Lecciones de la universidad de la vida
8. La Policía de Sudáfrica
«Quiero que venga a verme sin ninguna tardanza para tratar de la formación de una fuerza de policía para el Transvaal, la Colonia del Río Orange y Suazilandia».
Ese fue el bombazo que me cayó encima el 29 de agosto de 1900, en un telegrama de lord Roberts desde Belfast (Transvaal), justo cuando acababa de tomar el mando en Nylstroom de una columna de todas las armas con la que, en principio, iba a operar en los distritos del norte.
Como se me pedía ir «sin ninguna tardanza», entregué el mando que acababa de recibir al coronel Plumer (más tarde mariscal de campo), que entonces mandaba su contingente rodesiano. Después lo sucedió en ese puesto el coronel Godley (hoy general sir Alexander Godley).

Aquel mismo día habíamos restablecido la comunicación por tren con Pretoria. Utilizábamos la vía hasta el río Pienaars, donde el enemigo había volado el puente. Pero, como en ese tramo no había locomotora, los trenes los arrastraban bueyes. Mientras tanto, mi hermano, de la Guardia Escocesa, que se había convertido en oficial de Estado Mayor encargado de los trenes, se desplazaba por la vía para hacer su trabajo en una vagoneta… ¡a la que había puesto un mástil y velas!
De camino a Belfast esbocé en media hoja de papel mis ideas para una fuerza de policía, calculando sus efectivos según la superficie, la población blanca y nativa, los centros mineros y las ciudades de cada zona. Lord Roberts dio su aprobación.
Pocos días después atravesaba el país para ver a lord Milner, el alto comisionado, en Ciudad del Cabo, porque la policía, como fuerza civil, tenía que estar bajo su autoridad.
En aquellos días de puentes volados, paradas de toda una noche, vías cortadas y «desvíos», el viaje en tren era muy largo; pero aproveché el tiempo para desarrollar el plan hasta el último detalle en muchas hojas de papel, con cálculos de personal, graduaciones, equipo, víveres, caballos, transporte, instrucción, distribución, servicios, financiación, servicio médico, alojamiento, etcétera, etcétera.
Para pasar el rato en un viaje largo, probad a planear una fuerza de policía: gana de calle a los rompecabezas y a los crucigramas.
Recibimiento en Ciudad del Cabo
Durante aquel viaje a través del país viví una experiencia maravillosa. En varios lugares donde paraba el tren había largas filas de campamentos de las líneas de comunicación, y los hombres se arremolinaban junto al tren para aclamarme. En un sitio llegaron a abarrotar el mismo vagón para estrecharme la mano, algo que, por cierto, volvería a pasarme más adelante en Rusia.
De pronto pareció entrarle a la multitud una especie de manía: cada hombre quería darme algo de recuerdo. Podía ser una pipa, un encendedor, una navaja vieja, dinero, cualquier cosa que llevara encima. Un buen amigo, al ver que tenía los bolsillos vacíos, se arrancó del pecho lo único que tenía: la cinta de una medalla. Todavía la conservo como un gran tesoro. ¡Bendito sea, quienquiera que fuese!
La víspera de mi llegada a Ciudad del Cabo me llegó el rumor de que me esperaba un trance agotador: el alcalde y la corporación municipal iban a recibirme en la estación. Para librarme de aquello, telegrafié a la Casa de Gobierno, donde tenía que presentarme, diciendo que por desgracia me había retrasado y que no podría llegar hasta uno o dos días después. Sabía que se lo comunicarían al alcalde, que aplazaría el recibimiento por lo menos hasta el día siguiente; y mientras tanto yo podría colarme sin que nadie me viera y sin que me «recibieran».
Así que, cuando el tren entró en la estación de Ciudad del Cabo, enrollé muy contento mi pequeño equipaje, dispuesto a ir a pie hasta la Casa de Gobierno con la ilusión de bañarme y desayunar. Pero, ¡santo Dios!, ¿qué era aquello? El andén era una masa humana que se agitaba como un mar, que se desbordaba hasta los techos de los trenes vecinos, y todos aclamaban y saludaban.
De lo que siguió solo guardo recuerdos confusos. Creo que se abrió un pequeño hueco en el que el alcalde pudo felicitarme con un breve discurso, y luego me subieron a hombros de una multitud rugiente que me sacó de la estación a la luz del sol de la calle Adderley. Lo que sí recuerdo es a dos tipos estupendos que me sujetaban por las costuras de los bolsillos para que no se me cayera el dinero. Y así me llevaron, más o menos cabeza abajo, a través de todo Ciudad del Cabo hasta la Casa de Gobierno. Allí me metieron y me dejaron caer sin miramientos en el vestíbulo.
El mayordomo, interrumpido de golpe en sus tareas, entró en escena y se encontró con una figura sucia y desaliñada, vestida de caqui, plantada allí, y con una multitud rugiendo a la puerta. Naturalmente, me miró como si fuera el cabecilla feroz de alguna revolución.
Pero un mayordomo británico no es nada si no sabe conservar la dignidad hasta en la peor de las crisis, así que me preguntó con toda calma qué deseaba. Yo estaba perdido. Comprendí que allí no me esperaban hasta el día siguiente y que en la Casa de Gobierno no habían avisado a la gente de mi mensaje. Lo único que se me ocurrió balbucear en aquel momento fue:
—¿Podría darme un baño, por favor?
Lord Milner aprobó mi plan y volví a Pretoria para ponerlo en marcha. Me alegraba de verdad tener aquel trabajo, porque mucho antes de la guerra había servido en Sudáfrica y había hecho amistad con los afrikáneres, los holandeses de Sudáfrica. Por eso me resultaba terrible verme en campaña contra ellos. Ahora mi deber iba a ser ayudar a pacificar el país y volver a tener con ellos un trato amistoso.
La Policía de Sudáfrica en la guerra: dificultades de organización
La Policía de Sudáfrica (South African Constabulary) se creó oficialmente el 22 de octubre de 1900, pero antes de esa fecha ya habíamos reclutado lo que sería el núcleo del Estado Mayor: un grupo de oficiales y de tropa procedentes de varias unidades en campaña. También absorbimos el pequeño contingente de policía local que se había organizado, por necesidad, a las órdenes del general Ivor Maxse.
El plan original de lord Roberts, trazado en septiembre de 1900, era tener para mediados de 1901 una fuerza de diez mil hombres a caballo que se hiciera cargo de las tareas de policía en el país.
Se me autorizó a reclutar en el ejército suboficiales y soldados hasta cierto porcentaje, así como a obtener de él caballos, transporte, ropa, víveres, equipo, atención a los enfermos, etcétera.
Todo muy bonito, pero casi desde el principio aquellos acuerdos empezaron a venirse abajo.
Lo que más necesitaba, como es lógico, eran oficiales especialmente preparados para organizar. Pero los que pedí —Godley, Alderson, Rimington, Kekewich, Pulteney y otros— no me los pudieron prestar. El coronel John Nicholson, del 7.º de Húsares, era el que quería sobre todo como mano derecha. Era comandante de la Policía Británica Sudafricana en Rodesia y en aquel momento servía como oficial de Estado Mayor en la columna que yo había entregado al general Plumer. Llegué a tenerlo, pero solo unos días: luego lo devolvieron al servicio militar. No conseguí recuperarlo hasta unos meses después. Entretanto tuve que arreglármelas lo mejor que pude con los oficiales que logré reunir.
Salvo en víveres y equipo, el ejército no pudo atender nuestras necesidades de ropa, hombres, caballos, transporte, etcétera. Más adelante se nos dijo que no pidiéramos esas cosas a los proveedores del ejército, porque ya trabajaban a toda máquina.
En consecuencia, tuvimos que encargarnos nosotros mismos de nuestro reclutamiento y del transporte por mar de hombres y caballos, de buena parte de su equipamiento y de organizar nuestro propio servicio médico y nuestros hospitales.
Además, a medida que pasaba el tiempo y la guerra no terminaba como se esperaba, cambió nuestro objetivo: de ser una policía, tuvimos que prepararnos, en formación y en organización, para ser una fuerza combatiente en campaña, que es harina de otro costal.
Como fracasé en mis intentos de conseguir oficiales del ejército, recurrí al campamento de depósito de Stellenbosch. Era una especie de purgatorio adonde se mandaba a los oficiales que habían sido responsables de algún «incidente lamentable» durante la campaña, y allí había un buen número de ellos arrinconados.
Pero yo creo que todo hombre comete un error alguna que otra vez en su carrera. Como dijo Napoleón: «El hombre que nunca ha cometido un error nunca ha hecho nada». Aquellos hombres ya habían cometido sus errores y, por tanto, eran los candidatos más indicados para no volver a cometerlos, así que me los llevé. No recuerdo haber tenido que lamentarlo ni una sola vez.
En cuanto se reconoció oficialmente la fuerza, llovieron las solicitudes para obtener un puesto de oficial, en tal cantidad que era difícil manejarlas. Se recibieron unas tres mil para solo trescientas plazas de oficial. Literalmente cientos de madres me suplicaron por carta que aceptara a sus hijos, y algunas consiguieron que amigos influyentes los recomendaran. Uno de mis oficiales tenía un trabajo a tiempo completo abriendo todas esas cartas, tomando nota de ellas y quemándolas.
Organizar, con un Estado Mayor sin experiencia, una fuerza de caballería grande y eficaz, preparada tanto para el trabajo militar como para el de policía, y tenerla formada en solo ocho meses, era sin duda una tarea ardua. Pero al mismo tiempo era la más interesante y alegre, porque la fuerza tenía que ser del todo autosuficiente, con sus propios servicios auxiliares: suministro de víveres, alojamiento, atención médica, pagas, transporte, caballos, investigación criminal… Y todo ello en campaña, con las dificultades de ir acampando de un lado a otro del país.
Se nos pidió que tuviéramos la fuerza completa y en campaña, si era posible, para junio de 1901. Pues bien, fuimos a buscar soldados y oficiales en cualquier lugar del Imperio donde pudiéramos encontrarlos: jinetes de Australia, granjeros de Nueva Zelanda, policías montados del Noroeste y vaqueros de Canadá, plantadores de la India y de Ceilán, miembros de la Real Policía de Irlanda y hacendados de Inglaterra.
Una gran dificultad era que, según nuestras maravillosas leyes del Imperio británico, no se nos permitía alistar a los hombres fuera del país en el que iban a servir. Así que, por ejemplo, nuestros oficiales de reclutamiento en Inglaterra examinaban a los candidatos y, cuando encontraban a los adecuados, les daban el dinero del pasaje para ir a Sudáfrica, y confiábamos en su palabra de que irían allí a alistarse. No creo que hubiera ni un solo caso de alguien que abusara de esa confianza.
En aquella época era frecuente un tipo de fraude para entrar en el ejército: hacerse pasar por otro. Por eso, en la Policía de Sudáfrica, cada recluta, al presentarse ante el oficial de reclutamiento, ponía su huella dactilar en su tarjeta de identidad. Con esa tarjeta lo llamaba después el médico militar, que le hacía «firmar» por segunda vez con su huella, y la comparaba con la primera para asegurarse de que se trataba de la misma persona. Cuando hacía la prueba de equitación, volvía a firmarla del mismo modo, y lo mismo en la prueba de tiro. Así le resultaba imposible conseguir que otro pasara las pruebas en su lugar, porque no hay dos hombres con las mismas huellas dactilares.
Además de este contingente británico, reclutamos unos seiscientos bóeres afines y dos mil zulúes para tareas de policía. Un grupo muy variado, pero de primera calidad.
Formación rápida de los hombres
Instalamos un centro de formación y un cuartel general en una fábrica de dinamita de Modderfontein, entre Johannesburgo y Pretoria. Allí empezamos a formar a nuestros hombres por tandas, a medida que llegaban, con nuestro método de grupos pequeños.
Otros métodos de formación, desde luego los habituales en el ejército, no habrían dado resultado en el poco tiempo de que disponíamos. Lo conseguimos haciendo que los hombres se formaran en gran medida a sí mismos, y el espíritu con que respondieron y los resultados que se obtuvieron nos abrieron los ojos a muchos de nosotros.
El secreto fue descentralizar la responsabilidad: se le dio a cada hombre, desde el comandante de división hasta el último cabo al frente de un grupo, la responsabilidad de su trabajo, y también el mérito o la culpa por sus resultados.
La disciplina nacía desde dentro, en lugar de imponerse desde fuera. Es verdad que muchos militares partidarios de la disciplina tradicional criticaron nuestro método de formación, sobre todo después de que dijera que no quería soldados veteranos en la Policía de Sudáfrica. Quería jóvenes inteligentes, capaces de usar su ingenio, a los que no se hubiera convertido en máquinas sin alma, solo capaces de actuar cuando reciben una orden directa.
(Por cierto, al estar en una fábrica de dinamita, podíamos dar a los hombres prácticas reales de colocación de minas. Esto tuvo consecuencias desafortunadas para el bóer de la zona que nos traía la leche, que llegó una mañana temprano, antes de que se hubieran desconectado los cables de las minas).

Instrucción práctica para la guerra
En Modderfontein enseñábamos a los reclutas a montar, a manejar el fusil y diversas tácticas; también a construir blocaos y trincheras, que levantaban alrededor de nuestro depósito, con rollos de alambre de espino y todo lo demás.
A pocas millas de Modderfontein, los bóeres se habían hecho fuertes en un kopje, una colina que les servía de base para sus reconocimientos y avances.
Para enseñar a nuestros reclutas táctica y maniobras de campaña, aquella posición resultó un blanco magnífico para nuestros ataques, porque daba a los muchachos una idea de lo que es entrar en acción bajo el fuego enemigo; así aprendían a cuidar la cabeza y a mantener la disciplina en condiciones reales de guerra.
Cuando habíamos avanzado lo suficiente, tocábamos «retirada» y practicábamos la retirada, y los bóeres se quedaban muy ufanos creyendo que nos habían derrotado.
Repetimos la jugada una y otra vez hasta que, al terminar nuestra estancia en Modderfontein, decidimos atacar de verdad y tomar la posición.
El disgusto de los bóeres al verse capturados no fue nada comparado con su rabia cuando les dijimos que hasta entonces los habíamos utilizado para que nuestros reclutas hicieran prácticas.
Nuestra organización
Tuve la suerte de contar con un grupo de oficiales de primera, procedentes de distintas ramas del servicio y de distintas partes del Imperio. Organizamos la fuerza en tres divisiones autosuficientes para el Transvaal y Suazilandia, y una cuarta para el Estado Libre de Orange. Cada división tenía entre dos y tres mil hombres, y cada una tenía su propia administración descentralizada.
Estas divisiones las mandaban, respectivamente, el coronel Edwards, de la 5.ª de Dragones de la Guardia, antiguo comandante de la Caballería Ligera Imperial; el coronel «Sam» Steele, el famoso jefe de la Policía Montada del Noroeste de Canadá; el coronel Fair, del 21.º de Lanceros, y el coronel Ridley, de los Fusileros de Northumberland, a quien más tarde sucedió el coronel Pilkington, que había estado en el 19.º de Húsares y en las fuerzas montadas de Australia.

El mayor Wilberforce, de Intendencia, mandaba el campamento de instrucción, donde se preparaba a los reclutas y a los caballos antes de enviarlos a las divisiones.
La remonta estaba a cargo del subteniente Mackenzie, que había sido mi oficial de transportes en Mafeking.
El servicio de veterinaria lo dirigía el mayor Sanderson, de Nueva Zelanda.