Lecciones de la universidad de la vida
4. Espionaje y exploración
Llego ahora a la tarea más interesante de las que corresponden a los oficiales del ejército, la que constituye el hilo conductor de mi actividad tanto en mi primera vida como en la segunda, es decir, el Escultismo.
Relacionado con la exploración (N. del T.: uso «exploración» para traducir lo que Baden-Powell llama scouting, la misma palabra que emplea para lo que entendemos por Escultismo) está el espionaje.
El espionaje consiste en obtener en secreto información militar en tiempos de paz, como preparación para lo que pueda ocurrir. Los espías son como los fantasmas: la gente tiene una idea general de cómo deberían ser, pero en el fondo no cree en ellos porque nunca los ha visto.
Pero los espías existen de verdad, y en gran número, no solo en Inglaterra, sino en todos los países de Europa. Un espía no es necesariamente el individuo villano y despreciable que sugiere la palabra; al contrario, siempre es inteligente y valiente.
El espía alemán Karl Lody, cuando fue capturado y juzgado por un consejo de guerra durante la Guerra (N. del T.: el libro se escribió en 1933; se refiere a la Primera Guerra Mundial, 1914-1918), declaró que «no pedía clemencia; que no se avergonzaba de nada de lo que había hecho; que había empeñado su palabra de honor de no revelar los nombres de quienes lo habían empleado en su misión; que no le habían pagado por hacerlo, sino que lo había hecho por el bien de su país, y que sabía que arriesgaba la vida».
Lo fusilaron por espía, y hasta en nuestra Cámara de los Comunes (N. del T.: la cámara baja del Parlamento británico) se habló de él como de «un patriota que murió por su patria tanto como cualquier soldado caído en el campo de batalla».
La exploración, en cambio, consiste en conseguir información en el curso de las operaciones militares, en campaña.
Mi inicio en la exploración
Hacía poco que me había incorporado a mi regimiento, después de dejar el colegio, cuando nos ordenaron ir a Afganistán. Estando acampados, se desató una tormenta repentina de viento y lluvia que se llevó por delante la mitad de nuestras tiendas. Un toldo salió volando por los aires y cayó entre los caballos, que estaban atados en fila. Los animales, como es natural, se aterrorizaron, rompieron las ataduras y salieron en estampida en todas direcciones.
Al día siguiente, en cuanto hubo luz, el regimiento se dedicó a recogerlos por todas partes, hasta que solo faltó uno: el mejor caballo del regimiento, el A44, que montaba el sargento mayor.
Hubo un revuelo enorme por este motivo, sobre todo porque el coronel estaba muy disgustado por la pérdida.
Así que salí por mi cuenta tras las huellas del caballo. Las seguí varias millas desde el campamento hasta que empezaron a subir hacia las montañas. Al levantar la vista de las huellas, vi al fugitivo arriba, recortado contra el cielo en la cumbre de una pequeña montaña. Dejé mi caballo al pie, escalé la ladera escarpada y conseguí traer de vuelta, sano y salvo, al A44.
Este pequeño episodio fue, por sus consecuencias posteriores, un gran paso adelante para mí.
Cuando estábamos destinados en Beluchistán, cerca de Quetta, el general, durante unas maniobras, estableció una línea de avanzadas y retó a la caballería a averiguar lo que pasaba detrás de ella.
Me tocó guardia en plena noche, una noche oscura y fría.
Entre otras cosas, tenía el encargo de localizar las avanzadas del enemigo y, si era posible, atravesar su línea e informar de todo lo que encontrara.
Así que, una vez más, puse en práctica el arrastrarme con paciencia, como había practicado en el bosquecillo del colegio. Paso a paso, despacio, me colé a través de la línea de avanzadas y descubrí dónde estaban las provisiones y las reservas. Una vez conseguida la información, marqué el lugar lo más rápido que pude clavando una estaca con uno de mis guantes en la punta, y me arrastré de vuelta hacia mis propias fuerzas.
Al día siguiente, al terminar las operaciones, los oficiales teníamos que contarle al general lo que habíamos hecho cada uno.
Expliqué dónde había estado, y el oficial al mando de las avanzadas dijo que yo era un Ananías (N. del T.: personaje del Nuevo Testamento que es símbolo de la mentira), o algo por el estilo, porque era imposible llegar al lugar donde yo decía haber estado.
Entonces les hablé de mi guante, que encontraron en el sitio que yo había indicado.
De la India, mi regimiento fue trasladado a Sudáfrica, donde se organizó una expedición al mando de sir Charles Warren contra unos aventureros bóeres que pretendían anexionarse una parte del territorio situado al norte de la Colonia del Cabo, en Bechuanalandia.
Nos enviaron a toda prisa desde Bombay sin nuestros caballos, y al llegar a Natal nos proporcionaron unas monturas completamente cerriles y salvajes. Allí, otra vez, tuvimos una noche una estampida: un grupo de animales excitados se escapó y no apareció en un par de días.
El coronel me buscó y me dijo que hiciera lo de siempre y encontrara esos caballos.
Así que, aprovechando mi experiencia anterior, aunque no había nieve ni barro donde quedaran huellas —el terreno era de pastos y montañoso—, me dediqué a subir a las colinas y a buscarlos por las cumbres.
Lo único vivo que encontré, después de un día entero de búsqueda, fue un rebaño de ganado arriba, en las montañas.
Lo observé con el catalejo y me fijé en que uno de aquellos animales era de un color amarillo muy peculiar. Luego vi otro amarillo, y enseguida me di cuenta de que eran caballos que se habían unido al rebaño y que llevaban puestas sus mantas amarillas.

Así que, muy contento, subí, capturé a los dos que había visto y los llevé de vuelta al campamento.
Otra palmadita en la espalda del coronel.
Tenía la suerte de tener muy buena vista, lo que me permitía distinguir cosas a lo lejos cuando muchos otros necesitaban catalejo. Mi coronel también tenía una vista excelente y le gustaba ver cosas que los demás no habían visto. Un día, durante unas prácticas de tiro, el coronel me preguntó de pronto con su vozarrón:
—¿Qué está haciendo aquel hombre de allí?
Sabía que se pondría furioso si le preguntaba qué hombre y dónde, así que eché un vistazo rápido alrededor para ver a qué se refería y, con mucha suerte, distinguí la cabeza de un hombre que se movía justo detrás de la cresta de una colina cercana.
Al ver la dirección que llevaba, hacia una gran granja donde sabía que los sargentos compraban verduras para su comedor, me arriesgué a decir:
—Es el sargento Russell, señor, el encargado del comedor de sargentos, que va a comprar verduras.
—¡Tonterías! —rugió, y mandó a su ordenanza al galope para alcanzar a aquel hombre lejano y averiguar quién era.
El ordenanza volvió con la respuesta:
—El sargento Russell, señor, que va a comprar verduras.
El coronel se marchó sin decir palabra, pero poco después me eligió para una importante misión de exploración, una de las más interesantes que he tenido.
Mi primera expedición de espionaje
Perdonadme que cuente estas historietas tontas bajo un encabezado tan importante como «espionaje», pero está bien ver cómo de pequeños comienzos pueden salir grandes cosas.
Poco después de aquella recuperación de caballos extraviados, el coronel me mandó llamar una mañana y me soltó una bomba: iba a formar una columna de tropas montadas y artillería, lista para avanzar a través del país hacia territorio bóer por si la expedición de sir Charles Warren encontraba resistencia en Bechuanalandia.
Como paso previo, quería información precisa sobre los posibles pasos por los que se podía cruzar la cordillera del Drakensberg, que formaba la frontera entre Natal y las provincias bóeres del Estado Libre de Orange y el Transvaal. Y yo TENÍA QUE IR A CONSEGUIR ESA INFORMACIÓN.
Tenía que hacerse en el más absoluto secreto.
Había dos pasos muy conocidos por los que los caminos llegaban al Transvaal y al Estado Libre de Orange, respectivamente. Como es natural, estos estaban en manos de nuestros adversarios.
Antiguamente había habido otros pasos a través de las montañas, pero nuestros ingenieros los habían volado y destruido a propósito para impedir que los nativos de Basutolandia avanzaran hacia Natal.
Yo tenía que averiguar si alguno de ellos podía ponerse en uso rápidamente en caso de emergencia.
La expedición me llevó un mes y supuso un viaje de seiscientas millas (casi mil kilómetros). Montaba un caballo y llevaba otro del ramal, cargado con mis mantas y mis provisiones. Me creció una barba rala y debía de tener pinta de rufián feo. En cualquier caso, el disfraz era sin duda eficaz, porque un día me crucé con el comandante de mi regimiento en un pueblo por el que pasaba y que él visitaba porque estaba de permiso. Era un viejo cascarrabias.

Olvidándome por completo de mi aspecto, lo saludé con el habitual:
—Buenos días, mi comandante.
Se volvió, me miró un momento y, al parecer tomándome por un vagabundo sin un céntimo, gruñó con ferocidad:
—¡Lárgate!
Y siguió su camino, y yo el mío, con la satisfacción de saber que nadie podía tomarme por un oficial británico.
Normalmente me alojaba en las granjas que encontraba al caer la noche. La excusa para vagar con aquella facha era que trabajaba como reportero de un periódico y buscaba información para recomendar aquellos lugares a los inmigrantes. Así llegué a conocer a muchos granjeros, tanto bóeres como británicos, y sus distintas opiniones sobre el futuro del país.
Me di cuenta de que el mapa que llevaba para orientarme tenía bastantes errores, así que me propuse añadirle algo de lo que iba descubriendo y hacer algunas correcciones que pudieran ser útiles desde el punto de vista militar.
Al menos una de ellas, en todo caso, no la tuvieron en cuenta las autoridades a las que la envié más tarde. Cuando llegó la guerra bóer y Redvers Buller libró la batalla de Colenso, creyó que había una montaña lejos del río Tugela, como indicaba un mapa antiguo, pero yo había comprobado que estaba cerca. Por lo visto, aquel error no se había corregido en el mapa oficial a raíz de lo que yo había descubierto.
También decía expresamente en mi informe que, si nuestra columna procedente de Natal tenía que replegarse en su avance hacia el norte, debía retirarse al sur del Tugela y no quedarse de ningún modo en Ladysmith.
Si se hubiera tenido esto en cuenta en la guerra bóer, creo que la división de sir George White no habría sufrido el asedio de los bóeres durante más de cuatro meses.
Se decía a menudo que los zulúes podían hacer marchas más largas que el soldado británico corriente. Desde luego, a este le perjudican la ropa pesada y el equipo, pero yo dudaba que, aun sin ellos y sin práctica, pudiera ganar a un zulú en una marcha.
Un día del viaje salí de Greytown a la vez que un joven zulú con su novia. Fui al galope hasta el sitio habitual de descanso y allí me detuve una hora o así, di de comer a los caballos y comí yo también. Al poco rato, la pareja de zulúes pasó al trote y se me adelantó. Más tarde volví a pasarlos y seguí adelante, y otra vez, cuando me detuve, ellos me adelantaron.
Así estuvimos todo el día, y cuando llegué a mi destino, a cuarenta millas del punto de partida, allí estaban ellos, muy contentos y seguramente dispuestos a hacer lo mismo al día siguiente.
A lo largo del viaje conocí a personajes muy interesantes entre los colonos y entre la policía, muchos de ellos de familias muy conocidas.
Un comerciante en cuya casa pasé una noche me señaló un incendio lejano de hierba en la sabana y me dijo que le recordaba las luces de Ryde, en la isla de Wight. Resultó ser un gran aficionado a la vela: cada dos años, más o menos, iba a Inglaterra con el dinero que ganaba en su tienda, y su único descanso era alquilar un yate durante la temporada y disfrutar navegando por el Solent.
Se había casado con una mujer nativa muy capaz, que le llevaba la casa y se ocupaba de la tienda cuando él se iba a Cowes.
Resultó que yo había llegado en un mal día, porque había un funeral en la familia. Me contó que su hijo pequeño había muerto la noche anterior y que lo había enterrado ese mismo día. Como no tenía un ataúd en condiciones, lo había enterrado en una caja de vino de la marca Heidsieck Dry Monopole, cosa que le parecía especialmente apropiada, ya que el niño se llamaba Baco.
Espía en países extranjeros
Mi primer ensayo como espía me resultó tan interesante que repetí la experiencia en cuanto tuve ocasión.
Este deseo crece en uno con tanta fuerza como el de beber en algunas personas, así que, cuando estuve destinado en Inglaterra, aproveché para viajar al extranjero y aprender todo lo posible de sus ejércitos y de su forma de actuar.
Asistí a maniobras siempre que pude, como un turista corriente que recorría el país, hasta que por fin me encargaron oficialmente este trabajo.
Así fue como visité los Dardanelos en un vapor que transportaba grano desde Odesa: un barco comodísimo, con un capitán escocés muy agradable y su encantadora esposa, ya mayor, que era una cocinera excelente y una anfitriona maternal.
El capitán, que estaba al tanto de mi propósito, cuando llegábamos a un fuerte que me interesaba especialmente, echaba el ancla y bajaba un bote para que yo pudiera «pescar».
Muchas veces se le acercaban botes de patrulla de los fuertes para pedirle que saliera de aquellas aguas. Él les hacía notar el ruidoso martilleo que salía del vientre del barco y les explicaba que se le había averiado la máquina y que, en cuanto la reparasen, seguiría encantado su camino; mientras tanto, ¿podrían aconsejar a su sobrino, allí en el bote, sobre cuál era el mejor cebo para pescar? Su «sobrino» estaba ocupado, efectivamente, pescando en otro sentido: tomando los ángulos de las distintas piezas de artillería y de los frentes del fuerte. (N. del T.: Baden-Powell juega con la palabra angling, «pescar con caña», que recuerda a angle, «ángulo».)
Se decía que algunos de aquellos fuertes estaban armados con un tipo de cañón totalmente nuevo, que despertaba muchas preguntas. Pude llegar al fondo del asunto gracias a una amiga mía, una señora que vivía en Constantinopla y tenía amistad con un comandante turco, uno de los principales responsables de las obras de defensa.
Ella lo convenció de que la invitara a tomar el té en su cuartel y de que me dejara acompañarla.
Paseando después del té, me fijé en uno de aquellos misteriosos cañones, completamente tapado con lonas. Él, riéndose, levantó una esquina de la funda y me explicó:
—Son cañones viejos que llevan aquí muchos años, pero, en vista de ciertos movimientos de una potencia vecina, nos pareció prudente hacerles creer que nos estábamos rearmando con algo muy nuevo y temible.

Como he contado en mi libro Aventuras de un espía (Adventures of a Spy), en otra ocasión me hice pasar por pintor mientras reunía información sobre la calidad de las tropas de montaña en una frontera complicada.
Me encontré con uno de esos soldados, que en la conversación me contó que su unidad, formada por infantería y artillería, estaba arriba, en la nieve, haciendo maniobras contra una fuerza similar que operaba desde otro valle. Me indicó aproximadamente dónde acampaba su unidad: cerca de un pico alto llamado «el Diente del Lobo».
Me dijo que las maniobras se hacían con gran secreto y que el sendero que iba en esa dirección estaba vigilado por la policía militar.
Aquella noche, cuando oscureció, salí discretamente de mi alojamiento y, abriéndome paso por un cauce seco, subí lejos de los caminos de mulas, guiándome solo por la silueta del Diente del Lobo recortada contra las estrellas.
Fue una subida difícil y dura que me llevó prácticamente toda la noche, pero llegué al amanecer, y desde la cumbre contemplé uno de los paisajes más asombrosos de mi vida: la salida del sol sobre las montañas que tenía delante.
Allí, para justificar mi presencia como alguien que viajaba para pintar, hice rápidamente una acuarela de la escena, y de pronto me vi rodeado por una invasión de los oficiales que dirigían las maniobras.
Al ver en mí a un pintor inofensivo, se mostraron muy amables: me enseñaron sus mapas y me explicaron sus procedimientos, y pasé todo el día maravillado por la ingeniosa manera en que resolvían la dificultad de subir una montaña con su artillería y sus mulas, y de llegar a los glaciares con sus hombres encordados.
Fue el dibujo lo que me salvó de algo peor que despertar sospechas.
Viví una experiencia emocionante esquivando a unos gendarmes en un astillero nuevo donde no se me había perdido nada.
También esto lo he contado, con el plano de la persecución, en mis Aventuras de un espía.
Me colé por la puerta del astillero a la vez que entraba una camioneta, que me tapaba de la vista del gendarme número 1; pero cuando la camioneta giró más adelante a la derecha, cerca del número 2, el número 1 me vio y me llamó.

No le hice caso y seguí andando hasta quedar detrás de la central eléctrica, que entonces estaba en construcción. Una vez fuera de su vista, eché a correr, rodeé el edificio por el otro extremo y alcancé una escalera de mano que subía al andamio.
Iba por la mitad cuando uno de los policías apareció por la esquina. Me quedé inmóvil, sin mover un músculo. Estaba a unos quince pies (unos cuatro metros y medio) del suelo y a no menos de veinte yardas de él. Como había aprendido en Charterhouse con los profesores, a menos que se les ocurra, los hombres rara vez miran hacia arriba, y yo esperaba conteniendo el aliento que aquel tipo siguiera la costumbre.
Se detuvo, indeciso, con las piernas abiertas, agachándose y mirando a un lado y a otro en todas direcciones para ver por dónde me había ido, muy nervioso e inquieto.
Yo estaba igual de nervioso, pero sin moverme.
De pronto se acercó todavía más a mi escalera y, curiosamente, me sentí más seguro cuando se colocó debajo de mí y pasó casi justo por debajo, mirando hacia las puertas del edificio sin terminar.
Luego se volvió dudando y miró hacia atrás, pensando quizá que me había ido por allí, y por fin echó a correr y dobló la siguiente esquina del edificio.
En cuanto desapareció, terminé de subir la escalera y llegué a salvo a la plataforma del andamio. Busqué enseguida otra escalera como vía de escape, porque siempre conviene tener una salida de emergencia cuando uno está explorando.
Encontré una escalera corta, pero solo llegaba desde mi plataforma hasta el piso de abajo, no hasta el suelo. Asomándome con sigilo por el andamio, vi a mi amigo el policía justo debajo, todavía sin ninguna pista, así que me senté a observar lo que me rodeaba y a reunir toda la información que pudiera desde aquel puesto de observación tan especialmente bueno.
Me di cuenta de que estaba en la nueva central eléctrica, desde donde tenía una vista excelente del astillero, y a unos cien pies de mí estaba la excavación del nuevo muelle, cuyas dimensiones podía calcular fácilmente.
Con mi brújula prismática tomé las marcaciones de los puntos más visibles de las colinas cercanas y así fijé la posición de la central eléctrica, para que se pudiera situar en un mapa a gran escala con el fin de bombardearla si llegaba a ser necesario.
Por una rendija entre dos tablones observé a mi perseguidor, que se había reunido con su compañero. Estaban registrando los alrededores: uno entraba en el edificio mientras el otro esperaba para atraparme si salía, y por casualidad se quedaba cerca del pie de mi escalera.
Mientras estaban en esto, se habían alejado de la puerta principal del recinto, y supe que era el momento de salir, si es que podía.
Así que avancé sin hacer ruido por el andamio hasta llegar a la escalera corta, bajé al piso inferior y luego me deslicé rápidamente por la cuerda de una de las poleas del andamio. Aterricé en el suelo justo fuera de la vista del policía que vigilaba la escalera y, manteniendo la esquina del edificio entre los dos, salí por la puerta sin que nadie me viera.
En una ocasión, por un descuido debido al exceso de confianza, me atraparon. Fue al principio de mi carrera, en Rusia.
Llevaba una semana observando unas maniobras nocturnas en las que se hacían experimentos interesantes con reflectores, y ya conocía bien los aparatos y su funcionamiento, porque me acercaba al fuerte desde el que se manejaban.
Era la última noche de las maniobras, y el propio zar iba a asistir.
Ya había reunido toda la información que quería, pero como se anunciaba un despliegue extraordinario, fui a ver si sacaba algo más.
Mi hermano trabajaba conmigo en aquella ocasión. Quedamos en que él iría con las tropas que atacaban el fuerte, mientras yo observaba la defensa. Para empezar, el sitio que había elegido para aquella ocasión especial se llenó de miembros del Estado Mayor y de policías, y pensé que lo más prudente era despejar el lugar, y así lo hice.
Cuando me retiraba por el camino, en la oscuridad, vi que se acercaban de frente varios carruajes del séquito del zar. Al pasar el primero por delante de mí, hice una estupidez: bajé la cabeza para que no me reconocieran.
Eso me hizo sospechoso a ojos de los ocupantes del carruaje, que eran oficiales del Estado Mayor.
Pararon el carruaje, me agarraron enseguida, me metieron dentro a empujones y siguieron adelante sin decir nada, para que no pudiera ver el resto.
Después me interrogaron sobre quién era y qué hacía allí, y al final, al llegar al fuerte, me entregaron a unos oficiales de la guarnición.
Les dije la verdad: que era inglés, que había estado viendo las maniobras como espectador y que me había perdido de camino a la estación, y que les agradecería que me indicaran cómo llegar. Lo hicieron, desde luego: me pusieron a cargo de un oficial, que me entregó a la policía, y la policía me envió a la capital.
Al llegar allí me pusieron bajo arresto; es decir, me dejaron alojarme en un hotel, pero no podía salir de la ciudad. En el hotel me ofreció su amistad un oficial alemán que trabajaba de camarero por motivos propios, y tuvo la cortesía de señalarme cuál de los clientes habituales era el detective encargado de vigilarme.
Luego me llegó un aviso: lo mejor que podía hacer era marcharme sin perder un momento, porque los cargos contra mí podían costarme cinco años de cárcel sin juicio. Eso sí, ya se había acordado con el capitán de un barco inglés que zarpaba de un puerto cercano que nos llevaría a mi hermano y a mí como miembros de la tripulación.
Burlé la vigilancia del detective y nos pusimos en camino dando rodeos para despistar a cualquiera que nos siguiera. Conseguimos llegar a bordo, y cuando revisaron los pasaportes pasamos la inspección sin problemas, porque figurábamos como parte de la tripulación.
No tengo nada más que contar sobre espionaje, salvo que, al parecer, durante la Primera Guerra Mundial me capturaron y me fusilaron como espía. Así relató mi muerte la prensa estadounidense.
La primera noticia llegó en este cable:
«Los periódicos del domingo informan de que Baden-Powell ha sido fusilado como espía en la Torre de Londres a su regreso de Alemania. Lo capturaron con planos de fortificaciones que intentaba entregar al enemigo. El señor Walterbury nos dio la noticia a su vuelta de Pittsburgh; se la había transmitido su hermano, un oficial inglés que asistió al juicio y lo vio caer fusilado».
Y la prensa, a tono con tan desagradable episodio, lo publicó así:
BADEN-POWELL, FUSILADO POR ESPÍA
Pittsburgh (Pensilvania), 15 de enero de 1916.
«Ha muerto fusilado a manos de soldados ingleses, como espía alemán, a su regreso a Inglaterra.
Esto le ha sucedido al general de división Robertson (N. del T.: así aparece en el original) Stephenson Smyth Baden-Powell, héroe de la defensa de Mafeking en la guerra de los bóeres y organizador de los Boy Scouts, cuando volvió a Londres y le encontraron entre sus pertenencias unos papeles con planos de fortificaciones de Gran Bretaña, que, según se dice, había enviado a los enemigos de Inglaterra. Lo ha declarado un hombre que dice ser británico, y la ejecución la ha confirmado su hermano.
“Mi historia es cierta —ha declarado esta noche—, y no puedo decir más. Mi hermano vio la ejecución con sus propios ojos. Dice que Baden-Powell caminó hasta el lugar de la ejecución sin inmutarse, y que, cuando le vendaron los ojos, solo pronunció estas palabras: ‘Dios mío, ten misericordia’. Si es cierto, y estoy seguro de que mi hermano dijo la verdad, Inglaterra ha quitado de en medio a uno de sus soldados más valientes, que siempre estuvo al frente de sus tropas en tierras extranjeras”».
Para conseguir un epitafio tan bonito, ser fusilado como espía es todo un honor.
Esta pequeña confusión sobre mi nacionalidad no es nada comparada con la vez en que las obreras de una fábrica de una ciudad escocesa me quemaron en efigie la noche en que se levantó el sitio de Mafeking, solo por el pequeño y poco afortunado error de confundirme con el presidente Kruger.
Hace poco, sin embargo, el general Smuts me dio una posible explicación. Después de la guerra de los bóeres, un viejo bóer del veld le contó que había habido cierta confusión entre «Oom Paul» (Kruger) y «Baden Pole» (N. del T.: así aparece en el original).
En realidad, yo no estuve en Alemania durante la guerra, aunque fuentes muy fiables me han asegurado que sí estuve.
Un oficial de Marina, por ejemplo, me dijo hace poco que me había escoltado de vuelta a casa cuando regresé de Normandía durante la guerra. Sabía hasta el nombre del barco en que viajaba yo (un nombre que jamás había oído), y su patrullero lo había tomado bajo su protección especial para evitar que lo capturaran o lo torpedearan por el camino.
El Estado Mayor alemán también sabía que yo estaba en Alemania, y dio órdenes especiales para capturarme.
Creo que estos rumores nacieron probablemente en nuestro Ministerio de la Guerra, donde a veces se tenía la costumbre de echar a rodar un rumor para comprobar si la información confidencial se filtraba sin autorización.
Los espías no se emplean solo en tiempo de paz, sino también en campaña, en tiempo de guerra. Durante la Gran Guerra todos los frentes estaban llenos de ellos, en los dos bandos.
Tengo colgada en la pared una curiosa reliquia: un cartel en el que estaba escrita, en tres idiomas —francés, inglés y flamenco—, la historia de su dueño, un lisiado:
«Queridos amigos: estuve metido en agua helada para salvar a un niño que se ahogaba y he perdido el uso de mis piernas y mis brazos. Ayúdenme».
Durante la guerra, este hombre se sentaba en un carrito en Ypres, y la gente, por lástima, le echaba de vez en cuando un billete de un franco. Un día, uno de esos billetes salió volando; un soldado de la Infantería Ligera de Durham lo cogió y, al devolverlo, se dio cuenta de que no era un billete, sino una nota escrita en alemán.
Lo denunció, y se descubrió que aquel hombre no era ningún lisiado, sino un agente muy activo, o un correo, al servicio de los espías alemanes: recogía así sus informes, haciéndolos pasar por billetes, y cuando oscurecía los llevaba hasta las líneas alemanas.
Lo juzgaron y lo ejecutaron, y yo conservo su cartel como recuerdo de un hombre valiente.
El éxito en el espionaje depende sobre todo, como es natural, del disfraz que se adopte. Y no me refiero solo al disfraz teatral, a maquillarse con la pata de liebre, sino a saber adoptar un carácter distinto del tuyo: reprimir cualquier costumbre propia que te delate o adoptar una especial para la ocasión, como cojear al andar, sorber por la nariz, hablar con voz ronca, etc.
Un punto muy importante al disfrazarte es cambiar tu aspecto visto por detrás.
Una vez me vigilaba un detective que cambiaba de aspecto cada día: un día parecía un militar, al siguiente un inválido con un parche en el ojo, y así sucesivamente; pero yo lo reconocía siempre al verlo caminar de espaldas.
A veces hace falta cambiar de aspecto deprisa, y a mí me tocó hacerlo más de una vez.
Ya sabes que, cuando hablas con un hombre, en lo que más te fijas es en su corbata y, seguramente, en su sombrero.
Una vez me entrevistó un periodista en una estación de ferrocarril. Pocos minutos después, entre la multitud, me encontré cerca de él justo cuando le contaba lo que yo le había dicho a otro colega suyo, que estaba deseando encontrarme; yo, en cambio, no tenía ningún deseo de que me encontrara.
—Está en uno de los últimos vagones del tren —le decía—. Lleva un sombrero verde, una corbata roja y un traje azul.
Por suerte llevaba al brazo un abrigo gris, y en el bolsillo tenía mi gorra de viaje y mi bufanda. Me metí a toda prisa en la sala de espera e hice un cambio rápido: me guardé el sombrero arrugado en el bolsillo y salí cojeando como un inválido, justo por delante de las narices del periodista, que seguía esperando, mientras me dirigía a mi vagón.
