Lecciones de la universidad de la vida
Índice
Aa

Letra

Columnas

Tamaño

100 %

Interlineado

Márgenes

Modo de lectura

Lecciones de la universidad de la vida · 4. Espionaje y exploración

Jan Grootboom

«Tenía el valor de un hombre blanco bajo la piel de un hombre negro».

Esa fue la referencia con la que Jan llegó a mí en Rodesia. Era un zulú que había recibido cierta educación y tenía mucha y buena experiencia: había viajado y había tratado con europeos de la clase adecuada.

Aunque yo conocía Zululandia, era nuevo en Rodesia y no conocía a su gente, así que necesitaba un guía de confianza y un compañero de exploración.

Cuando hay que escoger a un hombre para un trabajo así, en el que tu vida va a depender de él y en el que, cosa también muy importante, a veces su vida va a depender de ti, la elección no puede hacerse a la ligera.

Es tan delicado como escoger un caballo o una esposa: dependen muchas cosas de ello.

Pero en mi caso no había tiempo para ensayos ni pruebas previas con aquellos hombres, y tuve que aceptar a Jan por su reputación y por lo que transmitía su cara. Y resultó que ambas cosas me convencieron, y nunca tuve que arrepentirme de mi decisión. La referencia que me habían dado de él lo describía con exactitud: demostró ser el hombre más valiente que he conocido.

Muchos jóvenes, en sus primeros viajes al extranjero, se apresuran demasiado a mostrar su «superioridad» y a mirar por encima del hombro al «negro». Los veteranos, que han compartido peligros y cacerías con los nativos, conocen sus virtudes y enseguida reconocen los puntos débiles de los recién llegados que los explotan.

Pero voy a hablaros de Jan Grootboom.

Para hacer nuestro trabajo, él y yo solíamos salir a caballo de nuestros puestos en cuanto caía la noche. Así podíamos recorrer las veinticinco millas de terreno con tiempo de sobra para estar cerca de la posición enemiga al amanecer y localizar sus campamentos observando las hogueras que encendían para preparar el desayuno.

En aquella tarea había mucho de Sherlock Holmes.

Una mañana, por ejemplo, nos costó bastante colarnos entre los puestos de vigilancia enemigos y, con ese retraso, no llegamos a la zona más peligrosa, cerca de su campamento principal, hasta que ya era de día.

En cuanto encontrábamos un buen escondite para nosotros y los caballos, nos turnábamos para examinar la posición enemiga.

Pero Jan no trepaba bien por las montañas, y como casi todo nuestro trabajo se desarrollaba en terreno rocoso, descubrí que con mis zapatos de suela de goma avanzaba más deprisa que él y, desde luego, como ya he contado, más deprisa que el enemigo.

En ese sentido, el enemigo llegó a conocerme bastante bien, y me pusieron el mote de «Impeesa», la bestia que se arrastra de noche.

Una noche nos acercamos sigilosamente a la fortaleza enemiga y esperamos a que encendieran las hogueras de la mañana para comprobar su posición. Al poco se encendió la primera, luego otra, y otra más.

Pero antes de que hubiera media docena encendidas, Jan gruñó de repente:

—¡Los muy brutos! Nos están tendiendo una trampa.

En ese momento no entendí qué quería decir, pero él añadió:

—Si esperas aquí, iré a echar un vistazo.

Se quitó toda la ropa, la dejó colgada de una mata y desapareció en la oscuridad prácticamente desnudo. Estaba claro que iba a hacerles una visita para ver qué pasaba.

Lo peor del espionaje es que te vuelve desconfiado hasta de tus propios amigos. Así que, en cuanto Grootboom se fue en una dirección, yo me arrastré en otra, llevándome los caballos, y me situé entre unas rocas, en un pequeño saliente desde el que tendría cierta ventaja si él tuviera intención de traicionarme y de traer a los matabeles para que me capturaran.

Pasé allí una hora o algo más, mientras salía el sol, hasta que por fin vi a Jan que avanzaba solo entre la hierba. Avergonzado de mis sospechas, me arrastré hasta él y lo encontré sonriendo satisfecho mientras volvía a vestirse.

Me dijo que, tal como esperaba, había encontrado una emboscada preparada para nosotros.

Lo que le había hecho sospechar era que las hogueras, en vez de encenderse a la vez en distintos puntos de toda la ladera, se habían ido encendiendo una detrás de otra, como si las prendiera un solo hombre que iba de una a otra.

Aquello le pareció sospechoso y supuso que el enemigo creía que tal vez anduviéramos por los alrededores y estaba intentando atraernos para que nos acercáramos a examinar el lugar.

Él se había acercado dando un rodeo, y desde allí había podido ver a un grupo de ellos tumbados en la hierba junto al camino que probablemente habríamos elegido para avanzar.

Pasó sin que lo vieran y, al llegar a un punto cercano a la fortaleza, volvió hacia ellos haciéndose pasar por uno más. Charlando con ellos, se enteró de lo que pensaban hacer con nosotros y también de sus planes para más adelante.

Al despedirse, caminó con toda tranquilidad hacia la fortaleza y, en cuanto lo perdieron de vista, se deslizó entre las rocas y volvió en silencio hasta donde yo estaba.

Un trabajo así, hecho a sangre fría y con la muerte segura si fallaba, exigía un valor de una clase muy elevada, más incluso que el del soldado que carga en el fragor de la batalla.

Jan arriesgó su vida de esa manera una y otra vez.

Cuando, al terminar la campaña, me marché de Matabelelandia, nos despedimos como verdaderos amigos.

Tres años después, en plena guerra de los bóeres, yo mandaba una columna en un rincón apartado del Transvaal cuando me avisaron de que un nativo quería verme.

Era Jan. Había viajado desde Matabelelandia atravesando territorio bóer y se había presentado en el campamento con un caballo espléndido, una mula muy buena, dos fusiles de primera y munición en abundancia.

Al encontrarnos, ninguno de los dos pudo hablar durante un momento, y algún desalmado nos hizo una foto. Los dos éramos, sencillamente, una enorme sonrisa.

Cuando le pregunté cómo se las había arreglado para llegar tan bien equipado, me contó que se había enterado de que yo estaba en el Transvaal y se había puesto en camino a pie para encontrarme; por el camino se había hecho con varios caballos del enemigo, además de fusiles y munición, que me enseñó con cierta satisfacción.

Cuando me fui de Sudáfrica, Jan entró al servicio de George Grey, el célebre cazador de leones y gran amigo mío. Lo sirvió bien y acabó muriendo al defenderlo. Al propio Grey lo mató más tarde un león.

Sí, Jan demostró ser un hombre blanco, aunque tuviera la piel negra.