Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida · 8. La Policía de Sudáfrica

El rey Eduardo y Sudáfrica

Después de firmada la paz, se preguntó, y se ha seguido preguntando desde entonces, si, en justicia para todas las partes, los británicos no se precipitaron un poco al poner el gobierno del país en manos poco preparadas.

El rey Eduardo, que veía esta cuestión con simpatía pero desde lejos, cuando Winston Churchill le explicó en 1906 la propuesta de autogobierno de Campbell-Bannerman para Sudáfrica, le dijo que «esperaba que las fervientes esperanzas de Churchill se cumplieran. Pero le rogaba que recordara que era un país recién conquistado, y no una colonia ya establecida que aspirara al autogobierno, y que le parecía algo arriesgado para la supremacía británica conceder el autogobierno prematuramente».

«¿Cuál será el desenlace final? —continuó Su Majestad, en tono profético—. ¿Serán los británicos o los bóeres quienes tengan la mayoría?».

Instó a Churchill a anteponer su país a su partido al decidir en estos asuntos.

Cuando el señor Asquith propuso a lord Gladstone para suceder a lord Selborne como alto comisionado, el rey Eduardo escribió: «¿No hay nadie mejor? ¿Se ha consultado a los dirigentes de Sudáfrica?».

El 19 de octubre de 1907, el Gobierno del Transvaal regaló al rey Eduardo el diamante Cullinan «como muestra de la lealtad y el afecto del pueblo del Transvaal a la persona de Su Majestad y al trono».

¡Qué distinta habría sido la historia de Sudáfrica si el rey hubiera visitado personalmente el país!

Se reconoce el trabajo de los policías

El señor Chamberlain, secretario de Estado para las Colonias, habló en términos muy elogiosos de la Policía de Sudáfrica en la Cámara de los Comunes en 1903. Dijo: «Concedo la mayor importancia a los policías sudafricanos como gran influencia civilizadora y unificadora. En el pasado se les ha visto exclusivamente en su faceta militar y, en verdad, durante la guerra se distinguieron a las órdenes del mando militar, y algunas de las pequeñas acciones más valerosas de la guerra dieron gran renombre a esta fuerza».

Explicó a continuación lo difícil que era que un nuevo gobierno central entrara en contacto personal con la gente del campo abierto, pero que, gracias a la labor de la Policía de Sudáfrica, ya se había creado una relación de simpatía.

«Una y otra vez —dijo— he comprobado, al conversar con los hombres y también con los granjeros, que, mientras aprendían la lengua del país, se iban haciendo amigos de la gente: eran bien recibidos en todas las granjas, hacían pequeños favores a los vecinos, les llevaban las cartas y los recados, les daban información y resolvían sus disputas. Hasta tal punto es así que he recibido serias quejas de un magistrado residente porque su juzgado se estaba quedando casi desierto a causa de un sargento de la Policía de Sudáfrica que resolvía todos los problemas sin siquiera llevárselos a él (risas). Puedo comprender al magistrado residente, pero debo decir que no puedo sino expresar mi total aprobación de la actuación del sargento de policía».

Dejo la Policía de Sudáfrica

Mi propia relación con la fuerza terminó de repente a principios de 1903. Recibí la noticia de que se me había nombrado inspector general de Caballería para Gran Bretaña e Irlanda.

¡Otro bombazo! Era un ascenso que nunca había esperado, sobre todo estando destinado en un servicio activo en Sudáfrica.

Como servía a sus órdenes, me puse enseguida en manos de lord Milner para que me dijera si debía aceptar el nombramiento o no.

Él me respondió con generosidad, haciéndome ver que aquel nombramiento era, según sus propias palabras, «el Cordón Azul» de la Caballería, y que, como la Policía de Sudáfrica ya funcionaba bien, podía aceptarlo con la conciencia tranquila.

Con sentimientos encontrados de alegría y pesar, acepté. Hice una ronda de despedida por mis divisiones y finalmente entregué el mando de la Policía de Sudáfrica al coronel Nicholson.

Solo entonces me di cuenta de lo difícil que es separarse de un hijo propio, pero mi pena se vio aliviada por las amables felicitaciones que recibí, no solo de los policías, sino de amigos civiles y militares, británicos y bóeres por igual.

Como consuelo, recibí un magnífico homenaje de lord Milner, escrito de su puño y letra, a la eficacia y el valor de la fuerza, y también unas palabras de altísimo aprecio de sir Arthur Lawley, gobernador del Transvaal.

El fin de la Policía de Sudáfrica

En Inglaterra la gente supo poco de lo que la Policía de Sudáfrica (South African Constabulary) había hecho por el Imperio en Sudáfrica y, por desgracia, tampoco se interesó por saberlo. Pocos años más tarde, cuando el país pasó sin condiciones a manos de los políticos locales, el cuerpo se disolvió, y oficiales y tropa quedaron abandonados a su suerte para embarcarse de vuelta a casa sin ayuda ni comprensión de nadie.

Ocurrió unos cinco años después de que yo dejara el Cuerpo, y recibí de ellos un telegrama con una despedida conmovedora: «Morituri te salutant» (N. del T.: «Los que van a morir te saludan», el saludo que dirigían al César los gladiadores romanos antes de empezar a luchar). Yo les respondí: «Phoenix ex cineribus resurgat» («Que el Fénix resurja de sus cenizas»), con la resignada esperanza de que, de alguna manera, el cuerpo pudiera reorganizarse.

Eso llegó a ocurrir, aunque solo en parte, y con oficiales holandeses ascendidos para ocupar el lugar de los que habían sido destituidos.

En cualquier caso, la Policía de Sudáfrica, como se llama ahora, es un cuerpo excelente, tal como pude comprobar el año pasado, construido sobre lo que quedaba de las tradiciones de la antigua Policía de Sudáfrica. Así que, en cierto modo, el Fénix ha resurgido.

En muchos lugares de África, Canadá, Australia y Gran Bretaña existen asociaciones de antiguos miembros de la Policía de Sudáfrica, que todavía se reúnen cada año el 22 de octubre para intercambiar recuerdos y mantener vivo su viejo espíritu de lealtad y compañerismo.

Cuando llegó la Gran Guerra, me ofrecí a reunir a los antiguos oficiales y hombres de la Policía de Sudáfrica para formar un regimiento completo, con sus reservas, unido por el espíritu y la tradición, y listo a tiempo para servir en el frente.

Lord Kitchener acogió la idea con mucha simpatía, pero al final la rechazó. Sostenía que aquellos hombres serían más valiosos repartidos como levadura entre los soldados jóvenes de los distintos batallones que se estaban reclutando por entonces.