Escultismo alrededor del mundo
23. Tahití
Cuando el capitán Cook vio por primera vez la isla de Tahití, le gustó más que ninguna de las otras islas que había visitado, y cuando hayas visto Tahití lo entenderás muy bien.
La isla tiene unas sesenta millas cuadradas y es un conjunto de picos dentados que alcanzan los 7000 pies (más de 2000 metros). Sus laderas empinadas y sus barrancos están cubiertos de maleza, y en las pendientes más bajas hay plantaciones de cocoteros.
Al acercarte desde el mar a esta isla preciosa, soleada y verde, encuentras, a cosa de una milla de la costa, una larga línea de rompientes sobre un arrecife de coral, con un rugido atronador. El arrecife forma una barrera protectora alrededor de toda la isla. Tiene unos pocos pasos por los que los barcos pueden entrar en una laguna de agua clara, de color verde azulado. Hay una estrecha playa de arena blanca bordeada en toda su longitud por cocoteros que llegan hasta el agua.
Aquí y allá, entre los árboles, asoman las casas que forman la ciudad de Papeete. Cerca de la playa hay amarradas unas cuantas goletas pequeñas; algunas pertenecen a marineros que comercian con ellas entre los cientos de islas que forman los archipiélagos de las Cook, las Marquesas y las islas de la Sociedad, cuya isla principal es Tahití.
Te gustaría ver a la gente de aquí. Aunque ahora es una posesión francesa, apenas se ven franceses, salvo los funcionarios del Gobierno; en Papeete se habla y se escribe más inglés. También hay en la isla una gran comunidad china.
Los tahitianos son de piel morena, con caras alegres y sonrientes. Los hombres son fornidos y visten pantalón corto y un sombrero de paja grande y peculiar. Las mujeres de Papeete han adoptado mejor la ropa europea, aunque lejos de la ciudad se las ve sobre todo envueltas en telas de colores, con el pelo largo peinado hacia atrás y suelto sobre la espalda.

En Tahití hay modas de todo tipo, y a las señoras, europeas o nativas, viejas o jóvenes, les encanta lucir pantalones cortos o vestidos de escote en pico, les sienten como les sienten.

Un lugar interesante de Papeete es el mercado. Pero, como el calor aprieta desde muy temprano, hay que madrugar para comprar cosas buenas. Nosotros nos levantábamos a las cuatro y media para estar en el mercado a las cinco. Era muy atractivo, muy limpio y fresco, y tenía toda clase de frutas y verduras ya empaquetadas para llevar: docenas de naranjas en redes; plátanos, aguacates, peras, frutos del árbol del pan, papayas, melones, mangos, etc., en cestitas de papel, listos para llevárselos a casa.
Es curioso que todos los puestos de verduras los atiendan chinos.
En el mercado del pescado es interesante ver la enorme cantidad de peces de distintas clases capturados durante la noche. Abundan unos rojos, muy parecidos a los peces de colores; hay arenques pequeños ensartados en una cuerda y unos «tejones de mar» que se parecen a los tejones normales, salvo por la cabeza y los ojos grandes.
Hay varios peces del tipo de la aguja, de cuerpo largo, alargado y plateado, y con bocas muy grandes en forma de pico. Otros peces curiosos imitan al rinoceronte, porque tienen un cuerno en la nariz. Otra clase es de un azul brillante. En el mercado no vimos ningún pez volador, pero en mar abierto había lo que nosotros llamamos un «pez lancha rápida»: bate el agua arriba y abajo y se desliza a gran velocidad como si volara, aunque solo la punta de la cola toca la superficie.
Para pescar, levantan provisionalmente una larga valla cerca de la playa, hecha con hojas de palmera, ramas, barcas, etc., todo unido, y colocada en forma de herradura. A cosa de una milla de allí, los pescadores se sitúan con sus barcas formando un amplio semicírculo; en la proa de cada barca va de pie un hombre con un bloque de coral atado al extremo de una cuerda.
El jefe de la pesca va en una barca en el centro de la línea, y cuando agita una bandera, todos los hombres arrojan su piedra al agua con gran estrépito y luego la recogen. Entonces la línea avanza un poco hacia la valla y vuelven a arrojar las piedras. Así van empujando los peces hacia la valla en forma de herradura.
Cuando las barcas están ya cerca de la valla, un grupo de hombres y mujeres, chicos y chicas, se lanzan al agua y van acercando cada vez más los extremos de la herradura hasta cerrarla en un círculo alrededor de los peces. Entonces unen los extremos y van estrechando el círculo hasta dejar a los peces apiñados, y así resulta fácil sacarlos y echarlos a la playa.