Lecciones de la universidad de la vida
3. Deportes
Hace ya mucho tiempo, nada menos que en 1570, Roger Ascham recomendaba montar a caballo, nadar y practicar deportes al aire libre como ayuda necesaria para la educación.
Los juegos de equipo, como el fútbol, el hockey, el polo y otros parecidos, fomentan la disciplina, porque enseñan a obedecer las reglas y al capitán, a jugar limpio, a apoyar a los compañeros y a jugar todos para el mismo bando, no cada uno para sí y para su propia gloria.

Ya lo sabes, desde luego. Pero lo que quiero subrayar ahora es que esto no vale solo para el fútbol y los demás juegos, sino también para el gran juego de la vida: para ocupar tu puesto como ciudadano en el equipo de todos.
Navegación
En el primer capítulo conté cuánto debo a mi primera formación en la navegación. Uno de sus grandes méritos es que da al muchacho la oportunidad de enfrentarse al peligro e ir acostumbrándose a él, de modo que, cuando llegue una crisis o se vea cerca de ella, la proximidad de la muerte no le haga perder la calma.
Lo mismo ocurre en Canadá, donde muchos de los viajes y actividades deportivas por los bosques hay que hacerlos en canoa.
En la balandra que teníamos en casa, una embarcación más grande, cuya tripulación formábamos los hermanos, corríamos más riesgos de los que suele traer consigo la navegación a vela. En parte se debía a que nuestro hermano mayor, que era marino y hacía de capitán, tenía la descabellada idea de que, si algún día lográbamos dar con un barco en apuros y ayudábamos a salvarlo, no solo haríamos una buena acción, sino que de paso podríamos ganar una fortuna con el premio del rescate. ¡Una gran idea!
Los hermanos pequeños rezábamos para que no hubiera ningún pobre barco en peligro, aunque, a decir verdad, no lo pedíamos del todo pensando en el barco.
Un día llegó la ocasión, mientras estábamos fondeados en el puerto de Harwich. Harwich es un lugar encantador, salvo cuando sopla un temporal de verano: entonces es espantoso.
Aquel día soplaba un temporal de verano especialmente malo. El bote salvavidas salió en respuesta a unas señales de socorro, y nosotros, tras poner las velas de tormenta lo antes posible, salimos también en su busca por otro canal entre los bancos de arena, hacia un mar amarillento y muy traicionero. Una vez fuera, avanzábamos tan trabajosamente y el oleaje era tan enorme que enseguida perdimos de vista el bote salvavidas, y lo pasamos francamente mal. Seguimos adelante, porque no quedaba otro remedio, luchando a brazo partido hora tras hora sin ver nada.
Nuestro marino estaba en su elemento todo el tiempo, y al anochecer solo comentó: «¡Ah, esto está bien! Con la oscuridad lo localizaremos mucho más fácilmente por las bengalas».
Pero fracasamos. Y al volver descubrimos que tampoco el bote salvavidas había encontrado el barco en apuros: mientras tanto lo había recogido un remolcador, y ya estaba a salvo en el puerto.
Así que perdimos el rescate, pero ganamos experiencia. Y seguimos divirtiéndonos de la misma manera todo el tiempo que nos dedicamos a aquello. Ganamos práctica, destreza y costumbre de arriesgarnos, pero nunca cobramos ningún rescate.
En otra ocasión lo pasamos mal cuando bajábamos por el canal de la Mancha contra un temporal del suroeste que iba en aumento. Intentábamos llegar a Dartmouth, pero la marea y el oleaje pudieron con nosotros: nos rompieron el barbiquejo, dañaron el bauprés y destrozaron la claraboya.
Tuvimos que virar para retirarnos, un momento angustioso, porque al dar la vuelta con aquel mar tan grueso el barco tenía todas las papeletas para volcar con nosotros encima. ¡Uf!
Después pasamos una noche entera de navegación horrorosa, una auténtica pesadilla, con grandes olas oscuras que nos perseguían por detrás, intentando alcanzarnos e inundarnos. Hora tras hora estuvimos atados a nuestros puestos como monos, con la cuerda justa para poder hacer el trabajo que nos tocaba en nuestro rincón, agarrando cabos duros como el acero con las manos heridas, llenas de sal y medio congeladas.

Más de una vez estuvimos a punto de darnos por vencidos, antes de lograr por fin doblar Portland Bill y ponernos a sotavento.
Pero, a fin de cuentas, fue una lección saludable.
Nos enseñó disciplina y habilidad manual siempre a punto, a no perder la cabeza ante el peligro y a trabajar en equipo, cada uno poniendo su talento y su mejor voluntad al servicio de la seguridad de todos.
Pesca
Hablar de Canadá y de las canoas me hace volver con la memoria a la pesca de la trucha y de la perca americana en aquellos maravillosos lagos y ríos, entre los espesos bosques canadienses.
¡Ah, qué maravilla!
Tenía como guía a un voyageur, un trampero franco-canadiense. Era un verdadero artista con el hacha, lo mismo para talar un árbol que para sacarle punta a un lápiz. Era un tipo alto y corpulento, de manos enormes, que presumía de poder cargar trescientas libras (unos 136 kilos), y sin embargo saltaba a la canoa ligero como una pluma, y era capaz de atar una delicada mosca con la que pescábamos.
En su curioso inglés chapurreado, estaba lleno de historias interesantes sobre las regiones remotas y sus misterios.
Me contó que una noche de luna se despertó en su tienda y vio la silueta de una sombra proyectada desde fuera. Tenía exactamente la forma de su compañero, que aquel día no había vuelto de pescar.
Pensó que el hombre estaba allí, con los brazos abiertos sobre la lona, intentando mirar dentro de la tienda. Lo llamó para que entrara, pero no hubo respuesta.
De repente se apoderó de él un horror que no pudo soportar. Saltó de entre las mantas y la sombra desapareció.
Salió de la tienda, y aquella misma mañana, muy lejos río abajo, encontró a su amigo muerto, aplastado por una maraña de troncos, con los brazos abiertos y la cara hacia fuera, tal como lo había visto junto a su tienda.
En Sudáfrica disfruté de una pesca magnífica, realzada por un paisaje glorioso, en los arroyos trucheros que bajan del Drakensberg; las truchas arcoíris que crían hacen de ella un deporte espléndido.
Nueva Zelanda, con sus truchas inmensas, rivaliza con Australia, y sobre todo con Tasmania. Llegué a Launceston en los últimos días de la temporada de pesca, recorrí a toda prisa setenta millas (unos 110 kilómetros) en coche y llegué al Gran Lago al caer la tarde, en medio de un temporal violento y desapacible que arrastraba la lluvia. Aun así salí, justo cuando empezaba a oscurecer, y pesqué una trucha enorme. Nunca había visto un diablo tan vivo y tan tozudo. Fue una gran pelea, pero al final la saqué. Desde luego, tengo la ilusión de volver a Tasmania antes de morir.
¿Qué es mejor, pescar salmón o trucha? No lo sé.
Son cosas tan distintas que solo puedo decir que a mí me gustan las dos.
Pescar salmón es el trabajo más pesado, duro y exasperante que hay. Pero cuando, tras horas y días de esfuerzos en balde, notas un tirón en el sedal y crees que ya lo tienes, no hay palabras para expresarlo: más vale no tener el corazón débil, porque ese órgano recibe un golpe violento y una emoción que lo pone a latir desbocado.
La pesca de la trucha, en cambio, exige mucha habilidad y astucia. Es un arte muy delicado y, aunque emociona menos, divierte más.
Hace algunos años me preguntaron qué quería a cambio de hacer una visita de inspección a unos scouts de Gales. Conociendo los gustos de mi anfitrión, el difunto lord Glanusk, contesté que mis honorarios serían un día de pesca. Aceptó encantado y me llevó a su agradable casita junto al río Wye.
La mañana siguiente a mi llegada, que era domingo, su hija me llevó a ver el río antes de ir a la iglesia. La tentación fue demasiado grande. Cogí una caña del armero solo para probar en aquella poza maravillosa. Un solo lance. Pero, ¡ay!, piqué un pez, y además grande.
Durante unos minutos estuvo dando vueltas tranquilamente por la poza, tirando a mi favor; luego salió disparado río arriba, llevándose el sedal del carrete en su arrebato.
Tenía que seguirlo, pero la orilla se volvía rocosa, y estaba claro que tendría que meterme en el agua y vadear, aunque no iba preparado para ello. Mi valiente y joven anfitriona me advirtió del peligro, porque entre las rocas había pozas de veinte pies (unos seis metros) de profundidad. Así que, usando el bichero como bastón para vadear, se metió en el agua hasta la cintura tanteando el fondo y me dijo que me agarrara a ella con una mano siempre que pudiera soltar la caña. Y así me guio para seguir al pez, que seguía lanzándose río arriba.

Lo seguimos un buen trecho, hasta que llegó a un tramo estrecho y hondo donde nos era imposible avanzar, y el pez ya se había llevado todo el sedal de la caña. Había llegado el momento: o lo sacaba yo o me vencía él. Pasé un rato de muerte, esperando que el sedal se rompiera en cualquier momento, pero aguantó. De pronto el pez dio la vuelta y bajó a toda velocidad hacia donde estábamos. Yo recogía con el carrete tan rápido como podía, pero el sedal estuvo flojo un tiempo angustiosamente largo. Pensé que se había soltado, pero, para mi sorpresa, volví a notar el tirón. Entonces nos arrastró río abajo por encima de las rocas hasta su poza de partida, donde por fin lo rematamos. Era un salmón recién subido del mar, de treinta y cinco libras (unos 16 kilos).

Cuando lo sacamos a tierra, sonó detrás de nosotros un gran aplauso y, para nuestro asombro, descubrimos que en el camino cercano se había reunido un montón de gente que había presenciado el desenlace de la pelea con el pez.
Pero no fue lo último que oí de aquel episodio. Aquella gente difundió la noticia, y llegó al periódico local.
Una semana después recibí un documento en galés y en inglés de una asamblea religiosa en el que se decretaba que ningún muchacho ni muchacha de aquella congregación podía unirse a los Boy Scouts o a las Girl Guides, porque yo era culpable de haber pescado en sabbat. (N. del T.: el sabbat es el sábado judío, pero en la terminología inglesa designa el descanso dominical, que en muchas partes del Reino Unido se guarda con bastante rigor).
La Jock Scott es la mejor mosca para el salmón. Debe su nombre a un antiguo ayudante de pesca de Makerstoun, que la ideó para la duquesa de Roxburgh de entonces, para que la llevara a Noruega; desde entonces se convirtió en una de las moscas más populares que se conocen.
Otro famoso ayudante de pesca de Makerstoun fue Rob o' the Trows. Por lo visto tenía un carácter excelente, si su historia es cierta. Cuentan que estaba de ayudante de cierto noble cuando este enganchó y sacó un salmón. El noble se tomó un trago reconfortante de su botella y volvió a guardarla en el bolsillo.
Rob había mirado la botella con cierta esperanza de que se respetara la costumbre habitual de ofrecer también un trago al ayudante.
Luego el señor pescó otro salmón, volvió a beber, y Rob volvió a esperar en vano.
Pasó lo mismo por tercera vez, y Rob saltó a la barca y empezó a remar hacia su casa.
El pescador le gritó: «¿Adónde vas?». Y Rob se limitó a gruñir: «Quien bebe solo, pesca solo», y se marchó a casa.
Como educación, la pesca paciente es la mejor escuela que existe. A cualquier hombre le hace bien.
Fíjate en todos esos hombres que se pasan el día sentados en una barca en el Támesis, o en los seiscientos que se alinean en la orilla del río Trent en un concurso que dura horas. Y lo hacen tan felices. Pregúntale a cualquiera de ellos si se lo ha pasado bien. «Sí, mucho», te contestará, aunque tenga la cesta vacía.
Van a pescar, no a coger peces.
Es más: aprendes paciencia cuando pescas con mosca en pleno vendaval y el delicado bajo de línea se te enreda en una maraña imposible de deshacer. Ya es malo si te pasa en Inglaterra, pero es diez veces peor si te pasa, como a mí en Australia, con un cucaburra (el «burro que ríe») riéndose de ti desde un árbol cercano cada vez que te enganchas en un arbusto.
En cierto modo, la ausencia de civilización a tu alrededor añade encanto a la pesca: ya sea en las frondosas praderas de Galway, en las montañas de Natal o en los bosques de Canadá o de Tasmania, lo salvaje tiene su atractivo.

Al mismo tiempo, tienen un suave atractivo las aguas cercanas a casa, en las exuberantes praderas de Hampshire, con el ganado metido hasta las rodillas entre los botones de oro y un rumor adormecedor en lo alto de los magníficos olmos. Allí vagas acechando la trucha en una quietud y una soledad infinitas, lejos del barullo del gentío, del ruido y del ajetreo de la vida moderna en las ciudades, como un camarada más de las aves y las ratas de agua.
La pesca de la trucha es la mejor cura de reposo del mundo.
En esos momentos, el ayudante sobra: echa a perder el espectáculo. Un hombre que no es capaz de sacar a tierra su propio pez no es un pescador.
Caza
Hace nada, alguien decía hablando de caza: «La caza de la becada es el deporte más peligroso del mundo».
Y es bastante peligrosa cuando cazas en los sotos de Inglaterra y el muy pillo esquiva todos los obstáculos, mientras cada una de las escopetas que lo tienen a la vista se arriesga a dispararle.
Pero en su propia tierra, por ejemplo en Albania, donde no es ninguna rareza, puedes disparar con calma, con más cuidado y mejores resultados.
Era un país agreste para cazar. Ahora se está civilizando demasiado, pero hace unos cuantos años, cuando fui allí en yate (la única manera de llegar), fondeamos en una pequeña bahía perfecta y bien resguardada, y desembarcábamos todos los días para cazar.
La ley obligaba a llevar un soldado como escolta. Su paga era de seis peniques al día y tabaco sin límite. Además, uno buscaba a unos cuantos aldeanos con sus perros para que hicieran de ojeadores. Eran una banda de rufianes de aspecto muy pintoresco, y era natural, porque su otro oficio era el de bandidos: si no hubiera estado uno bajo la protección del Gobierno, como demostraba la escolta militar, podían haberlo secuestrado para pedir un rescate.
Pero como ojeadores eran unos tipos excelentes, duros y alegres compañeros, y buenos deportistas.
Los perros de aquel país eran un elemento especial del cuadro. Estaban adiestrados para atacar a los extraños, con el fin de evitar el robo de ovejas. Si veías un rebaño pastando en las colinas, tenías que andarte con mucho cuidado, porque cada rebaño estaba guardado por tres o cuatro perros.
Aquellos rufianes podían estar tumbados tan tranquilos mientras las ovejas pastaban, pero si aparecía un desconocido, el perro más cercano se lanzaba a por él llamando a los demás al ataque, y no paraban hasta derribarlo.
Había leyes muy estrictas contra quien matara a uno de esos perros, aunque fuera en defensa propia, con castigos muy duros; pero sí estaba permitido herirlos con un arma blanca si se acercaban lo bastante como para alcanzarlos.
Cuando desembarcábamos, llevábamos a algunos tripulantes como ojeadores, armados con pértigas que servían igual para batir el monte que como lanzas para defenderse de los perros.
Un deportista muy conocido de Essex, que había cazado en Albania, me contó que una vez lo atacó uno de aquellos perros y que lo mató en defensa propia.
Entonces, acordándose de la ley, se puso enseguida a enterrar al perro antes de que nadie pudiera verlo.
Pero justo cuando estaba en plena faena, ¡apareció el dueño del perro!
—¡Dios mío! —le dije—. ¿Y qué hiciste entonces?
—Bah, no había otra cosa que hacer. Lo enterré a él también.
En Malta
En un libro sobre la caza en el Mediterráneo se menciona que conseguí un récord de perdices en Malta. He olvidado cuál era la cifra de ese récord, pero no pudo ser muy grande, porque, que yo recuerde, nunca cobré más de media docena por temporada.
Cuando las perdices llegaban en su migración anual, preferían los naranjales del palacio de campo del gobernador, en Verdala. Al enterarme, acordé con el jardinero jefe que, cuando viera alguna perdiz por allí, izara una bandera amarilla en la torre. La bandera se veía desde mi despacho en La Valeta, a ocho millas (unos 13 kilómetros). En cuanto la veía ondear, saltaba al coche y conducía hasta Verdala; mientras tanto, el jardinero habría reunido a unos cuantos ojeadores, y así nos poníamos a cazar la perdiz.
Cazar en Malta es un deporte peligroso, porque los campos están cercados por muros de piedra de cinco pies (metro y medio) de alto, y cuando había aves por allí había también un tirador con su escopeta en cada uno de los demás campos. Disparaban en cualquier dirección, y los perdigones que daban en las paredes rebotaban en las esquinas. Yo era prudente y, viendo el peligro, tomé precauciones para protegerme de accidentes, sobre todo los ojos. Aun así, comprobé que el polo me costaba muchas más lesiones leves que la caza.
El campo de polo de Marsa era de roca viva en muchos sitios, lo que hacía que la bola saltara con una fuerza terrible y te diera en la cara; y si te caías, como pasaba de vez en cuando, te llevabas cortes y contusiones tremendos, si no te rompías algún hueso.
En Sudáfrica
Tengo en Sudáfrica un amigo, un viejo bóer, que al cosechar el maíz dejaba en pie franjas estrechas donde se refugiaban las codornices.
Así era muy fácil hacerlas volar. El primer día que fui a cazar a sus tierras me acompañó en su carro del Cabo con algo de refrigerio.
Cuando abatí mi primera codorniz, estalló en admiración, pero cuando poco después cobré otras a derecha e izquierda y las fui metiendo en el morral, su entusiasmo no tuvo límites. Dijo que nunca había visto nada igual y que había que celebrarlo, así que descorchó la botella de barro de un brandy especial y me ofreció un trago.
Luego examinó mi arma con gran curiosidad y admiración. Me di cuenta de que nunca había visto una escopeta, y le había asombrado que yo hubiera cazado aquellos pajarillos con un rifle.
En Túnez
También tuve ocasión de cazar codornices en Egipto, en Sudán y en la India, así como otras aves espléndidas.
En Túnez cacé además en unas circunstancias un tanto románticas. Tenía allí un amigo que llevaba muchos años viviendo en una finca inglesa, en un agradable distrito de caza. Él me presentó a un árabe muy educado que llegó a ser mi compañero inseparable y mi anfitrión en las distintas ocasiones en que visité aquel país.

Pasé una noche deliciosa en su campamento, en Sidi Salem el Owain, «la tumba del hombrecillo inválido». Me preparó un cuscús, servido en un cuenco, de arroz, pollo y cabrito guisados a fuego lento con otros condimentos; un plato sabrosísimo que comíamos con los dedos. También tomamos un poco de murga con sorgo, acompañada de unos chapatis finos como hojas de lanza.

Después nos sentamos alrededor de una hoguera de troncos, porque las noches eran frías, bajo las estrellas brillantes, charlando y escuchando a lo lejos, en la noche, el canto de sus hombres. Y a la hora de dormir lo hacíamos juntos bajo su manta.
Era un anfitrión de lo más agradable y un perfecto caballero árabe. Tiempo después descubrí que era el jefe de una tribu árabe de Argelia, y que su verdadero nombre era Cherif Ben Ali Sed Kaoui. Siguiendo la costumbre tradicional de su clase, había matado a un adversario en una lucha a muerte entre tribus; por ello las autoridades francesas lo juzgaron, lo condenaron y lo enviaron a Cayena, una colonia penitenciaria al otro lado del mar. Al cabo de uno o dos años logró escapar y volvió a Túnez, donde vivía protegido por los hombres de su tribu para que no lo detuvieran.
De ahí que procurara no cruzarse con oficiales franceses.
Unos meses más tarde leí en un periódico francés que la policía había descubierto y rodeado su escondite, y que lo habían capturado y ejecutado.
Gracias a él hice muchos amigos entre los beduinos, cuya hospitalidad y afición a la caza me alegraron mucho. Aquellos hijos del desierto tenían muchas cualidades simpáticas.

Una de sus costumbres más bonitas es que, en cuanto uno entra en el círculo que forman las estacas de sus tiendas, se convierte en su invitado y no puede sucederle ningún mal. Como prueba de sus intenciones hospitalarias, clavan las estacas lo más lejos posible de las tiendas, como si quisieran atrapar a algún huésped.
En aquella misma zona conocí a un joven granjero francés que me invitó a cazar en un pantano de su finca.
Me contó que allí había cazado mucha gente, pero que consideraban el pantano embrujado, porque nunca se cobraban en él ni más ni menos de dieciocho aves.
Cuando cacé yo, creí haber batido el récord con mi decimonoveno blanco, pero, aunque cayó en un lugar completamente despejado, nunca logramos encontrarlo. ¡Así que mi morral se quedó en las dieciocho de siempre!
Un curioso consejo de primeros auxilios que aprendí de los árabes es que las libélulas, cuando se las atrapa, se aferran a cualquier cosa que puedan morder con la tenacidad de un bulldog, y los árabes las usan como nosotros usamos las pinzas para sacarnos las espinas que se nos clavan.
También me enseñaron una tumba donde acababan de enterrar a un joven árabe. Un marido celoso lo había sorprendido merodeando alrededor de su tienda; lo atrapó, le ató las manos a la espalda y le disparó.
Como aquello se consideraba que iba un poco más allá de lo que permitían las leyes árabes, el marido había sido detenido y estaba bajo custodia, condenado a muerte. La ejecución debía hacerse por estrangulamiento, de esta manera: un hombre le pasaba un lazo corredizo por la cabeza y tiraba con fuerza, mientras otro le pasaba un segundo lazo y tiraba en dirección contraria hasta que el desdichado moría.
Una manera muy alegre de hacer las cosas.

En Inglaterra
Nunca fui de los que buscan grandes perchas. Por lo general, solo cazaba para llenar la cazuela; desde luego, cuando estaba fuera de Inglaterra, lejos de sus cotos y de sus leyes de caza.
Aquí, en una ocasión, batí todas mis marcas.
Mi mejor marca, y solo en una ocasión, fue de unas cincuenta aves, habiendo disparado únicamente veinte cartuchos.
Mi anfitrión había contratado a los Boy Scouts del lugar como ojeadores, y puso a un scout detrás de cada escopeta para que se fijara en dónde caían las piezas y recogiera las que cobrara su tirador.
Al terminar la batida, cuando me di la vuelta para dejar mi puesto, encontré un montón de aves supuestamente abatidas por mí. Entonces caí en la cuenta de que, por detrás de la línea de escopetas, los muchachos habían ido pasando a escondidas algunas de las piezas de los demás cazadores, como contribución a mi montón.
Ese es el espíritu de cuerpo de los Boy Scouts.
Por alguna razón, la caza en soto no tiene para mí el mismo interés que la caza en plena naturaleza salvaje. Una posible razón es la que me dio el mayor Powell-Cotton, el célebre cazador de caza mayor, para no practicar la caza en soto: «Es que soy un tirador condenadamente malo».