Lecciones de la universidad de la vida · 6. Matabeleland
Movilización rápida
Otra novedad que introdujimos fue tener siempre un escuadrón de turno, listo para salir en servicio activo pocas horas después de recibir el aviso. Cada escuadrón hacía un turno de un mes, con los caballos y los hombres preparados, las nóminas listas, la munición, los pertrechos, etc., y las espadas afiladas.
Esto último despertaba la ira de las autoridades de Intendencia, porque había una norma según la cual las espadas debían estar sin filo hasta que se necesitaran en servicio activo, y entonces las afilaría la armería del Regimiento.
Calculé que afilar las espadas con el personal disponible podía llevar dos o tres semanas. Por eso tenía en cada escuadrón hombres formados como afiladores, a los que también se enseñó a quitarles el filo después de haberlas afilado.
Conviene recordar el caso de los carabineros que, durante el Motín de la India de 1857, con las espadas sin filo, recibieron de repente la orden de cargar contra la guarnición de caballería india sublevada, que solía llevar las espadas afiladas como navajas de afeitar.
En la caballería de la India hay un dicho: «Tan inútil como una espada sin filo».
Cuando daba la alarma para movilizar al escuadrón de servicio, con la orden de llevar lo necesario para una marcha de tres días hacia un destino desconocido, salían con todo completo hasta el último detalle, incluida la banda de música del escuadrón, que los acompañaba a la estación y tocaba Auld Lang Syne cuando el tren arrancaba.
Algunas veces los movilizábamos solo unos centenares de yardas y luego volvían; otras veces los enviábamos una hora o así en tren, y entonces desembarcaban y montaban el campamento.
De esta forma, todo el Regimiento estaba preparado para movilizarse con rapidez.
La caballería de la India
En aquella época tuve la gran suerte de mandar brigadas de caballería en varias maniobras, y así llegué a sentir un gran aprecio y admiración por la caballería de la India. Estuvieron a mis órdenes, en distintos momentos, los regimientos III, IV, V, XIII, XIV y XVIII de la Caballería de Bengala y el XV de Multanis. Este último lo formaban unos tipos espléndidos y salvajes. Todavía los veo con los ojos de la memoria rompiendo filas para lanzarse como furias detrás de una liebre que había saltado delante del Regimiento, y a todo el escuadrón tirándole los turbantes.

Llegué a sentir una gran simpatía por los oficiales indios de los regimientos de mi brigada.
La frontera del Noroeste
Lo que hace todavía más agradable servir como militar en la India es que siempre hay alguna trifulca en algún punto de la frontera del Noroeste.
Sir Bindon Blood, nuestro general en Meerut, había librado algunas de las mayores batallas de la frontera y tenía en mucha estima el uso de la caballería incluso en aquella región montañosa, porque entre las montañas hay valles y llanuras donde se puede combatir.
Así que, aunque ya tenía más de un año de experiencia en Afganistán y Beluchistán, pensé que debía aprender más sobre esta clase de lucha, si era posible.
Por eso asistí a las maniobras de la frontera en Attock. Además, como Sir Bindon, que había sostenido una dura lucha en la campaña cerca del paso de Malakand, me había invitado, me apresuré a aprovecharlo.
Llegué al paso de Malakand solo para descubrir que él estaba en Dargai, pero me recibió con hospitalidad el general Jeffreys, que mandaba aquel puesto. (No podía imaginar que, antes de un año, yo, que era un simple coronel, sería nombrado general de división para sustituirlo. En realidad solo fui general durante cuatro días, por orden del Cuartel General de Simla, porque el Ministerio de la Guerra en Inglaterra canceló mi ascenso, ¡con el argumento de que era demasiado joven para el puesto!).
El paso de Malakand, ahora una posición fuertemente armada, lo habían tomado los británicos dos años y cuatro meses antes, y poco antes de mi llegada había resistido un tremendo intento de los hombres de las tribus por recuperarlo.
La lucha se prolongó casi sin interrupción durante cuatro días y cuatro noches, y en muchas ocasiones el enemigo llegó a pelear cuerpo a cuerpo con nuestros hombres.
Micky Doyne, que había sido capitán conmigo en el XIII y poco después fue ascendido a coronel de la 4.ª de Dragones de la Guardia, se las arregló para dejar su mando y hacerse pasar por soldado en el K.O.S.B. (N. del T.: The King's Own Scottish Borderers, regimiento escocés) para poder estar «dentro».
Sir Bindon me llevó al escenario de seis batallas distintas libradas durante aquella campaña. Me enseñó dónde había empleado la caballería con efecto demoledor en dos de ellas, y dónde Fincastle y Adams ganaron la Cruz de la Victoria al rescatar el cuerpo de Greaves, que se había adelantado a sus hombres persiguiendo al enemigo en su huida.
Después me llevó al puente sobre el río Swat y a su fuerte protector, Chakdara, donde 300 sijs resistieron heroicamente durante seis días y seis noches el ataque continuo de doce mil hombres de las tribus.
En Chakdara había muchos restos de templos budistas, y sus relieves eran claramente esculturas griegas. (Yo me traje una preciosa cabeza pequeña). Un soldado que cavaba una zanja alrededor de su tienda para desaguar la lluvia desenterró un anillo de sello griego, y en los alrededores se encontraron varias monedas griegas, lo que parecía demostrar que fue allí donde Alejandro Magno cruzó el Swat en su invasión de la India, en el año 327 a. C.
Poco después de volver a Meerut, el 4 de enero, recibí un telegrama de Sir Bindon Blood que decía: «El día 7 tendremos una cacería de faisanes. Espero que pueda unirse a nosotros».
Leí entre líneas y salí hacia Nowshera, la estación más cercana a Mardan y Dargai.
Al final me reuní con el general y su columna en Sanghao. Allí me dieron una calurosa bienvenida muchos amigos.
A la mañana siguiente, temprano, estábamos todos preparados para un ataque muy espectacular en el paso de Sanghao.
Estábamos en un valle estrecho, frente a una cresta rocosa de unos dos mil pies (unos 600 metros) de altura. A lo largo de ella se veían hordas de hombres de las tribus con sus estandartes, veintinueve en total, esperando nuestro ataque. Habían levantado en la cima pequeños fortines de piedra, o sangars, que ofrecían unos blancos magníficos a nuestros cañones. Eso los mantuvo a cubierto mientras nuestras tropas atacaban y escalaban las alturas por distintos puntos.
En nuestra cresta, que formaba el lado más cercano del valle, estaban los cañones y los Buffs, que con tiros de largo alcance podían mantener al enemigo bajo el fuego mientras avanzaba el ataque.
Sin embargo, el enemigo no se molestaba en ponerse a cubierto, y algunos grupos sostenían grandes rocas a punto para hacerlas rodar por los precipicios contra los atacantes que subían desde abajo.
Durante esta batalla presencié el acto más valiente que he visto nunca. Uno de nuestros proyectiles destrozó un sangar, y de la explosión de piedras y polvo salieron tres figuras que, por lo visto, estaban bastante enfadadas por el insulto. Parecían decir: «¡Esto ya es el colmo!».
Empezaron a bajar a la carga por la ladera para atacar a toda la fuerza británica. Cayó sobre ellos un fuego intenso; dos se detuvieron, se lo pensaron mejor y volvieron a toda prisa a la cresta. Pero el tercero siguió adelante. Era un espectáculo espléndido, con su ropa azul ondeando detrás de él y una gran espada reluciente en la mano.
Bajó corriendo y saltando a una velocidad increíble hasta que llegó junto a un precipicio, donde tuvo que detenerse a buscar un paso para cruzarlo. Lo encontró y siguió bajando, brincando de roca en roca. Se veían saltar pequeñas nubes de polvo a su alrededor, pero no lo detenían, hasta que de repente tropezó y cayó.
Fue solo un momento: estaba herido, sí, pero solo en la pierna. Recogió la espada y, agitándola hacia nosotros, siguió avanzando cojeando, decidido a llegar. Era un espectáculo grandioso y conmovedor ver a aquel valiente avanzar él solo contra una multitud. Nuestros hombres de primera línea dejaron de dispararle, quizá por admiración o porque se lo ordenaron, no lo sé; pero un par de minutos después, de pronto, se desplomó hacia delante, rodó y quedó encogido en un bulto. Estaba muerto.

Más tarde, cuando subimos a la cima, pasamos junto a él, y me alegró ver que algunos soldados de las tropas indias que habían pasado antes lo habían enderezado y cubierto, por la admiración que sentían por él.
Antes de que se pusiera de moda bombardear desde aviones, nuestros enemigos del otro lado de la frontera y nuestras propias fuerzas peleaban con admiración y respeto mutuos.
Waziristán es hoy un buen ejemplo. Antes era el territorio más turbulento, y se ha conseguido pacificarlo estableciendo puestos fortificados al mando de oficiales simpáticos y aficionados al deporte. Se han abierto caminos y se han creado mercados. Pero los bombardeos, en los que han muerto mujeres y niños, han producido un resentimiento amargo que será más difícil de vencer.
Después de estas pequeñas vacaciones en Malakand, que eran casi una prolongación de mi propio oficio (N. del T.: el autor usa la expresión inglesa «vacaciones de conductor de autobús», que se dice de quien pasa sus días libres haciendo lo mismo que en su trabajo), volví a mi Regimiento con conocimientos más actualizados sobre la guerra en la frontera y sobre la necesidad de la caballería en aquellos lugares.
Aunque el Regimiento no era el primero de la lista para el servicio activo en la India, pensé que, si surgía una urgencia en verano mientras yo estaba fuera, las autoridades debían saber que el V de Dragones era el que estaba más preparado, y por eso lo utilizarían.
No esperaba que aquella preparación se pusiera a prueba tan pronto, pero cuando llegó de improviso la petición de tropas para Sudáfrica, unos meses más tarde, el V de Dragones fue el primero en recibir la orden de partir.
Mientras tanto, me habían concedido un permiso, y recogí mis cosas para volver a casa con la ilusión de pasar una buena temporada de descanso. Durante el viaje me alcanzó un telegrama que hizo aún más alegre mi regreso: decía que el comandante en jefe, Sir George White, había felicitado al V de Dragones por haber sido considerado la mejor unidad de todas las armas destinadas en la India.
El ejército como universidad
Supongo que alguien me dirá, por lo que he contado en las páginas anteriores, que se podría pensar que hablo con orgullo de preparar a hombres para matar.
Una vez me lo dijeron, y mi respuesta fue: estoy de acuerdo en que podría pensarse, pero no era así.
Dejé claro que la cuestión tenía otra cara.
Lord Allenby ha dicho: «Los soldados no hacen la guerra; la hacen los políticos. Los soldados la terminan».
Shalimar escribió en la revista Blackwood's Magazine comentando las palabras de un soldado americano: «La guerra no es el infierno, y cualquier joven que lo piense ya está muerto. No conozco pensamiento más glorioso en la tierra ni en el mar que el de llevar a la acción a cien hombres como los míos, bajo el mando seguro de un general como Stonewall Jackson; y en aquellos días me sentía tan orgulloso y feliz que no habría llamado tío al rey de Inglaterra». (N. del T.: es una expresión que significa «no me habría cambiado por nadie»).
Pero, aparte de esta agitación en la superficie, aparte del compañerismo en los deportes y de la aventura de abrir caminos y de pescar en rincones lejanos del mundo, cosas que fascinan a cualquier hombre de sangre caliente, el oficial tiene una alta vocación y una gran oportunidad: educar para la ciudadanía de su país a los miles de jóvenes que pasan por sus manos.
El káiser alemán me dijo una vez que el valor del servicio militar obligatorio para Alemania no estaba tanto en proporcionar cierto número de soldados como en dar a la juventud del país una educación continuada en cualidades como la lealtad, el patriotismo, la obediencia, la autodisciplina, el respeto a uno mismo, el espíritu de equipo, la puntualidad y el sentido del deber. Todo ello contribuía a formar el mejor carácter en sus ciudadanos, y no había otra manera de inculcárselo una vez dejada la escuela.
El ejército es la mejor universidad que tenemos para que un gran número de nuestros futuros ciudadanos siga educándose después de la escuela. Allí, además de los conocimientos escolares, consiguen por fin desarrollar la salud y el vigor físico, y adquieren muchísimas cualidades valiosísimas con las que pueden hacer frente a la vida y ayudar a su país.
Por eso un oficial tiene en sus manos un poder inmenso, tan grande como el de un maestro o un clérigo, para desarrollar en sus hombres las mejores cualidades del buen ciudadano.
Por lo que he dicho, ya habrás deducido que mis propuestas sobre la vida militar no siguen la rutina habitual de la instrucción y la táctica, sino que van más bien en la línea del Escultismo y de la formación de hombres.
Esta es la explicación, y la excusa, de buena parte de lo que haría más adelante.