Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida

10. Vida número dos

Los Boy Scouts y las Girl Guides

Y entonces empecé mi segunda vida en este mundo.

Dejé definitivamente el Ejército en 1910. Me había asentado como buen ciudadano, nombrado guardián de la Compañía de Merceros, el gremio de los comerciantes de telas (nota: un mercero, como un poeta, nace, no se hace). El Movimiento de los Boy Scouts había echado a andar por sí solo y se abría camino a lo largo y a lo ancho del mundo.

Pensé que esta sería la obra más grande de mi vida, y era a la vez la más fácil, porque todos los que estaban relacionados con ella, con su entusiasmo, me salían al encuentro más allá de la mitad del camino.

En 1912 todo marchaba bien y sin tropiezos cuando, de repente, me cayó una especie de bomba en el estómago.

Doble problema

Ocurrió de esta manera. Durante mi primera vida había estado tan ocupado que apenas tenía tiempo libre para pensar en cosas tan extraordinarias como el matrimonio. De hecho, mi mejor amigo, «Ginger» Gordon, del 15.º de Húsares, me describía como un solterón empedernido. Cuando yo le decía que no tenía ganas de casarme y que no creía que hubiera nadie dispuesto a casarse conmigo, él me miraba un rato con sorna y luego soltaba, con la carcajada del que sabe de lo que habla: «Ya caerás de cabeza el día que menos te lo esperes, muchacho».

Y así fue.

Al estudiar el arte del rastreo, practiqué también el de deducir el carácter de las personas por sus huellas y su forma de andar. Los rastreadores nativos de todo el mundo leen en las huellas el carácter, además de las acciones y las intenciones de quien las ha dejado. Por ejemplo, los dedos de los pies vueltos hacia fuera indican que uno es mentiroso; la huella del talón hundida hacia fuera, que es aventurero, y así sucesivamente.

En estas investigaciones llegué a la conclusión, por ejemplo, de que alrededor del cuarenta y seis por ciento de las mujeres pisaban con decisión con un pie y con indecisión con el otro, es decir, que tendían a actuar por impulsos.

Por eso, cuando di con una huella prometedora, me llamó la atención.

Una vez me fijé en una muchacha a la que no conocía de nada y cuya cara ni siquiera había visto. Pisaba de un modo que revelaba sinceridad, determinación y sentido común, además de espíritu de aventura.

Me fijé también en que llevaba un perro de aguas.

Esto ocurrió cuando todavía estaba en el Ejército, cerca del cuartel de Knightsbridge. No volví a pensar en ello.

Dos años más tarde, a bordo de un barco en el que viajaba a las Indias Occidentales, reconocí la misma forma de andar en una compañera de viaje. Cuando nos presentaron, supuse que vivía en Londres. Me equivoqué: mi deducción había fallado, porque vivía en Dorsetshire.

—Pero usted tiene un perro de aguas, marrón y blanco.

—Sí —contestó, sorprendida.

—¿Y no estuvo usted en Londres, cerca del cuartel de Knightsbridge?

—Sí, hace dos años.

Así que nos casamos y vivimos felices para siempre.

Así empezó mi segunda vida, y también, con ella, los Boy Scouts y las Girl Guides.

El origen de los Boy Scouts y de las Girl Guides

La notoriedad que me cayó encima por el afán del público de tener un héroe al que ensalzar durante la guerra de los bóeres me causó cierta inquietud. Había sido todo tan inesperado, tan inmerecido y tan poco buscado…

¿Podía haber detrás de todo aquello algún propósito más alto? ¿Era una llamada para mí? ¿Podía aprovecharse para un buen fin? Y, si era así, ¿qué debía hacer yo?

Esas eran las preguntas que me rondaban.

Empezaron a responderse por sí solas gracias a las cartas que me llovieron, mientras todavía estaba en Sudáfrica, entre 1901 y 1903, de niños y niñas de distintas partes del Imperio. Sin proponérmelo, había captado su atención y estaba en contacto con ellos.

Un día, lord Allenby se llevó la sorpresa de encontrar a su hijo pequeño y a la institutriz encaramados en lo alto de un árbol para tenderle una emboscada.

Una institutriz y un niño encaramados a las ramas de un árbol
La institutriz, subida al árbol

La señora le explicó que venía de la Casa de Educación de Miss Mason, donde la habían formado con mi libro Ayudas para el escultismo (Aids to Scouting), escrito para soldados, que allí se usaba como libro de texto para enseñar a observar y deducir.

Fue la primera indicación seria que tuve de que el escultismo tenía valor educativo.

Ahí parecía haber una oportunidad de hacer algo, si supiera qué había que hacer para aprovecharla mientras el hierro estaba todavía caliente.

Así que a las muchas preguntas y a las peticiones de mensajes de asociaciones juveniles respondí con los consejos y sugerencias que podía darles en mi escaso tiempo libre allí, y por lo general los basaba en las prácticas de los exploradores y de los hombres de los bosques, porque eran los héroes de los chicos.

Sobre el tabaco, por ejemplo, escribí:

«Un scout, o cualquier hombre cuya vida dependa de tener los nervios bien templados, buen fuelle y la vista o el olfato en perfecto estado, no debe, por regla general, entregarse al tabaco, porque sabe que perjudica todo eso. Por esa razón, el scout americano mayor Burnham no fuma, y el gran cazador africano F. C. Selous tampoco.

Fumar hace más daño cuando uno es joven que cuando es mayor. Por eso, un muchacho, si no es tonto, evitará fumar, por si algún día lo llaman para trabajar como scout o en otras tareas en las que necesite la cabeza despejada y los nervios firmes».

Escribí docenas de cartas así, sobre este y otros asuntos en los que los muchachos me pedían consejo, y eso me hizo ver que estaban deseando tener un guía y dispuestos a seguirlo.

Así que fueron ellos quienes me dieron a mí esa guía que puso fin a mi vida de soldado y me llevó a mi segunda vida en 1910.

Una necesidad nacional: formar el carácter

Como ayudante y como jefe de unidad, pasaron por mis manos cientos de jóvenes reclutas.

Eran el resultado típico de la educación corriente de nuestras escuelas.

La educación solo puede juzgarse por sus resultados, no por sus métodos, por buenos que sean.

Es algo que con frecuencia se pierde de vista.

Esos resultados eran jóvenes estimables, que sabían leer y escribir, educados y dóciles a la disciplina, que enseguida se convertían en soldados de desfile de aspecto despierto, pero sin personalidad ni fuerza de carácter, y menos aún con recursos, iniciativa o agallas para la aventura.

Las condiciones de la vida moderna, con su artificialidad, los estaban convirtiendo en miembros de un rebaño, con todo hecho para ellos y con el fetiche de «la seguridad ante todo» delante de los ojos.

Hablo, claro está, de hace veinte años. Cabe esperar que desde entonces la educación haya mejorado, y creo que así es, porque prepara a nuestros chicos y chicas menos para aprobar cursos o exámenes y más para aprovechar al máximo su vida como ciudadanos.

Pero hoy la educación tiene que hacer frente a nuevas dificultades: un instinto gregario cada vez mayor, las enseñanzas indeseables de una prensa dominical sensacionalista, los cines inmorales, el fácil acceso a placeres baratos y malsanos, y el juego y las apuestas.

Con la expansión moderna de pueblos, ciudades y fábricas, de grandes carreteras asfaltadas y de líneas de telégrafo, de teléfono y eléctricas que cubren el país, la civilización está alejando la naturaleza cada vez más del alcance de la mayoría. Así, la conciencia de sus bellezas y maravillas, y de nuestro propio parentesco con ella como criaturas de Dios, se está perdiendo en la vida materialista de la multitud, con sus deprimentes condiciones de trabajo y su búsqueda desenfrenada del placer entre los sórdidos ladrillos y el mortero levantados por el hombre.

Lo artificial está ahogando lo natural en nuestra vida. Con los coches, las bicicletas y los ascensores, nuestros miembros, igual que nuestra mente, se atrofiarán por falta de ejercicio, y nuestros hijos desarrollarán el cerebro en lugar de los músculos.

El valor educativo de la formación scout en el Ejército

Pues bien, al formar a nuestros muchachos en el Ejército para hacer de ellos soldados, teníamos que remediar algunas de las carencias de su carácter y suplir las lagunas de su educación, desarrollando las diversas cualidades necesarias para hacer de ellos hombres de confianza. Teníamos que inculcarles muchas cualidades que no aparecen en los libros de texto, como el valor personal, la inteligencia, la iniciativa y el espíritu de aventura. Y no lo hicimos mediante la instrucción militar ni con órdenes impuestas, sino con una vuelta a la naturaleza y a la vida en los bosques, llevando al hombre lo más atrás posible, hacia el hombre primitivo: enseñándole a rastrear, a orientarse en el campo, a observar de noche y de día, a acechar y a esconderse, a improvisar refugios, a procurarse la comida y a valerse por sí mismo.

El programa resultó tan atractivo para aquellos jóvenes que no faltaban voluntarios para la formación.

Una señal notable de su popularidad fue que, mientras antes perdíamos a muchos jóvenes por deserción, a causa del aburrimiento de la vida de cuartel y de la instrucción continua, ahora apenas se daban casos.

Los resultados de la formación que dábamos a los hombres pronto nos mostraron que, además de la habilidad y el valor de los exploradores del Ejército, había surgido de paso algo más. Se veía que habían ganado orgullo por su trabajo, confianza en sí mismos y sentido de la responsabilidad, además de ser dignos de confianza, entre otras cualidades que los situaban en un nivel más alto de hombría, respeto por sí mismos y lealtad.

La aplicación de la formación scout a la formación de ciudadanos

Durante el sitio de Mafeking, a lord Edward Cecil, mi jefe de Estado Mayor, se le ocurrió utilizar a los muchachos del pueblo para sustituir a los hombres que hacían de ordenanzas, mensajeros, etc., y dejar a estos libres para su servicio en las trincheras.

Los muchachos se organizaron en un cuerpo a las órdenes de uno de ellos, el cabo Goodyear, y cumplieron sus tareas de forma satisfactoria en todos los sentidos y con muy buena suerte, incluso bajo el fuego enemigo.

La conciencia con que hacían su trabajo me abrió los ojos: si se les daba responsabilidad y se confiaba en ellos para que hicieran su trabajo, los muchachos podían ser tan de fiar como los hombres.

Para mí fue una lección importante.

En 1904, a raíz de estas experiencias, esbocé algunas ideas para formar a los muchachos siguiendo el modelo de los exploradores del Ejército.

En 1905, sir William Smith me invitó a pasar revista en Glasgow a su Boys' Brigade (Brigada de Muchachos) con motivo del vigésimo primer aniversario de su fundación.

Cuando vi aquella espléndida concentración de unos seis mil muchachos y supe lo extendido que estaba su movimiento, descubrí otro rasgo de los muchachos: acudirían en masa, por millares, de buena gana, para que los formaran, siempre que la formación les resultara atractiva.

Y descubrí también que había cientos de adultos dispuestos a sacrificar su tiempo y su energía para formar a esos muchachos.

Esto era algo que ninguna teoría habría podido predecir.

Cuando sir William me dijo que tenía nada menos que cincuenta y cuatro mil muchachos en la Brigada, lo felicité por el magnífico resultado de su trabajo. Pero enseguida se me ocurrió comentarle que, en vista del número de muchachos que había en el país, después de veinte años podría tener diez veces más, siempre que el programa que les ofreciera fuera lo bastante variado y atractivo.

Me preguntó cómo podía hacerlo más atractivo, y le conté que la exploración había demostrado su popularidad entre los jóvenes de la caballería, y que algo parecido podría atraer igual a los muchachos, cambiando sus objetivos de guerra por otros de paz, si se basaba en el desarrollo del carácter, la salud y la hombría, que eran tan necesarios para los ciudadanos como para los soldados.

Estuvo de acuerdo de todo corazón y me sugirió que escribiera un libro para muchachos con las ideas de Ayudas para el escultismo.

Así que, en los pocos ratos libres que me dejaba mi trabajo de inspector general de la caballería, me puse a dar forma a mi idea. Parecía que el trabajo me estaba esperando, porque la detestable notoriedad que había adquirido podía servir ahora para algo.

Un muchacho desaliñado, con las manos en los bolsillos
Material para el escultismo

La casualidad, o el destino, quiso que por aquella época coincidiera con sir Arthur Pearson, y descubrí en él una sensibilidad discreta para escuchar y comprender a los muchachos con problemas y a los jóvenes, unida a un patriotismo entregado.

Era el hombre que yo buscaba, y le confié mis ideas sobre la nueva formación para los muchachos. Enseguida me dio su apoyo personal y la ayuda de su equipo, del que salió quien desde entonces hasta hoy ha sido mi mano derecha, sir Percy Everett.

Antes de sacar el libro que tenía pensado, puse a prueba mi plan con un campamento para ensayar el programa.

La señora Van Raalte me invitó a usar con ese fin su isla, Brownsea, en el puerto de Poole, porque yo buscaba con impaciencia un sitio para acampar lejos de la prensa, de los periodistas y de otros «bichos», donde pudiera experimentar sin interrupciones.

Así que hice el experimento con muchachos de todas las clases y condiciones, todos mezclados.

Conseguí lo que pretendía y publiqué Escultismo para muchachos (Scouting for Boys).

El armazón

Para construir un plan, sea una charla, un libro o un movimiento, tienes que:

  1. Fijar con claridad los objetivos.
  2. En un movimiento para muchachos, lo siguiente imprescindible es hacerlo atractivo para ellos.
  3. Después, idear un código de conducta.
  4. Por último, crear una organización adecuada, con jefes competentes.

Objetivo. Nuestro objetivo era elevar el nivel de la futura ciudadanía, sobre todo en lo que se refiere al carácter y la salud. Había que pensar en los puntos débiles de nuestro carácter nacional y esforzarse por erradicarlos, sustituyéndolos por las virtudes contrarias, en aquello que las escuelas corrientes no estaban en condiciones de hacer. Así, las actividades al aire libre, los trabajos manuales y el servicio a los demás pasaron a primer plano en nuestro programa.

Atracción. Todo el programa se planteó como un juego educativo, una diversión en la que el muchacho se viera llevado, sin darse cuenta, a educarse a sí mismo. ¿Cómo llamarlo? Hubo muchos nombres. Si lo hubiéramos llamado por lo que era, algo así como «Sociedad para la Propagación de Cualidades Morales», a los muchachos no les habría interesado lo más mínimo. Pero llamarlo Scouting (N. del T.: escultismo y exploración) y hacerles sentir scouts en ciernes era harina de otro costal. Su instinto natural de «pandilla» quedaría satisfecho al hacerse miembros de una «Tropa» y de una «Patrulla». Dales un uniforme que ponerse, con insignias que ganar y lucir a medida que avanzan en el Escultismo, y ahí lo tienes.

La palabra «scout» permitía apelar a su admiración por los héroes: el hombre de los bosques, el explorador, el cazador, el marino, el pionero o el hombre de la frontera.

Búfalo Bill, un scout y un explorador indígena norteamericano, de pie
Hombres de la frontera: Búfalo Bill con un scout y un explorador piel roja (copiados de una fotografía)

Cualquier muchacho de ciudad podía hacerse un poco hombre de los bosques mediante el acecho, el rastreo, la acampada, la construcción de estructuras, la cocina de campamento, el conocimiento del bosque y otras actividades al aire libre.

Todas estas actividades podían resultarle atractivas y, al mismo tiempo, debían desarrollar su salud, sus recursos, su inteligencia, su habilidad y su energía.

Código. En aquel tiempo, las novelas de caballeros medievales atraían a los muchachos y, además, apelaban a su sentido moral. El código de la caballería incluía el honor, la disciplina personal, la cortesía, el valor, el sentido del deber y del servicio, y la guía de la religión. Estos y otros valores se aceptarían fácilmente si se incluían en una ley para los scouts.

Un caballero con armadura, arrodillado
Era en verdad un gentil caballero

La Ley Scout. Por eso la Ley Scout no se redactó como una lista de noes. Las prohibiciones suelen invitar a saltárselas, porque son un desafío para cualquier muchacho u hombre de sangre caliente.

Al muchacho no se le gobierna con noes, sino que se le guía con haz. Por lo tanto, la Ley Scout se concibió como una guía para sus actos, más que como un instrumento para reprimir sus faltas. Sus artículos describen, más bien, lo que es adecuado y lo que se espera de un scout (N. del T.: en inglés, cada artículo de la Ley Scout empieza con las palabras «A Scout», «Un scout»; no ha sido posible conservarlas en la traducción):

  1. El honor del scout es ser digno de confianza.
  2. El scout es leal.
  3. El deber del scout es ser útil.
  4. El scout es amigo de todos.
  5. El scout es cortés.
  6. El scout es amigo de los animales.
  7. El scout obedece las órdenes.
  8. El scout sonríe y silba ante cualquier dificultad.
  9. El scout es ahorrador.
  10. El scout es limpio en pensamiento, palabra y obra.

La Promesa. Una carta que recibí en 1902 de un muchacho pequeño me hizo ver que un chico pone mucho cuidado en cumplir lo que promete, cuando hace una promesa. (Me gustaría saber si aquel corresponsal desconocido sigue vivo hoy en día).

Esto es lo que me escribió: «Te prometo con todo mi corazón no tocar nunca las bebidas fuertes ni fumar. Y si tú eres un soldado valiente, yo seré igual que tú. Tu amigo H..., Halifax, Nueva Escocia».

Por eso pedí a los scouts una Promesa breve y solemne, más fácil de cumplir que un juramento, por la que se comprometían a HACER TODO LO POSIBLE POR:

  • Cumplir sus deberes para con Dios y el Rey. (Nota: no se trata solo de ser leal, que es un estado de ánimo, sino de hacer algo).
  • Hacer cada día una buena acción a alguien (es decir, el deber para con los demás).
  • Obedecer la Ley Scout.

Scouts Marinos. En mi niñez, mis hermanos me hicieron trabajar de lo lindo como marinero a bordo de varios yates pequeños que tuvimos en una época u otra, y así comprendí el extraordinario valor de esta formación.

Desarrolló en mí varias cualidades que ninguna formación en tierra habría podido producir en la misma medida.

Además de fortalecer la salud, familiariza al muchacho con los peligros y los incidentes del mar, propios de la navegación con cualquier tiempo, y le exige valor y prudencia, junto con disciplina, confianza en sí mismo y recursos; todo lo cual contribuye a hacer de él un hombre.

En estos tiempos modernos de mimos excesivos y de culto a «la seguridad ante todo», los Scouts Marinos pueden aportar algo de la dureza tan necesaria en la formación del hombre moderno.

Así que creamos en el Movimiento una Rama de Scouts Marinos, que, casualmente, demostró su valía cinco años después, cuando el país se vio envuelto en la Gran Guerra.

Un scout marino rema de pie en una barca
Scout marino

El Movimiento pudo responder a la llamada del Gobierno y se hizo cargo de la vigilancia de las costas, de modo que los guardacostas quedaron libres para prestar servicio a bordo.

Organización. Al principio, los Boy Scouts se organizaron en Tropas de unos treinta y dos muchachos, subdivididas en Patrullas de ocho.

Al cabo de algunos años, por razones psicológicas, se dividieron en tres ramas, más o menos según la edad:

  • Lobatos, de 8 a 11 años, en Manadas formadas por seisenas, cada una al mando de un muchacho.
  • Scouts, de 12 a 17 años, en Tropas formadas por Patrullas de seis a ocho, cada una al mando de un muchacho.
  • Rovers, a partir de los 17 años y medio, en Clanes formados por Patrullas al mando de un jefe.

Las tres ramas del Grupo dependen del Jefe de Grupo.

Conviene que la Manada o la Tropa no pase de 32 miembros. Propongo esa cifra porque, cuando yo formaba a muchachos, descubrí que unos 16 era lo más que podía atender si quería conocer a cada uno y formar su carácter individualmente. Admito que otras personas pueden ser capaces de atender al doble que yo, y de ahí sale el total de 32.