Escultismo alrededor del mundo
29. La Policía Montada
Regina, en la provincia de Saskatchewan, es una gran ciudad en plena pradera abierta. Allí está el cuartel general de la Real Policía Montada del Noroeste, o los Mounties, como también se les llama.
Como seguramente sabrás, es el mejor cuerpo de su clase en el mundo. Son hombres altos y elegantes, medio soldados y medio policías, hábiles montando a caballo y disparando, y capaces de valerse por sí mismos tanto en el invierno ártico como en el calor del verano.
Tienen que desenvolverse igual de bien a caballo, en canoa o con trineos de perros. Y como están repartidos en grupos de uno o dos por los rincones más apartados del país para mantener el orden entre los rufianes de los distritos mineros, los indios salvajes, los contrabandistas, los ladrones de caballos y demás indeseables, tienen que ser fuertes y valientes, y valer cada uno por seis hombres. Y lo valen. El resultado es que, cuando un malhechor cae bajo su mirada, ya tiene detrás un sabueso que no lo suelta.
El uniforme consiste en el sombrero vaquero, como el de los scouts, la guerrera roja, el pantalón azul de los dragones, guanteletes marrones y botas de montar.
Los canadienses son muy respetuosos con la ley y el orden, están muy orgullosos de su Policía Montada y siempre se ofrecen a ayudarla. Por eso los criminales que prosperan en Estados Unidos no tienen ninguna oportunidad en Canadá.
El otro día, dos muchachos encontraron una pistola debajo de un matorral. Ya sabes lo que hace un chico cuando encuentra una pistola: la esconde como su tesoro más preciado, hasta que un día seguramente se la enseña a sus amigos, apunta a uno de ellos, la cosa sigue adelante… y hay un muchacho menos en el mundo.
Pero los chicos de los que te hablo eran canadienses. No hicieron tonterías con la pistola, sino que la llevaron al Mountie más cercano. La policía disparó la pistola contra un bloque de jabón y comprobó que la marca coincidía exactamente con la de la bala encontrada en el cuerpo de un hombre asesinado. Gracias a aquella pistola pudieron seguir el rastro del crimen hasta un hombre que fue juzgado sin demora y ahorcado por ello.
Así que ya veis, muchachos: por muy jóvenes y fanfarrones que seáis, podéis ser útiles, si queréis, y ayudar a la policía.
¿Se han mudado alguna vez tus padres?
¿Verdad que es un trabajo tremendo empaquetar todo lo que tienes y recoger todos los muebles, las alfombras, las cortinas, los utensilios de la chimenea, los adornos de porcelana, los colchones, sacarlo todo de su sitio y meterlo en cajas para llevárselo? Y luego, unos días después, hay que desempaquetarlo todo otra vez y colocarlo en la nueva casa, cada cosa en su sitio, las que no se hayan roto o perdido. ¿No es un trabajo de nunca acabar?
Pues en Canadá tienen una forma mejor de hacerlo. Cuando se mudan de casa, se llevan la casa. Trasladan la vivienda entera, tal como está, al lugar donde quieren vivir.
Verás, allí las casas son lo que llaman casas prefabricadas: son todas de madera, sobre una base fuerte también de madera. Unos potentes gatos, parecidos a los que se usan para levantar los coches, se colocan debajo del armazón de la casa para elevarla un pie o dos del suelo. Debajo se ponen trozos de vigas de andamio que sirven de rodillos. Se engancha un tractor delante, y en marcha. La familia puede quedarse sentada dentro mirando por la ventana mientras la casa viaja a su nuevo emplazamiento.
Cuando mi hijo Peter tenía unos seis años, los lobatos de Winnipeg le regalaron una bonita piel de lobo. Cuando la recibió, él y sus hermanas bailaron una danza de guerra con un canto que se inventaron y que decía así:
Winnipeg en medio de, Winnipeg en medio de, Winnipeg en medio de Cana, Canadá.
Por eso, cuando llegamos a Winnipeg en nuestro viaje, supe que estábamos a mitad de camino en la travesía de Canadá.
Era el día del Jubileo del rey, y me alegró poder encender aquí, en el centro de Canadá, la hoguera de los scouts.
Los scouts y guías de la concentración, algo más de 6000, eran de los mejores que había visto, y lo pasamos estupendamente con ellos.
Desde muy niño siempre había querido visitar Winnipeg, o Fort Garry, como se llamaba antiguamente. Había leído sobre el lugar y siempre me lo imaginaba como un fuerte amurallado de la Compañía de la Bahía de Hudson, en medio de la llanura, adonde los pieles rojas y los tramperos acudían a comerciar con sus mercancías y donde los blancos podían defenderse de los pieles rojas.

Así era en los viejos tiempos, pero cuando visité el lugar por primera vez no se parecía en nada a aquello: era una espléndida ciudad moderna, con sus rascacielos, sus tranvías y sus magníficos edificios del Parlamento.

Y de pronto, en medio de todo esto, me encontré con una pequeña puerta fortificada. Es todo lo que queda de Fort Garry, y se conserva como recuerdo de los viejos tiempos de los pioneros, cuando Winnipeg era una plaza fortificada.

Cuando estuve en Winnipeg hace unos años, el general Sam Steele me llevó a conocer el lugar. Había sido uno de mis oficiales de policía en Sudáfrica, y pasó gran parte de su vida en la Real Policía Montada de Canadá.
En sus primeros tiempos de servicio se alistó como soldado raso en la expedición del río Rojo de 1870, enviada a sofocar la rebelión encabezada por Riel. La organizó el coronel Wolseley, que con el tiempo llegaría a ser mariscal de campo y vizconde Wolseley. Riel se había apoderado de Fort Garry con una fuerza de gente de clase baja y de franco-canadienses para impedir que aquella parte del país pasara a ser canadiense. Creía que ninguna tropa podría llegar hasta allí desde el este de Canadá, por los bosques, los pantanos y los torrentes que había en el camino. Pero los hombres del coronel Wolseley no se dejaron intimidar. Llegaron sobre todo en barcas, a pesar de lo difíciles que eran los ríos, y aparecieron a unas seis millas de Fort Garry el 23 de agosto de aquel año.
Planeaban atacar el fuerte esa misma noche, pero se desató un temporal de lluvia y viento. El terreno se convirtió en un pantano, así que el comandante renunció a atacar aquella noche. Al día siguiente llevó a sus tropas río abajo y desembarcaron a dos millas del fuerte. Avanzaron sin que se disparara un solo tiro, y los exploradores que rodearon el fuerte por el otro lado encontraron la puerta abierta. A Riel y a sus hombres se les vio a lo lejos huyendo río abajo.
Ese fue el fin de los disturbios. Se ocupó el fuerte, se volvió a izar la bandera británica, se dieron tres vivas a la reina y se restableció la ley y el orden en la nueva provincia de Manitoba.
Y desde aquel día, Winnipeg empezó a crecer.
Todavía viven algunos hombres que recuerdan los primeros tiempos de Winnipeg. El sargento de armas del edificio del Parlamento me contó que conoció el lugar cuando solo tenía cuarenta casas, y ahora es una de las mayores ciudades de Canadá, con 600 000 habitantes.
Gran parte de Ontario es una red de lagos y ríos entre bosques muy espesos, por lo que resulta difícil abrir carreteras.
La gente viaja en canoas ligeras. Con tu canoa puedes remontar los ríos y cruzar los lagos, llevando tus fardos de ropa y comida, y cuando tienes que atravesar el bosque hasta el siguiente tramo de agua, cargas con los fardos y con la canoa.

Por lo general viajan juntos dos hombres, a veces tres, y mientras uno lleva la canoa a través del bosque, los demás cargan con los fardos. Esta parte del viaje se llama portaging, y el terreno por el que se camina, portage.
Para llevar la canoa, te la pones en la cabeza como un sombrero enorme. Primero atas los dos remos, con los mangos cruzados, al travesaño de la canoa; luego le das la vuelta y la levantas por encima de la cabeza, de modo que los remos queden apoyados en tus hombros. Los hombros soportan el peso y la cabeza queda dentro de la canoa.
La canoa pesa unas cuarenta libras y parece un sombrero bastante incómodo para llevarlo por un bosque enmarañado o por rocas y terreno accidentado, pero es asombroso lo pronto que un hombre se acostumbra a cargarla.
Los demás del grupo llevan los fardos con la comida, la tienda, la ropa de muda, las mantas y los utensilios de cocina. Pueden pesar entre sesenta y setenta libras.
Puede parecer muy pesado levantar y cargar todo eso como un mozo de equipajes, pero resulta ligero si se lleva como se hace en Canadá: a la espalda, con una correa que pasa por la frente. A esa correa la llaman «cinta de carga», y recomiendo a cualquiera que tenga que llevar un fardo grande que lo haga así. Un bulto grande se lleva mucho más fácilmente de esta manera que colgado de los hombros.
Ponte la correa sobre la frente y deja que el fardo descanse en tu espalda, con la correa bajando a cada lado de la cabeza. Así podrás cargar mucho peso con facilidad.
En el campo y en la ciudad encontrarás trabajadores y encontrarás vagos, pero en los campos de Canadá no encontrarás muchos vagos. No durarían ni un día: nadie los contrataría. En los bosques remotos, todos comparten con los demás como algo natural, y cada uno, ya sea el dueño que paga la expedición o el que cobra por hacer de guía, carga con sus fardos igual que los demás. Nadie intenta llevar el más ligero ni pide a otros que carguen con lo suyo. Cada uno lleva su propia bolsa o, dicho de otro modo, «rema su propia canoa».
Y eso es lo que hace en el viaje de la vida toda persona con entereza: asume su parte del trabajo y de las dificultades, sean pesadas o ligeras, y no intenta que los demás le hagan su tarea.
