Lecciones de la universidad de la vida
7. La guerra de Sudáfrica
La misión a Sudáfrica
Estaba en casa, en Londres, recién llegado de la India en junio de 1899 y disfrutando de lo que consideraba un permiso bien ganado, cuando, mientras almorzaba en el Club Naval y Militar, me cayó encima otra bomba.
George Gough, ayudante de campo de lord Wolseley, que estaba sentado en una mesa cercana, se acercó de repente y me dijo:
—Creía que estaba usted en la India. Le acabo de mandar un cable para que vuelva a casa, porque el comandante en jefe quiere verlo.
Con toda la seguridad que pude reunir, le contesté:
—Pues aquí estoy.
Después del almuerzo fuimos juntos al Ministerio de la Guerra y, una vez más, me presenté en el despacho de lord Wolseley.
Tenía la manía de intentar sorprender a la gente, y disfrutaba más cuanto menos se inmutaba uno. Creo que era su forma de juzgar el carácter de los hombres, y yo procuraba que no me pillara desprevenido, si podía evitarlo.
En esta ocasión me dijo:
—Quiero que vaya a Sudáfrica.
Con el aire de un mayordomo bien enseñado, le respondí:
—Sí, señor.
—Bien, ¿puede salir el próximo sábado? —Era lunes.
—No, señor.
—¿Por qué no?
Como conocía bien los horarios de los vapores a Sudáfrica, le respondí:
—No hay barco el sábado, pero puedo salir el viernes.
Se echó a reír y pasó a explicarme que había peligro de guerra con los bóeres. Quería que fuera allí y que, sin llamar la atención, levantara dos batallones de infantería montada y organizara las fuerzas de policía de la frontera noroeste de la colonia del Cabo, para que estuvieran preparadas si surgía algún problema.
Ya había asignado el Estado Mayor: lord Edward Cecil, de los Granaderos de la Guardia, sería mi jefe de Estado Mayor, y el mayor Hanbury-Tracy, de la Guardia Real de Caballería, mi oficial de Estado Mayor.
Luego me preguntó cuál sería mi dirección antes de embarcar, y le contesté que, si no me necesitaba en Londres, estaría en Henley para las regatas.
—¿Y el equipo?
—Tengo todo lo necesario, y Sudáfrica es un país civilizado.
Entonces me llevó a ver a lord Lansdowne, secretario de Estado para la Guerra, que me dio el pomposo título de «Comandante en Jefe de las Fuerzas de la Frontera Noroeste».
Recibí mis instrucciones y esa misma tarde ya tenía trazado en la cabeza un plan de campaña.
Mientras volvía a casa andando (casi bailando), fui a parar a una isleta de la calle, detenido por el tráfico, y allí descubrí que mi vecino era el sargento mayor Manning, de mi Regimiento, que estaba en casa de permiso.
Le conté que me enviaban a Sudáfrica y me rogó que lo llevara conmigo. Le dije que no tenía autoridad para llevarme a un sargento mayor. Me respondió que se me permitiría llevar un asistente y que él podía hacer ese papel; y así lo acordamos y lo dejamos arreglado en plena calle.
Casi no hace falta decir que no siguió siendo mi asistente mucho tiempo: lo nombré sargento mayor del primer regimiento que levantamos, después llegó a ayudante y finalmente a mayor.
Mis órdenes eran reclutar dos batallones de infantería montada, darles caballos, equiparlos, instruirlos y abastecerlos con el menor retraso y el mayor sigilo posibles.
Con ese fin, el coronel Plumer y el coronel Hore, con varios oficiales del ejército imperial, vendrían a reunirse conmigo, y yo tendría que preparar en la colonia la plantilla de oficiales para esos hombres.
También tenía que hacerme cargo de la policía de Rodesia y de Bechuanaland y organizarla como parte de mi fuerza.
Pero debía hacer estos preparativos con la menor ostentación posible, por miedo a precipitar la guerra si despertaba la hostilidad de los bóeres.
El objetivo de mi fuerza y de su despliegue en la frontera noroeste del Transvaal era, en caso de guerra, atraer a las fuerzas bóeres lejos de la costa para que no estorbaran el desembarco de las tropas inglesas; en segundo lugar, proteger nuestras posesiones en Rodesia, Mafeking, etc.; y, en tercer lugar, mantener el prestigio británico entre las grandes tribus nativas de aquella zona.
El Estado Mayor que me habían asignado era completamente nuevo en Sudáfrica. Habría preferido elegir yo mismo a mis oficiales antes de salir de Inglaterra, si me lo hubieran permitido, para contar con hombres que conocieran Sudáfrica y a los que yo conociera personalmente. Si se hace a un hombre responsable de un trabajo y se quiere ser justo con él, hay que dejarle elegir sus propias herramientas.
De todos modos, en Rodesia encontré a muchos viejos conocidos que ya habían servido conmigo, y entre ellos y los que nos enviaron después desde Inglaterra formamos un grupo excelente, que incluía a algunos veteranos de Sudáfrica como el coronel Plumer, el coronel Vyvyan, el mayor Godley y el capitán Maclaren.
La misión de mi fuerza era guardar la frontera occidental del Transvaal, desde Vryburg, en la colonia del Cabo, hasta Bulawayo, en Rodesia, una distancia de unas 650 millas (unos 1.050 kilómetros), con dos regimientos de infantería montada (si conseguíamos reclutarlos) y unos cuatrocientos policías, pero sin ninguna clase de tropas regulares.
La vía del tren discurría casi todo el trayecto cerca de la frontera del Transvaal, y buena parte del territorio era prácticamente un desierto habitado por tribus nativas.
Me di cuenta de que repartir a los hombres a lo largo de la frontera sería inútil. Así que el coronel Plumer se encargó de levantar su regimiento en Rodesia, mientras que el coronel Hore organizaba el suyo en Ramatlabama, dieciséis millas al norte de Mafeking.
El motivo era que Ramatlabama estaba en territorio imperial, en el Protectorado de Bechuanaland, mientras que Mafeking estaba en la colonia del Cabo, y el Gobierno del Cabo, que simpatizaba con los bóeres, no nos permitía reclutar tropas en su territorio.

De paso, esto nos ayudó en nuestro plan de causar un efecto moral en el enemigo, porque Ramatlabama era para los bóeres un lugar de mal recuerdo: allí había organizado Jameson, tres años antes, su incursión contra Johannesburgo.
Por eso, formar una columna montada en ese mismo lugar hacía pensar, naturalmente, que preparábamos otra incursión para capturar Pretoria y al presidente. Al menos eso pensó el presidente Kruger, a juzgar por los frecuentes telegramas en los que insistía a los comandantes de la frontera en que vigilaran Ramatlabama.
Ramatlabama no era más que un nombre, un pequeño apeadero junto a la vía del tren; allí no había ningún pueblo.
Mafeking, en cambio, era un pueblo de unos dos mil habitantes blancos, a novecientas millas de Ciudad del Cabo, con talleres del ferrocarril y varias tiendas. Por eso fue allí donde reuní los víveres, el equipo, etc., que traíamos de Ciudad del Cabo.
Cuando por fin el coronel Hore tuvo organizado su regimiento en Ramatlabama, conseguí permiso del Gobierno del Cabo para poner una guardia armada en Mafeking que protegiera esos almacenes; pero, como no se había fijado el tamaño de esa guardia, trasladé allí a todo el regimiento sin perder un momento.
Al mismo tiempo, el regimiento de Rodesia, recién reclutado bajo el mando de Plumer, junto con la Policía Británica de Sudáfrica en Rodesia, tomó posiciones en Tuli, en la frontera del río Crocodile, por donde entraba en Rodesia el camino principal del Transvaal.
Así, a finales de septiembre ocupamos dos puntos estratégicos importantes, que atrajeron a fuerzas bóeres considerables durante mucho tiempo en los primeros meses de la guerra. Atrajeron todavía más la atención de los bóeres porque las dos fuerzas eran montadas y, por tanto, parecían claramente destinadas a una agresión activa, y no solo a una defensa pasiva.
De este modo nos esforzamos por cumplir lo mejor posible nuestras instrucciones, que, como recordaréis, eran:
- Atraer a las fuerzas bóeres lejos de la costa durante el desembarco de las tropas británicas.
- Proteger a los súbditos británicos en Rodesia, Bechuanaland y Mafeking.
- Mantener el prestigio británico entre los bechuana, los matabele y otras tribus nativas de aquella zona.
Más adelante podríamos reunir nuestras fuerzas y formar una columna para atacar el Transvaal desde el noroeste, en colaboración con las tropas que llegaran desde el sur.
Esa era la idea general. Pero, entretanto, para no precipitar la guerra, teníamos que reclutar a nuestros hombres discretamente en distintas partes de la colonia del Cabo, Natal y Rodesia, equiparlos, conseguir caballos de remonta e instruirlos al mismo tiempo que a los hombres, reunir víveres y medios de transporte; y todo eso en el plazo de tres meses, con muy poca ayuda del general o de nuestro Gobierno local.
Hay que recordar que la instrucción normal de un soldado, aun teniéndolo todo preparado, suele llevar doce meses. En nuestro caso, por tanto, aquello exigía un trabajo intensivo y enérgico de todos.
Lo asombroso fue que, a pesar de haber empezado en julio, teníamos nuestra fuerza lista para el servicio y para el combate cuando los bóeres declararon la guerra, el 11 de octubre de 1899.
No me propongo aburrirte con una descripción detallada del llamado sitio de Mafeking; ya se ha escrito bastante, y más que bastante, en los libros y en los periódicos de la época. Como hecho de armas fue una operación menor y, sobre todo, una cuestión de apariencias; pero las apariencias estaban justificadas por las circunstancias especiales y, al final, consiguieron su objetivo.
Los sitiados éramos mil hombres recién organizados y armados, seiscientas mujeres y niños blancos y siete mil nativos. Al principio retuvimos allí a unos 10.000 bóeres al mando de Cronje, y después a contingentes más pequeños al mando de Snyman, desde octubre de 1899 hasta el 17 de mayo de 1900.
La defensa de Mafeking
Después de que el enemigo cortara la línea al norte y al sur de nuestra posición, el 11 de octubre su artillería apareció en Signal Hill, a tres millas de un puesto que teníamos para observar.
Nos avisaron con tiempo suficiente, así que pude ver cómo colocaban los cañones en posición y abrían fuego sobre nosotros.
El primer proyectil se quedó muy corto, y mientras lo observaba desde una esquina pasó por detrás de mí una niña en bicicleta. Le dije:
—Señorita, más vale que se vaya a casa y se ponga a cubierto. Los bóeres han empezado a bombardearnos.
Ella me contestó:
—¡Oh! ¿Eso son bombas? ¿Puedo quedarme aquí a verlas?
Pero la mandé a casa. Pronto tendría ocasión de aprender bastante sobre bombas, cuando el enemigo afinó la puntería sobre el pueblo. Pero su valentía era típica del espíritu que distinguía a todas las mujeres de Mafeking.
Siempre esperaba un ataque nocturno y, para desanimarlo, encendíamos reflectores en cada fuerte. Los hacíamos con una gran campana de chapa de latón colocada en la punta de una vara, que sosteníamos sobre el suelo y girábamos despacio hacia donde hiciera falta.
En Mafeking había un viajante de comercio que vendía lámparas de acetileno y llevaba unas cuantas consigo, con una pequeña provisión de acetileno. Así que monté una lámpara con un quemador de acetileno dentro del reflector, y una noche apareció brillando con fuerza desde nuestro fuerte de Cannon Kopje, con un haz espléndido que barría en silencio el terreno de alrededor. Más tarde, esa misma noche, la misma lámpara aparecía en un fuerte situado en una parte totalmente distinta de las defensas. Lo repetimos varias noches, cada vez en un fuerte diferente, para que el enemigo creyera que estábamos bien provistos de reflectores y que los encenderíamos en cuanto intentara cualquier ataque. En realidad, enseguida nos quedamos sin acetileno, así que no pudimos hacer mucho más en ese sentido.

Para molestar al enemigo por la noche, tenía una treta divertida de mi propia invención: un gran megáfono de latón. Con él podía hablar desde una de nuestras trincheras avanzadas y hacerle al enemigo un truco de ventrílocuo, porque descubrí que la voz se oía fácilmente a unas mil doscientas yardas (casi 1.100 metros). Así que dirigía a un grupo de asalto imaginario: daba con la voz del oficial la orden de avanzar en silencio y le preguntaba al sargento Jackson si sus hombres estaban preparados.
Entonces «el sargento Jackson» respondía:
—Dígale al soldado Thomas que tenga lista la bayoneta, etc., etc.
Al instante nos contestaban con un tremendo fuego de fusilería, porque los bóeres se alarmaban y, tal como yo esperaba, llamaban a las reservas de su campamento nocturno.

Siempre procurábamos que las noches fueran lo más animadas posible para nuestros enemigos y lo más tranquilas posible para nosotros, porque los hombres necesitaban todo el descanso que pudieran conseguir.
Francotiradores
En el campamento teníamos un buen número de excelentes tiradores, y los formamos para salir al terreno y abatir a los artilleros y oficiales del enemigo, etc. Idearon un método: cada hombre salía de noche con una herramienta de zapa y una lona verde. Al llegar al punto desde donde esperaba ver bien el emplazamiento de los cañones enemigos, se cavaba una trinchera y, cuando llegaba la luz del día, se metía en ella, se tapaba con la lona verde para ocultar el agujero y esperaba allí quieto hasta la tarde.
Por lo general se ponía a trabajar a la puesta del sol, con el sol a la espalda y dando de cara al enemigo. Disparaba muy a menudo y con una eficacia mortal, porque, al estar en el ojo del sol poniente, era casi imposible que el enemigo lo localizara y le devolviera el fuego.
Hicimos el mismo juego incluso con nuestros cañones: durante la noche los acercábamos mucho al campamento enemigo, permanecíamos quietos todo el día y, justo cuando el sol se ponía en el horizonte, disparaban una y otra vez durante los pocos minutos de luz que quedaban.
Otro gran invento que nos obligó a crear la necesidad fueron las bombas de mano. Cuando el enemigo se atrincheró cerca del pueblo, fuimos acercando nuestras trincheras a las suyas, para que nuestros hombres pudieran estar a cubierto mientras los hostigaban y acabar haciéndolos retroceder. Para eso teníamos que excavar corredores profundos.
Así que establecimos un sistema regular de trincheras de aproximación, basado en las líneas de las guerras de asedio de antaño. Al final llegamos a un punto en el que estábamos a solo treinta yardas del enemigo, y allí nos quedamos parados unos días, hasta que se nos ocurrieron las bombas, o granadas de mano.
Las hacíamos con viejas latas rellenas de dinamita o de pólvora, con una mecha, y las lanzábamos a las trincheras bóeres. Ellos pronto nos contestaron con granadas de mano más elaboradas. Pero las nuestras no les gustaban y retiraron unas cuantas yardas su trinchera avanzada, de modo que pasábamos la noche a unas sesenta y ocho yardas de distancia.
Al sargento Page, que había sido aficionado a pescar desde las rocas de East London, se le ocurrió lanzar las bombas con el sedal de una caña de pescar, y lo hizo con eficacia a una distancia de casi cien yardas.
Hubo quien se rio de la idea de volver a los métodos medievales de nuestras trincheras y bombas; pero pocos años más tarde volverían a emplearse en la Gran Guerra, junto con las armas más modernas.
Al mismo tiempo, como es natural, empezó a preocuparnos el abastecimiento de alimentos. Todo estaba estrictamente racionado, y mi desventurado Estado Mayor tenía que vivir con una ración menor que la del resto de los hombres. Así podíamos comprobar lo poco que necesitábamos para seguir adelante, y además los hombres no podían quejarse de que los oficiales vivieran en la abundancia mientras ellos se morían de hambre.
Aprendimos a economizar la comida con todo rigor y también a inventar sustitutos.

Cuando se mataba un caballo, se le cortaban la crin y la cola y se enviaban al hospital para rellenar colchones y almohadas. Las herraduras iban a la fundición para hacer proyectiles. La piel, después de quitarle el pelo, se hervía durante muchas horas con la cabeza y las patas, se picaba en trocitos con un poco de salitre y se servía como pasta de carne.
La carne se separaba de los huesos y se picaba en una gran máquina; con los intestinos se hacían las tripas en las que se embutía la carne, y cada hombre recibía una salchicha como ración.
Los huesos se hervían para hacer un caldo sustancioso que se repartía entre las distintas cocinas; después se molían hasta convertirlos en polvo, que se mezclaba con la harina. Así que no quedaba gran cosa de aquel caballo sin aprovechar.
Nuestra harina se hacía con la avena de los caballos, molida y cernida. Pero, con todas nuestras herramientas, nunca conseguimos dejarla totalmente libre de cáscaras. De este modo, cada hombre recibía todos los días un gran pan de avena como comida.
Las cáscaras de la avena se ponían a remojo en grandes tinas de agua durante varias horas; al cabo de ellas, la capa que formaban las cáscaras se separaba y se daba de comer a las gallinas del hospital, mientras que el residuo formaba una pasta muy parecida al engrudo de los que pegan carteles. La llamábamos sowens: un batido de sabor agrio, pero muy sano y que llenaba mucho.
Entre otras cosas, a los enfermos del hospital les dábamos una papilla blanca especial hecha con los polvos de arroz que vendían las farmacias y las peluquerías.
Dinero
Como necesitábamos dinero para pagar los sueldos y los encargos, depositamos el efectivo en el Standard Bank, pero vimos que también hacía falta emitir papel moneda propio. Así que dibujé un diseño para los billetes de una libra e imprimí otros más pequeños para los de dos chelines y un chelín.
El diseño de los billetes de una libra lo dibujé sobre un bloque de madera, hecho con un mazo de croquet partido por la mitad, y se lo mandé a un tal señor Riesle, que tenía algo de experiencia en grabado en madera. Pero el resultado no fue satisfactorio desde el punto de vista artístico, así que lo usamos para los billetes de diez chelines y dibujé otro diseño, que se fotografió, para los billetes de una libra.

Todos podían cambiarse por dinero en efectivo si se presentaban en los seis meses siguientes al final del sitio. Pero nadie presentó ninguno, porque la gente se los quedó o los vendió como recuerdos curiosos.
Así que el Gobierno se ahorró por lo menos seis mil libras, y durante los dos años siguientes me estuvieron pidiendo explicaciones por lo que creían una mala gestión de unos libros de cuentas que mostraban tanto saldo a favor. El sentimentalismo no entraba en sus cálculos.
Sellos
También tuvimos que emitir sellos de correos para el transporte de cartas dentro de las defensas. Mi equipo, encargado de diseñar algunos, sacó una serie con mi busto en uno de ellos, sin que yo lo supiera. Como eran solo para uso local y provisional, no tenía ninguna importancia; pero más tarde me enteré de que se había considerado un acto de lesa majestad por mi parte, casi de auténtica traición, eso de imprimir mi propio busto en los sellos, ¡y que la reina estaba muy molesta conmigo! Pues bien, si lo estaba, Su Majestad no lo demostró. Al contrario: me envió mensajes muy amables y de reconocimiento durante el sitio y después, y ella misma dispuso mi ascenso a general de división. Es muy curioso observar cómo se extienden los rumores.
Buena parte de los elogios que se dedicaron a Mafeking por retener a tres grandes fuerzas bóeres en el noroeste cuando se las necesitaba en el sur, y por tranquilizar a las tribus nativas de la frontera, se debían en realidad al (entonces) coronel Plumer y a su columna de Rodesia, que colaboraron con nosotros desde fuera del sitio. Si hiciera falta alguna prueba, se encontraría en los telegramas de Kruger que capturamos, enviados a sus comandantes frente a Mafeking, en los que mostraba su inquietud con continuas recomendaciones de «Vigilad a Plumer a toda costa» y con su insistente pregunta: «¿Dónde está Plumer?».
El ataque de Eloff
En una o dos ocasiones nos llegaron cartas de los bóeres de una manera poco ortodoxa: las disparaban dentro del pueblo metidas en proyectiles. Eran para pedir noticias de amigos de familias bóeres que teníamos en el pueblo. En una de ellas, el artillero que disparó el proyectil decía que solo deseaba tener algo con qué brindar por nuestra salud. Fue un gesto tan galante que le mandé una botella de whisky bajo bandera blanca.
Cuando volví a estar en Sudáfrica, en De Aar se me acercó un hombre y me dijo que llevaba muchos años deseando conocerme para darme las gracias por una excelente botella de whisky que le había enviado. Era mi amigo el artillero.
Un día recibí una carta del comandante bóer Sarel Eloff, en la que decía que él y sus amigos pensaban venir pronto a Mafeking para jugar al críquet con nosotros.
Le respondí:
—De momento nos toca batear a nosotros, y a ustedes estar en el campo. Tendrán que eliminarnos antes de que les toque batear.
No mucho después lo intentaron, pero fracasaron, y capturamos al comandante Eloff y a más de un centenar de sus oficiales y hombres.

La liberación
Una semana después de rechazar el ataque de Eloff, el 17 de mayo, Mafeking fue finalmente liberado por las columnas de Mahon y de Plumer, que actuaron conjuntamente.
Recibimos entonces un emocionante telegrama que me envió la reina: «Yo y todo mi Imperio nos alegramos enormemente por la liberación de Mafeking, tras la espléndida defensa que ha hecho usted durante todos estos meses. Le felicito de todo corazón, a usted y a todos los que están bajo su mando, militares y civiles, británicos y nativos, por el heroísmo y la entrega que han demostrado. V. R. I.».
En campaña por el norte del Transvaal
Cuando salimos de Mafeking, mi columna, reforzada con buenos contingentes de australianos y canadienses, se adentró en el Transvaal por los distritos de Zeerust y Rustenburg, y al final se reunió con el ejército principal de lord Roberts en Pretoria.
Es una larga historia de mucho marchar, pocas provisiones, pocos tiroteos y muchos incidentes, pero no vale tanto como para aburrirte con los detalles.
Hubo un toque cómico en una ocasión, cuando sorprendimos a la columna de De Wet en Warmbad. Los australianos capturaron a un grupo de bóeres que se estaban bañando. Los diggers («cavadores», como llamaban a los australianos), que iban ellos mismos hechos harapos, se apropiaron con avidez de la ropa de los prisioneros y, vestidos con abrigos y sombreros bóeres, trajeron a sus cautivos envueltos en toallas.

En un retrato que hizo de mí el señor Winston Churchill, señaló algo de lo que yo todavía no me había dado cuenta claramente: que mis servicios, sobrevalorados, en la campaña de Sudáfrica me habían atraído la antipatía del Cuartel General del Ejército, que mi «brillante fortuna y mi éxito pronto quedarían ensombrecidos por una niebla helada» y que quizá fue una suerte para mí que no me emplearan después en «aquellos arduos y secretos planes para la Gran Guerra» que la precedieron.
En realidad, durante los siete años siguientes a mi participación en la campaña de Sudáfrica, las autoridades me tuvieron plenamente ocupado en dos de los mayores trabajos de mi vida, uno de ellos dedicado directamente a preparar la Gran Guerra (como mostrarán los dos capítulos siguientes), y por ellos recibí honores mayores que los que había recibido hasta entonces. Así que nunca llegué a notar aquella «niebla helada» de la que él hablaba.