Escultismo alrededor del mundo
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Escultismo alrededor del mundo

27. El último lapón de Laponia

Mientras estuvimos en las Montañas Rocosas, nos quedamos sin ver dos animales: el alce y el oso.

Alces había, desde luego: sus huellas frescas en la nieve nos lo decían. Son más grandes que el ganado corriente, tan altos como un caballo grande, de diecisiete palmos. Son feos, y creo que lo saben, porque no les gusta que los vean, sobre todo de día. Por eso se escondían en la maleza cada vez que intentábamos verlos.

Un alce
El alce es un animal feo

En cuanto a los osos, todavía estaban en la cama, los muy perezosos. Cuando llega el invierno, cada oso busca una cueva o un hueco donde tumbarse a dormir, y allí duerme unos tres meses. No necesita comer, apenas consume aire —en realidad respira muy poco— y su pulso es lentísimo: late una vez por minuto. ¿Y el tuyo, a qué ritmo late? Cuando llega la primavera se despierta, la sangre le vuelve a circular y respira como siempre.

Por los alrededores de Banff, los osos se vuelven muy mansos y se acercan a tu campamento cuando no estás. No solo hurgan en toda tu comida, sino que han aprendido que las latas tienen dentro cosas buenas, así que las cogen y las abren.

Un amigo que vive allí y conoce bien sus costumbres me contó que una vez se encontró con un grupo de turistas que estaban de merienda campestre junto a su coche cuando llegó un oso y se unió a la fiesta. Ellos salieron corriendo, muertos de miedo, mientras el oso se comía su comida. Después se metió en el coche para ver si encontraba algo más.

Entonces mi amigo les enseñó lo que tendrían que haber hecho: fue hasta donde estaba el oso y le dio una buena bofetada. El viejo Baloo no esperó a recibir otra y se marchó con paso pesado, pero a toda prisa, lamiéndose la parte dolorida.

Los oseznos son una maravilla de ver: les gusta jugar unos con otros y son unas criaturas simpáticas y graciosas, como los lobatos. Pero cuando crecen, los de la especie grizzly se vuelven muy peligrosos y, si se les despierta, atacan a un hombre y lo matan.

En Canadá se pueden vivir muchas aventuras entre los animales salvajes. Gracias a los numerosos parques nacionales (zonas en las que está prohibido poner trampas, disparar o cazar), los animales silvestres de toda clase no solo se conservan, sino que se multiplican. Es el caso de los castores, las mofetas, las nutrias, los visones, los zorros, las martas, los lobos, los ciervos, los alces, los antes y los caribúes.

A los bisontes los mataron por millares en las praderas donde pastaban, hasta casi acabar con ellos. Sin embargo, hace unos años se reunió a un grupo de supervivientes y se los llevó al Parque Nacional de Wainwright, y ahora son ya unos 6000.

También ha terminado con éxito la larga travesía de los rebaños de renos que el Gobierno de Canadá compró hace unos años en Alaska para asegurar comida abundante a los esquimales que viven en el valle del Mackenzie, al borde del Ártico.

El rebaño tuvo que recorrer 1100 millas hasta su futuro hogar, y el contrato establecía que debía entregarse en la orilla oriental del río Mackenzie, cerca del delta. El encargado de conducirlo fue un lapón llamado Andy Bahr, de más de sesenta años, que emprendió el viaje en diciembre de 1929 con trescientos renos. Su equipo inicial lo formaban seis esquimales, otros tres lapones, un médico y un geógrafo, pero todos lo fueron abandonando en distintos puntos del camino, y él tuvo que contratar gente nueva a lo largo del viaje.

Un rebaño tan grande solo podía avanzar despacio, porque cada día había que darle tiempo para comer, y tuvieron muchas dificultades para cruzar aquel desierto sin caminos y soportar la dureza del clima subártico. Las ventiscas en invierno y las plagas de mosquitos en verano retrasaron aún más al rebaño. Las manadas de lobos lo acosaban por los flancos y se cobraron muchas víctimas, pero Bahr siguió empujando el rebaño hacia el este, sin parar, durante más de cuatro años. El último verano llegaron a la orilla occidental del río Mackenzie, pero el hielo empezaba a romperse y, tras varios intentos fallidos de cruzar, Bahr decidió esperar en la orilla oeste hasta que el río volviera a helarse en invierno.

Ahora ha llevado por fin el rebaño a su destino, unos pastos excelentes. Cerca de la mitad de los renos con los que salió murieron por la dureza del viaje, pero cada año nacían crías nuevas, y el rebaño no es menor que al principio. Habrá que seguir con interés el resultado del experimento. Si sale bien, será una gran ayuda para los esquimales para quienes se trajo el rebaño, que habían visto mermar sus reservas de caribúes y morsas, a menudo en peligro de desaparecer.