Lecciones de la universidad de la vida · 3. Deportes
Acechar
El acecho, en el que uno mide su astucia con la de la presa, me fascina enormemente, aunque solo sea arrastrarse hacia un pájaro o un conejo y quedarse quieto como un tronco para que no te descubran mientras observas de cerca cada uno de sus movimientos.
Más emocionante, claro está, es acechar caza salvaje en otros países, como la cabra montés en el Himalaya o el ciervo en Escocia, o mejor aún, esas bestias que tienen la capacidad de atacarte.
Cuando hablo de acechar al ciervo, no me refiero a lo que normalmente se entiende por eso en Escocia, es decir, arrastrarse siguiendo a un guía hasta que te señala la pieza y te pasa el rifle.
Para mí, el momento del rifle es el momento en que se acaba el placer del acecho. Es verdad que tienes la emoción de ver si el disparo acierta o falla, y por tanto si mata o solo hiere.
En cualquier caso, aunque se supone que debería estar acostumbrado, a mí el disparo siempre me deja remordimientos. Odio ver cómo el hermoso ojo de una gacela me pregunta con dulzura: «¿Qué daño te he hecho para que me dispares?», y luego se queda inmóvil en la muerte.
En todos los años que han pasado desde entonces, nunca he conseguido sobreponerme del todo al remordimiento que sentí cuando, siendo muy pequeño, maté mi primer pájaro.
Pero, como ya he dicho, soy muy incoherente: hay una satisfacción tremenda en derribar limpiamente un faisán que vuela alto y rápido, o un urogallo que viene directo hacia ti, igual que la hay en abatir un gamo a la carrera o un animal peligroso.
En cambio, matar a un elefante grande y venerable me parecería una impertinencia tan grande como volar un trozo de la Torre de Londres. Pero acecharlo con una cámara sería harina de otro costal: el mejor deporte posible.
Acecho del ciervo escocés
De esto he hecho muy poco, así que apenas estoy capacitado para hablar, pero lo bastante para saber que no me entusiasma. He acechado muchas clases de ciervos y de caza mayor en otras regiones, pero cuando se trata de que un guía te lleve por los páramos de Escocia, pierdo el interés. Para mí, toda la gracia del acecho está en avistar al ciervo y en planear y llevar a cabo la aproximación por tus propios medios. Si consigues ponerte a tiro, eso es todo lo que hace falta (sobre todo si es a tiro de una cámara de teleobjetivo). Por lo que a mí respecta, que lo mate quien quiera.
Odio que otro me lleve el rifle, y encima metido en la funda. En mi primera salida al monte, donde se hacía así, planteé lo siguiente:
—Supongamos que de pronto nos encontramos con una pieza.
—¡Ah, eso no va a pasar!
Y en la siguiente revuelta del camino pasó exactamente eso. ¡Qué lío sacar el rifle de la funda, cargarlo y pasármelo! Para entonces, el ciervo ya se había perdido de vista, valle abajo. Cuando por fin, acechando, nos pusimos a tiro de otro ciervo, este nos olió con el viento y se marchó al trote rodeando un montón de troncos. Rifle en mano, atajé para cortarle el paso, ¡mientras el guía se quedaba atrás protestando que esa no era la manera! Por lo visto, estaba infringiendo alguna regla de etiqueta del acecho.
Pero el ciervo ya venía cruzando por delante de mí, a unas 160 yardas (unos 145 metros) y al trote, y con mi endiablada buena suerte le acerté de lleno en el cuello y lo hice rodar, muerto.
El guía se deshizo en halagos, pero todo el rato tuve la impresión de que con ellos disimulaba cierto disgusto por mi comportamiento. Más tarde tuvo motivos para disgustarse de verdad.
Subía yo por el monte con una conocida aficionada al acecho. Ella insistió en llevar el rifle cargado por si había alguna sorpresa. De repente apareció un ciervo delante de nosotros y ella le hizo un disparo rápido mientras se alejaba a toda velocidad y se metía en la espesura. No pudimos ver nada más de él, pero un perro que nos acompañaba salió en su persecución y enseguida se puso a ladrar como si hubiera encontrado el rastro. Corrimos tras él, pero yo no estaba conforme y, de todos modos, iba buscando señales en el suelo.
Casi enseguida las encontré: una o dos manchas de sangre, luego una huella de pezuña y más, que me fueron guiando por la espesura en dirección contraria a la de la persecución. Solo tuve que recorrer unas cincuenta o cien yardas para encontrar al ciervo, ya muerto. El perro corría desorientado.
Acechando con una cámara
La caza mayor con cámara está ocupando el lugar de la caza con rifle como deporte reconocido. Igual que los cazadores solían comparar sus rifles, ahora comparan sus cámaras con no menos interés. Esto exige un acecho más astuto y más audacia y destreza que antes.
Los trofeos, sobre todo si se consiguen con una cámara de cine, son un recuerdo mucho más emocionante, para ti y para tus amigos, que unos cuernos muertos y una piel.
Esto tiende a convertir la caza mayor en cosa de naturalistas más que de carniceros, y deja intacta la fauna para que nuestros hijos puedan cazarla a su vez con la misma fascinación y aprender así las valiosísimas lecciones que se aprenden en la escuela de la jungla.
Montañismo
Hay otro deporte más que me habría gustado incluir en mi vida: escalar montañas.
He recorrido con total libertad, de arriba abajo, las cumbres menores del Himalaya, de los Andes y de las Montañas Rocosas, pero, aunque contemplé fijamente y con respetuosa admiración sus nieves prodigiosas, nunca subí a esas alturas sublimes.
Para mí hay algo sagrado en su calma apartada, lejos del mundo de abajo, y me parecería una presunción que un hombre tan pequeño dejara allí las huellas de sus pies.
El montañismo me atrae no solo como deporte, igual que acechar un gamo, ni por el simple gusto de escalar, sino porque tiene algo de espiritual y de elevación: es bueno para el alma y ejercita el cuerpo.
Hace poco leí en alguna parte:
«En las montañas uno se convierte en una especie de yogui: allí solo puedes caminar, dormir y pensar.
»No sé por qué decimos que la gente que vive por encima de los mil cuatrocientos pies es budista. Las montañas casi te convencen de ello. En el silencio de la noche oyes sus voces y te sientes movido a acariciar todo lo que te rodea. Entonces, cuando el desánimo de las preocupaciones inmediatas se desvanece, el espíritu se expande y se te abren círculos más amplios de conciencia.
»En las ciudades templadas, donde los hombres se amontonan, uno necesita algo que lo aísle, un salvador personal, una linterna en una mano segura y amable que te reconforte con su voz desde la oscuridad.
»Pero aquí no te esfuerzas, bien lo sabes: te desvaneces. Hay en la naturaleza un propósito místico con el que estás comprometido en soledad, no como individuo.
»Puedes soñar por tu cuenta, pero eres uno con todas las semillas de la hierba y las piedrecitas redondas, sin privilegios».
La escuela de la jungla
Estas lecciones de la vida en plena naturaleza son indispensables para los scouts, ya sea para la exploración pacífica y el gusto por ella, ya para la exploración militar.
Las cualidades de observación y deducción, resistencia, valor, paciencia, ingenio, confianza en uno mismo, vigor y juicio no se pueden desarrollar con ninguna otra formación.
Pero, además, se adquiere una idea más amplia de la fraternidad entre los hombres, cuando las privaciones y los peligros se comparten con confianza con los menos civilizados, los nativos.
Y al vivir en contacto continuo con la naturaleza se desarrolla una apreciación más plena y más alta de su orden y de su Creador.