Lecciones de la universidad de la vida
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Lecciones de la universidad de la vida · 4. Espionaje y exploración

Exploración

La exploración se diferencia del espionaje en que consiste en obtener información sobre el enemigo o sobre su país en el curso normal de las operaciones militares.

La definición de explorador (N. del T.: en inglés, scout) la dio ya en el año 1560 Maquiavelo, en su El arte de la guerra (Arts of Warre, según la ortografía antigua de aquella edición inglesa):

«No he hallado que, para guardar su campamento por la noche, mantuvieran más vigilancia que la de dentro de la trinchera, sin emplear hombres como esos a los que hoy llaman exploradores. Toda la fuerza de la guardia estaba dentro de la trinchera, porque temían que los hombres apostados delante del ejército pudieran ser engañados, o sorprendidos, o sobornados por el enemigo».

Es decir, que los exploradores se emplean en lugar de los puestos avanzados. Y se suele decir que «hay muy pocas batallas en la historia que no se hayan ganado o perdido en proporción al valor del reconocimiento previo».

Pese a esta importancia de la exploración, cuando entré en el servicio no había ninguna formación específica en esta ciencia tan particular. Es verdad que nos enseñaban a dibujar mapas y a redactar informes, pero no a reunir los datos necesarios en un país enemigo, y menos aún a llevar a cabo la tarea, tan importante, de obtener información sobre el propio enemigo.

He leído que el oficial británico corriente era «tan ignorante en este arte como un chimpancé en el arte de patinar».

A mí me llevaron a la exploración, como ya he contado, las misiones que me encargaba mi coronel para reunir información, porque al parecer había adquirido la costumbre de fijarme en pequeños indicios y de leer su significado; en otras palabras: observación y deducción.

Gracias a eso viví las experiencias más maravillosas que un soldado puede desear, porque es un trabajo de detective en su máxima expresión.

Lo que sigue no es un cuento, sino algo que ocurrió no hace mucho. Un grupo de científicos y exploradores realizaba una expedición científica por el interior de Australia.

Salvaron la vida gracias a la capacidad de observación, de deducción y al ingenio de una niña nativa de catorce años que habían encontrado por el camino. Estaban medio muertos de sed y buscaban la manera de conseguir aunque fuera una gota de agua, cuando la niña se fijó en unas hormigas que subían por el tronco de un árbol y se metían por un agujero de la parte de atrás. Dedujo que iban allí con algún propósito, metió una vara por el agujero y descubrió que en el fondo había agua. Entonces peló la vara y unas ramitas verdes para formar una serie de tubitos, los encajó unos en otros e introdujo el extremo de aquel tubo por el agujero del árbol. Así fabricó un instrumento con el que cada miembro del grupo pudo sorber su ración de agua.

Unos exploradores sedientos junto a un árbol, guiados por una joven nativa
Sabios en el desierto: una muchacha nativa los guía

No los salvaron sus conocimientos de griego ni de matemáticas superiores, sino el saber natural de alguien que se había criado en las cosas esenciales de la vida.

Igual que aquellos sabios, también yo aprendí de un nativo una lección de observación y deducción.

Ocurrió hace muchos años, durante una incursión contra el enemigo en tierra de los matabeles.

Una mañana temprano, mi guía zulú y yo cabalgábamos por una llanura de pastos abiertos cuando dimos con las huellas de varias mujeres que se dirigían hacia unas colinas situadas a algunas millas, donde creíamos que se escondía el enemigo.

A unas diez yardas (unos nueve metros) del rastro había una hoja de mahobahoba. No había árboles de esa clase cerca de nosotros, pero sabíamos que los había en una aldea a quince millas, en la dirección de donde venía el rastro.

Este «indicio» apuntaba a que aquellas mujeres habían venido de esa aldea, trayendo consigo la hoja, y seguían camino hacia las colinas.

La hoja estaba húmeda y olía a cerveza indígena, así que dedujimos que llevaban sobre la cabeza vasijas de esa cerveza, con la boca tapada, como era costumbre, con manojos de hojas.

Una mujer africana lleva sobre la cabeza una vasija tapada con hojas
Una hoja de la vasija de cerveza cuenta la historia

Aquella hoja se había caído y el viento la había arrastrado diez yardas fuera del rastro. Pero desde las cinco de la mañana no había soplado nada de viento, y ahora eran las siete.

Así supimos que un grupo de mujeres había llevado cerveza durante la noche desde la aldea para el enemigo de las colinas, adonde habrían llegado hacia las seis. Lo más probable era que los hombres se hubieran puesto a beber enseguida (porque esa cerveza se agria si se guarda mucho tiempo) y que, cuando llegáramos nosotros, estuvieran adormilados por la bebida; por tanto, tendríamos una buena ocasión para atacar su posición.

Actuamos según esa información, con un éxito rotundo.

No parece justo que esta ciencia de la observación y la deducción, que tiene tanto valor para el carácter de una persona, no se haya incluido todavía en los planes de estudio, salvo en los colegios que han adoptado la formación de los Boy Scouts.

Para empezar, tiene un gran valor educativo para el niño o la niña. Como dice una autoridad en la materia:

«La observación desarrolla en grado notable la eficacia y la agudeza de los sentidos; con la práctica continua, la vista se vuelve más fuerte y más rápida, y lo mismo ocurre con el oído, el olfato y el tacto.

La deducción estimula de la manera más eficaz la agilidad de la mente, porque desarrolla la capacidad de razonar, la imaginación, la búsqueda paciente, el sentido común y la memoria.

Es una ciencia que, además, resulta muy atractiva e interesante para el joven, de modo que, una vez iniciado en ella, vuelve a su estudio cada vez con más destreza y la practica por su cuenta».

Y esto vale también para los mayores.

El valor práctico de una educación así, que añade una cualidad nueva al carácter de las personas, es incalculable, sea cual sea el camino que se elija en la vida. Ya se escoja el derecho o la medicina, la exploración o la investigación, los negocios o el ejército, el trabajo policial o la caza mayor, o cualquier otra cosa, su utilidad se nota a diario.

Es imprescindible para quien tenga que conocer hechos concretos, o interpretar el carácter de los demás, o ponerse en el lugar de otros y comprender sus sentimientos; para quien quiera disfrutar de los muchos pequeños placeres que la naturaleza ofrece a un ojo atento; y, desde luego, para quien quiera aprovechar al máximo los talentos que Dios le ha dado.

En otra ocasión, durante el sitio de Mafeking, pasamos dos semanas en un cuerpo a cuerpo entre nuestras trincheras y las de los bóeres, separadas por solo sesenta y ocho yardas (unos sesenta y dos metros). Al final hicimos un esfuerzo decidido por acabar con aquello, sobre todo abriéndonos paso hasta la trinchera de comunicación que unía su posición avanzada con su base, en la retaguardia.

En pleno trabajo, hacia las tres de la madrugada, oímos a los bóeres armar mucho ruido, llamándose unos a otros para retirarse, y los oímos marcharse por su trinchera de comunicación. Estaba claro que estaban abandonando su primera línea.

Mis hombres, encantados, querían lanzarse a ocupar la posición, pero los detuve.

Observación: ¿por qué se iba a retirar el enemigo haciendo ruido, cuando lo lógico sería que lo hiciera en silencio?

Deducción: había algo sospechoso y convenía tener cuidado.

Así que mandamos por delante a dos exploradores de confianza para averiguar qué pasaba. Se metieron en la trinchera de comunicación y avanzaban a tientas por la posición principal recién abandonada, cuando notaron que la pared de la trinchera estaba húmeda al tacto y descubrieron que por ella corría un cable, recién cubierto de barro, sin duda para esconderlo.

Cortamos el cable y lo seguimos hasta la trinchera principal, donde llevaba a una preciosa mina enterrada con doscientas libras (unos noventa kilos) de nitroglicerina, que nos habría mandado por los aires si hubiéramos estado dentro.

No contentos con este descubrimiento, encontramos el otro extremo del cable y nos quedamos con unas cien yardas de buen hilo de cobre, con el que a partir de entonces pudimos enterrar nuestras propias minas, usando la nitroglicerina en pequeñas cantidades.

Nuestros hombres lanzaron tres hurras por la reina, mientras nuestros amigos del otro lado intentaban hacer estallar su mina y maldecían su suerte porque no explotaba.

Rastrear

Por todo lo que he dicho sobre la observación, seguramente te habrás dado cuenta de lo importante que es para la exploración el arte de rastrear.

Se ha dicho que explorar sin rastrear es como el pan con mantequilla sin el pan. Para un explorador, rastrear se convierte en un hábito: de forma inconsciente está viendo y leyendo indicios todo el tiempo, aunque esté ocupado en otras cosas.

Supongamos que guía una columna por un sendero para sorprender un poblado de hotentotes que está a unas quince millas. A cierta distancia, entre los matorrales a la izquierda del camino, se fija en las marcas de unos dedos de pie, y a la derecha en la marca de un talón. Son recientes (la hierba todavía está aplastada) y son de un hombre que corría (las marcas de los dedos están muy espaciadas) en diagonal y en la misma dirección que la columna, y que lo hacía a escondidas (había saltado por encima del sendero para no dejar rastro en él).

El explorador se detiene y dice que no tiene sentido seguir: les han avisado de nuestra llegada.

A un explorador entrenado le ocurren cosas así a cada momento del día.

La exploración es un arte que puedes practicar toda la vida y, aun así, siendo un hombre blanco, rara vez alcanzarás la maestría de un rastreador nativo, como los del Sudán o los hombres de los bosques de Sudáfrica, los gonds de la India o los aborígenes de Australia, que se educan en ello desde la infancia, porque para ellos el rastreo es su periódico y su guía infalible para la caza y la guerra.

Cuando salía a explorar con Fred Burnham, él se daba cuenta de los indicios antes que yo, pero cuando me los señalaba me preguntaba:

—A ver, señor Sherlock, ¿qué deduce usted de esto?

Por desgracia, los británicos apenas aprovechamos este arte, ni en nuestra formación civil ni en la militar, y por eso, cuando salimos a campaña, como no tenemos la costumbre de rastrear, a menudo nos olvidamos de hacerlo, aunque el terreno que tenemos delante esté abierto como un libro lleno de información.

Una vez me enviaron a reunirme con una columna que se dirigía a Matabelelandia, y mientras cabalgaba junto al comandante en jefe me fijé en las huellas frescas de un nativo que, evidentemente, se movía muy cerca de nosotros. Eran tan llamativas que le pregunté al coronel si sus exploradores le habían dado alguna información. Me contestó que no tenía exploradores, porque no valía la pena cansar a hombres y caballos en un país donde no se veía al enemigo.

Me quedé horrorizado, y le aseguré que, si no los veía, muy pronto los iba a notar, porque, por lo que yo podía ver, estaban por todas partes a nuestro alrededor.

Gracias a Dios no nos atacaron. Más tarde, cuando se rindieron, supe por sus impis (N. del T.: regimientos de guerreros) que habían dejado avanzar a la columna por aquella zona sin molestarla porque no querían llamar la atención sobre su presencia en un lugar donde estaban consiguiendo buena comida. Eso sí, les había sorprendido ver a su comandante cabalgando en cabeza, y por eso le pusieron el mote de «el carnero que guiaba a su rebaño».

Los indicios no son solo huellas de pies: incluyen señales de todo tipo que pueden captarse con los sentidos. Así, un compañero al que encuentras a medianoche en lo alto de la ladera de una colina y que te cuenta que el enemigo lo sorprendió allí arriba puede ser también un indicio.

Una vez, una joven me bajó los humos cuando presumía de mis dotes de rastreador. Era la hija del difunto lord Meath. Paseábamos por los jardines de Syon House cuando, de repente, me señaló unas huellas en el sendero y me preguntó qué significaban.

Yo le dije, muy listo:

—Por este camino ha pasado un gato corriente.

—Sí, eso también lo sé decir yo —me respondió—, pero además puedo decirte de qué color era el gato. ¿Puedes tú?

Así que me armé de valor y me puse a examinar cada ramita y cada mota de polvo que pudiera haber retenido algún pelo del animal, siguiendo más o menos el principio por el que Zadig sabía que por el bosque había pasado un caballo ruano de seis palmos de alzada.

Pero por más que busqué, no encontré ningún rastro que indicara el color del gato. Mi acompañante volvió a mirar la huella de cerca y dijo:

—Sí, no me había equivocado: era un gato atigrado claro, color carey.

Yo también miré la hierba con más atención, pero no encontré ningún indicio que me sirviera. Al final me di por vencido y le pregunté:

—¿Cómo has sabido el color?

—Vi al gato —me contestó.

Un buen ejemplo de rastreo me lo dio un rastreador egipcio. Al volver de una jornada de trabajo en el desierto, me di cuenta de que había perdido mis prismáticos. Trajeron a un rastreador, que examinó los cascos de mi caballo y lo observó mientras lo paseaban arriba y abajo para que lo estudiara.

Como yo había cabalgado a la cabeza del regimiento, lo lógico era que mis huellas se hubieran borrado. Sin embargo, el rastreador se fue lleno de confianza y al rato volvió con mis prismáticos. Había localizado las huellas de mi caballo en el punto donde yo me había apartado solo para observar las maniobras; las había reconocido entre otras muchas que había en el suelo, y lo habían llevado hasta donde estaban los prismáticos.

Un rastreador árabe envuelto en su manto, con un palo sobre los hombros
Un rastreador árabe

Buena parte del trabajo de exploración se hace de noche. Es, de nuevo, una tarea que exige mucha práctica, y esa práctica rara vez se consigue en los países civilizados. Creo que, en servicio activo, trabajé más de noche que de día, y desde luego fue entonces cuando me empapé de exploración.

Para empezar, en Matabelelandia y en Zululandia había que llegar a toda costa hasta cerca de la posición enemiga al amparo de la oscuridad, esconderse durante las horas de luz, cuando se podía observar lo que hacía el enemigo sin ser visto, y marcharse al caer la noche.

Y a menudo, después de eso, había que guiar de noche a una columna y llevarla a una posición de ataque al despuntar el día. Cuando haces esto sientes una gran responsabilidad sobre los hombros: no puedes equivocarte de dirección ni llevar a toda la tropa a una emboscada.

Ese trabajo de guía exige hasta la última gota de concentración. No soy de carácter brusco, pero nunca en la vida he sido tan grosero con nadie como con un joven oficial que, creyendo que me sentiría solo caminando sin compañía, se acercó a mí con la mejor intención y empezó una conversación animada y amistosa. Mi respuesta no fue nada cortés, y él volvió a su sitio algo dolido.

Los puntos de referencia del terreno son muy distintos de noche que de día, y eso es algo que un principiante no capta. Y luego están las estrellas, esas guías infalibles… infalibles hasta la noche decisiva, cuando, invariablemente, las nubes las tapan, y entonces das gracias al cielo por haber tomado nota de las referencias del terreno.