Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida · 6. Matabeleland

Mashonaland

Justo cuando habíamos sofocado la rebelión de Matabeleland, estalló otra en Mashonaland, que puso en contra nuestra a unos veinte mil hombres, mientras que los blancos armados de la zona no pasaban de dos mil. Pero llegaron tropas regulares de la Colonia del Cabo, al mando del coronel Alderson, y en poco tiempo se dominó toda la sublevación, justo antes de la temporada de lluvias.

En esta campaña tuvimos ciento ochenta y siete muertos y ciento ochenta y ocho heridos, y, además, habían sido asesinados doscientos sesenta y cuatro blancos.

Al terminar la campaña, el general y yo viajamos con Cecil Rhodes desde Mashonaland hasta la costa. Al llegar a Umtali ocurrió un incidente curioso. El pueblo se había construido y poblado contando con que el ferrocarril de Beira pasaría por él en cuanto fuera posible, pero se había descubierto que ciertas dificultades técnicas impedían que la línea se acercara a menos de dieciocho millas.

Esto, como es natural, había molestado a los vecinos, y cuando llegamos le dijeron al señor Rhodes que pensaban pedirle cuentas por ello.

Él, sin embargo, resolvió el asunto a su manera, tan original como siempre. Fue llamando a su habitación a los propietarios, uno tras otro, les preguntó cuánto habían gastado en sus propiedades, les extendió un cheque por esa cantidad y los animó a instalarse en el nuevo poblado que se pensaba construir junto a la vía del tren.

Cuando vino a comer aquel día, Rhodes preguntó:

—¿Alguien quiere comprar un pueblo? Acabo de comprar este entero, con todas sus casas, hoteles, iglesias y cárcel. ¿Quién da más?

Adiós al 13.º de Húsares

Al volver a casa después de la campaña contra los matabeles, me reincorporé a mi regimiento, el 13.º de Húsares, en Dublín. Llegué de madrugada y fui a darme un baño. Al desnudarme, me quité del cuello un pequeño amuleto que me había dado mi criado irlandés, Martin Deilleon, cuando empecé la campaña el año anterior. Me había rogado encarecidamente que lo llevara, porque su sacerdote le había dado una bendición especial, y yo lo hice para tenerlo contento.

Como decía, me lo quité para ducharme y, al vestirme de nuevo, no pude encontrarlo por ninguna parte.

Esa mañana, cuando vi al viejo Deilleon, le conté la misteriosa desaparición, y no se sorprendió lo más mínimo; solo comentó que era de lo más natural. Me lo había dado únicamente para proteger mi vida durante la campaña y, una vez cumplida su misión, como es lógico, había desaparecido.

El caso es que nunca volví a verlo, aunque lo busqué por todas partes.

Llevaba con el regimiento el tiempo justo para comprarme un equipo nuevo cuando, de repente, ¡bum!, me cayó otro bombazo.

Por la campaña de Ashanti me habían concedido el grado honorario de teniente coronel, y por la de los matabeles, el de coronel. De modo que, aunque en el regimiento figuraba como mayor, por debajo del teniente coronel que lo mandaba y del mayor segundo jefe, por graduación estaba por encima de los dos, lo cual era un poco anómalo.

No había caído en ello hasta que un día el coronel me mandó llamar y me comunicó que me habían nombrado jefe del 5.º Regimiento de Dragones de la Guardia.

Aquello sí que fue un bombazo, pero intenté esquivarlo diciéndole al coronel:

—No quiero irme; prefiero quedarme en el regimiento.

Sin embargo, me explicó que, siendo coronel, me era imposible seguir donde estaba, así que tuve que marcharme.

Dejar mi viejo regimiento fue uno de los momentos más amargos de mi vida. Había servido en él veintiún años, los mejores de mi vida, y la marcha fue un gran desgarro, sobre todo la despedida, que resultó mucho peor de lo que esperaba.

Había acordado con mi criado escabullirme temprano, antes del desayuno; para que nadie se diera cuenta, él tendría un coche de alquiler esperándome en la puerta trasera de mi alojamiento, cargado con mi equipaje, para que pudiera irme sin ser visto.

Cuando todo estuvo listo, salí a hurtadillas por la puerta trasera y me encontré el coche con el sargento mayor del regimiento sentado en el pescante, la banda, que también estaba allí, los hombres de mi escuadrón tirando de largas cuerdas… ¡y el regimiento entero a la puerta del cuartel para verme salir!

Y así nos pusimos en marcha: la experiencia más abrumadora que he vivido. Lo último que vi del cuartel fueron sábanas agitándose en todas las ventanas, y aquella procesión de locos me acompañó por las calles de Dublín hasta dejarme en la estación entre gritos de despedida.

Gracias a Dios, unos años después se me permitió volver al regimiento como su coronel honorario, y así sigo, con más de cincuenta y seis años de convivencia con los viejos «Lillywhites» (N. del T.: tal vez sea el apodo por el que se conocía al regimiento).

El 5.º de Dragones de la Guardia

Los bombazos me habían ido cayendo uno tras otro. Nada más volver a casa de Ashanti me habían ordenado ir a Matabeleland, y ahora, apenas instalado otra vez en casa, recibía la orden de partir hacia la India.

Pedí que me concedieran un permiso, porque dos campañas tan duras seguidas lo dejan a uno algo cansado.

Pero me dijeron que se necesitaban con urgencia mis servicios en el 5.º, que debía ir de inmediato y que, en cuanto hubiera puesto en orden las cosas allí, podría pedir todo el permiso que quisiera.

Así que me fui.

Al poco de llegar a Meerut comprobé que, con un cuadro excelente de oficiales y suboficiales, no tendría ninguna dificultad para poner el regimiento en perfecto orden en cuanto ellos me conocieran a mí y yo a ellos.

No conozco en el mundo un trabajo tan delicioso como el de coronel de un regimiento, sobre todo si, como era mi caso con Sir Bindon Blood, tu general comprende tus manías.

Vi que tanto los oficiales como la tropa formaban un equipo de soldados muy responsables y bien formados, y entre todos pusimos en marcha varias líneas nuevas de formación para mejorar la eficacia. Fueron experimentos interesantes y provechosos, con resultados útiles.

Don de mando

El dominio del caballo era, naturalmente, el primer y gran objetivo de todo regimiento de caballería; pero, además, nosotros cultivábamos el «dominio de los hombres», algo que a veces se perdía de vista. Porque, aunque el caballo es, al fin y al cabo, un instrumento para llevar al hombre a la acción, lo que importa es el hombre: su preparación, su eficacia y su espíritu.

Un hombre solo puede dominar bien un caballo si le tiene cariño. Solo puede ser un buen soldado si le tiene cariño a la milicia. Del mismo modo, un oficial solo puede tener verdadero don de mando si les tiene cariño a sus hombres.

Por don de mando no me refiero a ser un negrero, sino a lo que hace el buen jinete con su caballo: tener a sus hombres en la mejor condición para combatir. Eso exige mantenerlos en forma y bien alimentados, y darles el espíritu que los mantenga alegres, despiertos y leales.

Cualquier tonto puede dar órdenes, pero para ser un buen jefe hay que tener don de mando.

Sabiendo por experiencia propia lo valioso que había sido para mí, de joven oficial, tener responsabilidades ante mi coronel, llevé ese principio hasta el final con los oficiales jóvenes del regimiento. Y al organizar a los hombres en pequeños grupos, la responsabilidad se repartía entre los suboficiales más jóvenes, que eran la columna vertebral de la disciplina y la eficacia.

Un coronel arroja a un joven oficial un fardo con la palabra «Responsibility»
El coronel me echa encima la responsabilidad

Cuando mandaba un escuadrón, me acostumbré, aunque iba totalmente en contra del reglamento, a recibir a cada hombre de mi escuadrón en privado, a solas en mi cuarto. Lo hacía sentirse a gusto ofreciéndole algo de fumar o invitándole a tomar el té conmigo y, charlando de cosas corrientes, lo animaba a contarme qué lo había llevado al ejército, cómo había sido su vida, cuáles eran sus ambiciones, quién era su familia, y así sucesivamente. De este modo se establecía un contacto cercano y amistoso con cada uno y, al invitarle a hacer confidencias, uno se ganaba su confianza.

Así descubrí hasta qué punto, sorprendente, tenían en cuenta las opiniones y los sentimientos de sus padres.

Estoy absolutamente convencido de que es el trato personal entre los oficiales y cada uno de sus hombres lo que lleva a una disciplina más fuerte, la disciplina que nace de dentro, mucho más que cualquier disciplina impuesta desde fuera por el reglamento o por miedo al castigo.

La fiebre tifoidea estaba causando estragos entre las tropas de Meerut. Después de revisar todas las instalaciones sanitarias del cuartel, incluido el abastecimiento de agua y todo lo necesario para mantener las moscas fuera de la cocina y esta impecablemente limpia bajo vigilancia, llegué a la conclusión de que quizá los hombres se contagiaban al comprar comida en las tiendas de los nativos.

Así que un día reuní al regimiento y le sugerí que, a modo de experimento, se abstuvieran durante unas cuantas noches de ir al bazar de los nativos, para ver si eso influía en la salud general del regimiento.

Les expliqué que no quería dar una orden general al respecto, porque trataba con hombres sensatos y no con niños, y dejé el asunto en sus manos.

Unos días después, un hombre ingresó en el hospital muy enfermo, pero no sabía decir cómo se había contagiado. Luego se supo que había ido al bazar, en contra del deseo general del regimiento, y el regimiento, en consecuencia, le hizo saber su disgusto.

Sin embargo, el resultado del experimento parecía indicar que íbamos por buen camino, así que montamos por nuestra cuenta una panadería, a cargo de un sargento que había sido pastelero y sabía hacer toda clase de delicias.

También teníamos nuestra propia fábrica de agua mineral y de limonada, y abrimos una cantina de refrigerios donde los hombres podían tomar comidas ligeras a cualquier hora y cenas calientes por la tarde.

Además, en contra del reglamento, permití que los hombres tomaran una pinta de cerveza (N. del T.: medida de capacidad inglesa que equivale aproximadamente a medio litro) con las comidas si les apetecía, de modo que ya no tenían que hacer su peregrinación habitual a la cantina y quedarse allí holgazaneando y bebiendo en la barra.

Por cierto, el encargado de la cantina, un sargento, vino a verme un día para decirme que en toda la jornada no había ido ni un solo hombre y que, por tanto, en adelante podría arreglárselas con un ayudante en lugar de dos. Para celebrarlo, le regalé un par de guantes blancos.

También pusimos en marcha una lechería del regimiento, con nuestro propio rebaño de vacas y un sargento encargado de garantizar una limpieza escrupulosa. Hacíamos nuestra propia mantequilla y esterilizábamos la nata y el queso. Esta industria prosperó mucho: venía gente de fuera a comprarnos leche y mantequilla.

La leche india da una mantequilla muy pálida, así que solíamos añadirle un poco de azafrán para darle un aspecto cremoso. Un día se volcó el bote de azafrán y la mantequilla salió de un amarillo intenso. Aquello conquistó a muchos clientes, que pedían más y más de aquella preciosa mantequilla amarilla, y tuvimos que ser generosos con el bote de azafrán; eso sí, subimos dos peniques el precio de la libra de mantequilla, que era exactamente la misma, no porque el azafrán fuera muy caro, sino porque les gustaba… bueno, ya sabes lo que eso significa.

Pero lo más importante de nuestra lechería fue que las enfermedades en el regimiento se redujeron notablemente. Y nos dejó en buen lugar cuando, a final de año, presentamos nuestros informes sobre el número de delitos, etcétera: no hubo ningún caso de embriaguez y solo faltas menores. Esto inquietó a las autoridades del Ministerio de la Guerra, que comunicaron a nuestro general que, sin duda, el regimiento estaba ocultando hechos.

Nuestro general, que estaba totalmente de acuerdo con nuestras medidas internas, escribió al ministerio diciendo que, si el regimiento ocultaba sus delitos, no podía ocultar sus muertes, y que estas eran muy inferiores a las de los demás regimientos, en los que la tifoidea se estaba cobrando gran número de víctimas.

Daba la casualidad de que yo llevaba un registro de los casos de tifoidea a medida que se producían: anotaba en qué barracón había aparecido el caso, si estaba techado con paja o con teja, a qué altura se encontraba sobre el suelo, de qué dirección le daba el viento, etcétera. Podría parecer una tontería, pero, en el corto plazo de dos años, empezábamos a obtener datos concluyentes; y cuando nos marchamos de Meerut, el general envió estos informes a los oficiales médicos para que continuaran el trabajo.

Exploradores del regimiento

Puse en marcha en el regimiento un sistema de organización y formación de exploradores que con el tiempo adoptó todo el ejército.

Obtuve autorización del Estado Mayor para que los hombres que se habían tomado la molestia de completar la formación llevaran en el brazo una insignia que los distinguiera como exploradores. Para ello elegí la flor de lis, que señala el norte en la brújula, porque un explorador es el hombre capaz de mostrar el camino, como la aguja de una brújula.

Más tarde, lord Haldane me informó de que este sistema de exploradores se había adoptado en todo el ejército y de que, para animar a los hombres que aprobaran el examen de explorador, recibirían una paga extra de dos peniques al día.

Yo le aseguré que dos peniques al año, gastados en una insignia, serían un truco más barato. Los hombres hacen mucho por una insignia: somos criaturas vanidosas.

Un soldado desfila orgulloso señalando la insignia de su brazo
La vanidad de las insignias

Nuestros exploradores trabajaban mucho más de noche que de día. Para que los hombres hicieran prácticas, conseguí permiso para que participaran en las maniobras del ejército en Attock. Tenían que moverse con sigilo, porque estas maniobras se desarrollan por completo en la montaña. Las compañías de patanes de los regimientos indios fueron enviadas a hacer de enemigo con sus propios métodos de combate, que a veces se acercaban mucho a la realidad.

Guerreros armados con espadas y fusiles avanzan por una cresta rocosa
Muy cerca de la realidad

El primer día, mis exploradores se quedaron muy asombrados al ver que las operaciones se suspendían al caer la noche, y el general en jefe se sorprendió igualmente cuando le dijeron que la noche era justo el tiempo que necesitaban para hacer su trabajo. Hasta entonces él había pensado que la noche era para que sus hombres descansaran, pero, por sugerencia de ellos, le pareció bien concederles algunas noches para operar. Después expresó su asombro y su satisfacción por el trabajo de reconocimiento que habían hecho los exploradores y por la buena información que habían conseguido. También le pareció bien que fueran independientes: que llevaran en la mochila todo lo que necesitaban y que se cocinaran ellos mismos la comida cuando y como les hiciera falta.

Además de los exploradores, formamos también a mensajeros que usaban las bicicletas del Regimiento. Así se desplazaban deprisa y en silencio, y ahorrábamos mucho esfuerzo a los caballos.

Naturalmente, cada explorador tenía que ser capaz de cruzar los ríos a nado con su caballo.

Jinetes cruzan un río a nado con sus caballos
Caballos nadando