Lecciones de la universidad de la vida · 10. Vida número dos
Rovers
Después de la guerra, en 1919, pusimos en marcha la rama mayor del Movimiento Scout, para los mayores de 17 años y medio, a los que llamamos Rovers. Esta rama fue tomando forma poco a poco bajo la dirección del coronel Ulick de Burgh, y promete cubrir una necesidad acuciante. Por eso escribí un libro titulado Roverismo hacia el éxito (Rovering to Success), en el que repetía mucho de lo que he contado al principio de este libro: «Siempre me ha parecido muy extraño que, cuando un hombre muere, se lleve consigo todo el conocimiento que ha adquirido a lo largo de su vida, mientras sembraba su semilla o cosechaba sus triunfos. Deja a sus hijos o a sus hermanos menores la tarea de recorrer todo el aprendizaje desde el principio, a base de su propia experiencia.
»¿Por qué no puede transmitírselo, para que empiecen con ese caudal de conocimientos y alcancen así, desde el principio, un nivel más alto de eficacia y de sensatez?».
En el libro advierto a los jóvenes sobre los diversos escollos con los que pueden toparse a lo largo de la vida, y que en general pueden resumirse en caballos, vino, mujeres, avaricia e irreligión.
El libro describe después la organización de los Rovers como una Hermandad del Servicio Alegre a los demás.
Roverismo hacia el éxito ha tenido una respuesta enorme, quizá mayor que la de Escultismo para muchachos, a juzgar por la gran cantidad de jóvenes a los que ha movido a escribirme personal y privadamente para pedirme más consejos.
He tratado todas esas cartas con absoluta confidencialidad y las he contestado yo mismo lo mejor que he sabido. Me han abierto los ojos sobre lo mucho que necesita el adolescente esa clase de consejos, pues muchos me han explicado que, como los habían dejado en la ignorancia, les daba vergüenza preguntar a sus padres o a sus pastores, pero que después de leer el libro habían acudido a mí porque se sentían comprendidos.
Esos muchos documentos humanos me han llegado directamente al corazón, porque resulta turbador descubrir que lo han adoptado a uno como padre confesor cuando, en persona, es un completo desconocido para ellos. Pero he aceptado su confianza.
Gilwell
En 1919, el señor De Bois Maclaren regaló a nuestra Asociación el terreno de Gilwell Park, junto al bosque de Epping. Su idea era ofrecer un campo de acampada de fácil acceso desde Londres para los niños más pobres; pero, al ver que en la finca había edificios adecuados, aceptó mi propuesta de convertirlo también en la Escuela de Formación de Jefes de Tropa, que yo consideraba el paso más importante en el desarrollo del Movimiento.
Se nombró jefe de campo, al frente de la formación, al capitán Frank Gidney, y no podía haberse hecho mejor elección.
Es sobre todo gracias a esta escuela y a su programa por lo que nuestros métodos se han entendido y aplicado bien, no solo en todo el Reino Unido, sino en todos los países del mundo, ya que las naciones extranjeras han enviado representantes a formarse en Gilwell para volver luego a sus países como organizadores del mismo sistema.
Administración
Hacia 1920, la mayoría de los países civilizados del mundo habían adoptado el Escultismo y habían organizado sus asociaciones, en general, según nuestras líneas. Con una expansión tan amplia se hizo necesario descentralizar nuestra administración todo lo posible.
El Cuartel General Imperial se dividió en departamentos que se ocupaban, respectivamente, de áreas como estas:
- Dominios británicos de ultramar
- Formación de responsables
- Países extranjeros
- Publicaciones
- Equipo
- Finanzas
- Asociaciones afines
- Rovers
- Lobatos
- Scouts Marinos
Cada departamento lo dirigía una persona escogida, capacitada para ese trabajo, que actuaba como voluntaria.
Crecimiento internacional
Después de la guerra se organizó en Londres una gran concentración de scouts para reunir a todas las naciones por medio del Escultismo y celebrar la paz. Era algo más grande que un rally, así que lo llamamos jamboree.
Muchas veces me preguntaron: «¿Por qué lo llamas así?». Y yo respondía: «¿Y de qué otra forma lo iba a llamar?».
Se celebró en Olympia y duró diez días. Asistieron unos doce mil muchachos, y vinieron para la ocasión delegaciones de muchos países extranjeros.
El espectáculo superó todas nuestras expectativas. No lo habíamos previsto, el espacio para el público era muy limitado y perdimos dinero; pero, al mismo tiempo, ganamos en prestigio.
El último día, los representantes de todos los países extranjeros se reunieron y me eligieron Jefe Scout Mundial, cosa que se anunció con un magnífico desfile de naciones, con trajes típicos y banderas. Fue un desfile maravilloso, al que dieron un toque teatral dos espléndidas damas que representaban a Britania y a Columbia. Se habló mucho de ello.
En mitad del desfile, en la pista, un muchacho estadounidense se adelantó y me trajo una silla tallada. Le pregunté para qué era y me contestó que para sentarme, así que me senté en ella allí mismo. El maestro de ceremonias y sus ayudantes se abalanzaron sobre mí desde varios lados y se llevaron al muchacho con su silla, como si yo estuviera desbaratando todo el espectáculo. Se consideró un obsequio no autorizado por parte del muchacho, que había tallado la silla para mí y había creído que era una buena ocasión para dármela.
En otra ocasión, viajando en tren de casa al campo, llevaba la correspondencia para leerla durante el trayecto, cuando me cayó un bombazo.
Una carta con las siglas «O.H.M.S.» (N. del T.: «On His Majesty's Service», «Al servicio de Su Majestad») tenía todo el aspecto incómodo de una notificación de impuestos, así que la dejé para el final. Cuando la abrí, vi que me anunciaba que el rey me había nombrado baronet.
Fue un bombazo porque era algo totalmente inesperado y, en lo que a mí respectaba, inmerecido, ya que la Organización Scout había sido para mí una alegría.
A unos les gusta el golf, a otros las carreras de caballos, y a mí me gustan los scouts. Pero que me premiaran y me concedieran honores por tener una afición iba más allá de lo que nunca había imaginado. No me quedé tranquilo hasta que comprendí que aquello era una señal de aprecio del rey por el trabajo voluntario de ese gran ejército de hombres que dedicaban su tiempo, su energía y, en cierta medida, su dinero a formar a los muchachos para que fueran buenos ciudadanos de su país.
India
Ese mismo año recibimos un telegrama de lord Chelmsford, virrey de la India, en el que nos invitaba a mi mujer, que era Jefa de las Girl Guides, y a mí a visitar aquel país y ayudar a poner en marcha como es debido a los Scouts y a las Guías.
No nos lo tomamos como una orden, pero fuimos, y resultó un viaje de un interés extraordinario y lo pasamos de maravilla. Encontramos unas seis organizaciones que se llamaban a sí mismas scouts, que trabajaban según unas líneas deficientes, muchas de ellas muy impregnadas de política y todas empeñadas en diferenciarse de las demás.
Visitamos muchos lugares del país y vimos grandes posibilidades, con tal de que se unieran y se consolidaran en una sola asociación.
Muchos de sus dirigentes tenían ideas totalmente equivocadas sobre algunas cuestiones, como el objetivo del Movimiento; pero, cuando se hablaba de esos asuntos con ellos, se mostraban dispuestos a atender a razones.
Finalmente, la señora Annie Besant, que encabezaba un grupo muy numeroso, aceptó unirse al Movimiento principal, y como ella gozaba en general del respeto de los indios, no cabía duda de que su decisión sería un ejemplo muy convincente para los demás.
Así que organicé un gran rally con todas las ramas del Movimiento, en el que la señora Besant debía salir al centro y pedirme que le tomara la Promesa Scout.
Con todo el dramatismo del que fui capaz, y de la manera más solemne, le pedí que repitiera después de mí las palabras de la Promesa Scout. En ese momento se me nubló la mente, pensé en otras cosas y, por primera vez en mi vida, ¡no fui capaz de recordar las palabras de la Promesa Scout! Fue un momento muy desagradable. Me sentí un completo tonto. Tragué saliva una o dos veces e intenté empezar, pero las palabras se me habían borrado.
Sin embargo, la señora Besant estuvo a la altura de las circunstancias. Con toda la habilidad de un apuntador de teatro, me dio el pie susurrándome las palabras, y yo las repetí en voz alta con tanto aplomo como si nunca las hubiera olvidado.
Después visitamos Birmania y Ceilán y, en el viaje de vuelta a casa, Egipto y Palestina, para ver a los Scouts y a las Guías de cada país.
Kandersteg
En 1923, nuestro Buró Internacional (N. del T.: nombre que se daba en aquellos tiempos a la Oficina Scout Mundial) adquirió un gran chalé en Kandersteg, Suiza, que se convirtió en albergue para los scouts de todas las naciones. Allí pueden alojarse grupos grandes o pequeños y hacer escalada o montañismo por la comarca. Tiene un entorno muy agradable y es un centro muy bien situado dentro de Europa. Nunca ha dejado de atraer a scouts de todos los países durante todo el año, y los muchachos de las distintas naciones conviven allí con un espíritu de amistosa camaradería.
Mortimer Schiff, una de las figuras que dirigían a los Boy Scouts of America, poco antes de morir aumentó las comodidades del lugar regalando un terreno cercano con capacidad para que acampasen dos mil muchachos.
Aquello dio un impulso tremendo al desarrollo del Escultismo internacional.
Scouts del Imperio
Ese mismo año, la Jefa Guía y yo fuimos invitados a Canadá por el Consejo Nacional de Educación. Visitamos nueve ciudades, en las que dimos charlas y visitamos a los Scouts y a las Guías.
En 1924 organizamos un Rally Imperial de Scouts en la Exposición Imperial de Wembley, para el que se preparó un campamento capaz de alojar a 12.500 muchachos. Vinieron de todos los rincones del Imperio, y otros 28.000 llegaron en tren de distintas partes del país, además de los scouts de la zona y de Londres.
Para hacerse una idea de cuántos eran, basta saber que el desfile, en columna de a cuatro, duró dos horas y cuarto.
La ocasión fue lo bastante importante para que el arzobispo de York hablara a los muchachos en un oficio especial de acción de gracias el domingo. Y lo fue también porque el príncipe de Gales, cuando le preguntaron si asistiría al campamento, no solo aceptó la invitación, sino que se ofreció a alojarse en él.
Después de ver el rally, cenó con los Scouters en su tienda y estuvo con los muchachos en el fuego de campamento de la noche. Cuando vio a los muchachos escoceses bailando un reel (N. del T.: baile escocés muy rápido), no pudo resistirse: saltó de su trono y se unió a la danza encantado.
Al retirarse a su tienda, después de una jornada agotadora, cuando debería haberse tomado un merecido descanso, me llamó para charlar largo y tendido sobre la caza del jabalí y los deportes en la India y en otros lugares.
Su Alteza Real tenía, sin saberlo, una guardia voluntaria de Rovers vigilando su tienda. Cuando lo dejé y me fui a la mía, uno de los Rovers vino a preguntarme qué debían hacer: el príncipe había salido a dar un paseo. ¿Debían seguirlo como escolta? Así lo hicieron, con discreción, y después informaron de que había ido a ver al granjero en cuyas tierras estábamos acampados y había charlado animadamente con él durante media hora antes de irse a dormir.
Al salir a la mañana siguiente, me encontré al príncipe ya preparado y, para mi satisfacción, rodeado de scouts, cada uno con su cámara, sacándole fotos informales.
Me había dicho que no quería más fotografías después de lo que había vivido el primer día, pero por lo visto se refería a los fotógrafos de prensa, porque con los muchachos estaba como en casa: parecía disfrutar posando para ellos, les aconsejaba dónde ponerse para tener mejor luz y cosas por el estilo.
Así se ganó el aprecio de estos amigos, y como venían de los rincones más apartados del Imperio, estableció con ellos un contacto personal de gran valor.
Sudáfrica
En 1925, mi mujer y yo visitamos los Estados Unidos y asistimos a la Conferencia Mundial de las Girl Guides, en la que se inauguró su Buró Mundial.
En otoño nos embarcamos rumbo a Sudáfrica para un viaje de inspección de los Scouts y las Guías. Nos llevó siete meses y fue una peregrinación de enorme interés, porque revivimos recuerdos, vimos los progresos y descubrimos las posibilidades futuras.
G.C.M.G.
A mi regreso a casa, el rey me sorprendió concediéndome la Gran Cruz de San Miguel y San Jorge.
Alguien me había contado que más de una vez —tres, según creo— me habían propuesto para la C.M.G. (Companion of St Michael and St George, o, como se la apodaba, «Colonial Made Gentleman») (N. del T.: «La Colonia hace Caballero») por los servicios prestados en Ashanti, Suazilandia y Matabeleland, respectivamente. Que me la denegaran despertó, como es natural, mi deseo de tener esa orden, aunque por regla general no me gustan las condecoraciones (y, en consecuencia, me he visto cargado de ellas). Pero la C.M.G. sí la ambicionaba. Y de repente me encontré investido con la Gran Cruz.
Escribí con toda franqueza al secretario privado del rey, que era amigo personal mío, contándole mi alegría y sus motivos, y creo que fue a enseñarle la carta a Su Majestad. No fue muy justo conmigo, pero, en cualquier caso, yo había expresado con sinceridad mi gratitud.
El Jamboree
En 1929 tuvo lugar el mayor acontecimiento de nuestra historia scout desde la fundación del Movimiento: abrimos un campamento para 50.000 scouts de todas las naciones en Arrowe Park, cerca de Birkenhead.
Con él, el Movimiento celebraba su mayoría de edad.
El verano de 1929 había sido un periodo excepcionalmente largo de sol y sequía hasta el día de la apertura del campamento, en que empezó a llover a cántaros, y siguió lloviendo los tres días siguientes.
Pero, aunque parecía que aquello iba a arruinar la ocasión, no fue así. Los muchachos lo superaron y hasta parecían disfrutar de la desventura y del barro. Fue la prueba más dura de su técnica de acampada, y pronto quedó claro que se habían formado como es debido, es decir, en la vida de campamento al aire libre.
No hubo enfermedades ni quejas, y se desarrolló una hermandad internacional que se extendió en gran medida entre los miles de muchachos de todas las naciones allí representadas.
El duque de Connaught inauguró el campamento. El príncipe de Gales asistió en representación de Su Majestad el rey. También visitaron el campamento numerosos personajes distinguidos, tanto extranjeros como británicos.
Una vez más, el príncipe quiso vivir en una tienda con los muchachos a pesar de la humedad, y una vez más aumentó su popularidad entre ellos.
Su Alteza Real me soltó un bombazo al anunciarme que el rey tendría a bien elevarme a la nobleza, como muestra de la aprobación de Su Majestad al Movimiento y a sus objetivos.
Este nuevo honor me abrumó, y durante un tiempo no supe decidirme a aceptarlo. Alegué en vano que no era yo, sino los miles de Scouters, quienes con su abnegado trabajo habían hecho del Movimiento lo que era.
A ese bombazo le siguió enseguida otro, de parte de los propios muchachos: el regalo de una caravana de acampada motorizada, de un retrato mío pintado por Jagger y, por último, aunque no menos importante, de un par de gemelos.
El motivo de esto último es que aquellos regalos eran fruto de una suscripción general en todo el Movimiento, de un penique por muchacho. Se organizó en el mayor secreto desde Dinamarca. Para averiguar qué clase de regalo me agradaría, se dirigieron a mi mujer y le pidieron que descubriera, sin que yo me enterase, qué era lo que más deseaba.
Un día me preguntó qué me gustaría más si me ofrecieran un regalo. Se lo agradecí con suavidad, pero le respondí que no necesitaba nada.
—Pero piénsalo otra vez —me dijo—; seguro que hay algo que te gustaría.
Reflexioné un momento y contesté:
—Sí, mis gemelos están pasados de moda; si quisieras regalarme un par nuevo, te lo agradecería.
Así que a su debido tiempo me regalaron los gemelos, y también la caravana y todo lo demás.
¡Qué regalo tan maravilloso, viniendo de un millón y medio de muchachos de todos los países! Y hecho, como uno tenía motivos para saber, con entusiasmo y con una lealtad de todo corazón a una idea. Lo hacía sentirse a uno humilde y muy poca cosa ante la inmensa posibilidad que se revelaba de traer la paz y la buena voluntad entre los hombres de las próximas generaciones de todo el mundo.
Aquí hay un camino para quien tenga el poder y la visión de recorrerlo. Nosotros, los scouts, en cualquier caso, pondremos nuestro granito de arena para alcanzar esa gran meta.
En el desfile final, al término de aquella noche maravillosa, los muchachos de las distintas nacionalidades se mezclaron y formaron una inmensa rueda: un gran círculo con filas de scouts dispuestas como radios desde el centro.
Mi papel, en el centro de la rueda, consistió en enterrar un hacha, el hacha de la guerra y de la mala voluntad, y después entregar al muchacho que encabezaba cada fila una flecha dorada, símbolo de la paz y la buena voluntad, para que pasara de mano en mano hasta llegar al jefe de cada contingente nacional, que la llevaría a su país, de modo que el mensaje del Jamboree llegara a todas las naciones y prosperara.
Pronuncié una breve exhortación en la que les pedí que llevaran este símbolo de paz y buena voluntad a todo el mundo, y que cada scout fuera un embajador del amor y la amistad ante todos los que encontrara a su alrededor.
Claro que, cuando uno intenta ser sublime, aparece lo ridículo. Dirigí mis palabras a todo el círculo, pero el muchacho que estaba justo delante de mí, y que por tanto recibía de lleno mis comentarios, parecía, como es natural, impasible. Supuse que sería un extranjero que no sabía inglés. ¡Luego me enteré de que era uno de los 50.000 muchachos, y era sordomudo! ¡Qué mala suerte!