Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida · 3. Deportes

Hipopótamos

No me importa confesar que tengo debilidad por los hipopótamos. Si tuviera que tener una mascota, creo que, aunque no sea precisamente el animal más apropiado para ello, me encantaría que fuera un hipopótamo.

Desde luego, no son lo que se dice hermosos, pero se salen de lo común en todos los sentidos. Id a estudiarlos al zoo. Yo puedo pasarme una hora entera mirándolos, ¡y sencillamente me encantan!

Un hipopótamo con la boca abierta
Desde luego, no es lo que se dice hermoso

Hablando del zoo, una vez se escapó un hipopótamo.

Era temprano por la mañana, antes de que los visitantes empezaran a pasear por los jardines. Los cuidadores no sabían cómo hacerlo volver a su jaula. Lo tentaron con pacas de paja jugosa, pero el animal se comió la paja y siguió adelante, hacia campo abierto.

¿Qué se podía hacer? Al señor Bartlett, el director, se le ocurrió una idea brillante. Recordó que Obash, que así se llamaba el animal, le tenía una manía especial a uno de los cuidadores, un tal Scott, y solía echar a correr tras él cada vez que lo veía.

Así que el señor Bartlett mandó llamar a Scott, le puso un cheque en la mano y le dijo:

—Ahora ve y déjate ver por Obash, y cuando venga a por ti, corre como una liebre hacia su jaula y escabúllete por encima de los barrotes del fondo.

Scott, que era muy deportista, no se lo pensó. Se acercó al hipopótamo y le gritó:

—¡Eh, tú, Obash! ¡Eres un bicho feo!

Obash levantó la vista de su comida, sorprendido, y al ver quién era soltó el bocado de paja que estaba masticando, dio media vuelta y salió tras Scott a una velocidad tremenda.

Scott no perdió el tiempo, y nadie se lo puede reprochar: corrió todo lo que pudo hacia la jaula, con el viejo Obash pisándole los talones.

Consiguió llegar a los barrotes del fondo y trepar hasta arriba justo a tiempo de escapar de la poderosa bestia, que quedó de nuevo encerrada en su jaula.

Un hipopótamo persigue con la boca abierta a un hombre que corre y pierde el sombrero
Scott no perdió el tiempo

Como no podía darme el gusto de tener un hipopótamo como mascota en una casa inglesa, tuve que conformarme con lo más parecido: su osamenta como recuerdo. Y así es como cacé al bribón.

Un amigo y yo estábamos acampados cerca de un lago donde había montones de hipopótamos. Los nativos de la zona estaban al borde de la hambruna y querían carne. Pero los hipopótamos eran astutos: no asomaban del agua mientras estábamos cerca, así que era difícil acertarles.

Un día fuimos a acecharlos a una parte alejada de la orilla. Los hipopótamos pueden pasar mucho tiempo bajo el agua, pero de vez en cuando tienen que subir a respirar. Cuando lo hacen, tienen la precaución de sacar solo los orificios nasales: lanzan un pequeño chorro de agua y vuelven a sumergirse. Lo único que se ve de ellos son seis manchitas —los dos orificios de la nariz, los ojos y las orejas—, y solo durante tres segundos.

Pero siempre salen en el mismo sitio, así que la cuestión es tener el rifle preparado, apuntando a ese punto, y apretar el gatillo en cuanto asoman los ojos, antes de que la bestia vuelva a hundirse.

Mi amigo y yo hicimos una competición para ver quién mataba a un hipopótamo grande que hacía eso justo enfrente de donde estábamos. Yo me tumbé para apuntar con más firmeza. Fue esa costumbre de tumbarme la que inspiró a los nativos que me acompañaban el apodo de M'hlalapanzi, que significa «el hombre que se tumba para disparar» y, en un segundo sentido, «el hombre que prepara sus planes con cuidado antes de llevarlos a cabo».

Y ese apodo me acompañó siempre durante el tiempo que pasé entre los nativos y nuestros cazadores.

Un cazador tumbado entre la hierba apunta con el rifle hacia el agua
M'hlalapanzi

Apunté con cuidado al lugar por donde aparecería el ojo del bribón cuando saliera, mantuve el rifle fijo en ese punto mientras estaba bajo el agua y, cuando volvió a subir, estaba listo para él y disparé.

El monstruo se impulsó hasta sacar medio cuerpo del agua con un estornudo tremendo, luego se hundió entre la espuma y no lo volvimos a ver.

Apareció otro no muy lejos, y mi amigo le disparó y también lo hizo saltar.

Un hipopótamo muerto suele hundirse hasta el fondo, pero cuatro o cinco horas después, por los gases que se forman en su interior, sale flotando a la superficie.

Nuestros nativos esperaban con mucha expectación los cuerpos de los dos hipopótamos, y por la tarde llegó al campamento un mensajero muy excitado a decirnos que uno de ellos ya flotaba muerto.

Corrimos a examinarlo, y allí estaba: un monstruo enorme y gordo, tumbado de costado y varado en la corriente.

No encontramos ninguna herida hasta que le levantamos el párpado: el ojo estaba destrozado. La bala había entrado justo por donde la había apuntado y había llegado hasta el cerebro.

Por supuesto, cada uno de nosotros reclamó el animal como suyo.

Yo había disparado con un rifle del Gobierno, mientras que mi amigo había usado un express. Cuando conseguimos recuperar la bala, llevaba en la base la flecha ancha, la marca oficial. Era una bala del Gobierno y, por tanto, el hipopótamo era mío.

Tendríais que haber visto lo que hicieron nuestros nativos con aquel hipopótamo. Primero le abrieron en el costado un agujero cuadrado lo bastante grande para que cupiera un hombre. Un hombre se metió dentro con su cuchillo y fue cortando en trozos todo el interior para hacerse sitio: hígado, corazón, etc., que pasaba a sus amigos.

Dos hombres trocean un hipopótamo muerto en el agua
Hipopótamo para almorzar

De todas las imágenes espantosas que uno pueda imaginar, aquel negro sonriente, literalmente cubierto de sangre de pies a cabeza, era todo un cuadro. Estábamos entonces en una región desierta, donde parecía haber pocos habitantes, o ninguno. Pero al caer la noche había cerca de cien nativos alrededor del cadáver. Para esta gente, un trozo de carne cruda da tanta alegría como un buen pudin a un chico en Navidad, sobre todo cuando están al borde de morir de hambre.

Aquella noche nuestro campamento fue escenario de un banquete tremendo y de mucha fiesta. Cada hombre encendió su propia hoguera y, tras repartir grandes raciones de carne entre los suyos, las colocaba alrededor del fuego. Luego se sentaban y, muy solemnes, se ponían manos a la obra hasta terminarse su ración entera.

La carne no tenía tiempo de cocinarse: se la comían cruda o medio templada.

Toda la noche, cada vez que nos despertábamos, oíamos a los hombres masticando.

Leones

Serían las cuatro de la mañana. Dormíamos tranquilos, las hogueras ardían bajas y hasta los más hambrientos de nuestros «muchachos» estaban adormilados. Uno de los perros me despertó con sus gruñidos continuos y su inquietud; luego el alboroto aumentó con el balido agudo de alarma de una cabra asustada en la oscuridad; y al momento llegó una acometida repentina, un crujido de algo que se rompía y un confuso ruido de pezuñas: cuatro bueyes huían de su cercado y se refugiaban en el bosque.

En un segundo estábamos todos despiertos y en pie. Salí a toda prisa de la tienda, con la lanza de cazar jabalíes en la mano, y encontré a los «muchachos» excitadísimos, con una sola palabra en la boca: N'gonyama (leones).

Por lo visto, una banda de leones vagabundos, atraída por el olor del hipopótamo asado, por nuestro ganado y por los ponis —y un poni es para un león lo que la sopa de tortuga para un concejal—, había irrumpido en estampida en el campamento, y el ganado había huido, perseguido por sus atacantes.

Todavía estábamos comentando la situación cuando un bramido agudo en el bosque, a poca distancia del campamento, nos contó la suerte que había corrido uno de nuestros pobres animales.

En cuanto se hizo de día, seguimos el rastro y pronto los alcanzamos. Allí estaba el viejo león desayunándose el buey muerto, mientras cuatro leones jóvenes esperaban tumbados alrededor a que el viejo terminara para poder comer ellos.

Sin embargo, nuestra aparición en escena les estropeó los planes y todos huyeron lo más deprisa que pudieron. Nosotros seguimos las huellas del león grande en la arena.

Lo rastreamos durante muchas horas, intentando darle alcance, pero siempre se nos escabullía antes de que pudiéramos verlo, hasta que por fin, al cruzar un claro del bosque, lo vimos meterse en una espesa mata de arbustos espinosos, donde se escondió.

Llegamos lo antes posible y rodeamos la mata, listos para disparar por el lado que saliera. Pero no salió. Entonces nuestro rastreador jefe, un viejo guerrero zulú, propuso un plan para cazarlo.

La mata se parecía mucho a uno de esos grandes macizos de retama que se ven en cualquier terreno comunal: muy espesa y espinosa por arriba, pero con muchos túneles por debajo.

El plan era que yo entrara a gatas en un túnel con mi rifle y que el zulú me siguiera muy de cerca. En cuanto viera al león, yo debía dispararle y quedarme pegado al suelo, boca abajo. El zulú pondría su gran lanza por encima de los dos y, cuando el león cargara contra nosotros, se clavaría la azagaya en la panza.

Me pareció un plan excelente, salvo en la parte que me tocaba a mí. No me gustaba nada la idea de aquel juego de arrastrarse; se me ponían los pelos de punta solo de pensarlo. Pero de pequeño me habían enseñado la ley de la manada: debía dejar a un lado mis propios sentimientos y deseos, y procurar siempre llevar a buen término lo que tocaba.

En aquel momento sentí una fuerte tentación de saltarme esa ley y hacer mi voluntad. Pero me alegra decir que me aferré a ella y me metí en el túnel. A medida que avanzábamos, se me ponían los pelos cada vez más de punta, hasta que, al doblar un recodo del túnel, vi delante de mí… la luz del día al otro lado. Entonces me volvió el valor: el león no estaba allí. Salí a rastras al claro del otro lado sintiéndome todo un héroe.

El león se había escapado sin que lo viéramos.

Cuando lo ves de cerca, el león no es tan fiero como lo pintan. Aunque también me topé con uno que se puso muy desagradable al verme y, para no alargar la historia, yo sigo vivo y su cabeza y su piel adornan ahora mi cuarto.

Un hombre agazapado bajo un escudo dispara a un león que salta sobre él
Una manera sencilla de matar un león

Mascotas

Ya dije antes que amo a mis enemigos; lo recomiendo a menudo, aunque no lo practico mucho. En este caso, por enemigo me refiero al jabalí.

Tuve la gran suerte de capturar en la selva un jabato muy pequeño, que es como se llama a las crías del jabalí. Me lo llevé a casa y lo tuve mucho tiempo, y resultó ser un amiguito delicado e interesante. Vivía suelto en mi casa y conservaba todo su carácter salvaje: se escondía entre sus arbustos cada vez que llegaba un extraño.

Le enseñé a acudir cuando lo llamaba para comer, y hacía lo mismo con el basurero cuando este le ofrecía comida. Invariablemente embestía al basurero con sus colmillos afilados para indicarle que quería comer, aunque lo hacía porque deseaba su compañía.

En el jardín había un viejo tocón alrededor del cual Algernon (así se llamaba) no se cansaba nunca de correr. Lo usaba para practicar carreras en forma de ocho a su alrededor, y le daba un mordisco con sus pequeños colmillos cada vez que pasaba, alternando derecha e izquierda. Así se entrenaba para combatir cuando llegara la ocasión.

Yo tenía una vieja yegua inglesa que dejaba suelta por donde vivía. Como había sido una fiel cazadora de jabalíes, solía perseguir a Algernon cada vez que lo veía, y el pequeño bribón disfrutaba de lo lindo dejándose perseguir hasta que ella se daba por vencida, con las orejas echadas hacia atrás, deseando pisotearlo o cocearlo si conseguía acercarse lo suficiente.

Por desgracia, un día unos perros que rondaban por allí vieron la persecución y se unieron a ella. Pronto alcanzaron al pobre Algernon y lo mordieron y destrozaron tan gravemente que hubo que sacrificarlo. Se le dio muerte con la lanza, como correspondía a su rango.

La única otra mascota salvaje que tuve fue una pequeña pantera llamada Squirks. Me hablaron de una pantera en cierto lugar del Kadir y salí a buscarla montado en un elefante.

Avanzando por la selva de hierba, vi lo que me pareció la garra de una pantera asomando detrás de una mata de hierba. Así que disparé adonde calculé que debía de estar el cuerpo del animal.

Un cazador montado en un elefante dispara hacia la hierba alta
Disparando a la garra de la pantera

El disparo hizo que la garra se moviera y, al moverse, vi que se trataba de una pantera completa pero en tamaño muy pequeño. Así que me bajé, la recogí y me la llevé al campamento.

Una cría de pantera sentada
Squirks de pequeña

Aquella noche dormí al raso sobre un catre nativo, con mi perrito y mi nueva adquisición a mi lado. Durante la noche la pantera empezó a maullar en su idioma de pantera, pero pronto volvió a tumbarse callada junto a mi perrito, con el que ya había hecho amistad.

Una cría de pantera con el lomo erizado frente a un perrito
Squirks conoce a mi perro

A la mañana siguiente encontramos las huellas de una pantera que había dado vueltas alrededor de mi cama, sin duda por los maullidos. Seguramente era su madre, pero no había reunido el valor suficiente para saltar a rescatarla.

Así que Squirks vivió conmigo cerca de un año. Era la compañera más alegre y juguetona, mansa como un perro, aunque ni mucho menos tan de fiar.

Cuando me marché de la India, mucha gente se ofreció a quedarse con Squirks. Yo les hacía probar veinticuatro horas con ella, pero en todos los casos me la devolvieron con amables disculpas. Era demasiado fuerte y demasiado juguetona, así que al final se la entregué a Jamrach.

Una pantera salta sobre una mesa y derriba un cuadro junto a un sillón
Era muy fuerte y traviesa

Por supuesto, he tenido innumerables perros y caballos, no siempre hermosos, pero ninguno menos querido. Supongo que habrá habido algún poni más feo que Hércules, pero fue mi primera posesión equina. Se lo compré por muy poco dinero a un cortador de hierba hindú que lo usaba para llevar forraje al mercado.

Con cuidados y buena comida se convirtió en un animal muy útil, un gran saltador en las carreras de caza y un poni de polo muy práctico y sensato.

Desde «Boswell's Life of Johnson», un perrito que murió de indigestión cuando yo era muy pequeño, hasta Shawgm, el de hoy en día, casi nunca he estado sin un perro, o dos, o tres.

Shawgm, un precioso labrador de pelo brillante y grandes ojos marrones y solemnes, me lo regalaron con ocasión de una concentración scout de cinco condados: Shropshire, Herefordshire, Worcestershire, Gloucestershire y Monmouth. Por eso su nombre se formó con las iniciales de los condados.

Ese perro tiene una inteligencia y una capacidad de comprensión perfectamente humanas.

Hace poco leí que la diferencia entre el hombre y los animales es que el hombre tiene sentido del humor y los animales no.

El autor de ese comentario nunca tuvo un perro.