Lecciones de la universidad de la vida · 10. Vida número dos
Australasia
Al año siguiente, mi mujer y yo visitamos a los Scouts y a las Guías de Nueva Zelanda y Australia, y a la vuelta pasamos otra vez por Sudáfrica. Fue un viaje muy interesante y en cierto modo muy cansado, pero que mereció con creces el esfuerzo.
El viaje nos llevó unos siete meses, y una semana después de regresar a Inglaterra ya estábamos otra vez embarcados: primero para asistir a una Conferencia Scout Internacional en Viena, y después a un Moot Internacional de unos 2.000 Rovers en nuestro campamento de Kandersteg, en Suiza. Este último, el primero de su clase, demostró que se había dado un paso adelante en el fomento de la buena voluntad internacional, gracias al conocimiento mutuo de las personas y a la camaradería entre los jóvenes de distintos países. Con este fin tenemos hoy (1933) en el Movimiento 2.159.984 scouts repartidos en 45 países, además de varios millones de jóvenes que, entre la población, ya han pasado por esta formación.
Las Girl Guides
Por rápido que fuera el comienzo del Movimiento Scout, y por sorprendente que fuera su adopción por los países extranjeros, el Movimiento de las Girl Guides lo superó en ambos aspectos.
«Somos Girl Scouts», anunció con cierto aire de seguridad en sí misma una personita muy despierta de unos once años en el primer rally de los Boy Scouts, celebrado en el Crystal Palace en 1909. Era la portavoz de un grupito de muchachas vestidas imitando lo mejor posible a sus hermanos los scouts.
La presencia de aquellas niñas y sus evidentes ganas abrieron los ojos a más de uno: ahí había un nuevo campo de aplicación para el método scout de formación del carácter y de desarrollo personal.
En aquel momento, hace más de veinte años, las mujeres empezaban a abrirse paso por sí mismas en el trabajo del mundo, y el desarrollo del carácter les hacía más falta que a sus hermanos, porque, con la vida más recluida que llevaban, tenían menos oportunidades de formarlo.
Lo necesitaban por sus crecientes responsabilidades en la vida social, y lo necesitaban también como madres, para transmitirlo a sus hijos.
La educación escolar de las niñas se ha asentado sobre unas bases cada vez más altas y provechosas, pero el problema de la formación de su carácter sigue sin resolverse.
El carácter no se enseña en el aula. Tiene que desarrollarse de forma individual y, en gran parte, gracias al esfuerzo de la propia alumna.
Con los Boy Scouts nos propusimos ayudar a desarrollar el carácter por medio del deporte y la aventura al aire libre, unidos estrechamente a un código moral de caballería. Se ha comprobado que, en general, las niñas prefieren leer la literatura de los muchachos: las historias del Salvaje Oeste y los dramas les interesan mucho más que esos libros sobre heroínas que se leen en los colegios para señoritas.
Esto se había vuelto algo normal en 1933, pero en 1909 fue una gran novedad.
Sin embargo, con ese espíritu ya se tenía andada la mitad del camino, de modo que no fue difícil diseñar un plan con los mismos principios que el de los Scouts, pero distinto en los detalles, para dar a las muchachas lo que necesitaban.
La señorita Charlotte Mason, fundadora de la House of Education para la formación de maestras, lo había previsto cuando adoptó como libro de texto para sus alumnas mi librito Aids to Scouting, que yo había escrito para soldados. Encontró en él algo educativo, así que, antes de mi encuentro con las que se habían dado a sí mismas el nombre de «Girl Scouts», yo ya tenía la esperanza de proponer un movimiento hermano del de los Boy Scouts. Le dimos el nombre de «Girl Guides».
El término «Guides» (Guías) pretendía sugerir romanticismo y aventura, e indicaba también sus futuras responsabilidades: guiar a sus hombres y ayudar a sus hijos por el buen camino.
El objetivo general de esta formación era parecido al de los Scouts: el desarrollo del carácter, de la salud y del sentido de servicio a los demás; y, en particular, se enseñaría a las muchachas las tareas domésticas, las habilidades propias de una madre, etc.
Este objetivo debía alcanzarse, en buena parte, mediante la autoeducación a través del recreo al aire libre y en buena compañía. La formación estaría dirigida por una «Guiadora», es decir, alguien que no fuera para ellas ni una maestra de escuela ni una jefa, sino más bien una hermana mayor.
Las Guías, como los Scouts, se organizaron en pequeñas Compañías de no más de treinta y dos, para poder estudiar y educar el temperamento de cada una.
Además, las niñas se agrupan progresivamente según su edad, como Brownies (Haditas), Guides (Guías) y Rangers (Guías Mayores).
En los dos o tres primeros años se pudo hacer poco por organizar a las Guías, porque uno estaba desbordado por el crecimiento fenomenal del Movimiento Scout; pero, en manos de un comité de enérgicas damas, las cosas empezaron a tomar forma, y al poco tiempo el Movimiento tenía sus propias oficinas, su uniforme, su manual y sus normas, como una asociación en pleno funcionamiento.
El uniforme era un asunto importante, no solo porque resultaba atractivo, como sin duda lo era para las muchachas, sino porque con él se ocultaban y se olvidaban las diferencias de posición social.
Uno de nuestros principios es extender nuestra buena voluntad y nuestra tolerancia hasta pasar por alto las diferencias de clase, país o credo. Se acepta en la hermandad a todas las que puedan estar de acuerdo con nuestra política religiosa, que se basa en el sencillo fundamento común a la mayoría de los creyentes del mundo, es decir, el amor a Dios y el amor al prójimo. La forma concreta de expresarlo se deja a los pastores y a los padres de familia; para nosotros no tiene importancia cómo se exprese.
Así, a partir de la iniciativa de un pequeño grupo de muchachas, el Movimiento creció por sí solo.
Hoy se ha adoptado en todos los dominios británicos de ultramar y en la mayor parte de las colonias y territorios dependientes. Además, lo han acogido con entusiasmo muchos países extranjeros, de modo que nuestra familia cuenta hoy con unas 1.094.000 personas en cuarenta países. De estas muchachas, 885.000 son británicas.
Al mirar atrás y ver lo que se ha conseguido en treinta y un años, partiendo de la nada, uno puede imaginar, hasta cierto punto, las posibilidades que se abren ante el Movimiento en los próximos veintiún años. No deja de crecer (147.990 miembros más en 1931) y cada año envía a la corriente de la vida a miles de muchachas formadas en el servicio a Dios y al prójimo, desarrolladas en la salud del cuerpo y de la mente y en el compañerismo.
Así, en nuestro país, si las niñas responden a la formación (como sin duda parece que lo están haciendo), tendremos un aumento considerable de mujeres formadas en economía doméstica, en el cuidado del hogar y en las artes maternales, tanto en carácter y eficacia en el trabajo para el mundo como en amistad con sus hermanas de otros países.
Muchas veces se ha planteado la pregunta: «¿Por qué envió Dios la Gran Guerra?».
Quizá para hacernos ver que ni la educación ni la religión se están llevando por el camino adecuado para elevar al hombre al plano superior al que está destinado; que, a pesar de nuestra tan alabada civilización y de dos mil años de cristianismo, solo hemos conseguido un barniz de civilización; que el cristianismo que profesamos no es el que practicamos realmente en nuestra vida y en nuestros actos; y que el mundo lo gobiernan el interés personal y la desconfianza, en lugar del amor y la buena voluntad.
La guerra ha demostrado que las naciones más civilizadas estaban dispuestas a saltarse unas a otras al cuello con toda la furia de los salvajes primitivos.
La Sociedad de Naciones hace lo que puede, mediante la consulta mutua y la legislación, por instaurar un estado de paz. Pero, para conseguir sus objetivos, tiene que presionar recurriendo al miedo a las consecuencias de la guerra.
En cualquier caso, la única base sólida sobre la que construir es el espíritu de amor y de buena voluntad entre los pueblos, en lugar de los celos mutuos. Y eso solo puede asegurarse educando a la nueva generación con un punto de vista diferente.
Esto parece un sueño utópico, y podrían burlarse de él con razón, si no fuera por el experimento que estamos llevando a cabo con el Movimiento de los Boy Scouts y las Girl Guides, que ha demostrado, aunque sea a pequeña escala, que no tendría por qué ser imposible.


Si en veinte años, con la desventaja de los comienzos y el retraso que supuso la mayor guerra de la historia, hemos sido capaces de formar a unos nueve millones de jóvenes en cuarenta y dos países distintos en el espíritu de la tolerancia y la amistad mutuas, hace falta la cooperación leal de hombres y mujeres patriotas (y los hay en gran número) de todos los países para extender el Movimiento y que llegue a la mayor parte posible de la juventud del mundo.
No pretendo que el Movimiento Scout y el Guía puedan conseguirlo por sí solos, pero sí pueden ayudar.
Si las escuelas y las iglesias hacen su trabajo, podremos ver un tipo de civilización más auténtico y un verdadero paso hacia el establecimiento del Reino de Dios, de la paz y la buena voluntad en la Tierra.
