Escultismo alrededor del mundo
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Escultismo alrededor del mundo

28. La emocionante caza del bisonte

Me sentía como si hubiera vuelto a mi caravana, la que me regalasteis los scouts en el Jamboree de 1929.

Vivimos en un vagón de tren acondicionado como una caravana o un yate, que nos han alquilado para que nuestro viaje por Canadá sea más cómodo. A bordo, cada uno tiene un pequeño dormitorio, y hay un comedor y una cocina bien equipados. Cuando queremos viajar, enganchan el vagón a un tren, y cada vez que queremos detenernos a visitar a los scouts, lo desenganchan y lo dejan en una vía muerta.

Pues bien, aquí estamos, en una vía muerta en Banff. Cerca tenemos los bosques y, detrás de ellos, mires hacia donde mires, al norte, al sur, al este o al oeste, se alzan grandes montañas coronadas de nieve, porque, como sabes, o al menos deberías saber, Banff está en lo alto, en medio de las Montañas Rocosas.

Todo el territorio de alrededor, unas 3000 millas cuadradas, es lo que se llama un parque nacional, es decir, una reserva de animales salvajes y de aves. A nadie se le permite cazar, poner trampas ni disparar; por eso los animales, aunque viven en libertad, no tienen miedo a la gente.

Esta mañana salimos a ver un poco de fauna. Había huellas en la nieve por los senderos que rodean el pueblo y el ferrocarril.

La ciudad en sí no es muy grande, pero todas sus calles llevan nombres de animales: calle de los Osos, de los Alces, de los Antes, de los Lobos, de los Conejos, de las Ardillas… El lugar entero respira vida animal.

A poca distancia, ya en el bosque, pasamos junto a un pequeño rebaño de animales que parecían grandes ovejas, pero del tamaño de un poni, casi sin cola, y los machos tenían unos cuernos preciosos. Las llaman cabras salvajes, y es entretenido verlas trepar por las laderas rocosas y quedarse quietas en una postura perfecta para la foto, así que no pude resistirme a filmarlas.

Después pasamos junto a las casas de unos castores. Estas lodges (N. del T.: conservo la palabra inglesa, porque no sé cómo se llaman en español estas madrigueras), que así se llaman, son grandes cúpulas de seis pies de alto por diez de ancho (unos dos metros por tres), hechas de palitos y ramas unidos con barro. Alrededor, a lo largo de cincuenta o sesenta yardas, los castores han excavado canales para llevar el agua hasta sus madrigueras, y más abajo han cortado el arroyo con presas hechas también de ramas y palitos.

¿Para qué construyen presas?

Verás, hacen la madriguera de esta manera: junto al arroyo levantan una especie de montículo de tierra redondo, con una entrada a ras de suelo. Encima construyen un techo en forma de cúpula con ramas, palos y barro. Luego, para impedir que los enemigos entren por la puerta, excavan el terreno que rodea la madriguera hasta que el agua sube lo suficiente para ocultar la entrada. Para conseguirlo, abren canales que traen el agua del arroyo y levantan una presa que eleva el nivel y lo hace más profundo.

Construyen sus presas con tanta habilidad como las personas, pero trabajan el doble de duro para terminarlas.

Vimos una manada de wapitíes (N. del T.: ciervo de las montañas de Canadá). Se parecen a los ciervos rojos que puedes ver en el gran parque de Windsor o en Escocia, pero son más grandes y tienen una cornamenta espléndida. Muy hermosos.

Después pasamos junto a un grupo de bisontes muy peludos y de aspecto soñoliento, unos monstruos que se mueven despacio y con pesadez. Estaban encerrados en un cercado en el que no nos dejaban entrar, porque, por tranquilos que parezcan, tienen un genio muy vivo y se mueven todavía más deprisa. Cuando se lanzan, corren tanto como un caballo, como vi con mis propios ojos la última vez que estuve allí.

Un vaquero cruzaba a caballo el cercado cuando un viejo bisonte bajó la cabeza y se puso a escarbar el suelo con las pezuñas. Parecía que iba a tumbarse, pero en realidad aquello significaba cualquier cosa menos eso: se estaba preparando para embestir. El cuidador hizo girar su montura y se dirigió a la puerta del cercado, pero el bisonte lo siguió a tal velocidad que no tenía forma de llegar a tiempo de abrirla antes de que lo alcanzara.

El cuidador dio la vuelta a su caballo y galopó trazando un amplio círculo, con la esperanza de que el bisonte se detuviera. El animal lo siguió, y de nuevo, al llegar cerca de la puerta, la bestia iba demasiado pegada a él para darle tiempo a abrirla. Volvió a dar otra vuelta hasta la puerta, y parecía que el bisonte iba tan cerca que no podría cruzarla sin que lo alcanzara.

Por suerte, esta vez había alguien junto a la puerta que, al ver el aprieto en que estaba, se la abrió y, en cuanto pasó, se la cerró de golpe en las narices al toro que lo perseguía.

Jinete y caballo seguían jadeando tras su arriesgada huida cuando llegó un autobús lleno de turistas, que le dijeron:

—¿Podría repetirlo? Hemos llegado demasiado tarde para ver el número.