Escultismo alrededor del mundo
15. Las costumbres de los «abos»
Estamos cruzando el golfo de Carpentaria, que va de la melena del león a la punta de la oreja del conejo. ¿Te he contado alguna vez cómo dibujar un mapa de Australia? Es un truco útil por si te lo piden en un examen de geografía.
Dibuja una cabeza de conejo mirando al este y una cabeza de león mirando al oeste; añade un poco de col para que se la coma el conejo (eso es Tasmania), y ya tienes Australia.

Para que te hagas una idea del tamaño del país: hemos tardado dos días y medio en ir de Darwin a la isla Thursday (isla del Jueves), lo mismo que se tarda en ir por mar de Londres a Lisboa.
En la parte baja del golfo hay un grupo de islas habitadas por los abos, como se llama a los aborígenes de Australia.
Estos aborígenes son completamente salvajes, gente sin instrucción que no sabe nada de nuestra civilización y que vive casi como los animales, aunque no del todo. Tienen sus propias leyes y costumbres. No tienen una religión propiamente dicha, pero creen que tienen «un cuerpecito dentro del cuerpo». Son muy ingeniosos para fabricar trampas y armas con los materiales que encuentran a mano. En ese sentido son scouts ingeniosos, y más aún en su manera de acechar y de cazar.

Ya os he contado muchas veces cómo enseñan a los niños a seguir el rastro de los lagartos en el barro hasta dar con sus escondrijos bajo las piedras o en las grietas del suelo, porque para un pequeño abo un lagarto es tan rico como una onza de chocolate para su hermano europeo.
Cuando muere un abo, su entierro es ocasión para un gran corroboree. En el entierro gritan y pisotean el suelo alrededor de la tumba, pero la gran ceremonia no llega hasta cuatro meses después, cuando acuden sus amigos y los vecinos de otras tribus. Aunque las tribus vecinas no se lleven bien, o incluso sean enemigas, en ese momento se unen y vienen juntas a disfrutar del corroboree. Para prepararlo, la tribu del difunto corta y pinta un gran número de postes preciosos de distintas formas, con dibujos y motivos de colores, y los colocan a poca distancia de la tumba.
Los corroborees empiezan después de la puesta del sol, con hogueras encendidas alrededor. El señor Wingham, de Darwin, describe así cómo se celebran:
«Entre grandes gritos, los nativos salen de su campamento, todos pintados y con sus lanzas, y forman un círculo en cuyo centro arde un pequeño fuego.
»Entonces empiezan a cantar en voz baja; el canto va subiendo de volumen, acompañado de palmadas en los muslos, y termina con un grito fuerte. Mientras tanto, un nativo ha salido del círculo y baila atravesando el fuego.
»Después de un rato así, rompieron el círculo y, con grandes gritos, corrieron hacia los postes funerarios (que habían colocado antes en semicírculo) y arrojaron sus lanzas contra ellos. Luego volvieron a formar un círculo, y el corroboree siguió durante varias horas de la noche. Al cabo de un tiempo se cansaron y se fueron a sus campamentos, y volvieron ya de día para continuar el corroboree junto a los postes. Tras bailar un rato, arrancaron los postes y los llevaron hasta la tumba, donde habían cavado hoyos, y los clavaron en círculo. Allí, junto a la tumba, empieza otra vez el corroboree: los nativos lloran en voz alta, se golpean a sí mismos y muestran su dolor por el compañero muerto».

Justo en la oreja del conejo, el cabo York, verás en el mapa un montón de puntitos como moscas. Son pequeñas islas, unas habitadas y otras no. En medio de ellas está la isla Thursday. Es una isla montañosa y rocosa, cubierta de árboles pequeños, con un pueblo de entre 100 y 150 bungalós, tiendas, oficinas y dos iglesias.
Cuando entramos en la bahía que forma el puerto, estaba llena de embarcaciones preciosas, como yates. Era la gran flota de pescadores de perlas que tiene aquí su base. Las conchas, aunque no tengan perlas, son valiosas, y se recogen del fondo del mar. A los pescadores los llaman «buzos de piel», porque bajan con su propia piel y no con escafandra.
Se limpian las conchas y las ostras se guardan para comerlas; las conchas se meten en sacos y se envían a Japón para hacer botones. Eso fue lo que me dijeron, pero me cuesta creer cuántos botones se pueden hacer, o se necesitan, ni cómo pueden alcanzar semejante precio: una tonelada de conchas, unos diecisiete sacos, vale más de 80 libras.
Cuando atracamos en el muelle, encontramos formados, con una pancarta de bienvenida, a ciento ochenta scouts y guías, pero vestidos de colores vivos: los scouts llevaban faldas escarlata en lugar de pantalón corto. Era un gran cambio respecto a lo que estábamos acostumbrados, pero un buen cambio.
Los nativos de estas islas son muy distintos de los abos de tierra firme. Son gente despierta e inteligente, y entre ellos hay excelentes scouts. Pero no están acostumbrados a llevar pantalones, ni largos ni cortos: su traje nacional es el lava-lava, una especie de falda de lino. Así que los scouts, que van descalzos, llevan un lava-lava escarlata, cinturón scout, camisa y pañoleta y un bordón, pero no sombrero, porque tienen el pelo tan rizado y tieso que no se les sujetaría.

Había una pequeña tropa de scouts y lobatos blancos con el uniforme normal, y una tropa nativa de scouts marinos, también con el uniforme reglamentario. Por estatura y fuerza, estos scouts marinos eran los mejores que he visto nunca: muchachotes fortísimos, todos de más de seis pies (más de 1,80 metros) y de complexión robusta.
El comisionado scout me dijo que eran buenos marinos.
Me asombra pensar que hace solo cincuenta años, cuando yo era subalterno en mi regimiento, la gente de estas islas vivía en guerra continua, unos contra otros, ¡y se comía a los muertos! Y míralos ahora: pacíficos y bien educados, leales súbditos del rey y buenos scouts.
Mi hija Heather, que me hacía de secretaria, escribió una crónica de las actividades de los scouts. Esto es lo que contaba:
«Una tropa de nativos de la isla de Mabuiag hizo una demostración excelente de señales con semáforo, con banderas de colores vivos. Transmitieron su mensaje de bienvenida con señales y luego se arrancaron a cantar: cantaban el alfabeto y, al mismo tiempo, transmitían las letras a gran velocidad.
»Una tropa de scouts marinos hizo una demostración de ejercicios con pesas. Eran scouts marinos altos, fuertes y morenos, la mayoría de más de seis pies, con el pelo tan rizado que los sombreros del uniforme apenas se les sostenían encima.
»Después de esas exhibiciones vinieron las danzas nativas, que les encanta representar y que hacen de maravilla.
»Un cerdo negro con lava-lava hozaba en la arena buscando algo de comer. En el horizonte aparecieron dos cazadores con lanzas, cada uno con un perro pegado a los talones. Los cazadores acariciaron a sus fieles aliados y luego se sentaron en el suelo para pensar con calma y planear el ataque, porque querían cobrar la presa.
»Los perros olfatearon al cerdo y salieron tras él en zigzag, con el hocico pegado al suelo, moviendo las patas en una persecución frenética y levantando nubes de polvo. Alcanzaron al cerdo y lo revolcaron, y los cazadores llegaron corriendo y lo alancearon. Luego se lo llevaron colgado boca abajo de las lanzas, que cargaban al hombro.
»A esta representación siguió la Danza de la Rana, que bailaron unos muchachos venidos de la isla de los Cocos. Toda una tropa de scouts ranas, grandes y pequeñas, apiñadas, llegó dando grandes saltos por el suelo arenoso a toda velocidad, cada uno agarrado del cinturón del que tenía delante para no perderse con tanto bote. Se balancearon en un gran círculo y luego se marcharon saltando por donde habían venido.
»Después hubo otra danza, o más bien otra cacería, porque esta vez se cazaba un canguro. Estaba sentado tranquilamente sobre las patas traseras, mordisqueando y cogiendo cosas del suelo con las patas delanteras, y moviéndose despacio de un lado a otro con saltitos perezosos. No se dio cuenta de que dos cazadores se le acercaban por detrás. Avanzaban en silencio y con cuidado, vestidos solo con un taparrabos rojo, armados con lanzas, pisando ligeros la arena de puntillas, con las rodillas medio dobladas y el trasero hacia fuera. Entonces alzaron las lanzas por encima de la cabeza, listos para atacar; marcaban el compás con los pies, avanzaban y retrocedían, hasta que por fin se lanzaron sobre el canguro despistado.
»Estaban tan entusiasmados con el éxito de su cacería que, al son de su acompañamiento musical (un tambor hecho con una olla, ayudado por una lata de aceite), bailaron una danza rápida y rítmica, con el cuerpo erguido, las rodillas y los pies hacia fuera, y poniendo todo el rato las caras más espantosas que se puedan imaginar.
»Aquí, en la isla Thursday, esta danza en concreto hizo reír mucho, porque era una imitación de sus vecinos, los abos, que cazan canguros de verdad en tierra firme».