Lecciones de la universidad de la vida · 8. La Policía de Sudáfrica
Uniforme
Diseñé el uniforme de los hombres según mi experiencia de trabajo en distintos climas: económico y distinto del del ejército. Como oficiales y soldados iban a estar continuamente de servicio, y por tanto continuamente de uniforme, era esencial que no solo fuera elegante, sino también cómodo.
Por eso adoptamos guerreras caquis de cuello vuelto, y camisas caquis con cuello y corbata, en lugar del cuello alto militar. Más tarde, el ejército adoptó nuestra innovación.

Las bocamangas del uniforme de los policías eran verdes y amarillo vivo, los colores del Transvaal y del Estado Libre de Orange, respectivamente.
Como prenda de cabeza usábamos sombreros Stetson de ala plana (N. del T.: marca de sombreros que dio nombre a los sombreros parecidos a los que hoy llevan los scouts), que los distinguían de los del ejército, de ala blanda levantada por un lado. Estos sombreros se importaban de América y se conocían comercialmente como modelo «Amo de las Llanuras» o «B. P.», lo que hizo creer, equivocadamente, que tenían algo que ver conmigo.

Para que el tocado se distinguiera aún más del del ejército, los sombreros de los policías llevaban una pluma, llamada en el comercio «ala de grajo». En realidad no eran más que plumas de gallina teñidas de verde para la ocasión, pero aun así recibí airadas protestas de amantes de los pájaros de Inglaterra por masacrar a los grajos.
En marzo de 1901, los bóeres interceptaron un tren que llevaba un cargamento de sombreros para nuestra Policía de Sudáfrica. Temiendo que pudieran usarlos para disfrazarse, mandé imprimir un aviso en holandés y lo hice colocar por todo el país, advirtiendo a todo el mundo de que cualquiera que fuese sorprendido con uno de esos sombreros sin la debida autorización se exponía a que le dispararan. Aunque tuvimos cientos de casos de bóeres que llevaban equipo militar británico, nunca encontramos a ninguno con un sombrero de policía.
Además de decidir cómo sería el uniforme de los hombres, también me tocó diseñar el de nuestras enfermeras; y que un hombre, y encima novato en la materia, se pusiera a dictar lo que debían llevar aquellas señoritas era una aventura muy arriesgada por mi parte.
Daba por seguro que habría un motín, porque, entre otras cosas, rompí con la costumbre universal de que las enfermeras llevaran un gran tocado con el uniforme y, en lugar de eso, les di guerreras caquis como las de los oficiales. Para mi sorpresa, tuvieron tanto éxito que las enfermeras, al pedir la baja (cosa que debían hacer al casarse, y siempre se casaban), pedían siempre poder comprarlas.
El resto de su uniforme también gustó. Consistía en un vestido de tela holandesa con una esclavina verde y amarillo vivo sobre los hombros, una cofia blanca para el servicio bajo techo y, al aire libre, un sombrero de vaquero como el de los oficiales.

En cuanto a la paga, nuestro principio era pagar bien a los hombres, con periodos de servicio cortos y un paso fácil a la reserva. La idea era que, una vez establecida la paz, el grueso de la Policía de Sudáfrica podría reducirse mucho, y se facilitaría que los hombres se asentaran en los nuevos territorios, dándoles ranchos sin dificultad y pasándolos a la reserva, de modo que pudieran ser llamados ante cualquier emergencia nacional.
Se les pagaría una pensión de doce libras al año, a cambio de la cual se comprometían a prestar una semana de servicio al año en el puesto de policía más cercano, para mantener su eficacia y su conocimiento de la ley. La paga era generosa porque los hombres no tendrían pensión por largo servicio. Sé por la Policía de Irlanda que los policías viejos no se mueren nunca, y una lista de pensiones con esos tipos le habría costado al erario público más que la nómina de la fuerza en activo.
Monturas
Los policías tenían que ser una fuerza montada, pero la primera dificultad era encontrar caballos. Todos los mercados de caballos del mundo se habían agotado para dar monturas a nuestro enorme ejército montado en Sudáfrica.
Sin embargo, en el pasado yo había tenido éxito al montar a mi regimiento, aunque fuera con caballos de un tipo que otros no aceptaban. Así que, aprovechando aquella experiencia, encargué a Australia siete mil caballos de una alzada justo por debajo del mínimo exigido para las monturas del ejército.
Así conseguí una partida de caballos muy útil. Los hombres pequeños aguantan mucho más esfuerzo que los grandes. (Por ejemplo, la armadura de nuestros antepasados sería demasiado pesada para que la mayoría de nosotros la lleváramos hoy, suponiendo que cupiéramos en ella. Eran hombres pequeños, pero debían de ser muy fuertes para su tamaño).
Con los caballos pasa lo mismo. Aquellos jacos eran mejores que los grandes caballos de tropa para nuestro trabajo, que consistía sobre todo en patrullas de largo recorrido.
Además, las monturas del ejército que venían de ultramar solían llegar en muy malas condiciones después de una larga travesía, y muchas no llegaban a estar en forma para el servicio. Así que ofrecí a los capitanes de los barcos que traían los caballos de los policías una libra por cada caballo desembarcado en buen estado. Eso suponía cien o doscientas libras directamente al bolsillo del capitán, de modo que le interesaba abrir las escotillas cuando hacía calor, etcétera; y así nuestros caballos solían llegarnos con forma de caballo y no de esqueleto.


Otro punto que algunas de las altas autoridades habían pasado por alto es que a los caballos les afecta la altitud todavía más que a los hombres. Gran parte de nuestro trabajo en el Transvaal y en el Estado Libre de Orange se hacía a entre cuatro y cinco mil pies de altitud (unos 1200 a 1500 metros) o más, y obligar a caballos blandos y mal preparados por el viaje a trabajar duro a esa altura les reventaba el corazón y los mataba. Y, de hecho, morían a cientos.
Por eso, en la Policía de Sudáfrica alquilamos un rancho en Natal, a una altitud de entre dos y tres mil pies, y allí llevábamos la remonta al llegar, para que se aclimatara, se pusiera en forma y se adiestrara para el servicio. Así, cuando se enviaban a campaña según las necesidades, era una ventaja no solo para los caballos, sino también para los hombres que tenían que montarlos.
Pero, para ser del todo sinceros, debo reconocer que no declarábamos las remontas hasta que se habían aclimatado; de lo contrario, las autoridades del ejército nos las habrían reclamado para mandarlas a campaña, lo que habría sido sacrificarlas enseguida.
Las unidades de policías, en cuanto estaban listas para el servicio, se prestaban al ejército para emplearlas como unidades de combate. Cada semana enviábamos a lord Kitchener hombres y caballos listos para el servicio, pero de las remontas no decíamos nada. De hecho, temblé en una ocasión en que fue a inspeccionar una granja de convalecencia del ejército que estaba muy cerca de mi rancho de remonta en Natal, y me quedé muy tranquilo cuando tomó mi depósito secreto de caballos por una parte de aquella granja del ejército.
No creía que nuestro plan se conociera fuera del círculo íntimo de la Policía de Sudáfrica. Pero, cuando más tarde volví a casa y el rey Eduardo me mandó llamar, una de las primeras preguntas que me hizo Su Majestad fue: «¿Cómo es que los caballos de su Policía de Sudáfrica no morían tanto como los demás?».
Al rey Eduardo no se le escapaba nada, pero cómo se había enterado es difícil de saber.
Recuerdo también que su primera pregunta aquel día, cuando me presenté ante él con uniforme de gala, fue: «Supongo que es la primera vez que se pone el uniforme de general. ¿Esas espuelas son de oro o doradas?». Le interesó mucho saber que eran de oro, porque me las había regalado la gente de Lewisham.
Las cuestiones de indumentaria tenían gran importancia para él, y pocos errores en ese terreno se le pasaban por alto.
Tácticas de campaña
Como ya he dicho, la organización de la fuerza data del 22 de octubre de 1900 y tenía que estar lista para mediados de 1901. Pero antes de que terminara 1900 llegaron llamadas urgentes del comandante en jefe, y lo sorprendente es que pudimos responder, con medios insuficientes, desde luego, pero no sin eficacia.
De hecho, el 12 de octubre, cuando aún estábamos formando el núcleo de la fuerza, tuvimos nuestro primer combate en campaña. Fue en el paso de Strydom, en el Estado Libre de Orange, donde nuestra pequeña fuerza logró la victoria. Murieron seis bóeres, entre ellos su comandante, Brand, y capturamos a diez heridos; nuestras bajas fueron cinco muertos y cinco heridos.
La fuerza se empleó principalmente de dos maneras: como columna móvil que actuaba en cooperación con las tropas regulares, y en la construcción y defensa de líneas de blocaos para impedir que el enemigo se moviera por determinadas zonas del país.
Como principio general para las columnas móviles en campaña adoptamos un sistema de triángulo: la columna se dividía en tres unidades que avanzaban por el terreno formando un triángulo, cada una a una milla de las otras.
Así la formación estaba siempre preparada para un ataque enemigo por cualquier lado: la unidad más cercana al enemigo pasaba a la ofensiva, y las otras dos servían automáticamente de apoyo y de reserva.
Cuando los bóeres veían un grupo que avanzaba por el campo, solían distraer su atención atacando de frente y desviarla luego con un ataque por la retaguardia. Pero, cuando intentaban hacerlo contra la formación en triángulo, en más de una ocasión se vieron acorralados y bajo el fuego de dos unidades con las que no contaban.
La formación demostró su valor sobre todo en una batalla en la que el comandante bóer Erasmus sufrió una derrota a manos de la Policía de Sudáfrica, y lord Kitchener escribió un informe favorable sobre el uso de esta formación.
Para mantener una línea en el terreno, cuando hacía falta, ideamos un tipo de trinchera que servía de fortificación y que no se podía reconocer como los blocaos que se usaban normalmente.
Se las llamaba trincheras C.S., es decir, de «sentido común» (common sense), porque su trazado tenía la forma de una «C» alternada con una «S»: una trinchera profunda y estrecha, con seis pies (unos dos metros) de longitud por cada hombre de la guarnición.

En cada lado, a ras de suelo, se abrían troneras anchas y bajas, y toda la trinchera estaba sólidamente techada. Se disimulaba con matorrales, hierba, etcétera, para que no se viera desde lejos. Cualquier disparo desde las troneras barría la superficie del terreno, y por eso eran tan eficaces de noche como de día. La trinchera no ofrecía ningún blanco a la artillería, y las troneras, al ser anchas pero bajas, daban a los defensores un buen campo de visión mientras estaban a salvo de las balas que caían.

Para que nuestra línea fuera impenetrable, naturalmente teníamos que emplear innumerables obstáculos improvisados, adaptados a las peculiaridades del terreno. Pero, por lo general, nuestras trincheras-blocao se agrupaban en triángulos, de modo que, si los bóeres rebasaban una, quedaban bajo el fuego de las otras dos. Los rollos de alambre de espino los detenían en puntos inesperados; los fuertes de señuelo y los campamentos de tiendas vacías daban a diario falsas impresiones a sus exploradores; y entre los blocaos se colocaban, a intervalos, alambres que disparaban armas al tropezar con ellos, linternas encendidas, perros guardianes, etcétera.
Se preparaban fogatas de alarma con montones de hierba seca colgados de estacas, que un centinela podía encender en un instante para dar la alarma y dejar al enemigo a la vista.
Para asegurarse de que los centinelas vigilaban de verdad durante la noche, el oficial al mando encendía una linterna sorda desde su puesto de mando en dirección a sus puestos avanzados, y cada centinela respondía encendiendo una cerilla dentro de un bote de latón cuya abertura apuntaba hacia el oficial, mientras que los costados impedían que el enemigo viera la luz.
Era una idea ingeniosa, pero no nueva: cuando los espartanos sitiaban Atenas, Alcibíades comprobaba que sus centinelas estaban despiertos encendiendo una luz, a la que cada centinela respondía. Y también sir Frederick Carrington, en la campaña contra los basutos, usó el mismo sistema de señales, porque sus centinelas avanzados estaban apostados en puntos inaccesibles, entre riscos a los que un oficial de ronda no podía llegar de noche.
Cómo conseguimos algo de transporte
Nos resultaba muy difícil obtener el transporte necesario para abastecer a la fuerza, porque el ejército, como es natural, se había quedado con todos los animales de tiro y vehículos disponibles en el país.
Un día lord Kitchener me dijo que había conseguido a un hombre de primera para mandar una columna de granjeros británicos y de holandeses leales. Añadió que se llamaba Colenbrander. No pude evitar una sonrisa repentina. Lord Kitchener se dio cuenta y me preguntó a qué venía. Le contesté que conocía bien a Colenbrander, pero que me resultaba raro oír que lo llamaran por su apellido en vez de por su apodo más habitual, «Collar'em and Brand'em» («Atrápalos y márcalos»), que se había ganado por una costumbre que tenía cuando veíamos ganado suelto por ahí.
Pues bien, el viejo «Collar'em» y su fuerza vinieron a acampar junto a mi columna de policías durante un tiempo. Le dije que, aparte de que éramos viejos amigos, no tenía por qué preocuparse por echar mano de nuestros animales de transporte, porque no teníamos prácticamente ninguno y, de hecho, necesitábamos con urgencia cualquiera que pudiéramos conseguir. Desde luego, yo no iba a quedarme con ninguno de los suyos.
Lo entendió y demostró ser un verdadero amigo. A los pocos días teníamos carretas y yuntas que pasaban a nuestras líneas. Nunca supe de dónde venían, ni lo pregunté. Me bastaba con que las tuviéramos y con que llevaran nuestra marca. Así que tenían que ser nuestras.
Se contaba del viejo Colenbrander, aunque no lo sé con certeza, que, al terminar la guerra, lord Kitchener le permitió comprar unos cuantos miles de caballos del ejército a un precio por cabeza muy bajo, que dependía de la cantidad que se llevara.
Quienes conocían el estado de sus finanzas se preguntaban entonces cómo iba a pagarlos. Pero confiaban en que, de un modo u otro, una pequeña dificultad como esa no se le iba a poner por delante.
Y, en efecto, la superó. Por pura suerte, uno o dos días después de que hubiera encerrado a su ejército de caballos en un cercado, se desató un tornado. Colenbrander se presentó desolado ante lord Kitchener: la mayor parte de los caballos que había comprado, que estaban en muy malas condiciones, habían sucumbido a una tormenta de nieve y viento; se enfrentaba a la ruina y no tenía forma de pagarlos. Imploró piedad para un viejo guerrero en desgracia, y su súplica no fue en vano.
Pero la historia sigue diciendo que después hizo una fortuna con los caballos que sobrevivieron (que fueron la gran mayoría). Yo apenas me lo creo.