Escultismo alrededor del mundo
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Escultismo alrededor del mundo

13. Bali

Estoy sentado en la cubierta superior, en mangas de camisa y pantalón corto, en un rincón donde llega una brisa suave en medio de este calor tropical húmedo. Con los pies apoyados en la barandilla, veo pasar delante de mí uno de los paisajes más bellos que se pueden contemplar en el mundo: la costa norte de la isla de Bali.

Por encima de los bancos de nubes asoman los grandes picos de los volcanes, de 10 000 a 12 000 pies (de 3000 a 3600 metros, más o menos) sobre el nivel del mar. Sus laderas, surcadas de barrancos y grandes valles, descienden con suavidad hasta el mar, densamente cubiertas de selva y cocoteros.

Con el sol que sale y las sombras de las nubes, todo forma un despliegue maravilloso de colores vivos que contrastan: verde dorado y azul rosado. Es, sin duda, una vista bellísima.

Los pintorescos catamaranes de pesca (barcas con dos pequeños cascos unidos), con sus preciosas velas triangulares (con el vértice del triángulo abajo y la base arriba), ponen un toque de vida en el paisaje, mientras que en tierra un templo elegante entre los árboles habla del carácter de la gente de Bali.

Un catamarán de pesca con una vela triangular a rayas
Un catamarán de pesca

Son sencillamente agricultores y, a su manera, muy religiosos, aunque su religión es muy distinta de la nuestra: se parece más al hinduismo brahmánico. Rinden culto a ciertos dioses y tienen muchas ceremonias y procesiones; de hecho, se dice que dedican la mitad de su tiempo a trabajar sus tierras y la otra mitad a las procesiones religiosas.

Construyen templos muy bellos, con preciosas esculturas de sus distintos dioses, y cada templo tiene sus propias procesiones, danzas religiosas y representaciones. Para ellas, hombres, mujeres, muchachos y muchachas reciben una formación cuidadosa y se visten con trajes muy hermosos.

Las portadas de algunos templos tienen diseños preciosos y una arquitectura inusual y sin igual.

Los templos suelen tener dos patios: el interior, para los dioses, y el exterior, para que se reúna la gente. También hay cocinas donde la gente puede preparar la comida, normalmente arroz y carne, que se ofrece a los dioses.

En el patio interior hay pequeños santuarios o cámaras donde los dioses pueden venir a descansar cuando los sacerdotes los llaman. Algunas de estas cámaras se llaman merus y tienen varios tejados superpuestos (toompangs). El número de toompangs es siempre impar: tres, cinco y hasta once en los más sagrados. Es una idea muy parecida a la de las pagodas de China. Se cree que muchos de los dioses viven dentro de las grandes montañas, y las diosas, en los lagos de Bali. Por eso las montañas y los lagos tienen templos dedicados a ellos.

En los templos suele haber altares de piedra y, además, un relicario más pequeño, de oro, para los dioses; una de sus funciones es proteger un templo concreto. A estos relicarios lleva la gente sus ofrendas.

Cuando hacen ofrendas a sus dioses, las mujeres se ponen sus antiguos trajes tradicionales, con todas sus joyas y amuletos, y llegan en una larga procesión en fila india, cada una con un regalo. Es un espectáculo vistoso y pintoresco que avanza hacia el templo. Después de dejar su ofrenda en el altar, celebran una ceremonia de homenaje de rodillas: cogen flores sagradas con las manos y toman tres sorbos de agua bendita.

Cuando termina la ceremonia, los hombres se van a ver las peleas de gallos, que les gustan tanto como a nuestros hombres los partidos de fútbol. Si un gallo cae derribado por su rival, el árbitro deja caer agua gota a gota en un coco: si el coco se llena antes de que el gallo se levante, se le da por vencido.

En el templo y en otras fiestas hay mucha música de tom-toms (una especie de tambores) y de gamelanes (instrumentos de bambú hueco), danzas populares y representaciones históricas.

Una torre fúnebre de varios pisos, muy adornada
Torre fúnebre, que se lleva a hombros y al final se quema

¡Sí! Me fui de Bali con mucha pena. Este país y su gente son lo mejor de toda una serie de lugares y personas encantadores que visitamos en el Lejano Oriente, y fue lo último que vimos en el horizonte cuando nuestro barco puso proa al sur, rumbo a Australia.

El Marella, el barco que nos lleva desde Singapur por Java hasta Darwin y Australia, no hace otra cosa que ir y venir por esta ruta; no va a Inglaterra. Por eso conoce bien el camino a través de la maraña de islas que forman las Indias Orientales Neerlandesas. Es un barco australiano, lo que significa que los oficiales, los maquinistas, el médico y los sobrecargos son australianos, pero los camareros son chinos, la tripulación es en su mayoría malaya y los fogoneros son indios. Una buena mezcla, ¿verdad?

Pero todos son hábiles en su trabajo. Los indios son los mejores para aguantar el calor de las bocas de las calderas, el humo sofocante y el polvo de las carboneras; y los malayos, cuyos abuelos fueron los piratas más temerarios del mundo, son marineros de primera. De hecho, nuestro capitán dice que su timonel es el mejor que ha tenido, mejor que cualquier hombre blanco que haya conocido en esta línea.

Tendrías que ver a los indios cuando terminan su turno en las calderas: suben empapados, sudorosos y negros de polvo de carbón. En muy poco tiempo se han lavado y se han puesto ropa limpia. Entonces cada uno trae su estera, vuelve a cubierta, se arrodilla de cara a La Meca y reza largas oraciones a Dios. Impresiona mucho ver a estos indios, de aspecto pobre y humilde, más fieles a su religión, creo yo, que los hombres de nuestra raza, que no tenemos costumbre de arrodillarnos a rezar en público.

Y los camareros chinos que se ocupan de nuestros camarotes, nos arreglan la ropa y nos sirven la comida son unos sirvientes limpísimos y de lo más atentos. Y siempre misteriosos. He estado escribiendo y he dejado en la mesa cartas que había empezado a contestar, dibujos a medio terminar, plumas, lápices y tinta china, todo abandonado. Al volver lo encuentro todo limpio y en su sitio, y las cosas del té preparadas. Después del té salgo unos minutos y, cuando vuelvo, han retirado el servicio del té y, en su lugar, exactamente como los había dejado, están mis lápices, la tinta china, mis cartas y mis papeles, todo colocado con cuidado. El primer día a bordo me puse un terrón y medio de azúcar en el té. Mi «muchacho» chino, como lo llamábamos, se fijó, y desde entonces, cada vez que me traía el té, le ponía un terrón y medio. Así se fijaban en las cosas y las recordaban. ¡Todo un ejemplo para los scouts!

Esto me recuerda a aquel muchacho americano a quien el presidente de los Estados Unidos preguntó si podía llevar una carta a García, el jefe de los rebeldes de Cuba. Parecía un encargo casi imposible.

Pero el muchacho cogió la carta, dijo «Sí, señor» y salió del despacho. No preguntó cómo iba a llegar a Cuba, ni cómo iba a encontrar a García una vez en la isla; se limitó a decir «Sí, señor» y se fue.

Unos meses después se presentó ante el presidente y le dijo:

—Buenos días, señor. Le he entregado su carta a García.

Y ya se marchaba cuando el presidente, asombrado, lo llamó y, a fuerza de preguntas, se enteró de cómo se las había arreglado para conseguir pasaje a Cuba, cómo había atravesado la selva en medio de un país enemigo y peligroso hasta llegar por fin ante García y entregarle la carta, y cómo luego había tenido que volver a los Estados Unidos. Pero, hasta que no le obligaron, no dijo ni una palabra de cómo lo había conseguido. Hizo lo que le pidieron: le quitó el IM a la palabra IMPOSIBLE. Ese muchacho es justo mi idea de un buen scout.

Los camareros chinos vienen de Hainan, pero a bordo hay otro grupo de chinos. Estos trabajan a las órdenes del jefe de máquinas: son electricistas, mecánicos, carpinteros, fontaneros, etcétera. Vienen de Cantón y son trabajadores excepcionalmente limpios y llenos de recursos. Muchos de los dos grupos llevan años sirviendo en el barco. Son buena gente y muy trabajadores.