Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida

11. La guerra

Ahora tengo que volver al año 1914 y contar algo del trabajo que hicieron los scouts y las guías en aquellos días.

Cuando se declaró la guerra, fui a ver a lord Kitchener y le ofrecí mis servicios para lo que hiciera falta.

Él, sin embargo, estaba firmemente convencido de que los Boy Scouts podían prestar un gran servicio en la retaguardia, sustituyendo a los hombres que se necesitaban en el frente. Y como los médicos no me daban el visto bueno para incorporarme enseguida al servicio activo, me pidió con insistencia que organizara a los muchachos para las muchas tareas en que podían ser útiles.

Por suerte, el momento era propicio para una aventura así. Tras seis años de vida, el Movimiento Scout se asentaba ya sobre una administración descentralizada y sólida en todo el Imperio, y contaba con muchos miembros y con un buen equipo de dirigentes. Es verdad que muchos de estos y de los muchachos mayores se alistaron directamente en cuanto se declaró la guerra (diez mil de ellos nunca volvieron). Pero nos arreglamos con los mejores de los que quedaban, dándoles responsabilidades y animándolos a seguir adelante, y salió bien.

Como conocía algo de los planes alemanes por mis antiguos trabajos de inteligencia, lo primero que hice fue poner cuadrillas de scouts a vigilar todos los puentes, las vías de ferrocarril, las líneas de telégrafo y de cable, las instalaciones de agua, etc., para impedir cualquier intento de cortar las comunicaciones por parte de los cerca de 100 000 alemanes que vivían en el Reino Unido. Hay que recordar que yo había previsto que intentarían atacarnos, si podían, durante las fiestas bancarias de agosto y sembrar la confusión cortando las líneas de telégrafo y de teléfono.

Los muchachos se movilizaron de inmediato en sus localidades y ocuparon sus puestos de guardia con gran entusiasmo, hasta que, unos días más tarde, los relevaron las tropas territoriales.

Los scouts marinos protagonizaron una movilización memorable cuando el Almirantazgo llamó a filas a los guardacostas para servir en la guerra. Se nos pidió que los sustituyéramos con scouts marinos. Lo hicimos con eficacia en muy pocas horas, y los Boy Scouts se hicieron cargo del servicio de guardacostas, a las órdenes de unos pocos suboficiales de la Marina, desde John o' Groats hasta Land's End (N. del T.: los dos extremos de Gran Bretaña, en el norte de Escocia y en la punta de Cornualles).

Nos hicimos muy famosos por la extraordinaria rapidez de aquella movilización, pero tenía su explicación. Desde hacía semanas habíamos planeado celebrar un gran campamento de scouts marinos y una regata en la isla de Wight durante las fiestas bancarias de agosto. Llegaron las fiestas y los scouts se reunieron por centenares, organizados en unidades de seis, con su equipo de campamento, etc. Justo en ese momento llegó la llamada al servicio.

Fue casi un calco de la célebre movilización del almirante Rawson con la flota del océano Índico, cuando el sultán de Zanzíbar declaró la guerra a Gran Bretaña y su flota (un solo barco) disparó uno o dos cañonazos contra un buque de guerra británico, que lo hundió en el acto. En cuarenta y ocho horas, toda la flota inglesa apareció reunida en el lugar, con barcos llegados de distintas direcciones. Como aquello ocurrió antes de que existiera la radio, una movilización tan rápida dio mucho que hablar, por no decir que causó inquietud, en otras naciones.

El almirante me contó que le habían preguntado con mucha insistencia por el secreto de aquella concentración. Entonces se negó a revelarlo, pero a mí me confesó que, unos meses antes, los barcos que navegaban por aguas de la India habían quedado en reunirse en Zanzíbar en una fecha determinada para jugar un torneo de críquet, y el sultán tuvo la mala suerte de elegir justo ese día para atacar.

Así pues, los Boy Scouts ocuparon sus puestos en los primeros días de la guerra a lo largo de toda la costa este y sur, y cumplieron con su deber de vigilar de día y de noche hasta el día del Armisticio, cuando los guardacostas de oficio volvieron a ocuparse de sus tareas.

De este modo, aunque nuestra formación no tiene nada de militar y está orientada a la paz, nuestro lema «Siempre listos» permitió a los scouts y a las guías adaptarse en un momento a las necesidades del país en aquella época. Sirvieron de mensajeros y de ordenanzas de uniforme en las oficinas del Gobierno y en el Ministerio de la Guerra, y también en ayuntamientos, hospitales, oficinas municipales, comisarías de policía, etc.

También organizaron y atendieron muchos centros de recreo y ambulancias en el frente de Francia.

Todo esto lo hicieron con un entusiasmo leal, que no fue solo el entusiasmo del primer momento, sino uno que les permitió seguir haciendo su trabajo con un nivel muy alto hasta el final de aquel periodo terrible y desgarrador de la Gran Guerra.