Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida

9. Inspector general de la caballería

Recibí con enorme recelo la orden de hacerme cargo del puesto más codiciado del arma de Caballería, el «cordón azul», que suponía responder de la eficacia de la caballería regular y de la Guardia Real en Gran Bretaña y en Irlanda, así como de la caballería destacada en Egipto y en Sudáfrica.

¡Menudo encargo!

Lo primero que hice al asumir mis obligaciones fue ponerme al día, en todo lo posible, sobre los métodos más modernos de la caballería.

Con ese fin visité personalmente, primero, las escuelas de caballería de Francia, Alemania, Austria, Bélgica, Italia y América (N. del T.: se refiere a los Estados Unidos), y después las maniobras de Francia, Alemania e Italia, para ver en el terreno y en grandes concentraciones de tropas los resultados de su formación.

Escuelas de caballería

Cuando visité la Escuela de Caballería de Saumur, en Francia, me impresionó la buena formación general que allí recibían los oficiales de caballería.

No se limitaba a la equitación, la veterinaria y el manejo del caballo, que era lo habitual en otras escuelas de caballería, sino que incluía exploración, ingeniería de campaña, historia militar, táctica y estrategia.

La formación de Saumur era tan práctica que, con el tiempo, enviamos allí a uno o dos de nuestros oficiales para que se formaran.

En Alemania pasé unos días muy interesantes en la Escuela de Caballería de Hannover. Allí, por orden del káiser, tenían una jauría de sabuesos como parte del equipo. Como en aquella zona del país no había zorros, me dijeron que cazaban jabalíes.

El káiser

En Darmstadt, cuando subía a mi vagón del tren especial que nos llevaba a las maniobras, una voz a mi espalda pronunció mi nombre sin ningún acento, en un inglés perfecto. Me di la vuelta y me encontré cara a cara con el káiser.

Estuvo muy cordial y lleno de ocurrencias. Me hizo muchas preguntas sobre la caballería y nunca dejaba de rematar mis respuestas con comentarios críticos muy ingeniosos, que a veces no iban nada desencaminados.

Medidas para el progreso

Después de visitar la mayor parte de las caballerías de Europa y América, convoqué una conferencia de oficiales para exponer las medidas que me proponía aplicar para mejorar la caballería. Recibí el apoyo del duque de Connaught, sir Evelyn Wood, lord French y lord Chesham (en representación de la caballería voluntaria). También el coronel Rimington, de los Dragones de Inniskilling, el coronel Lumley, del 11.º de Húsares, y el coronel Fowle, del 21.º de Lanceros, aprobaron en general las ideas que les presenté.

Esas ideas se recogían en puntos como estos:

  1. Responsabilidad para los oficiales jóvenes, algo deseable en las nuevas condiciones de trabajo.
  2. Pequeños grupos permanentes dentro de cada escuadrón para desarrollar la responsabilidad y la eficacia.
  3. Formación en línea sencilla.
  4. Formación en triángulo de doble escalón como principio general, pero no como regla obligatoria.
  5. Una escuela de caballería para formar a los oficiales en equitación, reconocimiento, etc.
  6. Señales con la mano, además de los toques de trompeta y las voces de mando, para dirigir los movimientos.
  7. Exploradores (N. del T.: en inglés, «scouts») bien formados y organizados de forma regular, a las órdenes de oficiales exploradores.

El dominio del caballo

La guerra de los bóeres, con su espantosa pérdida de caballos, bien pudo hacer dudar a más de uno de que los británicos fuéramos los mejores jinetes del mundo.

Ya había habido dudas al respecto en tiempos de la guerra peninsular, cuando los caballos de la caballería británica estaban destrozados mientras que los de las tropas auxiliares de Hannover conservaban su buen estado.

Era cuestión de fe o de tradición que los británicos éramos la nación de jinetes por excelencia, pero esa tradición no siempre se cumplía.

Mucho antes de alcanzar un rango importante en el arma, yo había estudiado las revistas de caballería de otros países. Estaba suscrito a La Revue de Cavalerie y era miembro honorario de la Asociación de Caballería de Fort Leavenworth, en América. En Gran Bretaña no teníamos ninguna revista de caballería.

También asistía a las marchas a caballo de larga distancia que se hacían en el continente. Pese a toda nuestra experiencia en Sudáfrica, no podíamos competir con los extranjeros en esas pruebas.

El dominio del caballo, tal como lo entendíamos entonces, significaba ser capaz de mantenerse sobre su lomo. No incluía, como debería, el arte de manejar al caballo.

Un instructor con una larga fusta hace saltar un obstáculo a un caballo
La doma de caballos, al estilo antiguo

El maestro de equitación de aquellos días solía ser más un domador rudo que un buen conocedor de caballos, y enseñaba a sus hombres igual que a sus caballos, con el mismo principio: domarlos a fuerza de métodos que hoy se considerarían, con razón, brutos, y a ojo de buen cubero.

Le daba igual que el oficial recién incorporado fuera uno de los jugadores de polo más prometedores del regimiento o un jinete experto en la caza con perros; su comentario siempre era el mismo: «Acorte los estribos tres agujeros, baje los talones y siéntese como un soldado. No puedo permitirle que monte como una gallina cualquiera».

Un jinete muy erguido monta un caballo al galope
Escuela de equitación: bien erguido, como debe ser

Todo eso lo cambiamos. El resultado de la mejora que se introdujo entonces en el manejo de los caballos se vio durante la Gran Guerra: el trabajo que hicieron los caballos en Palestina, por ejemplo, comparado con el que eran capaces de hacer en Sudáfrica años antes, mostró un progreso increíble.

En aquel país sin agua, los caballos de las tres divisiones montadas aguantaron setenta y dos horas sin beber durante la tercera batalla de Gaza y seguían siendo capaces de trabajar.

La Caballería Voluntaria de Lincolnshire aguantó ochenta y cuatro horas sin agua, y la de Dorset recorrió sesenta millas (casi cien kilómetros) en cincuenta y cuatro horas sin beber. En las operaciones finales, la 5.ª División de Caballería recorrió 550 millas (unos 885 kilómetros) en treinta y ocho días.

El dominio de los hombres

El jinete no sirve para nada sin su caballo, así que el dominio del caballo forma parte esencial de la caballería. Pero tampoco el caballo sirve para nada sin su hombre, de modo que el dominio de los hombres es imprescindible para los oficiales, como ya expliqué en el capítulo 7.

Parece que a veces hemos exagerado el valor de tener los caballos en buena forma y nos hemos olvidado de tener también en forma a los hombres que han de montarlos. Aun así, el dominio de los hombres resulta relativamente fácil gracias al espíritu de compañerismo que caracteriza a la caballería.

El compañerismo entre oficiales y soldados es fuerte porque comparten la afición deportiva por el caballo. Por eso, cuando por fin pusimos en marcha la Escuela de Caballería, no fue solo una escuela de equitación ni solo una escuela de manejo del caballo, sino también de esa energía y esa confianza que forman «el espíritu de la caballería».

Ese espíritu es valioso no solo para el arma, sino para todo el Ejército. Lo comprendí en una conversación con el rey Alberto de Bélgica, después de la Gran Guerra, a propósito de la reducción de los regimientos de caballería en nuestro Ejército. Me dijo que, pese a las críticas, él mantendría la caballería belga con todos sus efectivos, porque era valiosa en la guerra moderna por una sola razón: creaba el espíritu de lucha de todo el Ejército.

Personalmente creo que tiene un valor añadido: no solo infunde espíritu combativo, sino también lealtad y patriotismo, y en eso veo al Ejército como una escuela inestimable para la nación, capaz de inculcar el espíritu adecuado a la flor de su juventud.

Gentilezas del Ministerio de la Guerra

Quizá parezca que en estas notas he hecho comentarios sarcásticos sobre el Ministerio de la Guerra. Estoy seguro de que sus funcionarios actuales no me guardarán rencor por mis burlas, porque no van dirigidas contra ellos, sino contra sus predecesores de hace mucho tiempo. Ahora las cosas son distintas.

Pero incluso en aquellos días, teniéndolo todo en cuenta, los que mandaban encajaban mis bromas de buen talante.

Más de una vez comprobé que la correspondencia oficial no estaba reñida con una sonrisa. Por ejemplo, cuando mandaba una división territorial, el Ejército dio la orden de que cada batallón debía dotarse de dos ametralladoras y de los caballos necesarios para arrastrarlas.

Llegaron las ametralladoras y, con ellas, unos caballos preciosos. Pero los arneses necesarios para enganchar unos a otras no llegaron. Así que las ametralladoras se quedaron paradas y sin usar durante semanas, mientras los caballos se comían en sus cuadras toneladas de forraje del Gobierno, «y nunca los dos se encontraban».

Escribí al Ministerio de la Guerra una y otra vez, rogando que nos enviaran aunque fuera unos pocos arneses. Acusaban recibo, pero no hacían nada. El tiempo pasaba sin resultados.

Un día tuve una idea brillante. Les escribí pidiéndoles que anularan mis peticiones anteriores y explicándoles que acababa de darme cuenta de que no hacían falta arneses: estaba enseñando a los caballos a apoyarse contra las ametralladoras y empujarlas hasta la línea de combate, como mostraba el dibujo que adjuntaba.

Un caballo empuja con el pecho una ametralladora sobre ruedas
El nuevo método para llevar las ametralladoras a la acción

Funcionó. La caricatura causó cierto revuelo en las altas esferas y fue circulando por todo el Ministerio, hasta que alguien preguntó si aquello tenía algún fundamento y si de verdad no teníamos arneses.

Así, al cabo de mucho tiempo, el departamento de arneses, del que hasta entonces nadie se había acordado, recibió la invitación oficial de colaborar y nos envió lo que necesitábamos.

Inspecciones

Hasta que me nombraron a mí, el inspector general de la caballería desempeñaba su cargo con mucha caballerosidad. Avisaba a los regimientos con varios meses de antelación de la fecha de su inspección anual, les informaba con todo detalle de lo que quería ver hacer a cada escuadrón y ordenaba que todos los oficiales estuvieran presentes ese día.

Así, todo el mundo sabía lo que se esperaba de él, y cada escuadrón se dedicaba a ensayar los ejercicios en que iba a ser examinado. De hecho, aquello se convertía en una especie de juego.

El escuadrón tenía que actuar de forma impecable y el inspector general tenía que encontrarle fallos. Si los encontraba, ganaba él; si no, ganaba el regimiento.

Pues bien, cuando era capitán me di cuenta de esto y también de que sería muy diplomático dejar ganar al inspector general. Así que, sabiendo que iban a inspeccionar mis cuadras, lo tuve todo en perfecto orden: la paja bien recogida, los caballos abrevados unos minutos antes de que llegara el general (para que se les llenaran los ijares), etc., etc. Todo lo que se podía arreglar y ordenar estaba arreglado y ordenado, y todas las apuestas parecían favorecer al escuadrón.

Pero yo sabía que eso no debía ocurrir. Así que dejé colgado un farol del establo lleno de telarañas, sucio y sin limpiar.

El inspector general recorría las cuadras buscando fallos sin encontrar ninguno, cada vez más nervioso al ver que se le escapaban las posibilidades de ganar, mientras oficiales y soldados aguardaban firmes y angustiados.

Casi había terminado de recorrer las cuadras cuando sus ojos se posaron en el farol. Entonces estalló: «¡Santo Dios! ¿Qué es eso? ¡Maldita sea!», y así sucesivamente. Tras un buen chorro de improperios, su enfado fue cediendo a medida que comprendía que había ganado, y su tono pasó a ser el de un vencedor magnánimo:

«Es una lástima, mi querido muchacho, que haya esa mancha en lo que, por lo demás, yo llamaría unas cuadras dignas de elogio. Sus caballos están bien, sus hombres están bien, su forraje está bien, y podría seguir así, pero ese farol… En fin, usted se encargará de eso, ¿verdad?».

Y el gran hombre se quedó muy satisfecho de sí mismo y de su victoria, mientras en las cuadras todos sentíamos un gran alivio, porque ninguno de nosotros había perdido.

Un inspector señala, ante un oficial, un farol sucio colgado en las cuadras
El truco del farol sucio

Sí, me inclino a pensar que con algunos inspectores era más el tacto que el mérito lo que ganaba la partida. Era otra vez la misma historia que la de los exámenes escolares: una inspección general no ponía a prueba la verdadera eficacia de un regimiento.

Cuando me tocó a mí ser inspector general, no me preocupé de programas ni contagié a los oficiales el virus de la «fiebre de la inspección». Mi costumbre era quedarme unos días con cada regimiento y verlo en su jornada normal de trabajo y de juego. Así se obtiene una idea más justa y práctica de su eficacia, y conseguí además que los oficiales acogieran con mucho más entusiasmo las novedades que yo quería que se probaran.

Fue el trato personal, y no los oficios, lo que dio resultado.

Caricatura de estatua ecuestre: una figura alargada sobre un caballo con cuello de cisne
Lo mejor que podemos hacer hoy en día como estatua ecuestre de un general

No exigía que todos los oficiales estuvieran presentes en mis inspecciones, ya que los juzgaba por los resultados de su trabajo. El estado de sus escuadrones me daba una medida muy exacta de sus cualidades.

Como consecuencia, aunque no había ninguna orden al respecto, eran poquísimos los oficiales que faltaban. Por un lado, no les gustaba que los juzgaran en su ausencia; por otro, con la mayor responsabilidad que ahora se les había dado, tenían también más interés y más deseos de demostrar que sus escuadrones estaban preparados para el servicio.

En uno de mis escritos a los oficiales decía:

«Sobre nuestro país pende un grave peligro, bien evidente para cualquiera que viaje y esté en contacto con los militares del otro lado de la frontera. Nuestra tarea en la caballería es hacer de nuestra arma la máquina de combate más perfecta de su clase, para compensar su gran inferioridad numérica. Esa inferioridad no se puede remediar cuando estalle la guerra… La caballería es la única fuerza que tiene que estar lista desde el primer día de las hostilidades. Tenemos que conseguirlo con un trabajo paciente y sistemático, y no tan lento que nos adelanten, porque nuestros vecinos avanzan con empeño en la misma dirección».

En el curso de mis inspecciones descubrí, de paso, que en muchos casos los cuarteles de caballería no estaban en condiciones de ser habitados.

En uno de ellos, en Norwich, informé de que el edificio estaba en ruinas. Nadie hizo caso. En mi informe del año siguiente escribí: «El cuartel se encuentra en el mismo estado insatisfactorio que el año pasado, salvo que, desde entonces, se ha derrumbado una cocina».

Mientras inspeccionaba a los Greys en el cuartel de Piershill, en Edimburgo, pregunté, como de costumbre: «¿Alguien tiene alguna queja?».

Un soldado contestó muy agrio: «Sí, señor. Antes dormía en una cama en el rincón del fondo de la compañía, y ahora me han ordenado dormir aquí. No quiero cambiarme, porque desde aquel rincón podía mirar por un buen agujero del suelo y ver a mi caballo en la cuadra de abajo».

Me llevó a inspeccionar el «buen agujero», y no cabía duda de que desde allí se veía estupendamente a su caballo en la cuadra de abajo.

Informé del caso al Ministerio de la Guerra y añadí que, cuando se fregaban los dormitorios del piso de arriba, había que sacar los caballos de la cuadra hiciera el tiempo que hiciera, para librarlos de las duchas de agua sucia. Eso quizá no tuviera mucha importancia en otros regimientos, pero en el caso de los Greys se notaba muchísimo (N. del T.: los Royal Scots Greys montaban caballos tordos, de capa gris clara, en los que la suciedad se nota mucho).

El 5 de mayo de 1907 terminó mi etapa como inspector general de la caballería. Varios compañeros de caballería me ofrecieron generosamente una cena de despedida, a la que asistieron:

  • Sir Douglas Haig, inspector general de la Caballería de la India.
  • Sir John Maxwell, jefe del Estado Mayor del inspector general de las Fuerzas.
  • Coronel Fanshawe, brigadier.
  • General Hon. Julian Byng, brigadier.
  • Coronel Hon. O. Lumley, brigadier.
  • Coronel Allenby, brigadier.
  • General Rochfort, Artillería Real a Caballo.
  • General Benson, Remontas.
  • General Rimington, brigadier.
  • Coronel Hon. R. Lindley, Escuela de Caballería.
  • General Scobell, inspector de caballería.
  • Coronel Fenwick, Caballería de la Guardia Real.
  • General Birkbeck, Remontas.

Mi ayudante general adjunto era lord Erroll, de la Guardia Real a Caballo, y mis ayudantes de campo eran Harvey Kearsley, de la 5.ª Guardia de Dragones; Owain Greaves, de la Guardia Real a Caballo, y Tom Marchant, del 13.º de Húsares.

Me emocionó muchísimo esa muestra inesperada de buena voluntad, acompañada además de numerosas cartas que aprobaban las medidas que habíamos ido tomando para poner la caballería en la mejor forma posible. Como colofón, recibí una carta del duque de Connaught en la que me decía cosas que me hicieron sonrojar de honor y de alegría.

Las «medidas» a las que se aludía eran, en resumen, estas:

  • Se suprimieron las plantillas reducidas («de esqueleto») y los regimientos pasaron a funcionar sobre una nueva base de trabajo.
  • Se restablecieron las remontas.
  • Se formaron brigadas permanentes.
  • Se redujeron los gastos de los oficiales.
  • Se publicó un nuevo manual de táctica con un sistema de formación mejorado.
  • Se dio responsabilidad a los oficiales de escuadrón y de sección.
  • Se autorizaron la formación y la creación de exploradores.
  • Se impulsaron un nuevo fusil y mejores tácticas de tiro.
  • Se creó la Escuela de Caballería para oficiales y suboficiales.
  • Se empezó a publicar una revista de caballería.
  • Se implantaron ejercicios de movilización en todos los regimientos.
  • Se estableció una nueva base para la doma y el manejo de los caballos.
  • Se desarrolló la formación táctica de los suboficiales.
  • Se fomentaron el espíritu de la caballería y el dominio de los hombres.

Yo, personalmente, no acepté para mí esas generosas alabanzas, porque nuestro éxito se debió al trabajo entusiasta de todo el equipo de oficiales de caballería.

Ahora que ya es demasiado tarde para que me expulsen del Ejército, no me importa confesar que yo era, física e intelectualmente, del todo inadecuado para el cargo de inspector general de la caballería.

Físicamente, porque desde hacía mucho tiempo tenía una pierna lesionada por un accidente de caza en Afganistán y, más recientemente, me había roto los cartílagos y ligamentos de la otra rodilla, de modo que tenía las dos piernas como dos trozos de cuerda y no podía dar, como debía, ejemplo de buen jinete.

Intelectualmente, estaba en desventaja porque no había pasado por la Escuela de Estado Mayor, y mis conocimientos de estrategia y de historia militar se limitaban al sentido común y a mi admiración por los métodos de Oliver Cromwell.

Por suerte, en aquel momento conté con la ayuda de Douglas Haig, que ocupaba el puesto equivalente al mío como inspector general de la caballería en la India. Éramos amigos y estábamos en contacto constante y en completo acuerdo de ideas, así que le debo muchas de sus visiones de largo alcance y de sus consejos prácticos.

Douglas Haig era único. Era un jinete de primera (nada que ver con la figura de cuello de cisne, al estilo de Hindenburg, que se ha propuesto para su monumento en Londres); tenía plenamente el espíritu de la caballería, una mente rápida y resolutiva, y al mismo tiempo era un estudioso serio de la ciencia militar: una combinación poco común en un oficial de caballería. Él fue nuestro salvador en la Gran Guerra.

La feliz casualidad de que estuviera en situación de llegar a comandante en jefe en aquella crisis fue un golpe de suerte para la nación.

Quizá uno de los resultados de la Gran Guerra sea enseñarnos que el servicio militar es en sí mismo una educación, tanto para los oficiales como para los soldados. Y aunque a ciertas armas se las llame la parte científica del Ejército, no me cabe duda de que la formación que reciben los oficiales de caballería con la práctica en el terreno desarrolla en alto grado rasgos de carácter como la rapidez de juicio, la prontitud, la decisión y otras cualidades que hacen de ellos jefes en la guerra.

Si hiciera falta probarlo, basta con ver los nombres de quienes mandaron nuestros ejércitos en campaña: la mayoría se formó en el arma montada. French, Haig, Allenby, Byng, Horne, Plumer, Gough, Rimington y otros.

Territoriales

El final de mi etapa como inspector general de la caballería no fue el último acto de mi servicio. Me dejó como teniente general en lo más alto del escalafón de la caballería, una posición que nunca imaginé en sueños, y menos aún deseé.

Y entonces me pusieron a media paga.

La costumbre era que uno pasaba cuatro años a media paga y, si en ese tiempo no había ningún nuevo nombramiento para él, se retiraba con la pensión correspondiente a su rango.

Por entonces lord Haldane era ministro de la Guerra y estaba estudiando cómo reforzar las reservas organizando cuerpos de formación de oficiales territoriales. Me invitó a pasar unos días con él en Cloan para hablar de estos asuntos y, estando allí, me preguntó si quería hacerme cargo del mando de una división territorial y poner en práctica las ideas que tuviera para mejorar la formación de esa fuerza.

Para mí no contaba como un destino normal, porque aquel mando correspondía a un general de división y yo era teniente general. Pero, como se me ofrecía trabajo, y además un trabajo interesante, acepté sin dudarlo. Conocía algo de los planes alemanes y me daba cuenta de que era urgente que nuestras reservas fueran eficaces en el campo de batalla y no solo sobre el papel.

Me destinaron al mando de la División de Northumberland, que abarcaba Northumberland, Durham y las zonas este y norte del condado de York. Allí encontré hombres espléndidos con los que trabajar, sobre todo los que venían de los distritos mineros. Eran muy rudos, pero deportistas de corazón y muchachos con agallas.

En la guerra de los bóeres habíamos tenido como enemigos a hombres que no habían hecho un solo día de servicio militar en su vida y que, sin embargo, fueron eficaces en el campo contra nuestras tropas instruidas gracias a su inteligencia individual, su valor y su ingenio.

Así que traté de orientar la formación de mi división en ese sentido.

Tenía un coche hecho a mi medida que me servía unas veces de dormitorio y otras de despacho, y viajaba continuamente por mi división, en contacto personal con cada unidad y estudiando las condiciones locales en que tenía que trabajar. Organizaba «batallas» de fin de semana a las que se acudía voluntariamente, pero que tenían más asistencia que los desfiles obligatorios.

A los hombres de aquella región, por supuesto, les va en la sangre apostar, así que hacían apuestas sobre el resultado de estos combates. Eso exigía árbitros especialmente buenos y, una vez más, ponía de relieve las dotes de mando de los oficiales.

Avisos de la Gran Guerra

En una ocasión me metí en un buen lío por una charla con mi Estado Mayor sobre la posibilidad de una invasión alemana.

Los alemanes coincidían en que el momento más adecuado para invadir Inglaterra serían los días festivos de agosto de cualquier año (N. del T.: los «bank holidays», festivos oficiales en que cierran los bancos y que eran prácticamente los únicos días de vacaciones generales en el Reino Unido), cuando estaríamos menos preparados. Yo escogí precisamente esos festivos como la ocasión más adecuada para ensayar la movilización de las unidades, y di una charla a mis oficiales para explicarles el motivo y el plan de los alemanes.

Aquello hizo que ciertos miembros de la Cámara de los Comunes (uno de ellos, ministro en el último Gobierno) pidieran mi destitución. Pero, lo que era mucho más significativo, desde Alemania me llegaron algunas cartas anónimas furiosas, y también noticias de amigos particulares en el sentido de que mi nombramiento para aquel distrito concreto con el rango de teniente general (en lugar del habitual general de división) había causado bastantes comentarios en los círculos militares.

Así que, por lo visto, habíamos dado en el clavo.

Mientras en el Parlamento me ponían de vuelta y media por ese motivo, tomé el tren nocturno a Londres y le expliqué a lord Haldane que el discurso que había salido en la prensa era una charla privada para mis oficiales que nunca debería haberse publicado, y que quería disculparme por el revuelo que había causado en la Cámara.

Para mi sorpresa, me contestó que estaba encantado y que era bueno que la gente abriera los ojos ante el peligro que venía de Alemania.

Lo cierto es que en Inglaterra la gente no podía ni quería creer que pudiera volver a haber guerra en Europa, y veía con complacencia cómo Alemania se armaba y construía una flota que no podía tener otro objetivo que nosotros.

A lord Roberts y a otros que intentaron abrirles los ojos ante ese peligro los tomaban por fanáticos.

Fue una suerte para el país que el Ejército no estuviera ciego y que tuviera su pequeña fuerza móvil, bien «compacta», lista para la emergencia cuando la guerra se nos echó encima.

El rey Eduardo y mi retiro

Pero, más o menos por entonces, me cayó encima otra bomba. Fue la explosión del Escultismo, a partir de una sugerencia que yo había hecho y que produjo tal cosecha de boy scouts por todo el país que exigía una parte cada vez mayor de mi tiempo y de mis energías. Llegué a plantearme si estaba justificado que siguiera en el Ejército o si debía hacerme cargo de esta nueva criatura y organizarla.

El rey Eduardo me invitó a Balmoral y allí habló largamente conmigo de los boy scouts. Aunque todo estaba todavía en embrión, se mostró muy convencido de las posibilidades del Escultismo y de la urgencia de que yo me dedicara a él. Por eso, más adelante, cuando llegué a la conclusión de que no podía hacer bien los dos trabajos, le dije al rey que estaba pensando en retirarme del Ejército. Él me envió enseguida un mensaje diciéndome que, si era así, le parecía imprudente que dejara el servicio cuando, según esperaba, estaba empezando a subir por la escalera.

Pero al día siguiente, después de pensarlo mejor, me dio la razón: en vista de las posibilidades del Movimiento Scout y de la necesidad de organizarlo, al fin y al cabo hacía bien en dejar el Ejército y dedicarme a esta tarea.

Una investidura repentina

A propósito de mi visita a Balmoral: fui allí para recibir de Su Majestad el honor de ser nombrado caballero comendador de la Real Orden Victoriana. Llegué al final de la tarde y me dijeron que la investidura sería al día siguiente. Pero, cuando me estaba vistiendo para la cena, Legge, el caballerizo del rey, entró precipitadamente en mi habitación y me dijo que Su Majestad quería condecorarme en ese mismo momento, así que corrí a su vestidor.

Mi diario dice:

Ya ante la puerta, el coronel Legge me quitó las medallas en miniatura, me prendió dos imperdibles en la chaqueta y mandó a un paje traer un cojín, y a otro, una espada.

Parecían los preparativos de una ejecución.

Entonces entramos.

El rey, vestido con traje escocés, me recibió con una amplia sonrisa y me retuvo la mano mientras me decía que, por mis muchos servicios en el pasado y en especial por el que ahora prestaba al país organizando a los boy scouts, se proponía nombrarme caballero comendador de la Real Orden Victoriana.

Luego se sentó, yo me arrodillé en el cojín ante él, el paje le dio la espada y me tocó con ella en ambos hombros. Me colgó la cruz al cuello, me prendió la estrella de la Orden en la chaqueta y me dio la mano a besar. Después, riéndose, me dijo que su ayuda de cámara me pondría bien la banda, y salí.

(Curiosamente, el otro día, la primera vez que fui a colgar mi sombrero en la Cámara de los Lores, el ujier que me recibió me recordó que él era el mismo ayuda de cámara que me había atendido aquel día, y me contó también que esa noche había dormido en la habitación contigua a la del rey).

Aquello me retrasó unos minutos y, cuando bajé al comedor, todos los invitados me estaban esperando, y los que tenían la Real Orden Victoriana se habían formado junto a la puerta como una pequeña guardia de honor para felicitarme. Fue todo muy violento y muy agradable.

Más tarde supe la razón de tanta prisa: las tarjetas que indicaban el sitio de cada invitado en la mesa ya estaban hechas, y el oficial encargado de prepararlas había supuesto que me armarían caballero ese día y no el siguiente, así que en la mía puso «Sir Robert». Para que la tarjeta fuera correcta, el rey me invistió sin más demora.

El rey Eduardo era famoso por lo rápido que detectaba cualquier fallo en los detalles del vestuario, y esa noche presencié un ejemplo. Durante la cena, detrás de su silla, le servía un criado egipcio, todo un artista preparando café, vestido con una librea espléndida. De pronto el rey, que por lo visto tenía ojos en la nuca, le soltó una reprimenda en francés. El hombre salió volando del salón: se le había olvidado ponerse las medallas. A los pocos minutos estaba de vuelta, solo para recibir una bronca todavía más furiosa: se las había puesto en el lado equivocado del pecho.

Después de la cena, el rey Eduardo me llamó, me hizo sentar a su lado en un sofá y estuvo media hora hablándome de los boy scouts.

El Movimiento aún no tenía dos años, pero se había extendido rápidamente. El día anterior yo había estado en Glasgow, en una concentración a la que asistieron 5640 muchachos, y el mes anterior se habían reunido 11 000 en el Crystal Palace.

Su Majestad me preguntó por nuestros objetivos y nuestros métodos, y me dijo que creía firmemente que el Movimiento era justo lo que el país necesitaba. Aseguró que llegaría a ser una institución de gran valor y que le gustaría pasar revista a los scouts en el parque de Windsor. También aceptó que los muchachos que se esforzaran y superaran pruebas especiales de habilidad tuvieran el rango de «Scout del Rey».

Aquella noche me fui a la cama como un hombre feliz.

El fin de mi vida número uno

Al presentar mi solicitud de retiro del Ejército surgió la cuestión de mi pensión. Para mi horror, me dijeron que el Real Decreto no permitía conceder la pensión correspondiente a alguien de mi edad.

Mis ascensos habían sido tan rápidos que era teniente general a los cincuenta años, mientras que el Decreto no preveía que nadie alcanzara ese rango antes de los sesenta y dos.

Desde luego, había tenido una suerte extraordinaria con los ascensos honorarios (N. del T.: ascensos que no suponen aumento de sueldo) en cada escalón del rango. Fue así:

  • Obtuve el despacho de oficial directamente, en vez de pasar dos años en Sandhurst (N. del T.: la academia de oficiales del Ejército británico).
  • Me nombraron subteniente con dos años de antigüedad, por haber aprobado con honores el examen de ascenso a teniente.
  • Siendo teniente y ayudante, me ascendieron a capitán supernumerario.
  • Siendo capitán, actué como secretario militar en campaña y me ascendieron a comandante honorario.
  • Siendo comandante, en Ashanti, me ascendieron a teniente coronel honorario.
  • Siendo teniente coronel honorario, en Matabelelandia, me ascendieron a coronel.
  • Siendo coronel, en la guerra de los bóeres, recibí un ascenso especial a general de división, a la edad relativamente temprana de cuarenta y tres años.

Aun así, se arreglaron las cosas para que tuviera mi pensión.

Me nombraron coronel honorario de mi antiguo regimiento, el 13.º de Húsares, y el rey me concedió el honor de ser caballero comendador de la Orden del Baño.

Ian Hamilton, al felicitarme, me escribió: «Siempre llueve sobre mojado, y a ti te ha llovido tanto que hasta te han dado un Baño». (N. del T.: juego de palabras con el nombre de la Orden del Baño)

Me habría dolido mucho dar este último paso y dejar el servicio, al que tanto había querido, de no ser porque ya no tenía ningún interés en seguir subiendo por la escalera. No estaba hecho para ser general. Me gustaba ser oficial de regimiento, en contacto personal con los soldados.

No fue poco consuelo recibir la carta del ministro de la Guerra en la que me expresaba su sincero pesar por perderme para el Ejército, y añadía: «… Pero creo que la organización de tus boy scouts tiene tanta importancia para el futuro que probablemente el mayor servicio que puedes prestar a la patria es dedicarte a ella».

Y así terminó mi vida número uno.