Escultismo alrededor del mundo
21. Temblores de tierra y glaciares
Viajando en coche entre Rotorua y Taupo, unas cincuenta y cinco millas (casi noventa kilómetros), recorrimos un valle larguísimo que parecía no acabar nunca, flanqueado durante millas por montañas escarpadas, y pasamos junto a las plantaciones del Departamento de Bosques. Después, ya en campo más abierto, dejamos atrás numerosas granjas pequeñas, de quizá diez acres y una o dos vacas cada una.
Allí a estas granjas las llaman «cow cockies» (N. del T.: algo así como «granjeros de vacas»). Se trabajan de manera que la familia pueda alimentarse con lo que da la tierra, y la leche se envía a la fábrica de mantequilla más cercana para ganar algo de dinero. Así, en sus limpios bungalós de madera, en un paraje claro y soleado, llevan una vida feliz y de mucho trabajo.
Es una zona tan soleada que vi a un granjero trabajando con muy poca ropa: un sombrero y unos pantalones cortos. El sol lo había tostado tanto que, a primera vista, lo tomé por un maorí. ¡Y qué sano y feliz se le veía! Desde luego, tenía que trabajar, y muy duro, para sacar adelante su granja. Pero cuando uno está sano y fuerte en un clima tan espléndido, con un aire templado como el de Nueva Zelanda, disfruta trabajando.
En un solo día me encontré aquí con tres boy scouts ingleses. Habían llegado a Nueva Zelanda en distintos momentos antes de la guerra, con muy poco dinero para empezar, y cada uno de ellos había prosperado mucho, de una forma u otra. A uno lo contrataron como mozo en una granja de ovejas al día siguiente de desembarcar. Le dijeron que tenía que limpiar el corral de las ovejas, pero le advirtieron que antes se pusiera un traje viejo de faena. Él contestó que el traje de paño inglés que llevaba, que allí parecía demasiado elegante para semejante tarea, era su ropa de trabajo de todos los días.
Se puso con aquella tarea tan sucia y se entregó a ella de tal manera que, cuando el capataz vino a revisarlo por la tarde, exclamó: «¡No te pedí que le sacaras brillo!». Al poco tiempo, aquel muchacho fue ascendido a ayudante del encargado.
Una cosa que llama la atención cuando visitas Nueva Zelanda por primera vez es que no hay casas de campo ni mansiones como las que conocemos en Inglaterra. En su lugar hay pequeños bungalós limpios, de una sola planta, que parecen hogares acogedores, con jardines cuidados y llenos de color. Y todos están hechos de madera. Una de las razones es que los edificios de madera son los más seguros en caso de terremoto.
Ya os dije que en Nueva Zelanda no hay serpientes, pero a veces hay terremotos.
Quizá recuerdes que hace cuatro años la ciudad de Napier quedó destruida por un terremoto. (Murieron un scouter y dos scouts; los demás scouts se ganaron una buena reputación por la ayuda que prestaron a los cientos de heridos y a los miles de personas que se quedaron sin casa).
El otro día pasamos por Napier y no había nada que delatara que, cuatro años atrás, la ciudad era un montón de ruinas. Vuelve a ser una ciudad elegante, con un gran paseo frente al mar. Pero lo que era el gran puerto interior es ahora una llanura abierta donde está el aeródromo: el terremoto levantó toda la superficie del terreno, y el fondo de lo que había sido el puerto es hoy tierra seca.
Estando en Taupo, a las dos de la madrugada nos despertó la sensación de que algo sacudía nuestras camas, acompañada de un ruido como si pasara el metro por debajo. Era un pequeño temblor.
En el camino de Taupo a Napier atravesamos un paisaje precioso de colinas escarpadas y montañas. La carretera subía por pendientes empinadas y pasaba junto a precipicios que ponían los pelos de punta. Al acercarnos a la cumbre de una cordillera, impresionaba ver allá abajo el camino recorrido. Pero lo más sobrecogedor fue darnos cuenta de que las laderas de las montañas estaban, por todas partes, llenas de cicatrices: calvas abiertas por los terremotos y por los desprendimientos de tierra que provocaron.

Al ver aquello por todas partes, uno puede imaginarse lo terrible que fue cuando se derrumbaron los árboles y las casas, y las propias montañas se partieron y soltaron avalanchas de tierra y piedras entre nubes de polvo.
Mientras escribo esto, estoy sentado en un saliente de roca en la ladera de una de estas grandes montañas, que alzan sus cumbres nevadas por encima de mí en todas direcciones.
Delante y debajo de mí se extiende un ancho valle, lleno de lado a lado por una enorme masa de hielo. Pero no es el hielo que conocéis en casa, sino una mole de grandes bloques, con ondulaciones y paredes heladas. Es un glaciar, un río helado de una milla de ancho y veinte de largo desde donde nace entre las nieves perpetuas hasta su boca, donde, cargado de bloques de roca, se deshiela y se convierte en un gran río.
Desde aquí distingo tres puntitos en el glaciar, a dos millas de distancia. Son mis dos hijas, que escalan la montaña con su guía. Van con pantalones gruesos, polainas y botas pesadas con crampones para escalar, armadas con piolets para tallar escalones en el hielo y con gafas oscuras para protegerse del reflejo de la nieve. Disfrutan de lo lindo trepando por esos grandes cortados y asomándose a las grietas y hendiduras profundas, por las que se filtra una luz de color azul oscuro.
Yo, en cambio, me lo tomaba con calma, sentado en mi saliente, con la vista clavada en aquel torrente helado y poderoso. En el aire se oye un rugido constante, parecido al estruendo del tráfico de Londres cuando lo escuchas sentado en Hyde Park.
Ese rugido lo produce la masa de hielo al abrirse paso lentamente, triturando las rocas y piedras que tiene debajo. Mirándolo, o incluso estando de pie encima, no notas que se mueva; y sin embargo se mueve. Donde yo estoy avanza quizá seis pulgadas (unos quince centímetros) al día, pero arriba, cerca de donde nace, debe de avanzar muchos pies.
Fluye como un gran río, y las líneas de su corriente se ven en la superficie como rayas y fallas en el hielo. Cuando la corriente rodea una montaña, el remolino choca contra el lado opuesto del valle y allí se amontona contra la ladera antes de tomar una nueva dirección. Luego pasa por encima de un escalón de roca y forma una especie de cascada al otro lado. Se comporta igual que el agua que baja por el cauce de un río; la diferencia es que se trata de un bloque sólido de hielo.
Al llegar a la parte más templada, en el extremo del glaciar, el hielo se derrite y sale como un gran caudal de agua que, junto con otros arroyos de la montaña, se convierte en un gran río.
La boca del glaciar es un lugar fantástico: una gran caverna que parece una bóveda de roca. En realidad es una bóveda de hielo muy antiguo, por lo general tan cubierto de barro y polvo que parece tierra firme. En algunos puntos el hielo está roto, y el interior de la cueva es todo de hielo macizo, con unos maravillosos reflejos azules. No es prudente adentrarse en ella, porque del techo caen continuamente grandes trozos de hielo que se funden y forman el cauce que desemboca en el río Waiho.
Todo el conjunto, la nieve en las cumbres y el glaciar en medio de la belleza del bosque, es algo que nunca olvidaré.
En la iglesia de este lugar, la ventana que da a oriente no tiene una vidriera con figuras sagradas, sino un simple cristal liso a través del cual se ven las montañas y el glaciar, con helechos arborescentes en primer plano: una muestra de la grandeza y la belleza que Dios ha puesto en este mundo para que las contemplemos.
