Lecciones de la universidad de la vida · 3. Deportes
Caza de antílopes en África
Hablando de caza, guardo un recuerdo feliz de mi estancia en casa de un bóer, Bertie van der Byl, en Bredasdorp, cerca del cabo Agulhas. Tenía una enorme granja de avestruces donde había caza variada, e incluso habíamos probado a cazar con lanza los cerdos asilvestrados, descendientes de cerdos domésticos.
En aquella granja se conservaba una manada de bonteboks, una variedad de blesbok que estaba prácticamente extinguida en la Colonia del Cabo. Mi anfitrión me permitió abatir uno como ejemplar de colección. Fue una ocasión única, no solo por la rareza de la especie, sino también por la manera de cazarlo.
Van der Byl conducía una calesa de dos ruedas tirada por cuatro mulas, y nos lanzamos directamente por la sabana hasta avistar la manada. Al vernos, los antílopes echaron a galopar a toda velocidad. El látigo restallaba —¡zas!, ¡zas!— mientras los seguíamos de cerca. Fue una persecución vertiginosa: dábamos saltos por aquel terreno difícil, a veces sobre una sola rueda, a veces sobre ninguna, yo agarrándome para salvar la vida y mi conductor, tan excitado y astuto como un niño, exigiendo a sus mulas que dieran lo mejor de sí.
Durante un rato pareció una persecución sin esperanza, pero, como la manada cambió de rumbo y dio un rodeo, pudimos atajar y acercarnos poco a poco.
Frente a nosotros aparecieron dos colinas bastante grandes, una junto a otra. Mientras la manada pasaba por la derecha de las colinas, Van der Byl tiró hacia la izquierda, y cuando nos acercamos al hueco entre ambas, me gritó: «¡Ya!». Frenó el tiro y yo salté justo a tiempo de disparar a un macho mientras cruzaba el hueco.
Por suerte, mi disparo alcanzó a un buen macho y le atravesó el cuello, de modo que cayó de cabeza. Era, afortunadamente, un buen ejemplar.
Unos años después, Van der Byl se trasladó a otra granja en el Transvaal, se llevó la manada y los animales vivieron en un gran parque.
Cuando estalló la guerra bóer, las tropas británicas invadieron la región y, al llegar a su granja, mataron a toda la manada creyendo haber encontrado buena carne.
Me temo que los bonteboks deben de estar ya prácticamente extinguidos.
Caza del zorro
Entre los holandeses del Cabo tenía muchos buenos amigos deportistas. Durante una temporada fui el master (jefe de la cacería) de la jauría de zorros del Cabo. Teníamos algunos aficionados muy hábiles, aunque de aspecto algo peculiar. Lo que hacían lo dejé escrito en el libro El deporte en la guerra (Sport in War). Aquello fue hace mucho tiempo, antes de la desdichada guerra bóer. Estoy seguro de que, si se hubiera dejado que continuara aquel vínculo de buena deportividad, habría unido a bóeres y británicos como los unía en el campo de caza, y hoy existiría entre ellos un sentimiento de estrecha amistad, si no una fusión de las dos razas en aquellas tierras.

La caza del zorro como escuela
La caza del zorro, si uno se para a pensarlo, es una institución verdaderamente maravillosa. Aunque se haya convertido en un deporte artificial en un país completamente civilizado, se mantiene en toda Inglaterra a pesar de la guerra, de los impuestos y de los costes elevados. Es una de las pocas instituciones antiguas que quedan y que nos mantienen en contacto con las tradiciones y el espíritu de la vieja Inglaterra.
Hay además otro aspecto. Como he visto la mayoría de las caballerías del mundo (N. del T.: Baden-Powell, como inspector general de la caballería del Reino Unido, viajó para conocer la caballería de otros países), no tengo ninguna duda de cuál es la más eficaz para el trabajo de guerra, ni tampoco de que esa eficacia se debe, con mucho, a la caza del zorro.
La verdad es que la nación tiene mucho que agradecer a la caza del zorro por lo que ha hecho por la caballería, compensando su escaso número con su excelente calidad, y todo ello sin tener que imponer nuevos impuestos.
El antiguo káiser lo reconoció abiertamente, antes de comprobar esa calidad en la Gran Guerra, y estableció en Hannover una jauría de sabuesos como parte de las instalaciones de la escuela de caballería.
Por supuesto, estaba militarizada: tenía un capitán como master, un sargento mayor como encargado de la jauría, un sargento como primer perrero, y así sucesivamente hacia abajo.
No cabe duda de que la caza del zorro ha sido una escuela que ha formado a hombres capaces de cabalgar sin miedo por cualquier clase de terreno. Ha hecho de ellos jinetes prácticos, que saben administrar las fuerzas del caballo y juzgar cuándo cuidarlo y cuándo darle rienda suelta.
También los ha formado en esa cualidad inestimable que es «ver el terreno», y no mediante áridas lecciones o pesados días de maniobras, sino mediante un deporte que los llena de entusiasmo y que, al mismo tiempo, les da salud y alegría.
Polo
Junto con la caza del zorro, el polo es también una escuela valiosa para los oficiales de caballería, y tampoco le cuesta nada al contribuyente, aunque a los jugadores les sale muy caro.

Winston Churchill habla sobre el polo
Winston Churchill, en su reciente autobiografía, omite que tuvo que pronunciar un discurso en un banquete de polo, el primer discurso que se hizo nunca sobre esta materia.
Trató el asunto con elocuencia y fue demostrando paso a paso que el polo no solo es el mejor y más admirable juego del mundo, sino también la aventura más heroica y deportiva que existe.
Al llegar a la peroración, ya no pudimos contener por más tiempo nuestro entusiasmo y recibimos su discurso con una ovación.
Después alguien propuso que «ya está bien de Winston», lo que se aprobó con un solo voto en contra, y a Winston lo metieron debajo de un sofá volcado para que se quedara allí el resto de la velada, con un rollizo alférez sentado encima.
Pero enseguida asomó por debajo de uno de los brazos del sofá y soltó lo que podría tomarse por una frase histórica: «No sirve de nada sentarse encima de mí: soy de goma, lo aguanto todo».
Caza del jabalí con lanza
El jabalí
Una vez le pedí a Rudyard Kipling que añadiera a sus cuentos de la selva algo sobre dos de los personajes más importantes de la jungla, cuya existencia, en mi opinión, había pasado por alto por completo en El libro de la selva: el jabalí y el pato salvaje, ambos animales con carácter.
El jabalí (en inglés Boar), que merece escribirse con mayúscula cada vez que se le menciona, es el rey de la jungla. Es la única fiera a la que ninguna otra planta cara, con la posible excepción del viejo y despistado rinoceronte. Cuando baja a beber a la charca, todos los demás habitantes, incluidos el búfalo y el elefante, sobre todo este último, se escabullen y piensan que, después de todo, no tienen tanta sed, o que ya beberán en otra parte.
No es que resople ni que babee: es que con esos colmillos resulta muy desagradable. Es el único animal que irá a por ti sin que tú lo provoques primero, porque es la única fiera que es agresiva por costumbre.
El viejo búfalo africano o el bisonte canadiense tienen, desde luego, su encanto áspero y nada amable, pero el jabalí siempre anda irritado por una cosa o por otra.

Es nervudo y correoso, rápido como un caballo, y salta por donde un caballo no puede. Erguido es tan alto como una mesa, y tiene las patas largas y muy musculosas. No duda en cruzar a nado un río aunque esté lleno de cocodrilos. Parece pensar que los nativos cultivan melones, caña de azúcar, grano y demás para que él se los coma, y lo hace a conciencia; y si algo se le pone por delante, lo derriba e intenta destrozarlo con sus colmillos ensangrentados.
Pues bien, a este tipo es al que cazábamos en la India a caballo y con lanza, y no hay deporte que pueda igualar a la caza del jabalí, ni por la emoción ni por su inestimable valor formativo.
La cacería
Tres o cuatro jinetes forman una «partida». Los ojeadores sacan al jabalí de su encame en la jungla y la partida sale tras él, aunque en los primeros tres cuartos de milla (algo más de un kilómetro) suele dejarlos atrás.
El honor es para el primero que lo alcanza y le clava la lanza. Pero en cuanto el jabalí se ve a punto de ser alcanzado, una de dos: o esquiva, es decir, se lanza de lado, o se da la vuelta y carga contra el cazador.
Una lanzada, si no da en un punto vital, apenas sirve más que para enfurecerlo todavía más. Entonces empieza una buena refriega por ambas partes, y no siempre es el jabalí quien sale peor parado.
Tiene una habilidad asombrosa para usar los colmillos con rapidez y eficacia, y muchas veces un buen caballo ha recibido una herida mortal del animal que perseguía.
Entre los príncipes y los jefes de caballería indios hay un buen número de cazadores de jabalí con lanza, y en este terreno común del buen deporte los oficiales de los regimientos británicos e indios llegan a hacerse muy amigos.
Un gran cazador de jabalíes fue lord William Beresford, por entonces secretario militar del virrey. Recuerdo una caída suya que habría matado a cualquier hombre corriente, cuando iba tras un jabalí en la yeguada de Saharanpur.
Allí los cercados estaban hechos con postes robustos, vallas de travesaños y puertas de madera. Su jabalí, en lugar de saltar la valla, cargó contra la puerta, rompió el travesaño de abajo y la sacó del pestillo; pero justo cuando el caballo de Beresford se levantaba para saltar, la puerta se abrió bajo sus patas, cayeron sobre ella y acabaron hechos un ovillo en el duro camino.

Pero Beresford era irlandés y no le pasó nada.
Puesto a prueba en la caza del jabalí
La mayor parte de mis cacerías de jabalí las hice durante los tres gloriosos años que pasé con mi regimiento en Muttra. Nunca me tomé el permiso habitual para subir a las colinas en la temporada de calor, porque era incapaz de apartarme del deporte.
Unos catorce años después, tras servir en Sudáfrica y en Inglaterra, volví a la India para tomar el mando del 5.º Regimiento de la Guardia de Dragones.
A los pocos días de incorporarme al regimiento, los oficiales me preguntaron muy educadamente si no podríamos organizar un día de caza del jabalí.
Noté en los huesos que detrás de aquella pregunta había algo más, y que aquellos jóvenes estaban deseando poner a prueba a su coronel en el terreno de la caza para ver de qué pasta estaba hecho.
Fue un momento angustioso para mí. No estaba seguro de que mi instinto para la caza hubiera sobrevivido a tantos años sin practicar aquel deporte (y hace falta cierto instinto).
Sin embargo, en cuanto levantamos el jabalí, olvidé todas mis dudas. Tuvimos una gran carrera, en la que el jabalí acabó metiéndose en una franja aislada de monte bajo.
Galopé hasta el extremo opuesto para vigilar si salía, mientras los demás vigilaban los lados. Sabiendo que estaba allí dentro, llamamos a los ojeadores y batieron la zona de punta a punta. ¡Ni rastro de él!
Así que me bajé del caballo y entré yo mismo con los ojeadores, llevando la lanza, para asegurarme de que se registraba el lugar a fondo.
Cuando avanzábamos por el monte por tercera vez, me fijé en que los ojeadores del centro de la línea se iban desviando hacia fuera a medida que se acercaban a un matorral especialmente espeso.
Me adelanté hacia él, animándolos a cerrar filas y a sacar de allí al viejo rufián. Pero mis exhortaciones apenas hacían falta, porque salió por su propia cuenta, no solo de buena gana, sino con verdaderas ganas de pelea y directo hacia mí.
Tuve el tiempo justo de bajar la lanza mientras cargaba contra ella, y se le clavó profundamente en el pecho. Pero la fuerza del choque me tiró de espaldas y, mientras yo seguía agarrado con fuerza al mango de la lanza, el jabalí quedó justo encima de mí, intentando alcanzarme con los colmillos, aunque la lanza clavada lo mantenía a suficiente distancia.
Los nativos, unos tipos fornidos, salieron al instante de la jungla gritando a los jinetes en indostaní: «¡Todo bien! ¡El cerdo estaba ahí y ha matado al coronel sahib!».
En un momento los jinetes desmontaron y corrieron a rescatarme. Un oficial bajito, con su ímpetu, le tiró una lanzada al jabalí, falló limpiamente y cayó encima de él. Pero otros esfuerzos más acertados se impusieron y el jabalí quedó rematado enseguida.
Entonces vino la pregunta de rigor: «¿Siempre caza usted a pie, señor?». Y, por defenderme, tuve que contestar: «Claro, ¿por qué no?».
Pero aquello me obligó a repetir la hazaña a menudo, hasta que al final lo adoptamos como costumbre, y añadía emoción a la persecución. Desde luego, le daba un sabor especial.
La Copa Kadir
Todos los años se celebra un concurso de caza del jabalí con lanza en la jungla de Kadir, en Meerut. Allí se reúnen deportistas de toda la India para disputar las eliminatorias, persiguiendo jabalíes, hasta la final que decide quién se lleva la copa.
Este certamen se conoce como la Copa de Caza del Jabalí.
El príncipe de Gales, durante su visita a la India, acudió como espectador a la Copa Kadir y dijo que le gustaría participar en la ronda final de la Copa de Caza del Jabalí. Pero como estaba reservada a quienes hubieran participado en la Copa Kadir, le dijeron que era imposible; y se lo dijeron porque nadie quería verlo a caballo por aquellos parajes, donde las caídas eran la norma, y muchas veces caídas graves.
Sin embargo, Su Alteza Real insistió en tomar la salida, en el bien entendido de que quedaría descalificado. Fue uno de los pocos que no se cayeron y, aunque no conocía en absoluto aquella clase de terreno, ganó la carrera, y no lo descalificaron. Una actuación magnífica.

Como era un gran aficionado a la caza del jabalí, era natural que inscribiera mis caballos en la Copa Kadir, y así lo hice en tres ocasiones distintas. La última fue cuando estaba en el 5.º de la Guardia de Dragones. Los otros dos participantes de mi eliminatoria eran también de mi regimiento.
Tuvimos un galope muy reñido tras el jabalí. Poco después de salir, uno de ellos se cayó, y la competición quedó entre el otro y yo. Íbamos cabeza con cabeza cuando, de repente, mi rival se desplomó de cabeza contra el suelo, y yo me quedé con un jabalí agotado justo delante de mí.
Solo tenía que seguir adelante, clavarle la lanza y ganar. Pero miré atrás para ver cómo estaba mi rival, Dunbar. Vi que tanto el hombre como el caballo estaban aturdidos, y que él yacía con la cabeza demasiado cerca de las pezuñas del caballo como para estar a salvo. Así que me despedí del jabalí, di la vuelta y arrastré al muchacho hasta ponerlo a salvo. Después de dejarle descansar, el juez nos permitió ir tras otro jabalí. Esta vez Dunbar, creo que muy a su pesar, me adelantó, alanceó al jabalí como es debido y ganó la eliminatoria. Eso lo llevó a la final, que acabó ganando, y trajo al regimiento la copa de todas las pruebas.
En las dos ocasiones anteriores en que participé, logré clasificarme para la ronda final, y en una de ellas me llevé una de las grandes sorpresas de mi vida al ganar la Copa Kadir.
Había ganado las eliminatorias anteriores con dos caballos, Hagarene y Patience, que en la final debían competir contra un tercer rival.
Yo monté a Hagarene, mi favorito, y Ding MacDougall, compañero de armas del 13.º, montó a Patience en mi lugar. Hagarene dejó atrás a sus rivales y fue en cabeza durante un buen trecho, hasta que el jabalí se metió por un espeso zarzal, como un seto.
Cuando Hagarene lo saltó, me di cuenta de que al otro lado no había tierra firme, sino un desnivel que caía a un río. Caímos de golpe al agua, cerca de la cabeza del jabalí, que dio media vuelta y salió a rastras por donde había entrado. Y mientras yo salía por un lado y Hagarene por otro, el jabalí se topó con MacDougall, que llegaba montando a Patience, y este lo alanceó enseguida. Así que gané la copa por mano de MacDougall.

Un deporte brutal
Tú, que estás sentado en casa, lo condenarás, naturalmente. Pero te repito lo que el borracho le dijo al clérigo: pruébalo antes de juzgar.
Mira cómo disfruta el caballo; mira cómo el propio jabalí, loco de ira, se lanza con fiereza a la pelea; mira cómo tú mismo, con el ánimo excitado a fondo y con cautela, disfrutas de la ocasión de darle rienda suelta.
Sí, la caza del jabalí es un deporte brutal, y sin embargo la quiero, como se quiere a un viejo compañero contra el que uno peleó una vez. No pretendo decir que no sea incoherente; pero ¿hay muchos entre nosotros que sean coherentes? Digamos lo que digamos, bajo nuestro barniz de civilización los instintos del hombre primitivo no están muy por debajo de la superficie. El instinto de matar acaba saliendo. ¿Acaso no lo vemos en todo su horror en la guerra?
Y por lo visto las Iglesias lo reconocen, porque, que yo recuerde, no hicieron ningún intento de impedirnos matar a nuestros semejantes, a nuestros hermanos cristianos. Mientras no llevemos la educación a unos cimientos más espirituales, en lugar de conformarnos con la mera instrucción académica, y no demos más importancia a la educación del carácter que a la acumulación de conocimientos, solo tendremos ese barniz.
Caza mayor
Aparte de la caza del jabalí y la del zorro, por lo general no se practican otras cacerías a caballo.
Una vez tuve una buena carrera persiguiendo a un lobo con un grupo de jinetes cerca de Kandahar. Normalmente, un lobo puede mantener a distancia a un caballo corriente, pero aquella vez tomó una dirección equivocada, y quizá acababa de comer. En cualquier caso, después de un buen galope, lo acorralamos en el foso de un fuerte y allí lo alanceamos.

También cabalgué tras una hiena con un grupo de árabes, uno de los juegos más alarmantes en que he participado, porque el plan consistía en perseguirla a caballo, rodearla y que cada participante le disparara. Al estar en círculo, disparábamos hacia dentro, unos contra otros; pero, por suerte, como íbamos montados, los fusiles apuntaban hacia abajo, y las muchas balas que no daban a la hiena acababan en la arena.
Con ayuda de perros, cacé a caballo un antílope acuático en Sudáfrica y lo maté con una azagaya (N. del T.: lanza corta o jabalina de los pueblos indígenas de Sudáfrica), y otra vez cacé un antílope negro en la India con mi pistola.
Iba de marcha con el regimiento al que me acababan de destinar cuando vimos un precioso antílope negro, de cuernos extraordinariamente grandes, que corría muy excitado por la llanura abierta. Encontré un pilar de mampostería y, junto a él, nos detuvimos; fui moviéndome despacio hasta que el pilar quedó justo entre el antílope y yo, y entonces galopé por la llanura hasta alcanzarlo sin que me viera, aunque sí me oyó.
Pude hacerle un disparo rápido con mi pistola Mauser justo cuando se daba la vuelta y se alejaba al galope. Saltó una tapia de barro a pocas yardas y desapareció de mi vista.
Oí un «¡oh!» de decepción en las filas del regimiento mientras galopaba tras él. Al mirar por encima de la tapia hacia la llanura no se le veía por ninguna parte, pero de pronto lo descubrí tendido, muerto, al pie de la tapia. El disparo le había atravesado el corazón, y el salto por encima del muro había sido su último esfuerzo convulso.
En la India era frecuente toparse con panteras mientras se cazaba el jabalí y, aunque yo nunca tuve la suerte de hacerlo, muchos deportistas han cabalgado tras ellas y las han matado con lanza. Pero es una caza muy peligrosa, porque, con su piel suelta y resistente, cuesta mucho infligirles una herida mortal; y, cuando se ven perseguidas, tienden a apartarse de golpe, dejar que hombre y caballo pasen de largo y luego saltar sobre los cuartos traseros del caballo para atrapar al jinete por detrás.
Las dos únicas panteras que he cazado fueron una cría, que capturé viva y tuve como mascota, y otra a la que disparé en el bosque de Knysna, en Sudáfrica.

Por aquel entonces estábamos de permiso, en una expedición de caza por aquel bosque, que era precioso, con paisajes de montañas salvajes. Acampamos en lo más profundo del bosque y empezamos a poner trampas para elefantes. A juzgar por lo que contaban los lugareños, ¡el peligro era más bien que los elefantes nos cazaran a nosotros!
Un leñador italiano, por ejemplo, nos dijo que la forma más sencilla de tener cerca a esas bestias era hacerse pasar por leñador y ponerse a talar un árbol: enseguida acudían corriendo. Dijo que en ese momento él salía corriendo «como un rayo» y se subía al árbol más cercano.
Un viejo granjero holandés también nos dijo que abundaban, pero añadió, muy en su estilo: «Si el elefante no me deja otro camino, me vuelvo a casa».
Sin embargo, los animales no nos acosaron. Anduvimos millas y millas sin ver ninguno. Estábamos en una selva asfixiante de helechos que nos sobrepasaban la cabeza en al menos tres pies (casi un metro), enmarañados con una densa vegetación de enredaderas, helechos trepadores y matorrales rotos, que formaban un buen laberinto de sendas de elefantes, muy trilladas y estrechas, que corrían en todas direcciones.
Algún tiempo después, el gran cazador de elefantes Selous visitó el lugar y, al ver aquella jungla casi impenetrable, salió de allí lo más deprisa que pudo, dando gracias por irse de aquel sitio peligroso antes de que apareciera algún elefante.
Nosotros, que no sabíamos nada de elefantes ni de sus costumbres, nos metimos temerariamente donde los ángeles no se atreverían a pisar.
Desde una pequeña colina despejada vimos una manada de elefantes que comía en los pastizales bajos, en la ladera de enfrente; sus grandes ancas redondas y sus orejas en movimiento brillaban al sol.
Nos deslizamos abriéndonos paso durante una hora a través de una espesa jungla de helechos. Por fin estuvimos lo bastante cerca como para oírlos desgajar ramas, resoplar y hacer sus ruidos.
Poco a poco, el crujido de las ramas y los arranques de brotes se hicieron más fuertes a medida que los animales se acercaban, hasta que los oíamos muy cerca y a nuestro alrededor; pero, por lo espeso de la maleza, no podíamos verlos.
De repente hubo un movimiento en el bosque, un poco apartado del punto al que mirábamos. Se apartó una rama y apareció algo que parecía un tronco quemado de color sucio; y entonces, durante un segundo, surgieron dos grandes colmillos blancos, una cabeza inmensa y las orejas de un elefante salvaje. Al momento volvió a ocultarse entre el movimiento de las ramas.
Había otros dos elefantes cerca de mí, uno a cada lado, pero completamente invisibles salvo cuando se movían. Además, costaba distinguirlos entre los árboles, en la sombra oscura que los rodeaba.
No los veía lo bastante bien para dispararles y, aunque hubiera podido, dudaba de dónde apuntar. Y no era por prudencia, sino porque estaba fascinado mirándolos y, bueno, siempre he sentido que, por decirlo así, un elefante es algo demasiado grande y demasiado sagrado para que lo domine un hombre diminuto.
Siguieron adelante, destrozando, masticando, abriéndose paso y arrasando. Y entonces, de repente, se hizo un silencio total y tenso. Ni un ruido. Pensé que quizá nos habían olido u oído y estaban alerta.
Pero mi guía rompió el silencio: «Se han ido». Y así era. Se habían marchado deslizándose sin hacer ningún ruido, sin romper ni una ramita, como si anduvieran de puntillas.
Si observar a los elefantes salvajes resulta interesante, mucho más lo es observarlos domesticados.
En Moulmein, en Birmania, puedes verlos hacer su trabajo diario, apilando troncos de teca y trabajando en el aserradero con una inteligencia casi superior a la del hombre.

Un solo ejemplo: se vio a un elefante que llevaba un gran tronco sobre los colmillos hacia el aserradero, cuando tuvo que pasar por un pasillo angosto entre máquinas de sierras giratorias que zumbaban.
Pero tuvo el instinto de volver la cabeza y girar el tronco de lado sobre la plataforma del aserradero, y de colocarlo con precisión en su sitio, con un último empujón aquí y allá con la trompa, hasta dejarlo perfectamente alineado. Al salir, cogió todo un haz de tablas de desecho para llevarlas al montón de la basura. Pasó junto a tres hombres que arrastraban un tronco pesado que se les había atascado en un obstáculo. Lo vio por el rabillo del ojo y, sin que nadie le dijera nada, al pasar le dio al tronco un fuerte empujón con la pata trasera para que salvara el obstáculo. Y todo ello con el mejor espíritu de ayuda.
Después pasó junto a un depósito de agua y, como tenía sed, abrió el grifo con la trompa y bebió hasta hartarse, pero lo dejó abierto. Su dueño me dijo que tenía esa mala costumbre: siempre se le olvidaba cerrar el grifo.
Tuve otras pruebas del magnífico talento y la docilidad de los elefantes cuando me asignaron uno en el Terai para ir de caza. Su nombre en hindi sonaba algo así como Dandelion, así que la llamamos Dandelion. Era cómoda de montar, cosa que no ocurre con muchos elefantes, que tropiezan y te sacuden todos los huesos del cuerpo a cada paso.
Y cuando atraviesas la jungla de hierba, que tiene seis pies de altura (casi dos metros), y la elefanta parece ir rodando a través de ella con un silbido de hierba a su paso, te sientes exactamente como si fueras en un bote en el mar. La ilusión no se rompía ni siquiera cuando se paraba de golpe, porque nunca se detenía del todo: seguía balanceándose de un lado a otro con un vaivén adormecedor. Pero era tan rápida como un perro de muestra para olfatear la caza, ya fuera una perdiz o un tigre, y en cuanto daba con la pieza se quedaba firme como una roca.
De vez en cuando me avisaba de que había caza cuando yo, por mi cuenta, no había visto nada.
Una vez subíamos desde el fondo de un barranco profundo en la selva. Ella hacía todo el trabajo, arrastrando su mole por la pendiente, cuando de repente se quedó inmóvil. Había caza cerca.
Miré a mi alrededor y durante un instante o dos no vi nada. Entonces, recortado contra el cielo y muy cerca de nosotros, distinguí unas pulgadas del lomo peludo de un oso negro.
Un disparo rápido le dio en el espinazo; vino rodando, de cabeza y patas por alto, y pasó junto a Dandelion, pero ella no se movió ni una pulgada y lo dejó caer hasta el fondo del barranco.

Claro que los elefantes no siempre se portan tan bien. Un elefante de transporte asignado a mi regimiento cruzaba un río cargado de tiendas de campaña cuando metió una pata en arenas movedizas. Al instante agarró con la trompa, uno tras otro, a tres culíes (N. del T.: peones en China o en la India) que caminaban a su lado y los hundió bajo la pata para rellenar el hoyo y tener así un punto de apoyo.

Fue una idea inteligente por su parte, pero no era algo que se hiciera en los mejores círculos elefantinos, y en consecuencia el pobre animal fue condenado a llevar pesados grilletes en cada pata durante el resto de su vida.
Una vez, cuando teníamos veinte elefantes en el campamento, uno de ellos le guardaba rencor a su mahout (N. del T.: el cuidador y conductor de elefantes). Al verlo dormido durante el descanso del mediodía, levantó la pata para aplastarlo, pero no acertó de lleno y solo le rompió el muslo.
Se armó un gran alboroto. Los demás mahouts se llevaron al elefante culpable y lo ataron a un árbol. Luego formaron a los diecinueve restantes, les explicaron solemnemente la falta que había cometido el número veinte y les invitaron a darle una paliza. Y eso hicieron, tal como se les ordenó: cada elefante cogió un trozo de cadena de su carga, desfilaron en fila india por detrás del culpable y, al pasar, cada uno le azotó los cuartos traseros con la cadena con una furia tremenda.