleses suelen llevar una camiseta o camisa, una falda estrecha de colores y el pelo largo recogido en un moño en la nuca. Por eso los hombres se parecen mucho a las mujeres, que visten de forma similar […] con los bordes echados sobre la cabeza como una capucha. Los hombres llevan turbantes de varios colores, chaquetas, pantalones bombachos y las piernas desnudas.
Todos juntos forman una multitud muy colorida y sonriente, entre la que pasamos.
Al dejar atrás las afueras, la carretera discurre entre millas de campos inundados de un verde brillante que parecen de hierba alta o de trigo tierno, pero que en realidad son de arroz. El arroz es aquí el alimento principal de la gente. También hay cocoteros por todas partes, con los cocos en racimos entre las hojas, en lo alto de los troncos. Los nativos los bajan pasándose una cuerda floja o una soga alrededor de la palmera y de su propia espalda; apoyándose en ella y empujándose hacia arriba, suben caminando con los pies por el tronco.
Junto a las palmeras hay plataneras con los plátanos colgando en enormes racimos del tallo. Hay papayas, muy parecidas a los melones, que crecen en racimos en lo alto de unas plantas que parecen palmeras más pequeñas. También hay piñas tropicales; los ingleses las llaman pine-apples, «manzanas de pino», pero ¿por qué, si se parecen más a una piña de pino que a una manzana?
Hay también árboles de cacao, que no tienen nada que ver con los cocoteros.
En las laderas de las colinas crecen en hileras unos arbustos pequeños cuyas hojas conocemos muy bien: el té. Hay también árboles altos y delgados cuya savia es el caucho. A cada uno se le hace un corte poco profundo en la corteza, por el que mana un jugo espeso y viscoso que cae en un recipiente o en una cáscara de coco colocada allí para recogerlo. Ese líquido se convierte en el caucho con el que se fabrican los neumáticos de los coches, los impermeables y otras cosas útiles.
Además de estas plantas y árboles útiles, en Ceilán hay toda clase de árboles y arbustos de flores de colores vivos. Forman una maravillosa llamarada de color: flores de Pascua con sus brácteas escarlata, con más flores que hojas; granados cuajados de flores, y docenas de otras plantas que componen un paisaje precioso, ¡y todavía más que precioso!
A lo largo de toda la carretera, setenta millas, atravesamos pueblos y paisajes pintorescos.
Vimos también muchísimos elefantes. Se usan para mover los troncos cuando se talan los árboles y también para llevar carga. Son unos animalotes encantadores y muy hábiles. Vimos a uno que jugaba con su cornaca y hacía toda clase de trucos.
En varios sitios vimos cómo bañaban a los elefantes en los ríos. Les gusta tumbarse de lado en el agua, con solo un ojo asomando a la superficie, mientras el cornaca les frota todo el cuerpo con una piedra o un cepillo.
Nuestro conductor nos fue llevando poco a poco hacia arriba, entre colinas boscosas y picos rocosos, donde el aire era más fresco que abajo, en Colombo. Por fin llegamos a Kandy, que antiguamente fue durante un tiempo la capital de Ceilán. Desde allí, en 1815, los británicos se hicieron con Ceilán y se llevaron el trono, como señal de que el reino había dejado de existir y de que la isla pasaba a estar bajo el gobierno de Gran Bretaña.
Hace muy poco, cuando el duque de Gloucester visitó Ceilán, devolvió el trono como regalo del rey Jorge a Ceilán. Este gesto generoso de nuestro rey agradó mucho a la gente de la isla.
En Kandy hay un maravilloso templo antiguo, no muy fino ni muy bello como edificio, pero interesante porque es el lugar más sagrado para los seguidores de Buda. En una pequeña cámara interior se conserva lo que todo buen budista cree que es el diente de Buda. Si de verdad es suyo, debió de ser un hombre colosal, porque el diente mide unas dos pulgadas (cinco centímetros) de largo. ¡Imagínate el dolor de muelas con un diente así!
El diente se guarda en un relicario de oro, o dagoba, como lo llaman, metido a su vez dentro de dos o tres relicarios de oro y piedras preciosas.
Una vez al año, el diente recorre la ciudad a lomos de un elefante vistosamente engalanado con gualdrapas bordadas, rodeado de otros elefantes ricamente enjaezados y acompañado por los jefes, con trajes espléndidos, y por bandas de música. Esta perahera, como se llama, es digna de verse, y para la ocasión acuden miles de peregrinos de todo Ceilán y de la India.
Muchos de los peregrinos son monjes budistas, llamados phoongis. Visten una sencilla túnica amarilla, llevan la cabeza rapada y van descalzos. Muchos jóvenes hacen un periodo de formación como phoongis, y durante ese tiempo no pueden tener dinero y tienen que vivir de lo que la gente les da de comer por el camino. Así aprenden la humildad. Como parte de su formación, también deben hacer buenas obras por los demás, igual que los scouts y las guías.