Escultismo alrededor del mundo
7. En el mar Rojo
Con Port Said a nuestra espalda, el barco recorrió el canal de Suez, una vía de agua perfectamente recta de unas ochenta millas a través del desierto de arena. Pasamos la ciudad de Ismailía y, después de Suez, entramos en el mar Rojo.
Pasamos Suez de noche, así que solo vimos sus luces.
¿Por qué el mar Rojo es «rojo»?
Pues unos dicen que se llama así porque las montañas de ambas orillas son de arenisca roja, y otros, por las grandes manchas de espuma roja que flotan en el agua.
El mar Rojo siempre es caluroso, muy caluroso, salvo de higos a brevas, cuando hace frío. Y entonces puede hacer mucho frío. Aunque lo he cruzado ocho veces, solo una vez lo encontré frío.
Antes era todavía más caluroso que ahora, y eso que ahora ya es bastante malo. Pero en otros tiempos los barcos iban más despacio y por eso entraba poca brisa en los camarotes. A veces el barco tenía que dar media vuelta y navegar marcha atrás, con la popa por delante, para que entrara aire fresco en los camarotes.
¿Y por qué hace tanto calor en el mar Rojo? Pues porque es un mar largo y estrecho (se tardan cuatro días en recorrerlo) situado entre dos vastos desiertos de montañas rocosas, bajo el sol tropical. Los vientos calientes soplan sobre él y calientan la superficie del agua hasta casi hervir, de modo que sufres un calor húmedo, que es peor que el frío seco.
Una tarde de calma, en pleno mar Rojo, la sirena del barco soltó de repente una serie de pitidos cortos y roncos, como de cuerno. La tripulación echó a correr por todas partes; todo el mundo dejó lo que estaba haciendo o saltó de la siesta.
¡Era una alarma de incendio!
Con rapidez, pero con calma, cada uno se puso el chaleco salvavidas y se dirigió a su puesto en la cubierta, en tres grupos: niños, mujeres y hombres. Entonces se oyó un estruendo por encima de nosotros (estábamos en la cubierta B, justo debajo de la cubierta A, la de los botes). Era el ruido de los botes al bajar, y en pocos segundos había dos colgando de sus cabos frente a cada grupo de pasajeros, listos para embarcar. Por supuesto, no era más que un simulacro, para asegurarse de que cada cual supiera adónde ir y qué hacer en caso de incendio real o de colisión; pero daba mucha tranquilidad saber que, si llegaba el caso, no habría pánico ni un desastre como el que ocurrió hace poco en América.

Fue muy divertido ver qué pinta teníamos algunos adornados con los chalecos salvavidas: ¡no parecen hechos para todas las figuras!

Salimos del mar Rojo por el angosto estrecho de Bab el-Mandeb y llegamos a Adén.